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Iglesia y politíca en la era Francisco [Parte II]: el fin del mundo como banco de pruebas

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En el artículo anterior, a partir de la naturaleza política de la Iglesia y la cesura que existe -al menos desde los tiempos de la hegemonía liberal-democrática- entre su praxis política institucional y su discurso apolítico (o no-político), se señalaban variaciones notables en este sentido en la prédica del Papa Francisco, cuyo alcance y trascendencia son todavía difíciles de apreciar. Para ilustrar los efectos que podría tener esta nueva orientación de la Iglesia se mencionaron algunos fenómenos que parecen obedecer a ella.

Pero quizá donde puedan apreciarse mejor las transformaciones en curso es en la propia patria de Francisco, la cual funciona, por efecto de una voluntad deliberada o no, como banco de pruebas de la prédica pastoral del Pontífice.

La relación del antiguo cardenal Bergoglio con su país se ha vuelto realmente complicada. El casi unánime entusiasmo patriótico de los argentinos por la investidura pontificia de un connacional -venido del fin del mundo, en sus propias palabras- es cosa del pasado.

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Resulta necesario reconstruir los hitos principales de la relación del Cardenal Bergoglio con el poder político. Durante los últimos gobiernos peronistas, el desdén recíproco entre Bergoglio y los Kirchner mutó en hostilidad activa cuando en 2007 un obispo retirado, convertido en candidato a la asamblea para la reforma de la Constitución de la pequeña provincia de Misiones, echó a perder de forma indirecta el proyecto de reelección indefinida de varios gobernadores afines al Gobierno nacional y frustró a la larga una modificación de la Constitución Nacional en ese mismo sentido que le hubiera permitido al matrimonio Kirchner la iteración sin límites en el poder.

Los Kirchner atribuyeron la maniobra al Cardenal. Este primer choque dio lugar al contraataque de un sector del gobierno, que montó una operación en conexión con Roma para reemplazar al entonces arzobispo de Buenos Aires. El gobierno desistió de esa maquinación, pero las relaciones quedaron afectadas. La aprobación en 2010 de la ley de matrimonio igualitario, una iniciativa sobre la que existía escasa conciencia y aún menor demanda social fue interpretada como un golpe del gobierno argentino a la Iglesia.

La elección del Cardenal Bergoglio como Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, en marzo de 2013, puso en guardia a un gobierno argentino debilitado y cada vez con menos apoyos, que deslizaba al país a una crisis social y económica. Pero lo que parecía constituir una seria amenaza se convirtió en un inesperado punto de apoyo. El oficialismo -quizá en función de su condición peronista, es decir, instintivamente verticalista-  pasó casi en el acto de un precoz y violento discurso confrontativo a otro celebratorio. El nuevo pontífice, por su parte, se prodigó en apoyos y beneplácitos a Cristina Fernández de Kirchner (ya viuda) y su gobierno.


La elección de Bergoglio como Sumo Pontífice de la Iglesia Católica puso en guardia a un gobierno argentino debilitado y cada vez con menos apoyos”.

Durante las elecciones presidenciales de 2015 pudo verse una actividad de la Iglesia difícil de identificar en sus objetivos políticos. Por un lado el Papa siguió recibiendo en audiencia y concediendo las ansiadas fotos a funcionarios y candidatos del gobierno. Por otra parte existen datos fundados para pensar que la Iglesia fue decisiva en la derrota electoral de Aníbal Fernández, el candidato oficialista a gobernador en la estratégica provincia de Buenos Aires -fundamental para las aspiraciones de obtener la presidencia del país- por sus supuestos vínculos con el narcotráfico. Ese revés en el distrito electoral más importante del país resultaría fatal para las aspiraciones de Daniel Scioli, el candidato oficialista a la presidencia, que presumía de mantener un vínculo privilegiado con el Papa.

Cambiemos, la nueva fuerza política en el poder, no buscó una relación estrecha con el Pontífice, del mismo modo que éste no intentó un acercamiento al gobierno de Mauricio Macri, a pesar de que Francisco pudo encontrar en sus filas a antiguos amigos y colaboradores muy estrechos. Tampoco influyó el hecho de que buena parte del electorado católico de clase media votara por Macri. El Pontífice dispuso una relación estrictamente protocolar con el gobierno y mantuvo las relaciones privilegiadas con todos los dirigentes políticos, sindicales y de las organizaciones sociales que formaban parte del bloque de poder del peronismo derrotado, ahora en la oposición.

No serían ajenas las razones ideológicas: en su juventud, Jorge Bergoglio tuvo expresa simpatía por organizaciones que pertenecían al peronismo, un movimiento político que siempre ha subrayado (con razón o sin ella) su compromiso con los trabajadores y los humildes, la defensa de la soberanía nacional y una inspiración en la doctrina social de la Iglesia.

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Por su parte el gobierno de Mauricio Macri estuvo signado desde un principio como ejecutor de un ajuste social y económico destinado a reducir el gasto público con el objeto de mejorar la sustentabilidad del sistema económico y la competitividad del país. Se le atribuye (con razón o sin ella) una matriz ideológica neoliberal, orientada a los intereses de las grandes empresas, a lo que contribuye la gran cantidad de CEOs con cargos importantes en su gabinete y la primera fila de los ministerios.

El gobierno de Macri parece situarse lejos de las ideas políticas del Papa, que en no pocas oportunidades se ha pronunciado contra el modo de producción capitalista y el dinero como instrumento de mediación social.

Las definiciones ideológicas de Francisco han ido más allá del país del Plata: su impugnación se extiende a la mayoría de los gobiernos de centroderecha o derecha que han llegado recientemente al poder en Brasil, Chile y Perú, así como también la deriva ideológica del actual presidente de Ecuador. En un discurso durante su reciente visita a Perú se lamentó de que “se estaba buscando un camino hacia la Patria Grande y de golpe cruzamos hacia un capitalismo liberal deshumano que hace daño a la gente”, en referencia a la oleada de gobiernos populistas de izquierda que triunfó en casi todo el continente en la última década y que hoy se halla en franco reflujo.

El jefe de la oposición

Actualmente, Francisco interviene en la política argentina de diversas formas, todas indirectas. Manifiesta públicamente su apoyo a dirigentes y funcionarios del anterior gobierno, ahora devenidos en opositores, muchos de ellos procesados en causas de corrupción. Opera a través de múltiples representantes, emisarios y voceros que son dirigentes políticos y sociales, intelectuales, sacerdotes y obispos, ninguno de ellos oficialmente designado, pero tampoco desmentido o descalificado.


Francisco manifiesta públicamente su apoyo a dirigentes y funcionarios del anterior gobierno, ahora devenidos en opositores”.

Todos ellos parecen actuar con un amplio margen de iniciativa propia pero siguiendo una común orientación opositora. No es casual que el rol de Francisco en la política argentina haya sido comparado con la de Perón durante el exilio en su residencia madrileña de Puerta de Hierro. El Vaticano es lugar de peregrinación de todo el arco opositor, con la previsible excepción de la izquierda dura y otras facciones hiperideologizadas. Las “conversiones” más notorias que parece haber ganado el apostolado de Francisco se encuentran entre la militancia política, que lo ha visto como un factor aglutinador de la oposición.

Otras actitudes y declaraciones agregan mayor desconcierto a los fieles católicos argentinos. Advierten que Francisco y sus referentes más próximos en el país se manejan con una lógica que desafía las tradicionales alineamientos y vinculaciones de la Iglesia. Monseñor Marcelo Sánchez Sorondo, Canciller de la Pontificia Academia de Ciencias y muy cercano a Francisco, declaró en una entrevista reciente que actualmente el país que él veía más próximo a lo que podría ser una sociedad organizada según los principios de la Doctrina Social de la Iglesia era la República Popular China.

Estas declaraciones, que podrían estar enmarcadas en una política de acercamiento entre el Vaticano y Beijing, parecen ignorar o despreciar la histórica hostilidad del régimen comunista chino hacia la Iglesia: más de medio siglo de persecución y proscripción, maniobras de usurpación del ministerio, violaciones sistemáticas de derechos humanos y martirios de los cuales los católicos tienen puntual memoria, añaden estupor y causan escándalo.

Otro tanto ha sucedido con la afectuosa carta que Francisco dirigiera recientemente a Hebe de Bonafini, antigua dirigente de Madres de Plaza de Mayo, con ocasión de las investigaciones por parte de la justicia federal a causa de malversación de fondos asignados a su organización. Madres de Plaza de Mayo ha mantenido desde sus orígenes una posición hostil hacia la Iglesia argentina, a la que considera cómplice necesaria de la represión ilegal durante el gobierno militar que tomó el poder en 1976. Bonafini siempre se ubicó en las posiciones más radicalizadas de esa organización. En 2008 encabezó a un grupo de militantes que tomó la Iglesia Catedral de Buenos Aires y se jactó de haber cometido un acto sacrílego en su altar. Miembro de la coalición de organizaciones que apoyaban al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, intentó mantener un discurso confrontativo contra Francisco, cuando el oficialismo ya había decidido lo contrario. En su breve misiva el Pontífice compara a Bonafini con Jesucristo. ¿Cómo justificar públicamente, ante los fieles, estas estrechas relaciones con los enemigos declarados de la Iglesia?

Francisco parece cómodo en ese pantano de confusión, en el que lo único que resulta claro es su poco afecto por el actual gobierno. Resulta particularmente llamativo el hecho de que hasta el momento se ha negado a regresar a su país, contribuyendo directamente a mostrar su relación con la Argentina como anómala y fuertemente condicionada. Ya ha visitado todos los países limítrofes de la Argentina, con excepción del fuertemente secularizado Uruguay. De todos los Pontífices no italianos recientes es el único que ha retrasado en más de cinco años la visita a su país de origen.


Francisco parece cómodo en ese pantano de confusión, en el que lo único que resulta claro es su poco afecto por el actual gobierno”.

¿Vicisitudes de un Pontífice cuyo país se encuentra inmerso en una profunda confrontación política? Puede ser. El hecho es que Francisco no ha podido o no ha querido ponerse por encima de las líneas de enfrentamiento. Tampoco parece que el país se encuentre en una situación de conflictividad tal que sea inevitable tomar partido por uno de los bandos, como sucedió en Polonia durante los primeros años del pontificado de Juan Pablo ll.

El desafecto de los católicos argentinos por el Papa no parece deberse principalmente a la controvertida doctrina que promueve desde el Magisterio, sino a su alineación en los asuntos políticos del país. Este desafecto se ha puesto claramente de manifiesto en la reciente visita apostólica a Chile y Perú, en la que se esperaba una masiva asistencia de fieles transandinos. Los católicos argentinos mostraron una presencia muy marginal. Es razonable pensar que quienes decidieron no viajar a ver al Papa eran predominantemente fieles de clase media, con recursos suficientes para afrontar un viaje relativamente costoso.

Del aborto a la cuestión Iglesia-Estado

Nunca antes en la historia argentina reciente se había experimentado una presencia tan fuerte, variada y continuada de la Iglesia en el escenario político. Ni siquiera en los tiempos de confrontación con el primer gobierno de la democracia restaurada, que logró la aprobación de la ley de divorcio vincular, en 1987. Esta presencia aumentada obliga a analizar en detalle la reciente discusión nacional sobre la legalización del aborto.

No resulta sencillo explicar sus causas remotas y mediatas. Se trata de un tema central en la agenda de los movimientos feministas y los partidos de izquierda, pero que hasta ahora había sido cautelosamente evitado por las principales fuerzas políticas del país. Como efecto de una marcha contra la violencia de género, a principios de 2018, un grupo de legisladores presentó un proyecto que promovía la despenalización del aborto y su inclusión en las prestaciones del sistema de salud en forma gratuita.


El desafecto de los católicos argentinos por el Papa no parece deberse principalmente a la controvertida doctrina que promueve desde el Magisterio, sino a su alineación en los asuntos políticos del país.

No obstante los pronunciamientos del presidente Macri en contra del aborto durante la campaña electoral de 2015, el gobierno habilitó la discusión del proyecto. Macri, adicionalmente, se comprometió a no vetar la ley en caso de que fuera aprobada por ambas cámaras. Las razones de este cambio sustancial de posición tampoco son fáciles de determinar. Algunos especularon con la posibilidad de que se tratara de una estrategia electoral, buscando un posicionamiento del gobierno más cercano a sectores liberales y diferenciándose del electorado de origen católico, más conservador. Otros han propuesto la idea de que se trató de un distractor de la opinión pública, en momentos en los que se empezaban a vislumbrar serios inconvenientes económicos y que concluyeron más tarde en una sustancial devaluación de la moneda y el pedido de asistencia financiera al Fondo Monetario Internacional.

La apertura del debate parlamentario, las sucesivas ponencias de especialistas y personalidades destacadas en las comisiones asesoras en ambas cámaras, la discusión en los medios y las redes sociales dividieron a la sociedad argentina en dos bandos enfrentados. El clivaje entre las posiciones favorables y contrarias no siguió los alineamientos partidarios ni  tampoco las líneas de gobierno y oposición.

El posicionamiento más notorio fue probablemente el de la actual senadora Cristina Fernández de Kirchner, que pasó de bloquear la discusión sobre el aborto durante sus mandatos presidenciales a apoyar explícitamente el proyecto de legalización, algo que contradice la presunción de un acuerdo implícito entre Francisco y la jerarquía eclesiástica argentina, por un lado, y el kirchnerismo por el otro.

La Iglesia tuvo una posición destacada en la articulación de los sectores que se oponían al proyecto, si bien la conducción del movimiento fue acompañada por los obispos y el clero en un segundo plano. La capacidad de movilización demostrada por los opositores al proyecto fue un factor decisivo en el resultado final. La posición de Francisco durante el debate fue un apoyo indirecto, nunca especificado, expresado en pronunciamientos genéricos contra el aborto como forma de cultura de la muerte (lo cual también sirvió para fijar posición en relación con el referéndum sobre la legalización del aborto convocado simultáneamente en Irlanda).

El rechazo del proyecto en Cámara de Senadores, en el mes de agosto, ha dejado un panorama cuya evolución será preciso evaluar.

Por un lado, los sectores católicos han adquirido una cierta conciencia política que podría traducirse en demandas puntuales a los candidatos en las próximas elecciones: por ejemplo, pronunciamientos explícitos en materia de aborto, género o educación sexual en las escuelas. También han realizado una interesante experiencia en materia de lobbying y de intervención en los medios. Esta nueva conciencia parece no solamente no reconocer un liderazgo en la jerarquía eclesiástica sino constituirse en discreta independencia de ella, con el objeto de desvincular la posición contraria al aborto de planteamientos confesionales.

Por otro lado la radicalización de los sectores favorables a la despenalización del aborto y su inclusión como materia de salud pública los ha llevado a poner en el tapete la discusión sobre la separación entre Iglesia y Estado.


La pregunta que cabe hacerse es por qué la Iglesia de Francisco busca redefinir su misión en el mundo y su relación con la sociedad en términos políticos”.

En el art. 2 de la constitución argentina puede leerse que “el Gobierno federal sostiene el culto católico, apostólico, romano” lo cual se traduce en un régimen especial de la Iglesia en materia de relaciones institucionales pero también en el financiamiento que el Estado efectúa a algunas de sus actividades. Si bien es cierto que hay sectores de la Iglesia, como la propia jerarquía, que manifestaron su voluntad de renunciar a esas prerrogativas –el caso del sueldo de los obispos, pagados por el Estado nacional-, una aplicación drástica de este principio podría llevar a la crisis de un vasto entramado de instituciones confesionales con fines educativos, asistenciales y sanitarios, cuyo sostenimiento depende, en diversa proporción, de recursos públicos.

La pregunta que cabe hacerse es por qué la Iglesia de Francisco busca redefinir su misión en el mundo y su relación con la sociedad en términos políticos. No habría que descartar una sensible transformación a nivel global durante los últimos años, en la que las antiguas formas deliberativas que poseía la legitimidad liberal están dando lugar a una modalidad confrontativa de entender y practicar la política, lo que tiene como efecto derivado hacerla más visible y más presente. Pero también es posible que la Iglesia esté respondiendo a procesos internos que la obligan a plantearse caminos alternativos: puede estar buscando, con suerte dispar, una renovada legitimidad.

La visita papal a Chile estuvo signada, por un ambiente de hostilidad e indiferencia por parte de los chilenos, derivado en parte de denuncias relacionadas con abuso de menores por parte de clérigos de la iglesia chilena. Los incidentes a lo largo de visita de Francisco no contribuyeron a suavizar las heridas.

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Héctor Ghiretti es doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra, investigador adjunto del CONICET (área de Derecho, Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales) y profesor en diversas universidades latinoamericanas. Es autor de los libros "La izquierda. Usos, abusos, precisiones y confusiones" (2002) y "Siniestra. Sobre la izquierda política en España" (2004). Y cerca de 300 publicaciones, contando "papers" en revistas científicas, reseñas bibliográficas, artículos en revistas culturales y periódicos. Columnista habitual de los periódicos argentinos "La Voz del interior" y "Los Andes" y comentarista de Cadena 3.

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