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En defensa de las zonas de confort

En Asuntos sociales/No sabría decirte por
Tiempo de lectura: 4 minutos

El otro día presencié una escena un tanto dantesca mientras caminaba por la calle. Un chico discutía por el móvil con su padre, aparentemente le acababan de despedir por haber llegado tarde varias veces, o eso entendí. El chaval apenas podía sostener su enorme móvil en la oreja con todas las bolsas de ropa y regalos que llevaba colgando de las muñecas. Llevaba una camiseta en la podía leerse “Magic happens outside of your confort zone” y no paraba de chillar a su preocupado interlocutor frases de reverso de caja de cereales, como “Pufff…voy a lograr todo lo que me proponga” o un doloroso “No tienes ni idea papá, yo tengo mentalidad ganadora, cosa que tú no.” Aquella persona me pareció una broma andante, de esas que la vida nos manda, con moraleja incluida, de vez en cuando para aquellos que nunca dejamos de escudriñar la realidad.

El tema de la dichosa zona de confort es algo que me trae de cabeza desde hace tiempo. Todo el mundo odia la zona de confort. Si la vida fuera una pizza, la zona de confort sería la piña. La zona de confort es el Comic Sans de la realidad millennial. Se ha convertido en el nuevo enemigo común, en el aceite de palma de nuestras ilusiones, y nos creemos que eso será lo que nos defina cuando hablen de nuestra generación como un todo. No negaré que incluso yo misma he corrido como alma que lleva el diablo en cuanto dicha zona empezaba a atisbar en mi vida diaria, generándome incontables quebraderos de cabeza, ansiedad y preguntas que nadie hubiera podido resolver. Pero resulta que este año -pasado- he podido comprobar que es posible que la temida comfort zone tenga más beneficios de los esperados.

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Vivimos en una sociedad que nos obliga a saltar de anhelo en anhelo. No eres nadie si no dejas tu aburrido trabajo de oficina de 9-6 y montas una start-up y te dedicas a postear 15 veces al día “I love my life / I love my job”, por ejemplo. El mundo te recordará como una persona aburrida, gris y mediocre si no das el salto, o puede que incluso ni te recuerde. O al menos ese es el mensaje que día tras día, medios, redes y hasta el más cuñado de Whatsapp se encargan de repetirte. “La magia sucede fuera de tu zona de confort”, “La vida comienza al final de tu zona de confort”, “La zona de confort es una zona bonita. Pero nada crece allí nunca”, “Go big or go home”.

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Aquí va mi revelación de final -y comienzo- de año: resulta que en home soy muy feliz. Allí encuentro mi fortaleza, recargo mis fuerzas y me siento querida, comprendida y con ganas de enfrentarme a todo lo que la vida me ponga delante. Los mantras no funcionan igual para todo el mundo, y lo que le funcionó a ese ponente de tu charla TED favorita, puede no funcionarte a ti. No necesitas mandarlo todo al traste y empezar de cero solo porque sea una especie de trending topic vital, porque si lo hicieras, en algún momento llegarías al mismo punto y tendrías que hacerlo de nuevo. Es el ciclo de nunca acabar. Un ciclo que, además, vende agendas, fundas de móviles y tazas para almas en busca de respuestas. Nunca ha sido nuevo eso de rentabilizar nuestra constante insatisfacción como sociedad, instigada en la era de la pantalla negra por creencias Made in Pinterest y charlas de gurús motivacionales a los que les importa más bien poco la ansiedad que todas esas palabras fuera de contexto puedan ocasionarnos.

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¿Qué pasa si eres feliz con tu vida? ¿Qué pasa si te dedicas a mejorarla, pero poquito a poco y con tus propios tiempos y circunstancias? ¿Siempre deberías desear más y más? ¿Acaso tu vida no es interesante si tu trabajo de oficina y tu bebé hacen que cada día te acuestes feliz? ¿Quién decide lo que es una comfort zone y lo que no? ¿O acaso el rasero se corta en aquellas vidas que solo son dignas de instagramear?

Por primera vez en mi vida, me siento en paz y en calma con mi vida. No tengo ni idea de cómo ha sido, de modo que creo que es fruto de un proceso interior de gratitud por lo que ya tengo y de confianza en una misma. De la gratitud ya hablaremos otro día, pero el ruido mental y la insatisfacción constante (¿Debería irme a vivir a otro país? ¿Estoy desaprovechando mi juventud? ¿Debería dejarlo todo y…?) que me acechaban a diario han desaparecido y en su lugar solo está la certeza de que, día a día y disfrutando y esforzándome en la vida que tengo, las cosas crecerán de manera orgánica y plena.

Confiar en mi zona de confort me ha dado, estos últimos meses, la energía que necesitaba para perseguir y crear nuevas ideas para mejorar mi vida personal y laboral. Me ha hecho sentir en calma y con fuerzas, arropada y tranquila, preparada. Lo único que vamos a ganar si no disfrutamos del presente es un agujero en el estómago enorme, dolores de cabeza y una manera de viajar en el tiempo increíble: cuando te quieras dar cuenta el tiempo habrá pasado y no recordarás ni un solo momento de felicidad o calidez. Una cosa es querer hacer bien las cosas en la vida y otra muy distinta es no disfrutar absolutamente nada de las cositas pequeñas (confundidas a veces por “mediocridades”) por estar preguntándote constantemente si deberías llegar todavía más alto.

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De modo que, querido lector, no tengas miedo a tu zona de confort. El confort no te hace daño, sino que te hace saber que, hagas lo que hagas en tu camino, siempre tendrás un sitio al que volver y donde podrás curarte las heridas que el mundo te haga.

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Nacida en Octubre del 90 y graduada en Artes Plásticas y Diseño con especialización en Moda, escribe cuando no encuentra sentido a lo que le rodea. Formándose para ser viajera del tiempo. Apasionada del cine, los libros y las patatas bravas.

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