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Esos toreros asesinos

En Asuntos sociales por
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Representación alegórica de Franz Kafka

Una vez, en 1915, un demente hacia el que sin embargo guardo cierta simpatía, Franz Kafka, fantaseó en una novelilla de cuarto de baño sobre la transformación de un simplón Gregor Samsa en un escarabajo pelotero. Resulta que el buen muchacho se levantó un día insecto; tal cual, un gigantesco bicharraco que asustaba hasta a su madre. Sólo su hermana, haciendo de tripas corazón, le llevaba comida con la nariz tapada y bajo la condición indispensable de que la cosa que era su hermano se escondiera, para evitar escenas repelentes.

La obra fue bien acogida por original en los años siguientes, pero lo cierto es que está agotada a día de hoy. No sé dónde diantre habrá nacido o de qué odioso excremento habrá germinado el antropomorfismo de nuestro siglo, pero lo cierto es que esta nueva droga, mucho más poderosa que la reciente marihuana sintética que a todos alarma, carcome con virulencia las mentes de los hombres.

Kafka es un absurdo: ¿cómo puede un hombre acostarse humano y levantarse animal? Lo que desgraciadamente no fue un absurdo es que un día los animales se levantaran personas. ¿Pero qué…?

¡Pero qué…! Así somos en el año 2015 del progreso y la civilización. Los animales tienen derechos, los árboles dignidad o incluso divinidad (¡ya quisiera estar exagerando…!), y los negros… hambre. Quien mate un cerdo es un asesino despiadado y quien comercie con huevos, delinque por trata de seres humanos.

Habla uno que odia los toros (me presentaría antitaurino, pero parece que para hacerlo es necesario haber ondeado la tricolor en la Puerta del Sol), pero con un mínimo de sesera. Odio esos espectáculos grotescos e infames en que un hombre vestido de colores rutilantes desangra un bicho. Me parece una aberración, una escena salvaje, cruenta y, sí, inhumana. Y si alguien va a gritarme discursos a lo americano sobre la libertad o las tradiciones de nuestros padres que se lo ahorre: las mismas apologías le vomitaron a san Cipriano de Cartago los partidarios del Circo romano.

Pero no, jamás compararía en términos de equivalencia el Circo de los gladiadores y el circo de los toros. Vergüenza de ser hombre me da cuando escucho cosas semejantes en la tele o cuando leo comentarios del estilo en una noticia compartida en Facebook. Amén de los demoníacos y sanguinarios improperios de los antitaurinos a los toreros, deseando su muerte más allá de la entronización de una cosa con cuernos. Seguro que tú, lector, has leído o escuchado tantos como yo. Y si no, allá un ejemplo resonante para ejemplificar: Ricky Gervais.

Tristeza; profunda amargura e impotencia, y un cierto brote de santa cólera, me provocan estas pasiones animalistas, vacuas y extraviadas: cuando IS, EI o Daesh, como cada cual quiera, atentó contra Charlie Hebdo, el mundo entero contrajo el alma y cantó un profundo y solemne responso; cuando Boko Haram secuestró y violó a 200 niñas negras, cuando arrasó una ciudad, Baga, masacrando a 2.000 negros (¡dos mil…!) o reventó con infernal poder la ciudad de Maiduguri asesinando a 58 personas, algún occidental de cada diez gastó en encomiable esfuerzo un adarme de saliva para interrumpir, de cuando en cuando, el sacrosanto coro de los grillos que acompaña siempre las tragedias africanas y asiáticas. Ya protesté en su día contra la cruel diferenciación entre europeos o americanos y africanos o asiáticos: hoy quiero escupir mis razones a los muchísimos anticaza que enconadamente desearon la muerte a Walter James Palmer, el desgraciado terrorista que sacrificó a Cecil, el León de Zimbabwe.

Niños pobres de Zimbabwe hacen cola por su ración

La osadía parasita siempre a los idiotas, no me corto y hasta lo remarco en negrita. Ni la vergüenza es capaz de retener su vano comento. Su lengua no sufre el ataque de los respetos humanos que a los mediotontos aprisiona, y no porque sean más inteligentes: porque son tontos enteros. No temen mostrar su idiotez al mundo, el sol no les acongoja. En el arte de opinar, el primero en lucirse es siempre el idiota, y es curiosamente el último en cambiar de opinión. Quizá porque ni la tiene. El idiota…

“Idiota” procede del griego τα ᾽ιδíα, que significa, en una traducción lo más literal posible, “las cosas propias”. El ἰδιώτης era para los griegos el egoísta (la traducción más fiel a nuestra lengua) que sólo se preocupa de uno mismo, de sus cosas. Sabiamente la tradición latina y su evolución al castellano lo han ungido con el álgido significado de estúpido.

En la era del nimio sentimentalismo, los idiotas florecen por doquier. Todo se juzga según la posición de uno; toda reacción aflora porque una emoción, una pasión ardorosa, ha conmovido al hombre. Nunca se le ocurre tomar la inciativa, salir hacia fuera y preocuparse por el otro: tiene que entrar el otro en él e involucrarle en su historia, y sólo así encontrará un motivo para esperar que el primero se preocupe no de él, sino de sí mismo en su carne. Ése no es un filántropo: es un egoísta. ¡Maldito el altruismo si se trata de esto…!

Ése, ése es el idiota, el que camina por la calle Mayor y, encontrando diez mendigos, sólo al que ha educido más tristeza de su entraña polvorienta da limosna. Es ése que lee por activa y por pasiva en las noticias las barbaridades de los gobiernos africanos y sólo mueve el meñique cuando una extraordinaria película, con una magnífica banda sonora, le rasga el corazoncito sensiblero. Ése es el hombre que la sociedad ensalza como paradigma de los valores humanos, al que yo llamo idiota, egoísta, falso, inhumano.

¿Qué otra hipótesis sino ésta explica que nos indignemos más ante la muerte de un mísero león, de un animal indigno, de un ser inferior (por decir la verdad me la estoy buscando) que ante el drama de 100 inmigrantes? Apabulla la franca naturalidad con la que explican los psicólogos el hecho consumado en sociedad. Somos unos idiotas.

Al final, parece que los republicanos antitaurinos, aun haciendo gala de su exultante conmiseración con el animal, al que tratan de igual al hombre, son los más míseros de los hombres, los más crueles de los seres, los más idiotas, en definitiva. Están cerca de aquellas Ménades del dios Dioniso, temidas por su ira irreflexiva, engendrada por años de entrega desenfrenada a las pasiones más bajas. Hay que ser muy estúpido para compadecer a un toro a la vez que se desea la muerte de una persona, y siendo indiferente ante el asesinato sistemático de millones de seres humanos. No sé por cuántos irá el IS, o las siglas de que se guste.

Antes que salvaje, estúpido.

Ni amigo de taurinos ni de antitaurinos. Porque los unos hacen del dolor ocio y de la muerte “arte”, aun tratándose de animales, de algo indigno (¡llamar belleza a la muerte! Como aquel fascista, Millán Astray, que gritó ¡viva la muerte!); porque los otros son más despiadados al ser su víctima no un toro, sino personas.

Porque los unos son sangrientos, y los otros son sanguinarios… e idiotas.

(@ChemaMedRiv) (Chema en Facebook) Grados en Filosofía y en Derecho; a un año de acabar el grado en Teología. Muy aficionado a la buena literatura (esa que se escribe con mayúscula). Me encanta escribir. Culé incorregible. Español.

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