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Los refugiados no solo tienen hambre

En Asuntos sociales/Mundo/Pobreza e inmigración por
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Si es laudable oficio de caridad compadecer al que sufre, un hombre de veras misericordioso preferiría con mucho que no hubiera nada que compadecer.

 

Es de san Agustín, del Libro tercero de sus conocidas “Confessiones“, al hilo del teatro clásico (a él contemporáneo) y la experiencia de los espectadores de aquellas enrevesadas tragedias. “En aquellos días gozaba yo con ver en el teatro a los amantes que criminalmente se amaban, aun cuando todo aquello fuera imaginario y escénico. Cuando el uno al otro se perdían me ponía triste la compasión; pero me deleitaba tanto en lo uno como en lo otro“.

Criticaba el africano el macabro deleite en la tristeza, una suerte de retorcido orgullo de la propia empatía, del sufrimiento por el dolor ajeno. Esa reputada santidad; un comienzo honorable que se extravía enseguida y es reconducido a la exaltación del ego, que se felicita (y de aquí ese gozo vituperable) por ser tan cálido y “humano”; hasta llega en ocasiones a desear el mal ajeno, en razón de ocasión para su delectación nauseabunda. “Absurdo sería hablar de una «benevolencia malévola», pero este absurdo sería necesario para que un hombre pudiera al mismo tiempo ser en verdad misericordioso y desear que haya miserables para poderlos compadecer“.

Extraña misericordia que encuentra placer en abajarse y que instrumentaliza al otro; que objetiva a la persona y solo finge anonadamiento. Es una mutilación del corazón, en que entra la miseria del prójimo y allí reposa, estéril de vida, inmóvil, inerte.

 

Pregúntese quien se atreva si Aylan fue de carne o es solo idea.

 

Tanto mejor si a la tragedia griega precede el aperitivo: “basado en hechos reales“. No podrán negar muchos lectores (tampoco lo hace quien esto escribe) el cosquilleo que les recorre la entraña cuando advierten la expresión, empapada en música tristona, abriendo una película de hondo título. Es tanto mejor cuanto más fiel a la realidad es el espectáculo; más verídica y auténtica ante sí mismo la misericordia del consumidor. Por lo mismo, preferible la cercanía temporal y geográfica al drama. Y esto explica el sensacionalismo de los medios, que ven disparados sus contadores de visitas y su poder de influencia en la sociedad (eso sí, por la infecundidad radical del método, solo a corto plazo). Deseamos sentir nuestra compasión por el sufridor.

Para concluir la tesis, ahí va mi polémica barbaridad: pregúntese quien se atreva si Aylan fue de carne o es solo idea; por atemporal, eterna. ¿Estaba Aylan en los corazones, en las conciencias, de los vociferantes europeos, defensores de la humanidad? No hay duda: la cuestión es si también estaba fuera. Si ese crío existió de veras o es mera imagen; si Aylan son dos o fue uno solo.

Regresan a las bocas de tantos los enunciados de las tradicionales obras de misericordia: demos de comer al hambriento, dicen, y posada al peregrino. Que los hombres son iguales y es deber de justicia otorgarles lo que el derecho natural demanda y el positivo les deniega. Al margen de la ultraderecha que los rechaza, del hipotético (y no falso por ello) riesgo de futuribles atentados y del conjunto de los móviles que puedan guiar el éxodo de algunos refugiados, hoy nos imploran ayuda necesitados y hemos de sufragar sus demandas vitales.

El pequeño Aylan Kurdi

No me malinterpreten: yo me ubico en ese colectivo. Hay de hecho una demanda justa y hemos de socorrer con nuestros bienes al hermano (vean: uso términos fraternos, los de la cuna del liberalismo occidental). “Compartir es vivir“, nos recuerdan nuestros abuelos, y el destino último de los bienes no es su propietario sino el bien común, el bien de todos.

Pero no dejan de asombrarme ciertos detalles. Las redes sociales (el ágora del siglo XXI) solo parecen teñirse de clamores cuando las agitan los medios de comunicación o personajes influyentes; respondemos con notables diferencias (y esto cuando respondemos) ante distintas emergencias mundiales, igualmente apremiantes, necesitadas de nuestro socorro; incluso situándonos en la misma catástrofe, refiriéndonos a la misma circunstancia, nuestra lengua solo tiene sitio para los sirios migrantes y no para las víctimas que continúan, por cualquier causa, sufriendo en su propia tierra los desmanes de ambos bandos combatientes.

Nuestra petición de socorro para el desconocido es curiosamente selectiva. Y más aún, circunscribiéndonos a la misma selección de afortunados: proponemos una respuesta a corto plazo y quizá pensando poco en aquel a quien auxiliamos. Retrotraigámonos a la guerra civil española, que estará de moda hasta el fin de los tiempos, y preguntémonos si la solidaridad y la fraternidad justas eran la sola asistencia al exiliado o la recuperación del hogar y la patria. ¿Es amor limitarse a servir el plato del refugiado y darle cama en Europa? Si es amor, ¿no será mejor aniquilar la causa de la crisis migratoria?

¿Por qué los buenos quieren que Europa alimente a los sirios fugitivos y sólo los malos quieren resover el conflicto en Siria? ¿Por qué la mayoría de los españoles solicita de la Unión Europea dar posada a quien lo pida, y nadie exige actuar en la patria de los demandantes, del modo que sea, para restituir a los despojados en lo suyo y socorrerles en todas sus necesidades, a largo plazo?

Y sin cometer el error de arrojar blanco o negro, me asomo a lo gris: ¿no estaremos siendo algo egoístas, como aquellos espectadores de las tragedias griegas? ¿Somos en verdad caritativos? ¿Queremos acabar con la miseria, o solo socorrer al miserable?

Reparo en estas cosas y me pregunto: ¿serán de carne los refugiados, o desnuda idea…?

(@ChemaMedRiv) (Chema en Facebook) Grados en Filosofía y en Derecho; a un año de acabar el grado en Teología. Muy aficionado a la buena literatura (esa que se escribe con mayúscula). Me encanta escribir. Culé incorregible. Español.

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