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Ante la reforma de las Enseñanzas Medias: Consenso ‘deseducativo’

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Asistimos, una vez más –tras la alternancia gubernamental- al intento de reformar la legislación que ordena la educación no universitaria en España. Se trata de demostrar que el anterior gobierno erró, y que el rumbo va a ser corregido, siempre a mejor. Entre idas y venidas legislativas, la educación, como sabemos los profesionales del ramo, no deja de deteriorarse.


Una lectura del borrador de la actual propuesta de reforma demuestra que sigue sin haber una idea clara, por parte del legislador, de cuáles son los problemas reales de la educación en España. No son problemas reales de la educación el status de la asignatura de Religión, la vuelta o no a la Educación para la Ciudadanía, o cuestiones organizativas de los centros. El problema real de la educación en España es que no educa, lo cual es especialmente grave ante el horizonte socioeconómico al que nos enfrentamos.

De nuevo, la obsesión legislativa es evitar el fracaso de los alumnos, que nadie se quede atrás. En esto no estamos solos. Exactamente el mismo objetivo tenía una actuación legislativa del Congreso de los Estados Unidos, la “No Child Behind Act”, que, en 2001, y bajo la presidencia de George Bush, fue aprobada con el apoyo conjunto del Partido Republicano y del Demócrata. En 2015 este marco legal fue sustituido por otro de similares características, y cuya denominación deja a las claras la intención del legislador: “Every Student Succeeds Act”. Subrayo que, aunque en este caso el presidente era demócrata (Barack Obama), la legislación fue de nuevo apoyada por ambos partidos.

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Debo aclarar que es un objetivo legítimo evitar el fracaso de los escolares, pero uno teme que, por ser el único objetivo, desfigure la idea de éxito, absolutamente necesaria en una acción a largo plazo, como es la educativa.

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En España, el resultado de esta obsesión por no fracasar no sólo no ha reducido significativamente el fracaso escolar, sino que ha generado un deterioro del nivel educativo general de los alumnos. Hoy, los alumnos que “triunfan” en la educación obligatoria son aquellos que “saturan” unas escalas que han sido concebidas no para aflorar la auténtica excelencia, sino una mayor o menor destreza en entornos de una complejidad muy reducida, bajo una escasísima estimulación intelectual.

Estos alumnos, que el sistema señaliza como los mejores por sus altas calificaciones, acceden al Bachillerato como paso previo a su ingreso a la Universidad. En este periodo de dos años, muchos docentes intentan revertir este fraude educativo (no se me ocurre expresión más precisa), pero es difícil con unos alumnos que sólo quieren seguir sacando buenas notas hasta la EVAU, una prueba que, dicho sea de paso, posee unas tasas de éxito del orden del 97%. No sorprende el abandono de la palabra “Selectividad” para referirse a dicha prueba.

Tras este largo proceso de deseducación, el alumno que accede a la Universidad se caracteriza por poseer unos conocimientos dispersos y superficiales, muy fragmentados, sin unidad. A ello habría que añadir unas grandes dificultades para el razonamiento estructurado lógicamente, una escasa capacidad para la comprensión lectora, una bajísima capacidad de análisis, y una nula capacidad para la abstracción.

Si malas son las aptitudes de entrada en la Universidad, no mucho mejores son las actitudes. Los alumnos presentan graves dificultades para la atención y la concentración, son incapaces de perseverar en el esfuerzo, no saben organizar su tiempo y su energía, están habituados a técnicas de trabajo muy poco eficaces, a no sacar partido de las clases a las que asisten, y a no trabajar diariamente en las disciplinas que cursan, salvo que se trate de “deberes” que alguien les “pone”. Además, les resulta casi imposible gestionar la adversidad, cuando ésta sobreviene. 

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Finalmente, las expectativas del alumno que accede a la Universidad suelen ser bastante simplistas: espera alcanzar el éxito de la misma forma que lo obtuvo en la ESO y el Bachillerato; y cree que el paso por la Universidad “garantiza”, por sí mismo, un empleo bien retribuido. La constatación, casi inmediata, de que ambas expectativas no son reales, suele traer consigo la desmotivación del alumno, que puede llevarle a abandonar sus estudios universitarios, o a cambiar de grado, con convicción o sin ella
de que la nueva elección sea acertada.

Nada de todo esto preocupa al actual legislador. Es más, de todo lo referido en los párrafos anteriores no hablan nuestros políticos, independientemente de cuál sea su ideología. Ese es el “gran consenso” pendiente.

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David J. Santos es Doctor Ingeniero de Telecomunicación. Desde 2012 es el Director de la Escuela Politécnica Superior de la Universidad San Pablo-CEU. Actualmente es también Director del Laboratorio de Innovación Educativa Universitaria (LIEU) de esta Universidad.

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