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Seguridad absoluta

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El accidente de un avión de Germanwings esta semana, que se estrelló con 150 personas a bordo en los Alpes franceses, y que presuntamente ha sido provocado por un pobre desgraciado (el copiloto) que, voluntariamente, lo estampó contra las montañas, da que pensar.

Sería un error quedarse únicamente en el jaleo que siempre se organiza cuando ocurre una tragedia de este tipo y que lleva a una búsqueda encarnizada de responsables que “podrían haber previsto” o “podrían haber adivinado” lo que iba a ocurrir, o el debate sobre si las medidas de seguridad que se aplican actualmente “son suficientemente seguras” como para prevenir con una precisión del 100% que no se vuelvan a producir incidentes como este.

Por supuesto que es un deber del Estado y de las compañías que trabajan, no solamente en el sector aeronáutico, sino en cualquier sector, trabajar al máximo para reducir cualquier tipo de fallo o error que pueda llevar a la muerte o poner en peligro a las personas.

Sin embargo, más allá de todo esfuerzo que pueda y deba realizarse, lo que se aparece como evidente es que quien quiera hacer daño (incluso mucho daño) puede hacerlo con una facilidad pasmosa. Es algo que he oído comentar a bastantes conocidos y amigos desde este martes, algunos de los cuales temían en su momento que pudiera tratarse de un ataque terrorista.

Cada vez que ocurre algo así, las noticias nos devuelven una y otra vez a la realidad de que, por muy avanzados que estemos como sociedad y por mucha tecnología y protocolos que empleemos, una simple coincidencia o un detalle puede mandarnos al otro barrio, incluso sin necesidad de que exista una voluntad expresa por parte de alguien.

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Es algo que choca porque, a mi modo de ver las cosas, formo parte de una generación que no ha vivido (ni visto siquiera de lejos) una guerra. En el mundo en que vivimos, las guerras en las que participamos no tienen muertos (al menos no en televisión, si participa Occidente), las calles son seguras a cualquier hora, pocas enfermedades son irremediables si se detectan a tiempo, los muertos en carretera son cada vez menos, las personas creen que no envejecen, siempre que puedan pagarse un ‘lifting’, y, desde que me compré mi primer ‘smartphone’, Google Maps me lleva a casa cada vez que me desoriento.

Si a ello le sumamos el alto nivel de garantías y derechos sociales de que disfrutamos (no dejemos que la crisis empañe lo que, objetivamente, hemos alcanzado), el resultado es que muy rara vez alguien se ve en la tesitura de temer por su vida, y mucho menos de ser “atacado”, lo cual muchas veces provoca la deformación de que creamos que tenemos derecho a casi cualquier cosa.

Todo esto viene a cuento porque desde hace unos meses (en realidad más, pero no nos hemos querido dar cuenta) se cierne sobre la civilización occidental una amenaza terrorista que ha golpeado ya en Francia y Dinamarca en solo dos meses, y que este mes de marzo ha vuelto a hacerlo en Túnez, país que afronta un admirable proceso de democratización.

Vivimos en el punto de mira de los islamistas radicales de ‘Daesh’ y de los fanáticos que de vez en cuando se dejan ver entre los nuestros. Además, para cerciorarse de que lo sabemos, tratan constantemente de comunicárnoslo con la maestría del mejor maestro de cine ‘gore’.

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Es algo con lo que tendremos que aprender a vivir, queramos o no, sin esperar que la cada vez más todopoderosa administración del Estado pueda hacer más que lo que hace para protegernos (que es mucho más de lo que nunca sabremos, quizá por que no estaríamos de acuerdo con ello).

Es solo una reflexión: no solamente un poco de mala suerte, sino también nuestro modo de vida y nuestros valores nos pueden costar la vida si así lo decide cualquier “iluminado”. Invita a repensar y a abrazar (o no) lo que somos, pero ahora con pleno conocimiento de sus implicaciones.

(@IgnacioPou) Fundador de Democresía. Soy un catalán felizmente afincado en Madrid. Agnóstico futbolístico (para mi tranquilidad) pero católico. Periodista. Máster y doctorando en Filosofía. Amante de la filosofía, la antropología y la política, todo ello enmarcado en una vocación por comprender y comunicar más y mejor. En ello consiste la misión de mi vida.

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