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El mito de Chile (III): El escándalo de la santidad

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Pido un santo. Sí. Un santo. Como ese que se preguntó “¿Es Chile un país católico?” y los conservadores lo llamaron “rojo”, aunque estuvo alistado en sus filas. Y con su pregunta recibía los azotes, según la ley de acción y reacción. Claro que los que él daba no eran sino diagnóstico de su presente y del nuestro. Así son los profetas (porque todo santo es profeta, lúcido hermeneuta de la realidad). Eran tiempos en los cuales había políticos que se dejaban guiar por santos. Los que no, perdieron el apellido (“Católicos” se decían) por conservar sus privilegios. Los que sí, lo perdieron también, en algún momento entre democracia y democracia (cristiana y ya no más).

Si la doctrina social de la Iglesia es vista con desconfianza por los católicos, ¿qué se pedirá a los demás? Pues así era y así es. Porque si acepto la Humane vitae, no acepto la Populorum progressio. Porque el obrero se descristianizó cuando el patrón ya se le había adelantado. Porque si me interesan los pobres, debo liberarlos matando a sus hijos en el vientre materno. Pero bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu y el resultado se ve en la injusticia de los quietos y en la injusticia de los incendiarios

Sí, pido un santo, porque otro, el de Ars, decía que a pastor santo/pueblo bueno, a pastor bueno/pueblo regular, a pastor regular/pueblo malo, a pastor malo/ni te digo cómo es el pueblo. Y si el pueblo, el de arriba y el de abajo, está como está, también los pastores están como están. El año 2018 no nos lo pudo dejar más patente.

Lee la serie de artículos sobre Chile, del autor Felipe Montt-Rettig, aquí

El mito de Chile (I): Sueño de inmigrantes

Ya no es el tiempo de los mitos, ni de las tragedias, esas en las que no había responsables, sino que el hado se imponía. Ahora sabemos que hay responsables, porque hay libertad, pero también hay gracia: un poder más fuerte que devuelve el mito a su lugar de ilusión y que potencia la libertad para que se realice.

Sí, pido un santo, canal de gracia, pastor fuerte, ejemplo, dulzura y látigo. Porque ya no es el tiempo de los mitos ni de las tragedias, pero tampoco de las guerras. Los cambios pueden ser muy lentos; la abolición de la esclavitud es de ayer. Sin embargo a san Pablo, hace dos mil años, le bastó con decir a Filemón que recibiera al que era su esclavo, Onésimo, como a un hermano. Sólo el santo que yo pido será capaz de liberar y de enseñar a ser libres, capaz de sufrir por su pueblo, porque primero ha sufrido por su Dios.

Lee la serie de artículos sobre Chile, del autor Felipe Montt-Rettig, aquí

El mito de Chile (II): La ilusión de los cambios

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De profesión: inquieto. Aspirante a ciudadano romano, gusta de caminar por algún templo con Sagrario habitado. Sobre pentagramas arroja manchas de sonidos que nadie ha escuchado. Después de haber buscado en la filosofía el sentido de las cosas, ahora se distrae unas cuarenta horas semanales buscando sentido a la filosofía. Come lo que le den y duerme donde lo reciban.

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