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El arquetipo del hada

En Ciencia y tecnología/Religión por
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Para la científica planetaria Carolyn Porco: “Todos los átomos de nuestro cuerpo serán enviados al espacio cuando el Sistema Solar se desintegre, para vivir por siempre como masa o energía. Eso es lo que deberíamos estarle enseñando a nuestros hijos, no cuentos de hadas sobre ángeles y ver a su abuela en el cielo”.

Bajo este punto de vista la realidad es un terreno inabarcable en su complejidad relojera, y que por luz propia hace prescindible la mentalidad “mágica” o “supersticiosa” afincada en los cuentos de hadas, la religión o en definitiva el sentir espiritual. Todos estos cuentos son entonces vicios mentales que nos alejan de la verdad y es necesario suprimir como punto de partida del aprendizaje.

Sócrates define al niño como el perfecto filósofo; muestra un interés incansable por el mundo que le rodea, asume todo lo que percibe como posible y no da nada por sentado. En la mente plástica de los niños todo vale y por eso es tan fértil a la fantasía. Pero a medida que crecemos vamos desterrando esta mentalidad a golpe de realidad. Da la sensación de que perderse por los relatos, la grandes preguntas y la filosofía son cosas de gente inmadura, que la madurez tiene los pies en el suelo, en el aquí y el ahora.

Pero Copérnico no se limitó a pensar en un Sol girando en torno a la Tierra, Colón no se conformó con una sola ruta hacia las indias ni Einstein dio por sentado el valor absoluto del espacio y del tiempo. Los genios, como los niños, exploran lo que el resto ha dado ya por hecho. Pareciera que ese sentido de fantasía de los niños abriera las puertas del pensamiento abstracto, y de ahí a la creatividad y la innovación. Más allá de lo que conocemos siempre está lo que intuimos o creemos que existe. Cada nueva verdad ha sido antes un paso al vacío, a lo imposible. En el horizonte de la ciencia siempre asoma la fe.

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Como si de un arquetipo de Jung se tratara, compartimos en nuestro inconsciente la tendencia a atribuir a las cosas algo que va más allá de lo que superficialmente apreciamos en ellas. Una idea mágica de trascendencia. A la persona le atribuimos alma o dicho de otro modo, dignidad. Sobre el mundo proyectamos a Dios o, dicho de otro modo, sentido, o visto de otro modo ciencia.

Esta estructura del pensamiento, este arquetipo del hada que es tan robusto en los niños, es cómo nos relacionamos de manera personal e intuitiva con la verdad, al igual que la ciencia representa nuestra relación formal y objetiva con ella. Así por ejemplo relatos comunes a la mayoría de culturas como los grandes diluvios, el apocalipsis de las religiones abrahámicas, pasando por la idea de Karma y Dharma, subrayan que nuestro fracaso como individuos o como civilización puede provocar un desenlace destructivo, algo en sintonía con nuestra percepción de verdades objetivas como el cambio climático o el consumo irresponsable de los recursos naturales.

La necesidad de ver lo invisible, esa mezcla de imaginación e inconformismo, es inherente a todos y nos hace fuertes como especie. Cuando Carolyn Porco afirma que nuestros átomos “vivirán por siempre como materia y energía” reconoce en ese “por siempre” algo más que un hecho objetivo: reconoce un sentido trascendente y mágico de eternidad. Quiere transmitir que la ciencia tiene una poesía implícita que descarta la espiritualidad. En realidad, es igual que quien dice que ve a su dios en la exactitud de las matemáticas o en el paso de las estaciones. La poesía que subtitula los hechos es precisamente la frontera entre la ciencia y la fantasía, entre el conocimiento y la fe.

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Es deseable por tanto dejar a los niños ser niños y que pasen por las etapas que nosotros ya hemos pasado. Antes o después todos terminamos por hacer autocrítica sobre nuestros relatos infantiles o incluso los religiosos, pero transmitir a los niños la historia mágica de nuestras vidas -dentro de una educación equilibrada- es dejarles jugar con las herramientas que potenciarán su capacidad abstracta, su inconformismo y paradójicamente su vocación de ciencia, si la entendemos como la mentalidad rigurosa de llegar a la verdad y no la de suscribir dócilmente los relatos que otros ya nos han contado. Y más aún: mantener nosotros vivas esas historias es conservar ese punto de genio y de niño, esa frescura del corazón que acerca a la verdad fuera en el mundo y a la luz dentro de uno mismo.

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