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La familia de Piotrek

En #RumboJMJ16/Asuntos sociales por
Tiempo de lectura: 6 minutos

Wroclaw

Martes 26. 1:17 de la mañana. En el pasillo de una casa de Carmelitas. En mitad de alguno de los muchos bosques que rodean Cracovia.

Me encuentro en chanclas, con un pijama de pelotillas de un morado insoportable (gracias abuela por el regalo), con una camiseta del siempre aséptico Primark y una sudadera de capucha marrón que me da un toque, o a mi yo de madrugada se lo parece, al Zuckerberg en su época de pringado total en Harvard.

Un sacerdote ronca de tal manera que parece que está catalizando las confesiones de la jornada. Eso o alguien le ha clavado una lanza en el costado y no nos ha querido decir nada.

Estoy hecho trizas. Condensar las vivencias, rezos, chillidos, paseos, algún gin tonic mal preparado y el calor extraño que se masticaba sin cesar hace 48 horas, me da de pereza para arriba. Pero alguien ha pagado estas líneas y es de justicia hacer el esfuerzo.

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Sábado 24. Encuentro con la familia de Piotrek, el monaguillo desgarbado

Estábamos cenando demasiado tarde para una familia polaca convencional.

Era demasiado tarde hasta para una familia malagueña en una terraza de verano.

La luz era tibia. Dibujaba ocres y sombras tranquilas en los potos, retratos, cuadros inútiles y muebles del salón. Una bombilla de cada tres le daba a la copiosa pero poco sofisticada cena el ambiente necesario para que lo importante fuesen las personas.

Piotrek, el monaguillo gigantón que presentamos en el anterior escrito, está un tanto tenso. Debe orquestar el juego de platos y las conversaciones con los españoles a la vez y se ve que la misión, por ahora, le viene grande.

El padre de Piotrek, con más huesos que el hijo, tiene un butacón en vez de silla. Esto proporciona, de primeras, una incomodidad visual notable para el receptor de su pausada conversación, independientemente del ángulo de la mesa en el que se encuentre. Está algo retirado del resto, despatarrado sobre su trono, y su mirada, a pesar de su altura, queda por debajo del horizonte de lo deseable, deformada entre las botellas de plástico del zumo y agua. Por cierto.  A este señor no se le conoce sólido en el cuerpo. No cena. No come. O al menos así es para nosotros. Durante estos dos últimos días no he visto movimiento en su mandíbula centroeuropea salvo cuando sonreía porque no entendía lo que decíamos o porque veía que éramos público susceptible de alguna coña polaca cada media hora.

La madre tenía el pelo entre rizado, ondulado, encrespado y liso. La mirada cansada pero abierta al abrazo. Las arrugas bien definidas. La risita de cortesía hacia abajo. Camisetas con frases mitad Mr. Wonderful mitad evangélicas. Colores, margaritas y lilas en los estampados. De cintura para abajo, preferiblemente pantis negros.  No le gusta cocinar. Pero nos prepara lo que tiene, que es mucho de lo mismo,  los días que estamos con ellos.  No entiende ni una migaja de inglés. Está junto a Sissek, el hermano menor y mayor (lo primero en edad lo segundo en altura y viveza) de Piotrek, quien le traduce con disciplina soviética.

La cena, compuesta principalmente de fiambre (existen unas salchichitas rojas, finas, con un par de niveles de sabor interesantes), transcurrió entre topicazos de aproximamiento.  ¿Qué tiempo hace en invierno? ¿Qué estudiáis, chicos? ¿Cómo vive la gente el jaleo que están montando los españoles en Wroclaw?  Nos ponemos, los que me acompañan a la mesa (dos universitarios de Madrid) y yo, un poco filosóficos a la altura de lo que debería haber sido el postre.

Me arranco primero, errando en cuestiones relacionadas con Edith Stein que tienen la rápida corrección del Google de otro, y aprovechando el hueco, el otro como yo, de esos que se echan palante una vez que valora que el público no es muy sensible a la estupidez humana, le da de pronto unos tintes maniqueistas muy interesantes a la conversación. En el mundo hay buenos y malos, con sus respectivos ídolos.  Los que creen y no. Hay que tener espíritu de lucha, dialécticamente, claro.  Hay que enfrentarse, al estilo que nos mostró Eminem en 8 Miles, en términos de pelea de gallos a aquellos osados que no entienden a Dios.

El chico, de la quinta del 93 o por ahí, muestra el ardor de su fe en la justificación. Confiesa algún trasquilón de más en su CV y lo eleva como catapulta directa a la redención. Nos induce y apela exclusivamente a él. Por muchos motivos, no llega a la categoría de testimonio.

Se ha hecho tarde y en realidad la cena se termina cuando nosotros digamos. Si fuera por la familia de Piotrek, se quedarían en silencio contemplándonos como las familias que dibuja Michael Haneke en “La Cinta Blanca”; con silencios desmedidos, sin mucho entusiasmo por la escena en la que están pero con una fruición porque aquello no se acabe nunca que le deja a uno el cuerpo medio raro: agradecido y cansado.

También se hace tarde mientras escribo esto. Entre estos párrafos, otra fiera se ha unido al coro de aullidos del bestiario  y me ha dado frío. A fin de cuentas, esto no deja de ser Polonia. Me pongo unos calcetines y sigo.

familia Priotek

Conociendo y despidiendo Wroclaw

Apuramos en exceso la mañana del domingo en nuestros respectivos sacos y colchones. Llegamos muy justos a misa. Esta está en polaco con algún toque de español. Eso necesariamente implica que los peregrinos más audaces la noche anterior, los más despiertos y pillos para cumplir otro de los grandes objetivos de la JMJ, salir ennoviado,  se agolpen medio dormidos en las escaleras que llevan al órgano.

Algunos, a pesar del sueño, no quieren renunciar a que sepan sus intenciones y se pintarrajean los brazos con hashtags del tipo: #SoySoltero #SoyRC.

Tras la eucaristía, mañana con familias que cada cual aprovecha como puede. El plan hasta media tarde es acudir a una zona recreativa donde jugar al fútbol, echarse unos bailes, ver a un mago engañar a la gente y escuchar algunos testimonios.

Los testimonios. Estos siempre me han generado ciertas reservas. El orador debe ser muy bueno, haberle pegado unas buenas rezadas a lo que va a decir, para que su palabra de convierta en algo verdadero, algo asible para uno mismo.

Suele ocurrir en estos casos, que el nivel de emotivismo está tan alto que es difícil que el testimoniante no caiga en un modulación lacrimosa que suele ser alivio y refuerzo para los convencidos y leña para los escépticos, y créanme que ver a varios miles de jóvenes concentrados en espacios públicos para hablar de Dios crea legión de escépticos que consideran que aquello no es más que un teatrillo, donde el actor se desnuda sobre el escenario para la purificación colectiva, la salvación o condena del personaje y la catarsis y realización del hombrecillo detrás del papel.

Mientras avanza la tarde, va apretando la sensación de bochorno. El sol se rifa en cada esquina el puesto predominante con una lluvia estúpida.

Estamos en los trenes, rumbo al centro de Wroclaw. La ciudad, hasta ahora copia y pega de cualquier periferia tranquila y poco pretenciosa, gana enteros europeos a medida que nos acercamos al Mercy Festival, la actividad que copará toda la tarde.

Apretados y manteniendo el equilibrio en el vagón con cada arreón que dan los tranvías, el grupo de españoles a los que acompaño se preocupa de repasar, sin dejar nada ni a nadie fuera de la fiesta, todas las canciones de las borracheras y excursiones. Champiñones, atún, sardinas… Todas las raciones imaginables pedidas a un camarero con sordera.

Empezamos con un baile tradicional frente al escenario del Mercy Festival. Una suerte de danza polaca que permite, con un par de sencillos pasos, que todos bailen con todos y la risa y complicidad sea generalizada. El ambiente es fantástico.

 

Tras varias canciones y exaltaciones juveniles sobre el escenario, llega el momento de darle algo de contenido a la cosa.

Un par de actividades copiadas a los carismáticos evangelistas y un testimonio del orden que anteriormente habíamos comentado, termina por sacar de la primera línea a los más entusiastas.

Volvemos a las afueras, a cenar a casa de Piotrek.

Allí la mesa vuelve a ser testigo del empeño de dos culturas por entenderse. Cada minuto que pasa, el arraigo va buscando recovecos debajo de la alfombra y cuesta más despegar las raíces del suelo.

Nos estamos empezando a sentir como en casa.

 

La luz es más cálida, las arrugas de Margarita no hablan de disgustos sino de alegrías de madre, el padre gana en locuacidad hasta puntos insospechados, Piotrek se vuelve en un testigo encomiable y transporta paz. Hasta el joven Sissek se desmelena y dice que sí, que se viene con los españoles a tomarse una copa.

Tras arreglar un poco la fachada, volvemos al centro, a entorpecer los pasos.

Una expedición de 30 muchachos desde los 16 hasta los 26.

Tengo la suerte de arrimarme durante la salida, en categoría de periodista nocturno, a una chica de allí, Gabriela, y a un pequeño y almibarado seminarista de la parroquia, Arthur, que no tengo muy claro si venía en categoría festivalera o de estrecha vigilancia.

Caen las primeras ginebras con lima escurrida. La lengua se despega. Nacionalismos, excesos del bipartidismo polaco, las dos guerras mundiales y Polonia, el eco de la internacional y Polonia. Todo termina en caladas nerviosas entre anhelos de deconstruir para edificar sobre intuiciones.

Despejamos algún matiz de las preguntas marco que nos formulamos al comienzo de la aventura. Vemos que el joven, sea español o polaco, tiene preparadísimo, como cosido a la solapa de su alma, un rosario de quejas sobre su país y sus cosas. Y Arthur y Gabriela me dicen, que eso, ese lamento del que no se pueden despegar, les duele y les vuelve taciturnos e introvertidos.

Pero solo en la charla. En la pista de baile demuestran un ímpetu que solo un necio tacharía de ajeno. Somos nosotros. Y bailamos ruidos para celebrarlo.

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(@RMoralesJimenez) Aventurero en chanclas. Periodista por empeño. Felizmente casado, felizmente padre. Director de Democresía. Cuando me pongo meloso o bruto, escribo por Espinosa Martínez.

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