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“L’aplec de la protesta” a lo europeo

En Asuntos sociales/Cataluña/Mundo por
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Viñeta en apoyo de Charlie Hebdo

Comprende el pasado para predecir el futuro“.

Recuerdo esta sentencia como si me la hubieran dicho ayer. Fue mi profesor de Historia de segundo de Bachillerato el que me la enunció, y en su momento pensé que estaba desquiciado. Hoy sé que se encuadra en una corriente de pensamiento que se suele denominar teoría cíclica de la Historia, planteamiento que no comparto, aunque tiene sus evidentes aspectos de verdad.

Es una concepción que se vincula a F. Nietzsche y su eterno retorno, pero que ya formuló en su día la escuela estoica: no hay novaciones reales en el tiempo de los hombres, la Historia no es lineal sino circular; todo hoy fue ayer y será mañana otra vez.

Corrían los primeros años de siglo XX en España, hace poco más de cien años. El catalanismo estaba a flor de piel en el norte levantino, despuntando a cada vez más. Los postulados independentistas y las proclamas a favor de la escisión se hacían eco con mayor vigor a medida que avanzaba el calendario.

Antonio Maura –ya en el poder y muy preocupado por el tema de la unidad patria– se dedicó a pensar a lo canovista: la solución es el amor, la cercanía, el cariño, y la unión en derredor de la Monarquía. Así que convenció al joven monarca Alfonso XIII para que viajara a Barcelona, a tierra cada semana más hostil, y mostrara cariño al pueblo norteño que le regresara como fidelidad popular.

El anuncio fue recibido con entusiasmo por la plebe regional. Tanto es así que la Lliga regionalista, partido cuyo primer objetivo político era la secesión, y que había anunciado de primeras que no participaría en ninguno de los actos públicos, decidió finalmente asistir a saludar al Rey temiendo ser relegado al silencio por una sociedad civil que aplaudía la presencia regia con orgullo, sacando pecho. Y por supuesto, quiso colar su morcillita: un joven F. Cambó le pidió en pleno acto oficial, ante cientos de miles de personas, en “representación de su pueblo”, “todas las autonomías de los organismos naturales: de la región, del municipio, de la familia“, a lo que hábilmente el Rey respondió: “mi mayor deseo es conocer la voluntad de mis súbditos, y en lo que yo pueda, concedérselo con prontitud“. Cambó noqueado en el primer asalto. Alguna muestra de aversión más, como dar algún discurso en catalán, y alguna locuaz réplica consecuente: que aprendería catalán para, en la próxima visita a Barcelona, poder entender las peticiones de sus súbditos.

El caso es que Cambó quedó como un idiota, como un maleducado e impresentable ante sus propios simpatizantes, y el monarca como un hombre elegante, fino y digno Rey también de Cataluña. Y se percibieron pronto los efectos de la visita regia, descendiendo considerablemente los aúpas catalanistas en favor de loas patriotas.

Viñeta publicada por el semanario satírico “¡Cu-Cut!”.

Pero un hecho singular, un par de horas en dos localillos catalanes, iban a cambiar el curso de la Historia para Cataluña: desde 1902 se colaba en los puestos de prensa de la región un semanario satírico, por lo demás mucho más respetuoso y aún más reaccionario que el francés de moda, de ideología independista y muy famoso entre los locales. Se trata de “¡Cu-Cut!“, y no ha pasado a los libros de texto precisamente por sus viñetas, sino por el grandísimo maremoto político-social que desencadenó.

El Desastre” había hecho mella en la nación. ¡Vaya si lo había hecho! La moral del español medio estaba por los suelos tras la pérdida de Cuba, por aquel “naufragio” del Maine estadounidense, que fue tomado como pretexto contra una débil España que se creía la misma que la de aquellos Tercios de Flandes. Amenazaron la isla, y los españoles sacamos pecho, ¡de verdad esperaban la victoria…! La isla cayó, y el ejército volvió cabizbajo.

Un ejército regular que era el blasón nacional y que había tocado fondo: reposaba su cadáver en una vitrina conmemorativa, como recuerdo del ayer, pasado del que bien dice Antonio Machado: “ayer es nunca jamás“. Un soldado derrotado, con un fusil precario, con su mostacho y desmoralizado: esa era la bandera nacional.

Y ¡Cu-cut! esbozó una mueca y se dijo: ¡directos a la llaga, y leña del árbol caído! Y publicó la viñeta de arriba en clara alusión a la derrota del ejército.

Y no con el gráfico, sino con lo de después, el semanario satírico venció sobre el Rey Alfonso: un grupo de militares armados entró en la sede del periódico y castigó la ofensa nacional, la libre expresión. Para colmo, el rey los apoyó, y hasta el partido republicano de Alejandro Lerroux, quien dijo que si fuera soldado, entraría en ¡Cu-Cut! y lo quemaría por apátridas. Y consagrando la hazaña, se dictó la famosísima Ley de jurisdicciones, atribuyendo al brazo militar el poder para enjuiciar y castigar los actos contra la patria o la unidad nacional. Se acababa la “libertad de nacionalista expresión hasta Manuel Azaña y el inicio de la República.

Cataluña se enfadó. El sector independentista, la Lliga regionalista, supo vender el acto como un atentado contra Cataluña desde la nación española, y consiguió reunir en torno a sí todo tipo de partidos: monárquicos y republicanos (todos excepto el de Lerroux), separatistas y unionistas. Hasta el Partido integrista de los carlistas formó coalición, y se constituyó la Solidaritat catalana.

Cambó, y Maciá, consiguieron transformar ¡Cu-Cut! (un vulgar periódico satírico) en emblema político, y una batalla por la libertad de sátira en una lucha por la independencia. Los carlistas creyeron que defendían Cataluña y la libertad, e hicieron propaganda del nacionalismo. Una manifestación multitudinaria de unas 200.000 personas, que se conoció como “l’aplec de la protesta” (el encuentro de la protesta), exaltó los corazones y resucitó las pasiones catalanistas por habilidad de Solidaritat, emociones vacuas e irracionales (que eso es la emoción) que hicieron decir a Unamuno: “¡Seréis siempre unos niños, levantinos! ¡Os ahoga la estética!“.

El resultado fue la división acentuada de España y la entronización del independentismo en el Parlamento: nunca antes había obtenido el catalanismo representación significativa, y en las siguientes elecciones arrambló con 41 de los 44 escaños de entonces. ¡Cu-Cut! fue mártir de su causa.

Manifestación multitudinaria tras el atentado de París

El paralelismo con Charlie Hebdo es evidente: era un semanario satírico ignoto, conocido por los suyos y algunos más en un radio determinado, muy concreto. “No hay mayor desprecio que no hacer aprecio“, dice bien el refranero patrio, y mientras no creó polémica y enfado no fue nada. Fuimos los católicos y los musulmanes los que hicimos propaganda con nuestras censuras, y la gente conoció la sátira irreverente, pero fue con la amenaza del fundamentalismo islámico con lo que el periódico creció de verdad: Mahoma desnudo y con bocadillos insultantes es, para cualquier musulmán, pacífico o yihadista, una blasfemia gravísima y una ofensa despiadada. Cuando se responde con lágrimas hasta se puede alcanzar piedad; cuando se devuelve vida por ojo y guerra por diente, se obtiene victimismo, se logra duelo, se provoca ansia de justicia generalizada.

Antes, el “derecho a la blasfemia” era cosa de un par de asociaciones laicistas, antirreligiosas. Las reivindicaciones ateas pasaban frente al español medio como una airada proclama desmedida de un grupillo de fanáticos radicales, fundamentalistas ateos. Ahora… ahora es un derecho, ahora es libertad de expresión; ahora todo el mundo tiene derecho a ofender las creencias religiosas del otro, con las que se identifica existencialmente y se siente sublimado, sea o no sea así en verdad. Ahora es una potestad de los medios, ridiculizar y maltratar a su audiencia: ahora es Democracia.

Lo que han conseguido esos fanáticos desalmados es legitimar la pluma blasfema, enaltecer a quien golpeó primero con picardía y a quien se pretendió hundir bajo el polvo del camino. Charlie Hebdo ha triunfado sobre sus agresores, y por condolencia con las víctimas y horror por la violencia, hemos canonizado la obra de los cruelmente asesinados y justificado la blasfemia primera, para recibir con baba cayente las futuras irreverencias que vinieren, y no ya como ayer, con cierta reticencia y algo de violencia interna, a lo menos indiferencia.

Lo que sí es positivo es que ya no asesinarán más en paz: Boko Haram en Nigeria y sus ya más de 2000 víctimas en lo que va de 2015 (más de 10000 en total) nunca le han importado demasiado a Europa, ni las matanzas en Irak antes de que los fusiles hicieran tanto ruido en Occidente. Ahora sí que importa todo lo que haga IS, cada negro más que caiga yerto al suelo, cada gota de sangre mulsulmana que se derrame sobre el asfalto. Porque los europeos somos así: no nos importa que se maten, violen y secuestren allá en el “Tercer Mundo” (¡sólo hay un mundo!), pero cuando se sopla en casa (soplo en comparación con África y Asia) removemos tierra y cielo a voz en grito clamando justicia. La coalición internacional también será otra cosa tras la muerte de 16 franceses.

(@ChemaMedRiv) (Chema en Facebook) Grados en Filosofía y en Derecho; a un año de acabar el grado en Teología. Muy aficionado a la buena literatura (esa que se escribe con mayúscula). Me encanta escribir. Culé incorregible. Español.

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