El puritanismo de la juventud

En Asuntos sociales por
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Unos viejos amigos con los que pasé una agradable velada en el barrio de La Niebla de una Ciudad de Sombra tienen un hijo concienciado.

Cenamos en un restaurante que ofrecía, junto con las muy mejorables viandas, la actuación de una cantante de fados acompañada por dos guitarristas. Entre plato y plato, entre fado y fado, siempre malos los primeros, no siempre tristes y melancólicos los segundos, la madre de la criatura se confesó conmigo. Mientras me ponía al día de las andanzas de su vástago, la cantante iba deslizando afectuosos y sentimentales comentarios sobre su exilio español, la nostalgia de su tierra portuguesa y lo bien que era recibida en aquel restaurante perdido en lo más perdido de las ciudades de sombra, pues La Niebla es una isla que flota en el limbo del extrarradio. No es baladí el hecho de que una cantante de fados no solo cante, sino que, además, oficie como maestra de ceremonias y vaya puntuando cada canción con notas improvisadas y pintorescas sobre la vida, el amor y esa “cosita” tan ibérica que los que viven más allá de los Pirineos no son ni tan siquiera capaces de imaginar.

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En tal atmósfera, incluso el insulso bacalao y las incomibles croquetas de ídem pasaban por pasajeras efusiones de la carne que enaltecían, más que dañaban, el estado de beatitud espiritual en que nos hallábamos los comensales. El restaurante, para más inri, era pequeño y todos cenábamos con todos, participando de esa comunidad inesperada de los corazones propicios, que es la mejor forma de comunidad al no haber sido planificada por un poder diabólico y surgir como consecuencia no deseada de las simples ganas de pasar un buen rato.

“Mi hijo se ha hecho vegano”, me soltó de improviso mi vieja amiga bajo la mirada protectora de mi viejo amigo, su marido, que había ganado unos kilitos desde la última vez que nos vimos. Percibí en la mirada de él y en la voz de ella una vibración de orgullo que me enterneció sin saber muy bien por qué. El joven vegano estudiaba Económicas en una universidad pública madrileña. Yo le recordaba como un muchacho de piel blanquísima, como la madre, bueno, como el padre, y atormentado por crónicos dolores de espalda. “Él quiere -siguió diciéndome la orgullosa madre- traducir la economía al lenguaje común para que la gente pueda entenderla. Lo mismo que hizo José Luis Sampedro en su momento”.

Aquella casa y lo que se trajinaba en ella me inquietaba y me atraía, pues distinguía los perfiles de un experimento realizado a ciegas y sin brújula.

Poco a poco, la imagen del chaval se fue perfilando en mi cabeza con cierta preocupación. Date, me dije, el chico se nos ha vuelto un idealista con una firme inclinación al activismo. Esta constatación un poco atribulada, que corrió pareja a un fado de Coimbra de intensidad sobrecogedora, se cruzó con el recuerdo de otra velada en que los padres del futuro economista me dijeron que este metía a la novia en casa siempre que le apetecía, que la chica era un encanto y que tenían su cuarto para hacer sus cosas. Beneméritos progenitores para los cuales el sexo debe asumir la absoluta normalidad de lo inodoro, incoloro e insípido y tramitarse domésticamente con la familiaridad del amor a los seres queridos. Aquella casa y lo que se trajinaba en ella me inquietaba y me atraía pues distinguía los perfiles de un experimento realizado a ciegas y sin brújula, de esos a los que tan dados somos hoy en día en nuestra sociedad infectada de sentimentalismo tóxico.

“Los últimos meses han sido una locura, menos mal que ya se ha terminado”. Oír esto y alarmarme fue todo uno, hasta el punto de que derribé una copa vacía. “Y por qué una locura”, respondí desalentado por mi torpeza a la madre que del orgullo había pasado a la desesperación y, finalmente, a un asomo de esperanza.

Me contó que su hijo tenía un amigo inmigrante, africano, que vivía con sus padres en un pisito del extrarradio. Por causas que no llegué a entender, la familia se había quedado en la calle. Los padres pudieron recogerse en la casa de un familiar. Pero allí no había sitio para su hijo. Este se lo contó al retoño de mi amiga, quien le explicó a su madre como un predicador avezado en las entretelas del pensamiento único que se trataba de una situación extrema, que era su mejor amigo y que gente como ellos, él y sus padres, tan concienciados, algo debía hacer pues es en los hechos, y no en las palabras, que se las lleva el viento, donde el activismo contra una sociedad injusta se prueba a sí mismo. En fin, que el desahuciado amigo de su hijo se les metió en casa y convivió con ellos durante tres meses.

Fue aquí donde observé un cambio en el tono de la orgullosa madre. Si el vegano y futuro economista del pueblo despertaba en ella un deseo a duras penas reprimido de jalearlo y sacarle en procesión, el socializador del hogar familiar la enfrentaba con dudas y laceraciones poco menos que impronunciables en el lenguaje de una buena ciudadana y, sobre todo, de una madre entregada a los delirios ideológicos de su descendencia. Quizá en este punto yo tendría que haber oficiado de debelador de tales delirios y de sus oprobiosas consecuencias en la administración del oikos, pero mi natural más pazguato que humilde me llevo a hundir la cerviz y seguir escuchando el desahogo materno con ojos de cordero degollado.

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El hijo, antes de meter al amigo en casa, solía ver la tele con la madre. Mi amiga rememoraba esos momentos de intimidad con pena pues, desde que llegó el okupa, eran los dos jóvenes quienes veían la tele juntos. Con el hijo, la madre aprendía pues su retoño la ilustraba sobre cómo en todo, desde el telediario a un anuncio pasando por la serie de moda, se infiltraban palabras y expresiones atentatorias contra la dignidad de la mujer. Era un hacha en identificar cualquier estereotipo e insinuación subrepticia sobre la condición femenina, el lugar ocupado por las mujeres en la sociedad y lo que se espera de ellas en un mundo gobernado por hombres blancos, heterosexuales y católicos. Mi vieja amiga, me la imagino, le miraba con ojos embelesados de amor eterno. “¡Ay!, pero qué guapo es y qué bien habla”. Que aproximadamente fue lo mismo que le soltó Carmena a Errejón en la presentación de “Más Madrid” después de que el segundo, con verbo galano, expusiese la razones de haber dejado a Pablo en pelotas.

Esa mirada de la madre embelesada se borró repentinamente cuando pasó de evocar la escena televisiva del sofá, mano a mano con su cachorro en el esclarecimiento de las invisibles y telúricas dominaciones culturales existentes, a relatarme sus desventuras con el intruso. El problema se reducía al espacio, a compartirlo todo y a tener que cocinar para tantos. Puso mucho énfasis en el baño pues solo tienen uno y el váter y la ducha no dan para más. Además, el hijo es vegano, su amigo, no sé, pero supongo que también pues en las cosas de la ideología no suele haber cabida para el matiz ya que son artefactos que se venden en un pack indivisible. Con lo que la madre de la criatura tenía que preparar diferentes comidas en virtud de las bocas que iban a engullirlas. En esto, mi mujer se metió en la conversación y nos informó de que la hija de una compañera de trabajo también estaba muy concienciada con lo del maltrato animal, que daba charlas en los colegios de La Niebla a niñas de su edad sobre las virtudes de lechugas y naranjas, entes asépticos que nunca han matado a ningún ser vivo, pero que, llegado el caso, si había que comerse un filetazo, se lo comía. “Mi hijo no -dijo mi amiga un tanto cariacontecida, como si presintiese que su retoño era esclavo de una lógica inflexible- pues es vegano a carta cabal y lo que dice, lo hace”.

Terminó la cena y salimos a La Niebla. El rumor de los fados estilizaba un barrio humilde. Algo de mágico había en aquel oscuro restaurante familiar perdido dentro de una isla perdida, como si al otro lado de la frontera uno se topase con restos sentimentales de lo que nunca querría dejar de ser. Me gustó esa noche portuguesa en una Ciudad de Sombra.

Derribemos los muros existentes y abramos nuestros corazones a esa justicia que florece por encima de la ley cual “filantropía telescópica”, que siempre enfocará con más precisión el daño lejano que la necesidad próxima.

Al llegar a casa, pensé en el relato orgulloso y apesadumbrado de la madre del puritano. Pues de eso se trataba, diantres, de que el hijo bueno y de piel blanquísima, que padece crónicos dolores de espalda, le había salido un puritano. Me dio miedo de solo pensar en que los dos cabestros que tengo por hijos me pongan firme, ideológicamente hablando, un buen día y tenga que apechugar con novias, novios e inmigrantes metidos en casa en nombre de un sexo jovial tan normalizado como el comer y de los altos ideales de un humanitarismo sin fronteras políticas ni domésticas. ¿Acaso no vivimos todos en un mismo mundo y nos alimentamos y vestimos de la misma tierra? Derribemos los muros existentes, confraternicemos como verdaderos camaradas, abramos nuestros corazones al amor universal y a esa justicia que florece por encima de la ley cual “filantropía telescópica”, que siempre enfocará con más precisión el daño lejano que la necesidad próxima.

A mí, lo de la vida comunitaria no circundada por ningún límite y pregonada con poncho y guitarra, y con perro y con flauta, me seduce a pequeños sorbos. La comunidad buena es la no buscada, la que surge de improviso, la que dura poco. Como esa atmósfera que se formó en la cena y que unió a los afortunados en una comensalía común bajo una cantante que escenificó el vínculo con criterio y sentido, con la mano izquierda de alguien entrenado en sacar a los comensales una sonrisa y no forzar el acuerdo más allá de lo necesario. Por eso mismo, temo el puritanismo de la juventud. A esos buenos hijos de buenos y afectuosos padres que han comprado un billete en esta sociedad ensordecedora y manipuladora para arremeter contra los desafueros lanza en ristre y familia tomada al asalto. Y, también, el ciego amor de los padres que tiñe de orgullo y, finalmente, de inconfesable pesadumbre la acción justiciera de sus vástagos.

Yo, que no tengo la autoestima muy alta y el bullicio de las clases cada vez me ataca más al corazón, sí me comprometo a que el día en que mi hijo o mi hija se haga vegano, estudie un grado universitario con el objetivo de llevar el conocimiento al pueblo, se siente conmigo en el sofá adoptando una actitud condescendiente para abrirme los ojos a las mentiras del mundo y, rizando el rizo, meta en casa a un huésped indeseado, por simbólica que sea su condición, mantendré a salvo mi autoridad y le musitaré al oído aquella verdad intemporal de la copla castellana, mucho menos contemplativa con los desamores ideológicos que el fado lisboeta:

Vete a la calle un rato
que si te quedas a mi lado
de la torta que te doy
me dolerá hasta la mano

Luis Gonzalo Díez (Madrid, 1972) se dedica a la enseñanza y a emborronar más páginas de las debidas. Sus gustos y aficiones son tan convencionales y anodinos que mejor no hablar de ellos. Le interesa, más que la política, el pensamiento político. Y ha encontrado en la literatura el placer de un largo y ensimismado paseo a ninguna parte. Ha publicado "Anatomía del intelectual reaccionario" (2007), "La barbarie de la virtud" (2014) y "El viaje de la impaciencia" (2018).