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Prohibido aburrirse en clase

En Asuntos sociales/Educación por
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Todo lo relacionado con los viejos usos y maneras de la enseñanza va quedando atrás con esa sensación de vértigo que procura vivir en un tiempo histórico tecnológicamente acelerado. El profesor que habla, el alumno que escucha, la memoria, los apuntes, los exámenes, incluso el mismo concepto de asignatura empiezan a despedir ese aroma vetusto de una especie cultural a punto de extinguirse. El vacío resultante se envuelve con el manto prestigioso de un progreso sin controversia posible, de un evangelio educativo de obligado cumplimiento tanto por su potente base tecnológica como por su orientación pedagógica.

Entre las muchas virtudes de la innovación educativa, se encuentra la proscripción del aburrimiento. Dado que el alumno, más que el conocimiento, es el protagonista absoluto, todo se orienta a la estimulación de sus capacidades, habilidades y competencias, lo cual solo puede hacerse en un entorno proactivo que evite la pasividad del oyente de un discurso manufacturado. Como si esa pasividad fuese consustancial al hecho de escuchar a un profesor disertando sobre un asunto particular. Profesor que, por acomodarse a un estilo antiguo de docencia, quedaría desacreditado al reproducir una pauta de comunicación intelectual con fuertes resabios autoritarios y jerárquicos.

Tal desacreditación opera al margen de lo que el profesor comunique al alumno. Da lo mismo que domine su campo o sea un charlatán de feria. Si basa la clase en sus palabras, en su voz, en la pura y exigente transmisión de un conocimiento, al igual que un autor basa los libros que escribe en un saber inevitablemente idiosincrásico que hace de él lo que es, pertenece a la añeja y superada cultura de los apuntes y, por tanto, es desautorizado como un ejemplo recalcitrante de hábitos condenados por el progreso pedagógico. Progreso para el cual el sentido de la autoría, sea aplicado a una clase o a un libro, se diluye en un ritual comunicativo de otra especie, más interactiva y entretenida.

A mí me preocupa particularmente cómo la doctrina de la innovación educativa tiende a crear una imagen ideologizada del pasado, un estereotipo negativo y reduccionista de los viejos usos y maneras de la educación. Imagen y estereotipo que ocultan la ambigüedad y la riqueza de muchas cosas que hoy pasan por males y vicios y cuya virtualidad formativa no cabe desdeñar con suficiencia.

Considero que aquellos usos y maneras tan denigrados en la actualidad poseen dos claras ventajas respecto de los que pugnan contra ellos para reinar en su lugar:

  • Primera, carecen del doctrinarismo que avala la innovación educativa y, con ello, del grado de enfermizo entusiasmo burocrático que dicha innovación alienta.
  • Segunda, quizás debido a lo anterior, a su factura más roma en lo doctrinal, están más cerca de un sentido común y prosaico de lo que es y entraña la vida.

Antaño, el sistema educativo giraba en torno no al alumno, sino a la transmisión de conocimientos. Y por no poner el énfasis en el alumno, asumía, como parte de la educación y, podríamos decir, de la vida, que, al igual que en ésta caben la rutina y la monotonía, así también en el aula. Pero, del mismo modo que la rutina y la monotonía en la vida pueden despertar nuestro anhelo de fuga y evasión, de mejora y perfeccionamiento; en el aula, a través del conflicto entre nuestros deseos y la no siempre dulce realidad, pueden fomentar el aprendizaje por vías oblicuas e inesperadas.

No sé si el joven Max Weber se aburría en clase, pero, al parecer, mientras el profesor de turno peroraba mezclando hechos y valores, el futuro y genial autor de La ética protestante y el espíritu del capitalismo leía con avidez un volumen de Goethe que tenía guardado en su pupitre.

¿Aprendería Weber que un hombre como Goethe nace cada mil años gracias al sopor de ciertas lecciones poco magistrales? ¿Podemos descartar que el saber aburrirse en clase contribuya a la formación integral del alumno?

Si el aula es una parte pequeña del mundo y el mundo es imperfecto y nos enfrenta con continuas contrariedades, ¿no debería asumir el sistema educativo esa imperfección y esas contrariedades como una dimensión fundamental del aprendizaje y la enseñanza?

No diré que haya que ir a clase a aburrirse, pero, me pregunto, cómo deslindar la hoy en día tan exaltada excelencia del parco y genuino conocimiento de la vida; por qué razón blindar el aula contra las evidencias, en forma de contradicciones y ambigüedades, suministradas por dicho conocimiento.

La vida, incluida la del estudiante, no acontece en pulcros laboratorios santificados por la magia del progreso. Y por pretender que así sea, quizás estemos arrumbando algunas cosas importantes. Precisamente, aquellas que se olvidan al dejarnos subyugar por el embrujo reduccionista y opresivo de la perfección, de un mundo sin fisuras donde el aburrimiento y el asombro están enfrentados sin remedio según la doctrina imperante.

¿En cuántas fantasías y sueños, no todos ellos aleccionadores y edificantes, es capaz de reincidir una y otra vez la mente inquieta del alumno en el transcurso de una clase soporífera? ¿Cuántos proyectos y visiones no pueden deslizarse por la adusta pendiente de una explicación sin pies ni cabeza? ¿Cómo excluir la posibilidad de que el hábito lector se incube por contraste con el monótono transcurrir de una lección que recuerda a un ramillete de hojas sucias y polvorientas?

 

Lejos de mí la apología del mal profesor, pero la enseñanza, como la vida, sigue rumbos imprevistos e informulables en una receta mágica.

 

Lejos de mi intención hacer una apología del mal profesor. Tan solo afirmo que la enseñanza forma parte de la vida y que esta sigue rumbos imprevistos, informulables en una receta mágica. Magia por la cual se nos garantiza el éxito si nos atenemos a unas reglas probadas y eficaces, a un camino pensado hasta el más mínimo detalle para dar rienda suelta, paradójicamente, a nuestra creatividad.

El problema planteado por este arte pedagógico tan confuso como embaucador que predice resultados y entretenimiento con seguridad metodológica absoluta sobreviene al convertirse en doctrina burocrática de un progreso imparable. Es decir, al desplegarse en la forma salvífica y redentora de toda una serie de insufribles procedimientos de control que castigan al profesor e infantilizan al alumno hasta límites impensables. Lo que en la Universidad tan europea que hemos implantado durante los últimos años se encapsula en la fórmula Plan Bolonia.

A los ojos de semejante doctrina burocrática de salvación, la imagen del joven Weber leyendo en secreto a Goethe resultaría inconcebible por antigua, por pertenecer a un tiempo donde aún existían jaulas de hierro que obligaban a fugarse de ellas. El alumno feliz, que participa y se divierte en el aula como nunca antes montando por sí mismo un lego cultural, que desarrolla su pensamiento crítico, que cultiva una actitud dialogante, que tiene opinión propia, que sabe y quiere hacer trabajos en grupo y que no duda en poner a la memoria y al profesor divagador y especulativo donde les corresponde, es decir, en la última fila, ya no experimenta la necesidad de evadirse de ninguna jaula de hierro pues todas ellas pertenecen al imperfecto pasado de los pupitres mágicos, las lecciones atrabiliarias y las lecturas clandestinas.

 

La realidad dejará de chocar contra el deseo de fuga y evasión y el espíritu del alumno normalizado se descubrirá dichoso en su esclavitud.

 

Llegados a este punto de perfección del sistema educativo y de autorrealización del alumno, al que subyace toda una filosofía de la historia deslumbrada por la magia santurrona y tecnológica del progreso, uno teme que el aula pierda su condición mundana y vital, deje de ser una fuente, como cualquier otra, de malestar y contrariedad, de insatisfacción personal e institucional, pero, también, de conocimiento, experiencia y disfrute, aunque sea a través de caminos sorprendentes e inesperados. Y se transforme en un ambiente irrespirable para aquellos “discípulos indómitos” que Ramón y Cajal quería como alumnos suyos. Los cuales, ante la vieja jaula educativa, aún tenían la posibilidad de aprender contra la corriente. Sin embargo, cuando la corriente se vuelve completamente benévola y benefactora para el desarrollo del alumno por decreto pedagógicamente justificado y hace del estudiante el protagonista absoluto de la educación, ¿no resulta anacrónico y, ahora sí, fuera de lugar perder el tiempo leyendo al clásico en secreto?

La realidad habrá dejado de chocar contra el deseo tan liberador de fuga y evasión y el espíritu del alumno normalizado se descubrirá dichoso en su esclavitud, en la transparencia privada de obstáculos de un sistema educativo definitivamente a la altura de los tiempos.

Luis Gonzalo Díez (Madrid, 1972) se dedica a la enseñanza y a emborronar más páginas de las debidas. Sus gustos y aficiones son tan convencionales y anodinos que mejor no hablar de ellos. Le interesa, más que la política, el pensamiento político. Y ha encontrado en la literatura el placer de un largo y ensimismado paseo a ninguna parte. Ha publicado "Anatomía del intelectual reaccionario" (2007), "La barbarie de la virtud" (2014) y "El viaje de la impaciencia" (2018).

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