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Federer, ángel caído

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Hubo un tiempo en que creímos llegar más alto porque nos aupamos sobre hombros de gigantes. Hoy, pareciera que el hombre moderno encuentra su talla tirando al gigante, en el delirio liliputiense y altivo de ser más por superar y no por sumar, a las enseñanzas de los grandes.

A principios de septiembre fue convocada una nueva manifestación en Zurich por la plataforma del activismo climático Rise Up For Change. El motivo: dar un tirón de orejas al héroe nacional con el lema “ Wake up Roger”, a cuenta de la cesión de su imagen a la banca privada Credit Suisse que, según los convocantes, realizaría una importante inversión en la industria petrolera.

No es la primera movilización en Suiza contra el perfil público del tenista; recientemente una corte de apelación falló en contra de doce activistas por allanar una sucursal de Credit Suisse para denunciar el patrocinio del tenista. Con esta gamberrada se solidarizó el pelotón de ecopaladines liderados por Greta Thunberg, que le pregunta abiertamente: “Credit Suisse destruye el clima. Roger, ¿tú les apoyas?”.

A juzgar por las protestas de este otoño, las declaraciones de Federer sobre su adhesión al movimiento ecologista y de admiración por Greta y por las juventudes de pellas por el clima no han bastado para calmar los ánimos de los activistas. En buena medida porque, palabras a un lado, a día de hoy no sabemos de cambio alguno en cuanto a la esponsorización del suizo.

La estrategia persigue el impacto simbólico de un icono indiscutible para todos, con un carisma transversal, rindiéndose al clamor de las denuncias del lobby medioambiental. Eso no es ningún misterio. Lo que más nos llama la atención es el tono inquisidor, directo y a veces condescendiente con que se interroga, no a la figura pública, sino a la persona que hay detrás del héroe que es Roger Federer; “ Roger despierta” o “ ¿Tu apoyas esto?” no sólo son interrupciones invasivas en su vida personal, sino que  subvierten la relación clásica entre la estrella y sus seguidores. En este pase de revista, el pueblo de Zurich baja a su héroe del pedestal para cachetearle por haber hecho travesuras fuera del marco ético establecido.

 Zurich, Switzerland September 4, 2020. REUTERS/Arnd Wiegmann

Este correctivo recuerda en lo simbólico a la vandalización de estatuas en distintas ciudades de EE.UU. durante la juerga iconoclasta derivada del movimiento Black Lives Matter; más allá del derribo de estatuas de militares confederados, desconcierta el ataque a figuras como la de Fray Junípero Serra o la de Ulysses S. Grant – protagonistas en la integración de indios y esclavos respectivamente – cuyo recuerdo se ha visto enfangado por una distorsión ideológica y voluntarista sobre sus biografías: ¿Acaso importa que el general Grant combatiese por el fin de la esclavitud, si sabemos que llegó a tener esclavos?¿Qué más nos da si Serra luchó por la libertad y el derecho a la propiedad de los indígenas, si trajo consigo enfermedades y una religión intrusa?

Estas son las preguntas de aquel que, ya sea condicionado por una doctrina política o herido por las turbulencias de su vida íntima, confunde el valor iconográfico de los héroes como valor representativo para los humildes. En la construcción del yo y del alma colectiva de los pueblos, los héroes se entronan sobre pedestales para que el ciudadano escudriñe y deduzca, de las hazañas de los clásicos, lo valores implícitos en estas que orientan a cada persona a construir su lugar en el mundo y a cada pueblo un lugar en el futuro. En lo arquetípico no importa la persona real, Roger Federer, sino el maestro del deporte en torno al que se celebra el culto legítimo a la constancia y la deportividad. Del mismo modo, Junípero Serra es antes que un hombre un icono que simboliza la importancia de la fraternidad y la fe.

Pero para el ojo posmoderno, nutrido sin duda de los sofismos que sugieren la democracia como el derecho de cada cual para ejercer su propia tiranía, ve en cada estatua un instrumento para representarse a sí mismo, y no un lugar donde comulgan las aspiraciones de todos. Puesto que “la democracia” es en realidad su tiranía, todo debe ser “democrático”. ¿Y qué puede ser más democrático que la representación pública de sus valores, sus circunstancias, de su color de piel o de su conciencia de género, siendo estos valores y estas circunstancias en realidad las buenas y deseables para todos? El ciudadano de hoy renuncia a la autocrítica que proponen los bustos de las viejas glorias y ya no quiere pasar por el calvario que es cambiarse a sí mismo. Prefiere imponer una sociedad a su imagen y semejanza, derribar el incómodo ejemplo de personas mejores y glorificar a representaciones de su santa voluntad que como el espejo de Narciso, aplaudan una y otra vez y siempre al mismo reflejo.

Comienza así una revolución de la estética sobre la ética, que deflaciona las virtudes en favor de una serie de consideraciones escrupulosas y epidérmicas, criterios de intachabilidad que serán debidamente revisados por los publicanos de la buena moral, y que nada entienden de las circunstancias históricas o personales, ni de los motivos del corazón que llevaron a aquellos gigantes a ser como son o hacer lo que hicieron.

No sabemos si este ángel suizo continuará en su caída a los infiernos, pero lo que si sabemos es que Roger Federer no necesitará ninguna estatua para ser recordado. Porque es historia viva y porque, detrás de él, llegarán otros dispuestos a comprender su leyenda a través de su contexto y no por su marca de raqueta. Personas que grabarán el mito de Federer sobre el suyo propio para embellecer aun más este increíble deporte.

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