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A Melchor, Gaspar, Baltasar… y Hegel

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Comienza 2017 con los poderes públicos en plena forma, haciendo gala de su afán de omnipresencia en nuestras vidas y de sus celos hacia todo lo que no puedan controlar directamente y manipular a su antojo. Esta vez le ha tocado el turno nada menos que a la tradicional cabalgata de los Reyes Magos.

Se trata de un momento mágico para muchos niños, y por tanto ideal para llamar su atención sobre determinados mensajes políticos que parecen ser la única cosa que entretiene y ocupa las entumecidas mentes de muchos de los adultos. En Vic y otras localidades catalanas SS.MM. de Oriente serán recibidos entre banderas denominadas “esteladas”, un diseño de fantasía de inspiración cubana que data de la época de entreguerras.

En Madrid y Barcelona los desfiles contarán con la inefable aportación de ese toque de frescura y originalidad que tan solo la incuestionable racionalidad de los tiempos modernos puede ofrecer. Dada la distancia respecto de su espíritu original que están empezando a tomar ambos espectáculos, muy pronto será difícil distinguir, para el testigo no avezado, la cabalgata de Reyes del desfile del orgullo gay.

Los reyes magos han dejado de ser tres sabios que siguen una estrella para ser personas mayores que visten raro por amor a la diversidad y reparten nuevas ideas a caramelazo limpio.

De repente, el papel de los Reyes Magos parece haber dejado de ser el de seguir a una estrella que les conduce a la adoración de todo un Dios que se ha hecho hombre para salvarnos. En la sociedad híperpolitizada de nuestros días se trata de personas mayores que visten raro por amor a la diversidad y distribuyen generosamente y a caramelazo limpio nuevas ideas que, atrévase usted a decir que no, son mucho más civilizadas que las de antes.

¿De dónde viene este empeño en transformar una fiesta tradicional en oportunidad reivindicativa para el cambio político y social? Pues modestamente considero que es de aplicación al caso una tesis que muchos autores han venido sosteniendo en los últimos ciento y pico años: que las ideologías modernas son, en realidad, religiones travestidas, y que por tanto están llamadas a ocupar el espacio que antes se consideraba propio de la religión tradicional. El mejor resumen de esta idea lo aporta G.K. Chesterton, al afirmar que cuando se deja de creer en Dios no se pasa a no creer en nada, sino que “enseguida se cree en cualquier cosa”.

 

El mito del hombre nuevo

Desarrollaremos esta idea a partir del pensamiento de un autor español, D. Dalmacio Negro Pavón, y su obra El mito del hombre nuevo, que incluye definiciones muy claras de los conceptos de cultura y religión. Para don Dalmacio, la cultura es lo que protege al hombre de la naturaleza. En un sentido más amplio, no es solo lo que le protege de su entorno natural, como la lanza o la caza en grupo protege al bosquimano del león, sino también lo que le protege de su propia naturaleza. La religión sería aquello que da sentido a la cultura. Así de sencillo, así de certero.

De acuerdo con estos conceptos, cada cultura lleva asociada, al menos, una religión entendida como conjunto de ideas y creencias que le da sentido. Aunque esas ideas no hagan referencia a dioses inmortales y vidas futuras, o la hagan en términos de negación, no dejan de cumplir su papel de justificación de la cultura, de las prácticas y rituales que el pueblo lleva a cabo.

Sin embargo, las ideologías o religiones políticas son muy diferentes a la religión tradicional. Esta última se vive en el presente, pues es ahora mismo cuando no hay que matar ni robar ni mentir ni fornicar etc. El pasado, para estas, carece de tanta importa gracias al concepto de redención y el futuro terrenal puede ser observado con cierta objetividad gracias a la distancia que proporciona la esperanza de una nueva vida.

Las ideologías, en cambio, se viven en el futuro. El pasado es presentado como el infierno que hay que superar, cargado de agravios a la nación, la raza, el género o toda la especia humana. El futuro es el paraíso que hay que conseguir. Y el presente es el momento en el que se puede mentir, robar e incluso matar, si es preciso, para poder llevar a cabo la ingente obra de transformación del infierno en un mundo perfecto.

Para las ideologías, el pasado es el infierno, el futuro es el paraíso y el presente es el momento en que se puede mentir, robar y matar para transformarlo en el futuro perfecto.

La idea de crear un mundo perfecto, o cuasi perfecto, sobre la base de la agrupación en sociedad de seres racionales y buenos, tiene en realidad raíces cristianas. Mejor dicho, se trata de una transmutación del concepto cristiano del Paraíso.

En los tiempos modernos se produce una situación ambigua: por un lado, perdida ya la fe por amplios sectores de la población y puesta toda la atención en lo mundano, el campo de juego de la existencia se reduce a lo tangible y a lo inmediato; pero por otro las viejas ideas del cristianismo, particularmente el deseo de superar las limitaciones que el creyente atribuye al pecado original, permanecen vivas en el ethos pese a la pérdida de las creencias.

Como el moderno niega el concepto de pecado original, y al tiempo se ve apremiado por su ética a tratar a promover ciertos valores de inspiración cristiana, no solo no ve ningún inconveniente, sino que se ve impelido a lograr por todos los medios posibles, un mundo que funcione inspirado por dichos valores. Esta tendencia de las ideologías a la creación de una sociedad perfecta fue caracterizada con gran acierto por Eric Voegelin como un intento de “inmanentización de la escatología cristiana”.

Pero no todas las ideologías se basan necesariamente en conceptos cristianos. Hitler pretendió, de hecho, recrear la época del paganismo germánico, solo que con divisiones Panzer y cohetes V2 en vez de espadas y flechas, pasando por alto el cristianismo, cuya debilidad despreciaba considerándola fuente de derrotas. Su mundo perfecto del futuro, al igual que en el caso de Stalin, implicaba todo de tipo de horrores en el presente, pero éstos se justificaban por la necesidad de alcanzar ese paraíso prometido, en este caso exclusivo para los de su raza. Pero la idea de fondo es similar a la de otros fenómenos ideológicos: la creación de un paraíso en la tierra de la mano de los hombres.

No es extraño que la herramienta a utilizar fuese precisamente la negación del pecado, la justificación del mal, que trajo y sigue trayendo todos los horrores conocidos. El deseo de alcanzar una utopía (no-lugar) nos conduce directamente a la distopía (mal-lugar) por obra de una falsa filosofía y de una errónea concepción del ser humano y la naturaleza de sus asuntos.

De acuerdo con estos autores y otros que han escrito al respecto, podemos concluir que las ideologías usurpan el papel de la religión tradicional al prometernos el cielo en la tierra. Esta promesa y el carácter de estas ideas dan sentido y forma a una cultura peculiar que trata de reflejarlas en todas su manifestaciones y rituales, incluida la cabalgata de Reyes.

De este modo, se pretende, incluso aunque no se sea consciente de ello, suplantar a la religión tradicional y superar la cultura existente, la que heredamos de nuestros antepasados. Entendemos, generalmente con buena intención, que la nueva cultura nos permite vivir en mejor armonía con nuestro ambiente actual. La pregunta clave, a la vista de la experiencia histórica con las ideologías, es ¿qué cultura nos protege mejor de nosotros mismos?

Licenciado en CC. Económicas por la Universidad de Alicante y estudiante del Máster en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria. Trabaja como economista en la Administración Pública.

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