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Silencio, “s’il vous plaît”…

En Asuntos sociales por
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Ha dicho Hollande que lo de París ha sido un ataque a toda Francia. Aún más, Merkel se ha sumado y ha hecho extensiva la herida a la Europa toda de la fraternidad y de la concordia. Retóricas unitivas y consoladoras en medio de la barbarie, que se justifican por su intencionalidad última, y porque todo se perdona cuando todo calla y todos anhelan una voz a la que asirse.

Más descolocado me ha dejado el discurso de, entre otros muchos, Rajoy, que aseguraba que esto entero ha sido un golpe a la democracia, o el de Iglesias, dulce caudillo, que ha visto amenazado un estatuto de derechos. Renzi superponía la fuerza de la libertad a la fuerza de su enemiga la violencia, y así un luengo etcétera que me ha dado que pensar. Luego he observado desde el último anfiteatro cómo algunos tomaban la palestra desde la platea y los palcos más vistosos y voluminosos, y quemaban las banderas de Francia con monólogos encendidos en favor de la justicia y la equidad con las demás víctimas. Hasta un respetado conocido mío, a quien todavía tengo como gran sabio, egregia figura en el mundo de la cultura, me ha congelado el tímpano con una pérfida expresión alzada del infierno: “Chema – me escribió con deferencia –, aunque sea políticamente incorrecto te digo que esta masacre a mí me parece una reacción de lo más natural“, haciendo referencia a la culpabilidad de un Occidente que echó la bota, en especial la misma Francia, sobre la nuca de Oriente.

¡Qué doloroso todo! Todo se ha teñido de un difícil vestigio de compasión que sabe más a pútrida socialización de una emoción arrancada de su tiesto, y que deja un regusto a política de ciegos en ella embebidos. Uno respira y estornuda; la atmósfera está cargada y no tanto de pena, de un algo que duele de complicada mascadura.

Yo me pregunto cómo verá la vida en derredor la madre de Marie – y la creo ex nihilo, como Unamuno, usando como método de realidad una improvisada fantasía -, una niña que fue a celebrar la efeméride semanal a una sala de rock, dando puerta al ajetreo académico. O Jean, padre de François, que se acercó un viernes tarde al bar de siempre con sus colegas a saborear por vez definitiva el gusto amargo de la cerveza. O André, marido de Simone, cuya savia divina profanaron demonios de carne sedientos de muerte.

11140320_1209308732419765_3401940609962461340_nEllos son los grandes silenciados estos días. Aquellos corderitos que pastaban la pradera en jornadas ora lluviosas ora soleadas, que han experimentado la mordedura de la vida, esa tumba funesta que a todos se ha de allegar. Trae a esa madre cordera y siéntala en la plaza de la República en una mecedora sombría, haciendo desfilar ante ella banderas de Francia enlutadas, con su azul desteñido, con su blanco ennegrecido, con su rojo muerto de tan vivo. Haz desfilar franceses, no te digo ya si británicos, españoles o brasileños, y acerca perfiles de RRSS a su uña derretida; que rasque a ver si encuentra. Otro, irritado de tanto dolor, quizá escupiere sobre los rostros demudados de todos nosotros. No creo que André, descolocado, con el corazón yermo y un cadáver a la espalda, concuerde en que “lo de París” ha sido un ataque a las libertades y a la democracia. En mi novela nadie con sangre en el pecho habla de armas, petróleo, Beirut o Baga (¡Baga! En mi novela nadie en el mundo sabe qué diablos es Baga).

La realidad, una vez más, ha vuelto a duplicarse: una copia virtual ha emanado del mundo mismo y se ha desmarcado de su origen. Una especie de programa informático, quizá la paranoia de los ‘chemtrails’, ha clonado a las víctimas en una realidad paralela y nos hemos zambullido de lleno en ella. Así ha sido la historia de un sentimiento: una humana empatía, santa como todas, que nos heló la tráquea y nos arrebató el aliento introduciéndonos en el cuerpo de un francés ahorcado, se ha extraviado en un fantasma galo. El mundo se ha perdido en las ilusiones de Matrix y está a gusto sintiendo drogadas condolencias con Francia, reconstruyendo audaces los derechos fundamentales y enfrentándose a ISIS. Mientras, esos otros verdaderos vivientes, con los pies en la tierra, azotados por la realidad ineludible del dolor, se cosen a una lápida.

Nadie se atrevería a hablarle a Jean a la cara, a sus vacíos ojos de piedra, de la libertad amenazada, ni de la democracia que vencerá el terrorismo, ni de las miserias de Irak o menos aún las políticas de Francia. Ni de la misma Francia, me atrevería a decir (me arriesgo al error). Y eso sólo significa una cosa: que esos dichos valerosos, esas elocuencias rutilantes, nacen de una sensación sea buena, pero ajena a la compasión. ¡Qué pocas emociones santas han hecho santos a qué pocos hombres esta semana de muerte! Se han quedado las tristezas en los demócratas libertarios y no los han llevado fuera de sí; la empatía en el otro no ha logrado simpatizar con él. Han sentido sin haber experimentado el dolor de la ausencia del amado, de la vida estrangulada en un puño de bronce. No han podido elegir a esos pocos de París porque apenas los han visto y se han vertido en democracias y banderas.

Seguirá todo como queda, y probablemente no sea malo, antes bien constructivo: pocos con las víctimas reales, casi todos con la democracia, con Europa, con Nigeria y con la Nation française. Ellos solos rodeados de tantos que pretendidamente les compadecen en mundos paralelos, de coordenadas divergentes, éstos reaccionando y reparando una estructura sociopolítica herida de muerte. Algunos encerrados a voluntad en un cementerio, con tantos nombres y apellidos, durante unos días de luto mundial, otros fuera arengando y creyéndose solidarios, o quizá no. Muchos entonando trovas y empapando el aire de cánticos valerosos, de notas mágicas, de aliento occidental; otros demudados como León Felipe, que rompen sus violines, y se callan.

 

Otras perspectivas sobre los atentados de París:

(@ChemaMedRiv) (Chema en Facebook) Grados en Filosofía y en Derecho; a un año de acabar el grado en Teología. Muy aficionado a la buena literatura (esa que se escribe con mayúscula). Me encanta escribir. Culé incorregible. Español.

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