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Esa molesta creatividad

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El proceso de educar es sin lugar a dudas uno de los más complejos y apasionantes a los que se enfrenta el ser humano. La educación necesita de actores que se enfrenten a la ignorancia o la inexistencia absoluta o parcial de cualquier forma de experiencia, con el animo de iluminar el conocimiento ante las encrucijadas que requieran decisiones en el futuro y de construir herramientas eficaces ante los retos que emanan del puro acto de vivir.

Cada ser llegado al mundo, nace sin el discernimiento de lo que es bueno o es malo y sin la capacidad de enfrentarse al dilema moral o ético que se desprende de cada una de nuestras decisiones. Por ello, mientras la educación técnica es acumulativa, pues no se necesita saber que antes de los trenes de alta velocidad existieron los de vapor para entender el funcionamiento y el fin de los primeros, el verdadero dilema es el que se desprende de la educación ética y del reto que representa cada neonato ante la comunidad educativa, social y familiar.

El sistema educativo en el que fuimos instruidos durante los años ochenta y noventa por ejemplo, rara vez fue cuestionado por los que fuimos participes de él. Las asignaturas y su materia, eran impartidas casi con fe inquebrantable por muchos profesores que rozaban sus días de jubilación con los dedos y otros pocos que en su casi recién estrenada juventud, emprendían el camino vocacional de formar generaciones amoldándose casi de manera autómata a los bandazos que provocaban las diferentes leyes de educación, las cuales nacían y morían al son de los cambios electorales de una democracia aun balbuceante.

Se nos alimentó en el discurso del esfuerzo y del “progresa adecuadamente” como único camino para no ser estigmatizados socialmente en un futuro angustioso, inhóspito y cruel que despellejaría vivo a aquellos que vivían fustigados por los rapapolvos que los docentes les regalaban ante sus pobres resultados académicos.

[Para una visión alternativa de la educación en el esfuerzo, lean a Luis Gonzalo Díez: Prohibido aburrirse en clase]

Fotograma de Rebelión en las aulas donde un profesor se gana la confianza de una clase conflictiva cambiando el modo de educar. Muchas han sido las películas que han experimentado con un argumento de este tipo, donde el método cambia para atrapar la atención de un alumnado fracasado en el modelo convencional.

Ya entonces, atisbé en algunas ocasiones, una fuerte atmósfera de competitividad promulgada y alentada por un sistema que creía reconocer en ello un modelo válido para hacernos híper eficientes y fomentar nuestras habilidades adormecidas. Aquel sistema educativo, fomentó durante décadas el número ante la letra y la memoria frente a el discernimiento. El problema físico ante el problema psíquico, el conflicto productivo ante el conflicto creativo.

Los problemas matemáticos de trenes que salían de distintas estaciones a una velocidad constante, las tablas de elementos periódicos, las raíces cuadradas, las tablas demográficas, las fechas de conquistas y tratados o los ríos de un entorno geográfico copaban prácticamente el porcentaje de las materias impartidas que no dejaban apenas espacio para actividades que hicieran ejercitar el proceso creativo. Todo esto sucedía en un entorno donde además, la actividad artística era condenada a un feroz ostracismo e incluso menosprecio por una comunidad que veía en ella una pérdida de tiempo al no ser evaluada ni acreditada ni siquiera por el propio sistema educativo.

No podemos dejar de recomendar el artículo sobre La importancia de la errorología del pedagogo y filósofo Gregorio Luri.

Quienes destacaban en las materias científicas, se apresuraban a mirar con cierta condescendencia a aquellos que lo hacían en las asignaturas que fomentaban el pensamiento crítico y filosófico. El manejo del número sobre la letras y viceversa era de alguna manera, una fuente de la que se presuponía un status que estratificaba al alumnado entre seres con un futuro provechoso y seres con futuro incierto.

Es evidente que todas las ciencias están obligadas a convivir en una sistema educativo coherente y que se requiere de su conocimiento para construir una sociedad avanzada y moderna, pero desterrar de la educación reglada las actividades artísticas y creativas, incluso menospreciarlas al dotarles de un inferior grado de validez y compromiso con respecto a las demás, es un error gravísimo que tendrá consecuencias nefastas a medio y largo plazo en generaciones venideras.

Como decía el lúcido poeta Leopoldo María Panero en aquel documento cinematográfico lleno de desencanto, “el colegio es una institución sádica que básicamente sirve para hacernos olvidar la infancia”, esa en la cual vivimos para una vez agotada, empezar a sobrevivir.

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El colegio puso esa mecha de manera silenciosa como un primer escalón para una sociedad encauzada hacia la productividad. En cada problema matemático, en cada rio, en cada calificación, en cada bronca, atisbamos la llama de esa sociedad productiva que ahora necesita de lo material como un bien valor y que una vez adquirido, concede cierto estatus que cualifica al ciudadano en el pódium del éxito social. El colegio ya nos enseñó a competir entre nosotros, nos enseño a aterirnos de miedo ante un hipotético futuro fracaso, nos enseño a acumular, a acotar, a memorizar, a sumar, a restar… Pero, ¿Nos enseñó adquirir la capacidad para innovar y desafiar ante los retos constantes de la realidad que a todos nos tocaría vivir?

Quizás sea ya el colegio el primer estado-social donde la dicotomía entre unos pocos posibles oligarcas y unos muchos posibles precariados, dibuja sus primeros bocetos a vuela pluma pero con la destreza que guía el sistema del capitalismo productivo en el que vivimos. Perpetuarlo es una necesidad para un modelo basado en el consumo, y por ende, la educación es el pilar fundamental para generar costumbres prefabricadas en el modo de ser y de pensar.

El sistema educativo académico y su vertebración tríada formada por colegio, instituto y universidad, no solamente no ha conseguido zafarse de esta ecuación, sino que además, se ha arrodillado indolente a un pensamiento productivo que se alimenta de una obsesión casi enfermiza por el crecimiento y el beneficio desmedido y no sostenible, la eficacia y la eficiencia como una religión molecular que se ha convertido en un credo empresarial.

A menudo me cuestiono este modelo educativo que resta horas a las asignaturas que producen y fomentan los procesos creativos y artísticos en pro de unas materias que parecen enfocadas a generar una necesidad de producción en la que el individuo es entrenado sistemáticamente en la necesidad de ser útil a través de generar un beneficio palpable y servible a la empresa.

Si las escuelas y universidades, bajo esta tiranía de la educación dirigida, se convierten en un primer foco de adoctrinamiento, entonces aquellos que procuran moderar la capacidad crítica de la sociedad y por tanto la posibilidad de los cambios, habrán triunfado una vez más. John Dewy, filósofo social del siglo XX, ya abogó por una educación que llevara a la independencia creativa. (John Dewey, The Need for a New Party (1931).

La educación no puede convertirse en un sistema burocratizado lleno de informes, actas, cuestionarios y evaluaciones donde los profesores deban incluir de manera detallada cada paso que se dará en el curso futuro. El futuro es impredecible, como impredecible es cada uno de los alumnos que se sentarán ante él. La burocracia administrativa es como una selva que enmaraña todo convirtiendo al profesor en un instrumento más de sus propios intereses y que le aparta y desmotiva sigilosamente de su verdadero camino vocacional.

Las entidades educativas deben ser promotoras a la hora de conseguir los primeros desafíos que nos lleven a crear e innovar ajustándose a los grandes y verdaderos problemas de la vida real y de los cambios socio-tecnológicos.

¿Por qué nunca nos enseñaron a amar, a reír, a comprender las emociones, a hacer autocrítica, a componer, a hacer la compra, comprender un contrato o distinguir un sesgo en una noticia?

En la Ilustración, el ideal educativo era éste, el que busca la verdad de la vida, porque la educación no puede ser únicamente un recital cuantitativo, sino que debe hacernos capaces de encontrar el placer a través del autodescubrimiento y la inquietud que alimentan la curiosidad. Hay que despertar el hambre que sólo es saciada a través de la creatividad en cualquier nivel para fabricar personas con propósitos, que se vean capaces de hacer frente a los problemas que generará no sólo el ámbito laboral, sino el imponderable camino que surge del recorrido de la vida día tras día, y que puedan enfrentarlos a través de procesos creativos para desarrollar las mejores soluciones.

Tanto si se lidera un equipo de trescientas personas como en las decisiones domésticas, sólo una nueva revolución educativa que de verdad tome conciencia sobre las cosas que pueden hacer de este mundo un lugar mejor a través de un progreso social sostenible, involucrado con el humanismo solidario y el respeto al entorno, puede salvarnos de una catástrofe social.

La comunidad educativa debe revertir los procesos de deshumanización materialista y convertir la docencia en un espacio de innovación consciente, inteligente y coherente donde la colaboración sustituya a la competición además de utilizar la creación a través de la actividad artística para desbancar la coerción y poder construir sociedades más felices y solidarias a través de la humanización de las materias, de los procesos y de los objetivos.

No sólo hay que transferir conocimiento, si no que una vez dado, hay que someterlo a un cuidado proceso de discernimiento, de debate y de duda para que se transforme en materia útil en el día a día: Se pueden explicar las causas de la segunda guerra mundial, y después trasladarlas al entorno doméstico, para darnos cuenta como la insolidaridad y el ego, pueden terminar siendo tanto responsables de millones de muertos o el motivo de una discusión familiar que dinamite la convivencia diaria.

Mientras tanto, seguiremos enfrascados en vacuos y estúpidos debates sobre las cosas que nos ofenden porque las que realmente importan nos parecen competencia de los demás.

Recuerden aquel famoso problema que enunciaba la salida de un tren desde Zaragoza a una velocidad de 50km/h al mismo tiempo que otro tren salía en dirección opuesta de Madrid a una velocidad de 40km/h ¿Recuerdan que nos preguntaban a qué distancia de Zaragoza se encontrarían?

Esto me atormentó durante años, pero nunca llegué a entender que la respuesta a este dilema podía ser ese ansiado número, o bien: “No lo se, ni me importa, pero ensénenme a comportarme en cualquiera de los vagones de ese tren”.

Lo que hace rico a un país, no es el oro o sus divisas, lo que lo hace rico es la educación de sus gentes. (Antonio Escohotado)

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Luis María Ferrández, (Madrid, 1977), es Doctor en Ciencias de la información por la Universidad Complutense de Madrid. Compagina su carrera docente con la profesional como guionista y realizador. Es profesor en la universidad Francisco de Vitoria donde imparte varias asignaturas relacionadas con la cinematografía y la narrativa audiovisual. A su vez, es profesor de cine en la escuela de arte TAI. Como guionista, productor y director ha hecho dos películas: “249, la noche en que una becaria encontró a Emiliano Revilla” y “La pantalla herida” y varios cortometrajes de ficción. Ha trabajado en los equipos de dirección de varias películas además de desarrollar proyecto de cine y TV en varias productoras. Es analista de guiones con más de 50 producciones asesoradas en los últimos años.

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