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La paradoja del ecologismo

En Distopía por
Tiempo de lectura: 10 minutos

Es un hecho que el entorno de nuestras vidas, el medioambiente, lo que de una manera simplificada podemos llamar naturaleza no humana se percibe hoy en día en su plena objetividad. Cada vez estamos más concienciados con el medioambiente, con las amenazas que se ciernen sobre él: calentamiento global, deforestación y desertización, contaminación de las ciudades y los océanos, etcétera. La naturaleza, en este sentido no humano, externo, medioambiental, existe como una realidad innegable, como un límite ecológico que, sin embargo, transgredimos a diario, desde el gesto cotidiano de tirar toallitas húmedas por el retrete o seguir utilizando bolsas de plástico en nuestras compras hasta las grandes expoliaciones de la fauna y la flora realizadas según la lógica neoliberal de un capitalismo salvaje. Se aboga en el presente por una “conciencia verde, por prácticas de reciclaje, por una “economía circular“, por el activismo de todos y cada uno de nosotros en el cuidado del planeta, sea una niña preocupada ejemplar y mediáticamente por el negro futuro que les aguarda a las nuevas generaciones si no cambiamos nuestro contaminante estilo de vida o esos grupos de voluntarios que se forman esporádicamente para limpiar de desechos una playa o retirar la basura acumulada en un bosque o un monte.

Las contradicciones de la cultura actual, y por cultura me refiero a las mentalidades sociales, hallan en el concepto de naturaleza una de sus expresiones más características. Resulta habitual en un telediario pasar, sin solución de continuidad, de una noticia ecológica en que se denuncia la contaminación de los océanos y se nos insta a un comportamiento responsable a una noticia transgénero en que se celebra la valentía y el coraje de alguien que, desafiando la opresiva normalidad imperante, se ha sometido a una operación de cambio de sexo para poder ser quien quería ser. También resulta habitual que la misma persona que defiende con entusiasmo la protección de la naturaleza contra el carácter egoísta y depredador del ser humano defienda con igual entusiasmo que cada uno puede ser lo que desee pues la libertad para autorrealizarnos carece de límites naturales y entronca con el ideal sagrado de la igualdad.

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La autorrealización personal, tal y como la entendemos en la actualidad, obliga a aceptarnos como iguales, a abolir cualquier condicionante que pueda introducir diferencias entre unos y otros, más aún si esas diferencias implican algún tipo de jerarquización entre individuos superiores e inferiores, normales y anormales, válidos e inválidos, y a eliminar los obstáculos a la plena expresión de uno mismo, de su conciencia de sí, de sus sentimientos de autenticidad y valor calificando tales obstáculos de “construcciones sociales” mediante las cuales se impone a las personas una desigualdad artificial que manifiesta un ominoso sistema de poder. La desigualdad y el poder se enfrentarían, en el imaginario social, a la autorrealización personal, a una libertad absoluta que nivela todas las preferencias, todos los sentimientos, todas las identidades y, en fin, todas las maneras en que uno decida entenderse y conceptuarse a sí mismo. Desde la perspectiva de la autorrealización, no hay naturaleza que señale un límite a lo que deseamos ser y por lo que pretendemos ser reconocidos por los demás y cualquier apelación o referencia a esa supuesta naturaleza no instaría a un comportamiento responsable, sino que encubriría el poder de aquellos que, al beneficiarse de su hegemonía cultural como superiores, como normales o como válidos, no están por la labor de consentir y plegarse a la igualdad entre diferentes, a la diversidad entre iguales. Esta lucha a favor de que los diferentes encuentren su lugar en la sociedad con la aprobación de todos se encuentra hoy muy avanzada en cuanto forma de conciencia social. Hasta el grado de supurar, en ocasiones, un victimismo bastante desmesurado que encierra la posibilidad de un nuevo poder y una nueva jerarquía, de actitudes revanchistas y justicieras. Aunque el victimismo y el revanchismo siempre sean una tentación, la salida a la luz y el reconocimiento de los diferentes no creo que se vean empañados porque algunos de ellos caigan en vicios tan humanos.

La paradoja que motiva esta reflexión no se relaciona con ese gigantesco movimiento tectónico en virtud del cual el viejo panteón de héroes ha sido sustituido como objeto de veneración pública por los campeones de un olvido y arrinconamiento seculares. Ni con el cambio que tal movimiento está produciendo en nuestra forma de pensar, sentir y hablar sobre las diferencias, que, del mismo modo que el victimismo y el revanchismo, se desliza en más de una ocasión por la sima inquisitorial de lo políticamente correcto. Al igual que no creía que este movimiento tectónico que representa un nuevo y saludable ciclo histórico deba reducirse a sus aristas más problemáticas y liberticidas, tampoco creo que el lenguaje de lo políticamente correcto deba convertirse en la exclusiva vara con que medir el significado y relevancia de la sustitución del general y el estadista por el transexual y el discapacitado en nuestro panteón de héroes. Cada época tiene sus costumbres, y cada tiempo elije a sus figuras ejemplares.

No hay un Greenpeace que luche por salvar el planeta humano de la depredación de hombres sin conciencia de su naturaleza.

Aquella paradoja se relacionaría, más bien, con el hecho tan contemporáneo de ser capaces de ver la naturaleza con absoluta nitidez fuera de nosotros y ser incapaces de detectarla dentro de nosotros. Los plásticos, el calentamiento, la deforestación, en definitiva, todo lo que remite a la acción del hombre sobre el medioambiente desvelaría una realidad que está ahí, que nos envuelve, en la que vivimos y que nuestra falta de conciencia ecológica amenaza con destruir. El límite que tal realidad o naturaleza plantea a nuestra acción está cada vez más claro y sobre él no parece haber discusión posible: o modificamos nuestro estilo de vida o sofocaremos las fuentes de que se alimenta la vida, cualquier vida, la humana, la animal y la vegetal. El, por llamarlo así, objetivismo de nuestra mirada a la naturaleza no humana, que tan necesario es a fin de persuadirnos de que no podemos comportarnos con el medioambiente sin espíritu conservacionista, se funde en negro cuando posamos nuestra atención en la naturaleza humana. Entonces, dejan de existir los plásticos, el calentamiento y la deforestación, es decir, las amenazas sembradas por una libertad peligrosa y, dando una vuelta al argumento objetivista y conservacionista, donde había una realidad que proteger de nosotros mismos aparece un lienzo en blanco, una tabla rasa en los que podemos construir el muñeco de arcilla que queramos con nuestro yo. El espíritu conservacionista de Greenpeace desaparece cuando pasamos de hablar del medioambiente a hablar de nosotros. No hay un Greenpeace que luche por salvar el planeta humano de la depredación de hombres sin conciencia de su naturaleza. ¿Será por qué la naturaleza constituye un reino al que no pertenecemos, siendo nuestro reino el de la ocasión para poder ser lo que deseemos en condiciones de libertad total y absoluta? Reduciéndose con ello la vida humana a un puro ocasionalismo que santifica cualquier decisión siempre y cuando tal decisión la hayamos adoptado libre y voluntariamente, sea auténtica y singular, hable a través de ella nuestra diferencia constitutiva, eso que nos hace únicos, originales e irrepetibles.

El ideal de la autorrealización sería, en principio, ajeno a la conciencia ecológica porque la naturaleza no humana señala una restricción inexorable al desenvolvimiento de nuestra libertad. En este caso, la naturaleza existe y debe ser amparada, mientras que la libertad suena a un egoísmo expoliador e irracional que acabará, de no ponérsele freno, con la vida en el planeta. Sin embargo, en el ámbito de la naturaleza humana, nos encontramos con la negación de dicha naturaleza, con la trasposición de las alusiones a la misma al campo de las interesadas construcciones sociales que tratan de preservar un determinado sistema de poder y desigualdad, con la defensa cerrada y absoluta de la libertad para autorrealizarnos en el sentido marcado por nuestras diferencias, donde la distinción entre lo que uno es y cómo se percibe resulta todo menos clara y faculta a ejecutar cualquier experimento. Y ello en la medida en que, al no haber naturaleza humana, no hay límites al deseo de ser y percibirnos, y ser reconocidos por los demás, como hayamos elegido.

La obligación de un comportamiento responsable con el medioambiente se transforma en la celebración de un comportamiento libérrimo con nuestro propio yo. Como si la naturaleza se diluyese al pasar de la visión de una ciudad contaminada o de unas aguas marinas infestadas de plásticos a la concepción de lo que somos. Como si la objetividad de aquella visión fuese imposible de mantener al reflexionar sobre nosotros mismos. Reflexión que ha llegado al punto líquido e insustancial de sostener única y exclusivamente que seremos lo que queramos ser. Donde el énfasis se pone en el querer antes que en el ser, en la libertad antes que en la naturaleza. Que es justo la perspectiva contraria de la cruzada ecologista en defensa de la naturaleza contra una libertad irresponsable. La furia medioambientalista cuya hipermoralización de la naturaleza no humana ha generado toda una pedagogía en la que se hayan involucrados desde medios de comunicación hasta ayuntamientos, ¿no cabe interpretarse en parte como una compensación por habernos quedado sin nada que decir sobre nosotros mismos desde el momento en que no hay nada que decir al respecto pues cada uno es lo que quiera ser? Y que, por ser así, cualquier paso que vaya en la dirección de postular que existen límites naturales a nuestra capacidad de elegir lo que somos puede herir sensibilidades y levantar ampollas en aquel grupo o colectivo para el que los límites apuntados impliquen un desprecio de su identidad, una merma de sus derechos, un freno a su autorrealización. En este sentido, la naturaleza no humana ofrecería, frente al consenso inalcanzable respecto de la humana, la posibilidad de llegar a un acuerdo ontológico sobre lo que es dicha naturaleza y axiológico sobre cómo debemos comportarnos con ella. Este acuerdo no parece que hiera sensibilidades ni levante ampollas porque los únicos opuestos a él serían neoliberales, votantes de Trump y gente por el estilo que niega el calentamiento global y hace la ola a los gases contaminantes. La identidad y estilo de vida de estos desalmados que se mofan del reciclaje, tiran al suelo sus porquerías y echan por el retrete las toallitas con que han limpiado el culo de sus criaturas constituyen la única identidad y estilo de vida que pueden ser despreciados y vilipendiados con buena conciencia en nuestra sociedad tolerante e igualitaria. Concederles a ellos, la basura blanca, el derecho a ser como quieran ser sería un crimen de lesa humanidad.

El ideal de la autorrealización sería, en principio, ajeno a la conciencia ecológica porque la naturaleza no humana señala una restricción inexorable al desenvolvimiento de nuestra libertad.

Ahora bien, y en esto reside la paradoja, el mismo individuo que defiende con entusiasmo la naturaleza no humana y establece restricciones inexorables a una libertad egoísta y expoliadora puede defender, sin asomo de contradicción, que la naturaleza humana no existe, que los que postulan su existencia lo hacen movidos por sórdidos intereses y estrategias de dominación y que la libertad para autorrealizarnos no conoce impedimentos más allá de aquellos que le son impuestos de un modo torticero y artificial. Ese individuo, en un transexual, no verá un ejemplo de deforestación moral, sino de libertad contra, más que una naturaleza dada y objetiva como el sexo con que nacemos, un determinado sistema de poder que nos esclaviza culturalmente al sexo con el que hemos nacido. Dicha persona, conservadora en lo ecológico y sensible a las fronteras que al respecto nunca debemos traspasar para no dañar el medioambiente, es una innovadora en lo moral que se esfuerza por derribar cualquier obstáculo a nuestra decisión sobre lo que somos y sobre cómo deseamos ser reconocidos por los demás. Aquí, lo que debe ser protegido no es una realidad que nos trasciende, sino el sagrado reducto de una libertad para la cual lo real debe amoldarse a lo que dicha libertad decida. Si el decisionismo ecológico, el hacer con la naturaleza no humana lo que nos venga en gana, nos lleva al desastre; el decisionismo moral, el hacer con uno mismo lo que deseemos una vez que nos hemos liberado de convencionalismos y prejuicios, nos conduce a una sociedad más justa, igualitaria y transparente.

Tildo de paradójica esta ambigüedad sobre la idea de naturaleza y considero que la necesaria e indispensable lucha contra el decisionismo ecológico se queda en el síntoma y no profundiza en la causa de la enfermedad cultural que tal decisionismo representa. Criticar la degradación del medioambiente, el comportarnos con la naturaleza no humana como si esta fuese una tabla rasa, una ocasión para hacer por medio de ella lo que nos plazca debería revelarnos el culto al yo que se barrunta tras ese hábito decisionista. Este se suele encapsular en la denuncia del neoliberalismo y del capitalismo salvaje, pero, con ello, el ecologismo se queda en la superficie del problema pues tal problema, más que político o económico, es filosófico y tiene que ver con un concepto voluntarista e ilimitado de la libertad, con el culto al yo y el ideal de autorrealización personal.

La obligación de un comportamiento responsable con el medioambiente se transforma en la celebración de un comportamiento libérrimo con nuestro propio yo.

Resulta llamativo cómo la libertad económica del neoliberalismo espanta a los ecologistas y, sin embargo, la libertad moral del romanticismo (singularidad, autenticidad, creatividad) no hace más que ganar adeptos incluso en las filas de las personas con una conciencia verde más desarrollada. Pero, entre esas dos libertades, entre la que opera insidiosamente sobre la naturaleza no humana y la que reduce a escombros épicamente el mero atisbo de una naturaleza humana, ¿no existiría algo más que una afinidad electiva? ¿No es el mismo impulso decisionista y voluntarista el que lleva a deforestar el Amazonas y el que nos abre un horizonte de posibilidades ilimitadas de realización personal? ¿No coinciden al fin en su culto al yo los valores neoliberales y los sesentayochistas, las políticas desreguladoras del reaganismo y el thatcherismo, por un lado, y las políticas de la identidad y la emancipación posmodernas, por otro?

No pretendo sacar ninguna moraleja de esta reflexión. Mi intención tan solo ha sido notar la paradoja de cómo se puede reconocer la naturaleza fuera al tiempo que se la niega dentro, de cómo se puede ser un conservacionista ecológico y un innovador moral, de cómo se puede criticar el decisionismo neoliberal por sus consecuencias en el medioambiente y sucumbir al decisionismo romántico por su liberación del deseo, de cómo se puede denunciar la destrucción del planeta evitando reparar en el hecho de que poner límites a la libertad económica sin ponérselos a la libertad moral provoca efectos indeseados en la argumentación. En resumen, la paradoja de sostener dos ideas excluyentes de naturaleza, una por alusión, la no humana, y otra por omisión, la humana. Paradoja que encierra, como las muñecas rusas, la paradoja final del ecologismo como estilo de vida asociado a la autorrealización personal, a un acto romántico y absoluto de libertad moral que denuncia al neoliberalismo por convertir la naturaleza no humana en una tabla rasa sobre la que cabe cometer cualquier desafuero. Es decir, por permitirse hacer con el medioambiente lo mismo que aquel acto romántico y absoluto de libertad en que se ha engendrado el ecologismo, como tantas otras morales contemporáneas, se permite hacer con la supuestamente inexistente naturaleza humana, con la negación de esta.

Un neoliberal desaprensivo podría, a tenor de esta paradoja, justificar su nula conciencia ecológica esgrimiendo que el ideal de autorrealización le faculta para calentar, contaminar y desertizar el planeta. Pues gases, plásticos, toallitas, colillas y basuras en general constituirían, a su juicio, no tanto pruebas de una naturaleza violada como signos fehacientes de una voluntad soberana para la cual no hay más realidad que ella misma. La misma voluntad que un transexual invoca para liberarse del sexo con el que ha nacido y lo mantiene esclavizado sin que nunca, a dios gracias, se nos ocurra tacharle por ello de ser un seguidor de Reagan y Thatcher, un defensor de la perversa desregulación del cuerpo, como otros lo son de la infausta desregulación de los mercados, un transgresor de la naturaleza humana, como otros se dedican a expoliar y contaminar la no humana, que se cree, al igual que cualquier lobo de Wall Street, el ombligo del mundo.

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Luis Gonzalo Díez (Madrid, 1972) se dedica a la enseñanza y a emborronar más páginas de las debidas. Sus gustos y aficiones son tan convencionales y anodinos que mejor no hablar de ellos. Le interesa, más que la política, el pensamiento político. Y ha encontrado en la literatura el placer de un largo y ensimismado paseo a ninguna parte. Ha publicado "Anatomía del intelectual reaccionario" (2007), "La barbarie de la virtud" (2014) y "El viaje de la impaciencia" (2018).

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