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Los desconocidos

En Asuntos sociales por
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Siete de la mañana. Noche profunda. Los halógenos iluminan sin agresividad una cafetería del distrito de Moncloa. Un señor que ronda los 70, enjuto, con aspecto de Corto Maltés envejecido, se sienta a mi lado con un café con leche y unas porras.

–Yo vengo aquí todas las mañanas. También al mediodía. Siempre -me dice, conversador.
–Ah, muy bien -respondo medio dormido.
–Siempre me bebo una cerveza a mediodía. Yo ya no me privo de nada.
–Como debe ser.
–Fíjate, a mi yerno de 40 años le han dado el otro día un mes de vida. Qué vida esta… Yo ya no me privo de nada.

Hoy en día cada vez hay menos espacio para los desconocidos. Los dejamos apartados, invisibles, enclaustrados bajo las pantallas HD+ de nuestros smartphones. Pero incluso en la actualidad, cuando se nos cansan la vista y los sentidos de interactuar con la tecnología digital, alzamos la mirada y nos encontramos al otro, al desconocido.

Son esas personas en las que nos fijamos cuando vamos en el metro. El niño al que sonreímos y hacemos carantoñas. La persona que se comporta con amabilidad. La que se comporta de forma maleducada.

Esperando al bus, observé en la acera de enfrente a una pareja de jóvenes que se abrazaba y lloraba. Él la consolaba. Las lágrimas de ella se deslizaban hasta el hombro de su pareja. ¿Por qué sufriría tanto? Me vinieron a la cabeza imágenes, familiares y amigos que se han ido para siempre, problemas económicos, enfermedad, sufrimiento… Nos reconocemos en lo ajeno, no en lo propio. Nos fijamos en el otro porque supone reconocerse en él, saberte reflejado en sus pupilas.

Hay un vagabundo que ronda la zona de Moncloa con asiduidad y que siempre llama mi atención. No es ni joven ni anciano, lleva tatuado el brazo y parece ausente de todo desde hace tiempo. Todas las mañanas le encuentro buscando colillas en el suelo, a la entrada del intercambiador de autobuses. Tiene los pies negros y amoratados por el frío, sólo resguardados por unas chanclas que se han desintegrado hasta la casi inexistencia.

En una ocasión le encontré por el día tumbado en la calle Fernando El Católico, medio dormido, al lado de dos litronas vacías. Unos policías locales hablaban con centralita a su lado.

Es una persona sin identificación que consume alcohol en la vía pública habitualmente.

Me pregunté qué le sucedería al vagabundo. ¿De verdad podían multar a una persona cuyo domicilio es la calle? Alguien cuya única aspiración diaria es sobrevivir… aunque tal vez no por mucho tiempo. A veces el mundo parece un sinsentido y hay desconocidos ahí fuera que nos lo recuerdan. Igual que nos demuestran que un abrazo puede terminar con todas las incertidumbres.

Escribo sobre empresas y política en Redacción Médica. También escribo columnas y artículos sobre cine y literatura en A la Contra y Democresía. Anteriormente pasé por el diario El Mundo, Radio Internacional, la agencia de comunicación 121PR y el consulado de España en Nueva York. Aprendiz de Humphrey Bogart y Han Solo y padre de dos hijos: 'Cresta, cazadora de cuero y la ausencia de ti' y 'El cine que cambió mi suerte'.

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