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La insoportable necesidad de tener razón (II)

En Asuntos sociales por

Siguiendo en la línea del anterior artículo, algo surge en nuestro interior, propio de la condición humana e inherente a ella a pesar de los siglos y del progreso. Una vez que hemos conseguido creer que tenemos razón absoluta, entonces surge repentinamente uno de los estados más detestados por cualquier ser que pueble la tierra.

Surge el miedo a la posibilidad. ¿A qué posibilidad?

A toda aquella que pueda en cualquier momento y de cualquier forma hacernos despertar y darnos cuenta de que es posible que estemos equivocados. De que es posible que nuestra razón no sea una roca imperecedera, de que sus argumentos se desmoronen a la luz de lo ajeno y se desmenucen en finas láminas para acabar diluyéndose en un segundo, o varios, como la arena que se pierde entre nuestros dedos, frágil, en silencio, rítmicamente. El miedo a que la ley de la gravedad haga caer aquello que era indestructible. Miedo al sonido de las trompetas que hicieran caer nuestros muros de Jericó. Miedo a ver nuestra razón amenazada por la posibilidad de no ser una verdad irrefutable, innegable e imperecedera.

Cuando esto ocurre, nuestra razón encuentra rápidamente la materia de la que alimentarse en caso de urgencia. Esa materia es el ego, que ve en esa posibilidad de perder razón la destrucción de nuestro sistema de valores y creencias que han conformado nuestra identificación con lo justo, lo correcto y lo necesario.

Entonces aquí es cuando decidimos que cualquier argumento que pueda contradecir nuestra causa y por ende tener la más mínima posibilidad de combatir y dejar en evidencia la fragilidad de nuestra premisa, ha de ser desterrada, arrancada, eliminada y silenciada lo más rápido posible.

Hay dos formas de enfrentarse a este momento: o bien decidimos ignorar y no dejar espacio alguno a que la razón de otro riegue nuestra imperfecta sabiduría a través del empático ejercicio de la escucha, posibilitando abrirse a dudar de uno mismo, o bien centrar todos nuestros esfuerzos en aniquilar a quien piensa diferente a nosotros. Y lo hacemos convencidos de que nuestra razón, es la razón de quien moralmente se cree en el lado de la iluminación, de quien desde esa supremacía intelectual sigue convencido de que no hay más razón que la que se colgó hace tiempo como alforja. Por tanto, estamos en posición de destruir, insultar, condenar, enjuiciar, detestar, matar, borrar, torturar ó despreciar en nombre de nuestra razón.

A partir de ese momento, nos convertimos en fanáticos intransigentes que, vociferando desde nuestros púlpitos chorreantes de razones nuestras legítimas conclusiones, nos creemos con el derecho a pontificar convencidos de estar en posesión de la verdad. Así construimos una dictadura del lenguaje, de los sentimientos, de las formas y de los pensamientos que piden respeto y tolerancia con las misma ferocidad y contundencia que se la niega a los contrarios, a los proscritos, a los equivocados, a los leprosos intelectuales, a los incorrectos… sencillamente, a los otros. A las izquierdas, a las derechas, a los creyentes y a los ateos, a los blancos, a los negros, a los de arriba a los de abajo, a los fascistas y los comunistas, a los pobres y los ricos, a los minorías y mayorías, a los ismos y los istas, a los que son y los que no son, a los que quieren y los que no quieren, a los que dicen y los que callan, a los que entran y los que salen, a los que visten y se desvisten, a los que saben y no saben…es decir, a todos los que no son lo que somos y son lo otro.

Se han exterminado del planeta millones y millones de vidas humanas. Se ha masacrado a prósperos pueblos y civilizaciones. Se ha insultado y escupido a quienes tuvieron la osadía de tener sus razones para no comulgar con las nuestras. Se ha condenado, quemado, señalado, denostado, devastado, violado, torturado y ridiculizado en nombre de la razón. Se han levantado trincheras físicas e intelectuales, se han creado símbolos y banderas, se han puestos lindes y barreras. Se ha azotado y desprestigiado, se ha crucificado y humillado, degradado y robado siempre en nombre de una razón que emanó de un sentimiento de injusticia seguido de un sentimiento de ofensa.  Ésta, debía ser resarcida bajo la luz de una razón que emanaba de la verdad legitimada por el aplauso social o el permiso administrativo.

El adoctrinamiento es el fruto de la defensa feroz del convencimiento y del miedo a que tanto la causa como quienes la apoyan, puedan diluirse en el tiempo. Decirle a los demás lo que tienen que hacer o pensar es una demostración de nuestro inconsciente impositivo que se nutre de la contundente seguridad que nos convence de estar al otro lado de la equivocación.

No olvidemos como empiezan los conflictos, desde una incisiva mirada en un espacio por un asiento en el transporte público hasta un genocidio universal en un conflicto armado en cualquier parte del mundo. No olvidemos que cada día, está en nuestra mano generarlos y en la capacidad de dudar de nosotros mismos el evitarlos.

Solo una causa debe ser irrenunciable por decreto común: la de hacer de este mundo un lugar mejor donde puedan vivir las generaciones venideras progresando no sólo en lo técnico sino también en lo humano. Pero siempre sabiendo que hasta el mayor tirano quería eso para los suyos. Por tanto, aprendamos a dejar entrar la duda en nuestras premisas forjadas al calor de nuestras razones y tendamos la mano a la maravillosa posibilidad de estar equivocados.

Ahora duden de todo lo que les he contado, pues como dijo Fitzgerald, es “preferible fiarse de quien se equivoca a menudo, que de quien no duda nunca”.

Porque es incluso posible, que después de todo, yo también esté equivocado.

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Luis María Ferrández, (Madrid, 1977), es Doctor en Ciencias de la información por la Universidad Complutense de Madrid. Compagina su carrera docente con la profesional como guionista y realizador. Es profesor en la universidad Francisco de Vitoria donde imparte varias asignaturas relacionadas con la cinematografía y la narrativa audiovisual. A su vez, es profesor de cine en la escuela de arte TAI. Como guionista, productor y director ha hecho dos películas: “249, la noche en que una becaria encontró a Emiliano Revilla” y “La pantalla herida” y varios cortometrajes de ficción. Ha trabajado en los equipos de dirección de varias películas además de desarrollar proyecto de cine y TV en varias productoras. Es analista de guiones con más de 50 producciones asesoradas en los últimos años.

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