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‘Capitalismo Nice’, ¿dicta Instagram en qué nos gastamos el dinero?

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Tiene mejor trabajo que tú, mejor gusto que tú, mejor cuerpo que  tú, más seguidores, ropa más cara, una vida social más amplia, una relación menos tóxica, una cara más linda, una elección sexual más ambigua, combina mejor los colores, es más culto, come más sano, disfruta más. Estoy hablando del usuario de Instagram que empieza por “@” y sigue con el nombre que tú prefieras. ¿Crees que tiene una vida mejor que la tuya? No lo sé, pero es una vida tan irreal, tan irresistible, que te mueres por conseguirla a cualquier precio.

Si tienes entre 18 y 29 años probablemente ya te hayan dicho que vas a vivir peor que tus padres y peor que el influencer que describo más arriba. La precariedad es ese embarazo no deseado que ha acabado conformando nuestros pueblos y se ha integrado en todas nuestras conductas. ¿Cómo? No estoy seguro, pero puede que en  los instantes muertos en los que pasábamos de una storie a la siguiente.

Ya son muchas las voces que alertan que las generaciones millenial y Z son las que más rasguñado tienen el futuro. La competencia laboral es un avispero, los trabajos temporales y los bajos salarios obligan a tragar sin masticar y la gente cada vez está más preparada tanto para los trabajos injustos como para soñar con uno mejor.

Fuera de estas percepciones, los bancos parecen decir lo  mismo.  Ya desde 2015 el Banco Mundial quería hacernos asumir que “los jóvenes tendrán que trabajar más años y disfrutarán de menos ahorros para financiar sus pensiones a pesar de estar activos más tiempo que las generaciones precedentes”.

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Si nos vamos a un país concreto, por ejemplo España, también el informe Caixa Bank Research de 2018 indica que en el país el patrimonio de un millenial es de 3.000 euros, mientras que los jóvenes de la generación anterior –la X– acumulaban una riqueza de 63.400 euros cuando tenían la misma edad. Y hablamos de un país desarrollado… La situación queda suficientemente clara, ¿no?

Aún sabiendo todo esto no pienso caer en la comodidad de culpar   a las empresas y a los bancos. Hoy no, hoy fijémonos en nuestros hábitos.

Los humanos aprendemos por imitación. Desde niños, tomamos las ideas que nos seducen de nuestros padres y hermanos y las replicamos como podemos. Por lo general, también descartamos lo que nos da asco, aunque a veces acabemos por clonar también esos comportamientos.

¿Qué es lo que ocurre cuando dejamos de ser niños? En el mundo de hoy, todo podría resumirse en que nos convertimos en usuarios de Instagram, ese ubicuo compañero divertido y gratuito que captura nuestras acciones y recuerdos.

Al interactuar con la aplicación nuestra fórmula de aprendizaje por imitación permanece ahí, si te fijas. Intacta. Miramos al resto, elegimos modelos y los reproducimos como podemos, dándonos cuenta o no.

La gran diferencia de la niñez y la adultez es el dinero, que, por si aún no lo sabías, está presente cada vez que deslizamos el dedo por la interfaz de nuestra aplicación favorita.

Todo lo que sale en Instagram implica consumo: comida (pagar el restaurante), deporte (pagar un gimnasio o vivir en un barrio bonito y caro que tenga parques cerca), fotos de paisajes (pagar un viaje), espectáculos y conciertos (pagar las entradas), bebés (tener dinero para todo lo anterior y además para mantenerlo), animales (veterinario), la calle (transporte). Incluso poner una foto de tu propia casa implica que te sientas orgulloso de (lo que hay en) ella.

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Sí, ya sé que la vida social ya estaba ahí antes de que apareciese Instagram, pero no se #clasificaba ni se le hacía desfilar por una pasarela.

Ahora, con Instagram entramos en un disfrutable y aparentemente inofensivo Consumo Positivo, un espacio virtual en el que se reproduce el lado más sexy de la sociedad de consumo y no se muestra lo que podríamos entender como un Consumo Negativo.

Hay que entender que existe un placer en vivir por encima de nuestras posibilidades. No es culpa nuestra, nacimos con las aspiraciones cosidas a la piel.

 Y es que, por mucho que me haga gracia pensarlo, no me imagino   a ninguno de nosotros mostrando a todo el mundo una cadena de stories de cómo limpiamos el baño o un selfie pagando el recibo de la luz o fotos artísticas de cómo acompañamos en el hospital a un familiar en estado vegetativo. No, en Instagram no sale el fracaso.

Decía al principio que los jóvenes tenemos por delante un mundo más complicado, probablemente no tengamos dinero para adquirir una casa pero sí para viajar o salir a comer cuatro veces por semana.

En México, la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) indicó este año que el 54% de los jóvenes entre 15 y 29 años hacen compras que se salen de su presupuesto y el 20 % prefieren gastar antes que ahorrar. Un dato más: el 18% compra productos que no necesita.

Hay que entender que existe un placer en vivir por encima de nuestras posibilidades. No es culpa nuestra, nacimos con las aspiraciones cosidas a la piel. Consumir para exhibirse es la parte final de un ciclo que comienza observando los comportamientos –  y gastos– de los otros, a los que espiamos durante horas por una pantalla. Nuestra generación, al contrario que otras, aspira a todo   lo que ve aunque sea la única que no puede permitírselo.

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Para saber realmente si Instagram es responsable de cómo compramos habría que hacer un estudio. Eso sí, ahora mismo el método más fácil que se me ocurre para hallar esas compras hechas con el dinero que no tenemos es sacar mi celular y entrar a la aplicación. Puede que allí estén esos bajos salarios, injertados dentro de cientos de fotos y vídeos que forman el cuerpo extensible de un monstruo encantador.

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Escritor por vicio, periodista por impulso. Soy creador multidisciplinar experto en nuevas narrativas. Sigo creyendo que las ideas pueden ser piedras y romper ventanas para que entre el aire.

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