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Teresa de Jesús: patrona de los cabezones

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Los que se arrojan con más o menos fortuna a contar historias, deberían, aunque fuera por jugar con ventaja en las probabilidades de Laplace, poner de vez en cuando una vela a Santa Teresa de Jesús.

La patrona de los escritores españoles, denostada por lo revisionistas al despertar los mejores impulsos en Francisco Franco, debiera ser recordada por los hechos que la acompañaron durante y después de su larga y fructífera vida.

Cuando no rezaba, fundaba. Y cuando no hacía ni una cosa ni la otra, escribía.

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Fue adalid de la contrarreforma. Contó con el protectorado más discreto de Felipe II, quién se valió de su fama y “prodigios”, para apuntalar la fe católica en sus horas más delicadas. 

Fue una lectora voraz “era tan en extremo lo que en esto me embebía que, si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento” (Libro de la Vida 2, 1), lo que, irremisiblemente, dio con una escritora empedernida. Sus obras completas recogen algunos de los libros más importantes dentro de la mística universal. Es el caso de Castillo Interior, también conocido como “Las Moradas”, cuya introducción a la oración y al encuentro verdadero con Dios es fundamento para el diálogo interreligioso. “El libro de la vida” es, por su agilidad, sabiduría, innovación narrativa y capacidad subversiva, una de las lecturas más recomendables del barroco español.

Sus hagiógrafos de cabecera aseguran que aunque solo se conservan cerca de 500 cartas dentro de su epistolario, llegó a intercambiar más de 15.000 escritos con lo más granado de la época: Fray Luis de León, San Juan de Ávila, San Juan de la Cruz…

Fue arrojada, lo que en la mercadotécnia actual consideraríamos un caso paradigmático de emprendedora de éxito. Revolucionó su Orden, renovando una tradición que bebía desde los propios eremitas del Monte Carmelo -allá sobre el siglo XII- y empezó a fundar conventos de clausura -hasta llegar a 17 fundaciones en vida- con el principal patrocinio de sus buenas maneras y sandalias,  cuarteadas a lo largo y ancho de nuestra geografía.


Ávila no sería más que piedra amontonada sino fuera por Teresa de Jesús

Santa Teresa fue incómoda hasta tener a la inquisición soplándole el cogote,  prohibiendo la circulación de sus escritos, porque qué era eso de poder hablar en categoría de “enamorada” con Dios. Puso, en no contadas ocasiones, su salud a disposición de una vocación, hecho que, sin que se nos pida llegar a tal extremo, tendría que ser evocador para los que desean vivir de las migajas editoriales.

Perdió mucho por el camino, como la fundación de Pastrana, la enemistad de por vida con la todopoderosa princesa de Éboli o el no haber tenido ocasión de fundar en la capital del mundo en aquella época (Madrid).  Sin embargo, murió satisfecha con la simple premisa de morir como “hija de la Iglesia”. Esta sencillez dentro de la imponderable obra que legó, también es aviso a navegantes para los que deseen hacer de sus letras el sustento para la vida.

Lo fascinante de Teresa es que creyó verdaderamente en que lo que hacía tenía un eco para la vida de los demás e iba en consonancia con su propia historia. Una historia de amor. Donde ella había sido arrebatada por su amado.

Ávila no sería más que piedra amontonada en un montículo frío en algún lugar de la estepa castellana sino fuera porque Teresa se lanzó a los caminos como una enamorada. Y enamoró hasta el punto de acercar el cielo con la tierra, dejando una herencia espiritual que recoge a algunas de las mejores mentes y plumas de nuestra historia, de cuyo activo no solo se beneficia la Iglesia, sino la humanidad entera.

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(@RMoralesJimenez) Aventurero en chanclas. Periodista por empeño. Felizmente casado, felizmente padre. Director de Democresía. Cuando me pongo meloso o bruto, escribo por Espinosa Martínez.

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