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Distopía

Nuestra virtualidad latina

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Súbitamente, lo que era ocasional se volvió habitual. Lo que antes servía para hablarse y verse con relaciones distantes -familiares, amicales o profesionales- pasó a ser el vehículo imprescindible de comunicación con los más cercanos. A partir del distanciamiento social obligado por la pandemia, el espacio cotidiano se hizo grueso, aumentó su espesor hasta hacerse difícil de atravesar.

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Cuando todo esto pase

En Cuarentena/Distopía por

Habrá un momento, puede ser dentro de meses o de años, en el que toda esta crisis quede lejana en el retrovisor de la memoria. Los familiares de fallecidos seguirán extrañando los abrazos que no pudieron dar en velatorios y funerales, en la retina perdurará el dolor de ver lugares de entretenimiento convertidos en morgues y las calles de las nuevas metrópolis convertidas en un escenario cualquiera esperando a los actores. Los afectados por los Expedientes de Regulación Temporal de Empleo serán, en muchos casos, parados de larga duración. Personas trabajadoras convertidas en vulnerables e imposibles de reincorporar al sistema laboral por múltiples causas de índole económica o formativa que no serán más que excusas y eufemismos muy prácticos para abaratar costes. En resumen, sanará la herida pero perdurará la cicatriz de la brecha social.

Cuando este momento pase de ser rabiosa actualidad a un hecho histórico, el espacio de análisis de los gobiernos se limitará drásticamente: ¿cuánto se tardó en decidir que se prefería una sociedad más pobre pero con menos bajas?, ¿hubo decisiones valientes o tibias?, ¿había comunicación y coordinación o primaron otros factores? Entre una infinitud de preguntas que difícilmente serán respondidas porque, en la nueva normalidad, la nueva política ya estará embadurnada del barro que tanto le afeó a la antigua.

El romanticismo del aislamiento en el que todo el mundo hablaba de un “cambio significativo” quedará eclipsado por una vuelta a la carretera de miles de coches que lucharán contra la descontaminación, empresas que no entenderán qué pueden mejorar, sociedades precozmente olvidadizas. Volverá el ritmo frenético, si es que alguna vez se ha ido, y la falta de espacios y tiempos para una reflexión activa que lleve a conclusiones prácticas.

Este cambio significativo lo viven, lo vivirán muchas familias que partieron de una situación triste y llegarán a una situación desoladora; que tendrán que educar a sus hijos en la precariedad, que tendrán que agachar la mirada al llegar las facturas, que tendrán que trabajar en B para poder comer y una gran lista de ‘tendrán que’ porque les quedará poca elección. A no ser que nos pongamos de acuerdo en que todo esto no suceda, que no se queden solos.

Durante esta crisis he visto con mis ojos, los mismos que ven a algunos políticos polarizar el ambiente, a una madre de familia llorar al ver que en el paquete de alimentos que una ONG le entregaba iba un puñado de pañales. Pregúntate: ¿cuándo fue la última vez que lloraste? E inmediatamente después piensa que para muchas madres hoy -no ayer, ni mañana- la ausencia de un saco de pañales es un verdadero drama vital.

He escuchado, con los mismos oídos con los que oigo las caceroladas contra unos u otros desde mi casa, cómo se le quebraba la voz a una chica de no más de 25 años explicando que no le quedaba nada para comer. Ella, brillante en los estudios, ha visto paralizada la beca internacional con la que se costeaba alojamiento y manutención mientras su familiar más cercano está a más de siete mil kilómetros de distancia.

Quiero no olvidar nada de esto, ni cómo un amigo me hablaba del último día que estuvo con su madre, horas antes de que falleciese. Cómo su abrazo fue cuidar de ella, una última caricia que se desprendía a través de un gesto sin contacto y una gran carencia, no de algo material, sino de una despedida arrebatada.

Cuando todo esto pase, no quiero una sociedad más rica, la quiero más solidaria; no la quiero libre de mala conciencia, la quiero cargada de gestos tangibles que nos recuerden que, lejos de los telediarios, el mundo era otro; que tan cerca del ruido pudo haber un silencio estremecedor como el llanto contenido por la necesidad de un plato de comida o de un abrazo y un “no te vayas todavía, por favor, todavía no”.

El ser humano y su condición indigente: una interpretación de la Pandemia

En Distopía/Pensamiento por

Todas las crisis de la Historia –ya sean políticas, económicas, sociales o ecológicas– han tenido repercusiones inesperadas, tan difíciles de prever y lidiar como sus propios orígenes. Sin embargo, podemos decir con Ortega y Gasset que siempre han tenido algo en común: el pertenecer a uno de dos tipos. O bien han sido crisis “vespertinas”, es decir, momentos oscuros que han sido el preludio de noches todavía más largas; o por el contrario, crisis “matutinas”, que como la muerte de Jesucristo –esta comparación es mía, no del agnóstico filósofo – han permitido el desarrollo de oportunidades más fecundas para la humanidad. La crisis generada por el Covid-19 no será diferente: también sus efectos serán imprevistos, y podrán ser totalmente nocivos o generar una nueva esperanza.

Esto es así porque la Historia no está escrita, sino que la protagonizamos las personas. Por ello, para saber cómo se andará el camino futuro, si nuestra sociedad escogerá el de la luz o el de la oscuridad, lo fundamental ahora es conocer el punto de partida. Es decir, comprender cómo esos seres humanos estamos pensando y viviendo la situación. Al hacerlo, constatamos que la primera característica es que casi todas las lecturas que se difunden son políticas. Y la segunda, que son totalmente contradictorias y, lo que es más significativo, radicalmente excluyentes entre sí: unos ven en la epidemia la demostración de que no existen las fronteras, otros por el contrario que éstas son más importantes que nunca. Para un sector evidencia que el Estado debe ser más centralizado, y en el que se le opone, que los entes subestatales habrían de tener más autonomía. Existen grupos que ven claro que “lo público” debe fortalecerse más, mientras que otros consideran que la iniciativa privada nos ha salvado. Los ecologistas radicales aplauden a Pachamama defendiéndose de los “virus humanos”, y sus contrarios dicen que si la naturaleza es una madre, es tan cruel como Saturno devorando a sus hijos. En general, se valora la importancia de la familia como primera sociedad, pero no ha faltado quien señalara que es el momento de destruirla por incapaz. Finalmente, algunos vemos con admiración y esperanza la labor de la Iglesia, en tanto que una escritora la tachó de “invisible” y un cómico de inútil.

El hecho de que la mayoría de estas perspectivas sean políticas implica que sean insuficientes para analizar una circunstancia en la que, sin pedirlo, hemos sido colocados. Así es porque antes de la estructura política existe otro fundamento que la sustenta, y no es el económico. Por ello, las también abundantes reflexiones en torno al “fin del neoliberalismo” son una muestra de milenarismo político; el mismo que lleva por lo menos desde la crisis de 1873 –y por supuesto tras la de 2008– hablando de superar el capitalismo porque no aguanta más. El verdadero fundamento prepolítico es el ser humano, o por decirlo más concretamente con autores como Steven Pinker o Thomas Sowell, la concepción que las distintas ideologías y propuestas tienen de la persona. Por ello, esta crisis puede ser matutina si, con independencia de las lecturas políticas que se hagan, se reflexiona antes sobre una pregunta muy básica que los profesores no suelen hacer a sus alumnos: ¿qué es el hombre? En mi opinión, y por decirlo en una sola frase, esta epidemia demuestra algo básico que también dijo Ortega y Gasset: que el ser humano es un “ser indigente”.

No somos entes “suficientes”, dice el filósofo, sino seres escindidos entre dos cosas que no elegimos: la circunstancia y la vocación. Una realidad, la primera, que nos es impuesta; y otra, la segunda, que nos es propuesta. Y esta falta de libertad es algo fundamental en lo que hay que insistir hoy en día, en un contexto socio-cultural en el que la destrucción de los límites no ya morales, sino también biológicos, se ha convertido en aspiración última del ser humano. En este sentido, algo importante que recuerda Julián Marías cuando comenta la idea de circunstancia, es que no se refiere únicamente a los acontecimientos sociales, políticos y económicos, sino antes que nada, a nuestra realidad psicofísica y vital. Esto significa, en el caso que nos ocupa, que la circunstancia es el Coronavirus como fenómeno no buscado; pero que también lo es la propia condición humana en tanto que realidad radical. A este aspecto hay que mirar para comprobar la condición indigente del ser humano. Y para ello, algo importante es refutar otro mantra que se repite cada día: el de que la presente crisis es una catástrofe histórica sin apenas precedentes, y que los jóvenes somos unos desgraciados porque estamos siendo expulsados de una vida de bienestar a la que tenemos derecho.

Esta perspectiva es errónea:  el hecho de que los seres humanos en Occidente hayamos vivido durante las últimas décadas alejados de tres de los cuatro jinetes del Apocalipsis (de la muerte biológica no podemos escapar, aunque Yuval Noah Harari insistía hace poco en que es un “problema técnico” que tal vez podremos resolver) es una anormalidad histórica. Desde el principio de los tiempos, el hambre, la enfermedad y la guerra han sido cotidianos; y todavía lo son en muchos lugares del mundo. Según nos recuerdan libros y artículos de personas como Steven Pinker, Jordan Peterson, o Johan Norberg, todo el desarrollo científico y tecnológico que poco a poco ha logrado aplazar la muerte es una novedad en la historia de la humanidad. Por eso, la pandemia forma parte de la lógica de la realidad humana, y lo que hemos de preguntarnos no es por qué ocurre, sino dos cosas más precisas: por qué hemos vivido tanto tiempo sin que aconteciera algo parecido, y por qué ha sido posible olvidar la condición indigente de la persona. La respuesta a la primera pregunta está en el progreso, y la segunda, en el ocultamiento de la muerte.

Sobre el progreso se escribió mucho después de la II Guerra Mundial, pues esta desgracia refutó el fideísmo que autores como Comte o Marx le profesaban. Sin embargo, la que me parece, por su sencillez, la mejor definición del mismo, es la que había hecho Manuel García Morente en 1931. Según este filósofo, corremos el riesgo continuo de confundir “progreso” y “proceso”. El segundo es automático, propio de la naturaleza; mientras que el primero es fruto de la aplicación libre de la razón humana, reducido a la historia. Así, el progreso que ha vivido la humanidad –en el pensamiento desde Grecia, en la relación con Dios gracias el cristianismo, y en el bienestar material a partir de la Revolución industrial– es obra del compromiso en el mundo, y no un regalo del destino. Creer que nuestra vida moderna, en apariencia perfecta, es un dato más de la realidad humana, implica caer en la “psicología del señorito satisfecho”. Así definía Ortega a una de las modalidades del hombre-masa.

El “señorito satisfecho”, por otro lado, al estar nadando en la abundancia desde que nace, se aleja del sufrimiento. Y con ello se deshumaniza, porque el primer dato de la experiencia humana es que la vida es un Valle de Lágrimas. Por eso escribía con acierto Baltasar Gracián que, en lo que parece un reconocimiento de lo que le espera, lo primero que hace el niño al nacer es saludar a su madre con el llanto. Hoy en día las lágrimas se reservan para el emotivismo, a la vez que se esconde el sufrimiento de todas partes. De ahí que una de las características más importantes de nuestro tiempo sea lo que Philippe Ariès llamó la cultura del “ocultamiento de la muerte”.  Un Zeitgeist que está detrás de un hecho que en estos días indigna a muchas personas: la ausencia de muestras de luto, y el bombardeo de imágenes con arcoíris y aplausos que esconden el padecimiento y la muerte de miles y miles de personas.

Frente a ello, esta crisis debería ayudarnos a recordar qué nos define a los seres humanos, y cómo se ha desarrollado la Historia de la que somos protagonistas. Puede ser una crisis matutina si nos lleva a valorar todo lo que tenemos, después de reconocer lo que somos. Y más que matutina, puede ser una crisis pascual si también nos conduce a ver la esperanza que nos trae la Resurrección. Un “hecho extraordinario” –por utilizar otra expresión de García Morente– que da sentido a las tres formas que la muerte tiene hoy en día en Occidente: la muerte aplazada –de las enfermedades–, la muerte oculta –del cuerpo biológico–, y la no menos importante muerte negada –la existencial, del sufrimiento cotidiano, que también se blanquea. Los seres humanos somos indigentes y es hora de recordarlo, y los cristianos podemos hacerlo a la luz pascual de Jesucristo.

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Para cuando tiemble el podium

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La libertad, como la vida, sólo la merece

quién sabe conquistarla todos los dias.

(Goethe)

Que me perdonen los académicos de la RAE por la siguiente afirmación pero aún hoy, a pesar de sus continuas -y cuestionables- revisiones léxicas, existen conceptos imposibles de categorizar y definir, palabras que esconden tantas identidades como personas que las pronuncian y que ni miles de años han convertido en cognoscibles u objetivables. Ni la filosofía ni la lingüística han alcanzado a materializar nociones que ya pasada o no la edad contemporánea se nos siguen resbalando entre acepciones y significantes. Así, términos como Dios o Alma persisten como conceptos indómitos para la verdad -y posverdad-.

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Jimina y el Rey: crónicas de la imaginación paranoica

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Decía Milan Kundera que las personas entendemos nuestras vidas con la forma de un relato, que imponemos al recuerdo una presentación, un nudo y un desenlace, y que según estos vivimos siguiendo un guión y  una simbología concreta. Son los relatos más que la verdad en crudo los que dan un sentido operativo a la vida. Si ciertamente el hombre es un ser narrativo, antes aun que social, el género de la humanidad en su conjunto debe de ser el satírico; y es que a estas fechas de cuarentena ya cuecen las redes sociales y los pucheros del esperpento están que echan humo.

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Conocimiento: cómo bordear el absurdo y el hastío en la cuarentena

En Cuarentena/Distopía por

Todo aquel tiempo fue como un largo sueño. La ciudad estaba llena de dormidos despiertos que no escapaban realmente a su suerte sino esas pocas veces en que, por la noche, su herida, en apariencia cerrada, se abría bruscamente. Y despertados por ella con un sobresalto, tanteaban con una especie de distracción sus labios irritados, volviendo a encontrar en un relámpago su sufrimiento, súbitamente rejuvenecido, y, con él, el rostro acongojado de su amor. Por la mañana volvían a la plaga, esto es, a la rutina.” (A. Camús, La peste).

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Días de monástica y escolástica reclusión

En Cuarentena/Distopía por

De entre las historias monacales, siempre inspiradoras de una espiritualidad singular, que uno recuerda hay una que parece especialmente adecuada para la ocasión. Es la de un novicio que, recién ingresado en un monasterio situado en las montañas, decía llevar una vida extremadamente feliz, debido sobre todo a los diarios y largos paseos montaraces que disfrutaba con inocencia y gratitud. Hasta que de pronto, un día, su director espiritual le dijo que renunciara a dichos paseos. Detrás de esa renuncia, que llevó con resignación y solo con el tiempo acabó comprendiendo, había tanto un espíritu de genuina obediencia como una sabia enseñanza sobre el papel de lo mundano en el orden del ser. Puede que la situación de reclusión que muchos vivimos actualmente, siendo tan diferente a la experiencia del monje, tenga sin embargo un poco de ambas cosas.

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La némesis médica: “los hombres gimen con dolores de parto”

En Asuntos sociales/Bioética/Distopía/Religión por

Mateo, 24 «Oiréis también hablar de guerras y rumores de guerras. ¡Cuidado, no os alarméis! Porque eso es necesario que suceda, pero no es todavía el fin. […]; 17. el que esté en el terrado, no baje a recoger las cosas de su casa; 18. y el que esté en el campo, no regrese en busca de su manto […]. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 36.Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, […]. 38.Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, 39.y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre. 40.Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado; 41.dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada. 42.«Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor».

Este pasaje del evangelio no trata de ser agorero, ni fundamentalista, describe una situación. El evangelista no habla de castigo divino, está narrando una predicción científica. Hoy sabemos que nuestro sol estallará en pedazos, que las estrellas están en movimiento con todo el universo hacia la entropía. Hemos conocido catástrofes guerreras, naturales, biológicas, o tecnológicas… pero todas pasan al olvido… y los humanos seguimos jugando a creernos dioses al instante siguiente de la devastación.

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Twitter o la diarrea colectiva

En Distopía por

Últimamente, cada vez que entro a Twitter, tengo sensaciones escatológicas.

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Dios y el dilema capilar

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Entre las muchas partes de nuestro cuerpo, pocas son tan misteriosas como la cabellera. Ninguna es tan independiente, tan desafiantemente ajena, a nuestra voluntad. Si nos esmeramos en el gimnasio, lograremos endurecer nuestro vientre, tornando las antañonas lorzas en una musculosa tabla. Si nos disciplinamos, lograremos fortalecer nuestras piernas hasta hacerlas rígidas como el tronco de un árbol. Si estamos dispuestos a hacer caso al nutricionista, lograremos que de nuestro rostro deje de colgar la papada. Pero por mucho que nos empeñemos, por afanoso que sea nuestro esfuerzo, no lograremos detener la caída del cabello. En caso de que nuestra cabeza esté predestinada a brillar con luz propia, sin una mata de pelo que la eclipse, todo nuestro afán será vano: brillará con luz propia.

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Hombres embarazados y personas-gato: la revolución biopolítica ha llegado

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Hace unos meses, los medios de comunicación se hicieron eco del caso de Nano, una joven noruega que afirma ser un gato y que solicitó a su gobierno “ser reconocida como género” alegando que su cuerpo de mujer es “un error genético”. Este hecho sería tomado a broma si no fuera porque en los últimos años se han producido acontecimientos similares. Recuerden el supuesto caso del primer hombre embarazado, de la prometeo Thomas Beatie o el del británico Neil Harbisson, reconocido oficialmente como la primera persona cíborg del planeta. Pues bien, si quieren conocer las raíces ideológicas y filosóficas de los ejemplos anteriores o si buscan responder a por qué la Generalitat valenciana ha propuesto que en sus centros sanitarios se refieran a los niños como “criaturas” y a los hijos como “descendencia”, por qué la Asociación Médica Británica recomienda denominar a las embarazadas como “personas preñadas”, o, entre otras preguntas que se haya formulado, por qué una minoría estudiantil de la Universidad de Granada quiere imponer a la mayoría los baños multigénero, les recomiendo este libro: La revolución biopolítica.

Nano, la mujer gato (fuente El Ideal).

Escrito por el filósofo y académico italiano Vittorio Possenti, en esta obra el autor advierte del peligro de la moderna alianza entre el materialismo y la técnica que está poniendo en jaque a los seres humanos y a los principios éticos. En esta revolución donde se empieza a hablar del “posthumano”, el filósofo, sin demonizar la tecnología –sería una necedad obviar los extraordinarios avances, reitera en varias ocasiones–, y tampoco la disciplina biopolítica –que “siempre ha existido porque en todas las épocas ha habido una política sobre la vida, el bios, la higiene, la salud, la población”–,  reflexiona sobre la inquietante deriva actual que está dando sus primeros pasos para convertirse en una biocracia estatal: “una variante del humanismo secular es el humanismo tecnófilo, que se orienta hacia lo posthumano y los transhumano, escoltado por las nuevas tecnologías (bio, nano, info, neutro)”.

De este modo, entendiendo a las personas como individuos solamente físicos y por tanto relativizándolos, se busca gestionar los cuerpos como si fueran un producto, con la negativa consecuencia de vaciar de contenido al ser humano.

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El académico italiano profundiza en el origen, desarrollo, actualidad y perspectivas de futuro de esta revolución, proponiendo evaluar sus límites, las consecuencias perniciosas que pueden provocar en los seres humanos y redescubre el verdadero humanismo de raíz cristiana-personalista con el fin de aplicar modelos éticos que desbaraten las contradicciones y los experimentos de este individualismo deshumanizado que propugna el replanteamiento del hombre. El concepto de biopolítica, sus características y las aportaciones de la religión a esta disciplina y a la ética; el pluralismo moral de las sociedades actuales y lo que conlleva no tener una base común; los dilemas bioéticos en el diseño genético, la aplicación legislativa del biopoder y el debate público sobre la eugenesia, la eutanasia, la fecundación heteróloga, la clonación o las ventajas y desventajas de la manipulación de embriones.

Una variante del humanismo secular es el humanismo tecnófilo, que se orienta hacia lo posthumano y los transhumano. Entendiendo a las personas como individuos solamente físicos y por tanto relativizándolos, se busca gestionar los cuerpos como si fueran un producto, con la negativa consecuencia de vaciar de contenido al ser humano”.

En definitiva, aunque en ocasiones algunos argumentos filosóficos son muy conceptuales y por tanto pueden dificultar la compresión, en líneas generales se entiende perfectamente la explicación, lo que favorece que el libro esté abierto a un gran abanico de lectores. Por todo esto, si quieren conocer aún más la realidad en la que viven, si tienen curiosidad en saber el origen ideológico de los casos comentados al principio, si buscan comprender la deriva de la tecnología entendida como un fin y no como un medio, si quieren entender aún más algunos capítulos de la serie de televisión Black Mirror o la serie Westworld; si ya no recuerdan el significado de conceptos como persona, sexo, género, ser humano…; si quieren conocer las raíces, su actualidad y las consecuencias de estas ideas filosóficas-ideológicas, fusionadas con la técnica, en el hombre; si buscan entender el significado de conceptos como transhumanismo, biopoder, somatocracia o, entre otros, posthumano –que tan de moda se han puesto en la actualidad, aunque A. Huxley ya hablara de alguno de ellos –; si no tienen clara su opinión sobre la clonación, los vientres de alquiler o, entre otras cuestiones, la eutanasia, esta obra es una buena oportunidad para orientar sus inquietudes.

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Morsas y animalistas: una reflexión sobre el suicidio

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En un nuevo alarde de antropocentrismo animalista (¿?), la conocida por todos plataforma de Netflix, que pretende erigirse como la nueva productora de cultura (o “cultura”) a nivel planetario, ha publicado el documental titulado “Our Planet”; un documental en el que llegado un momento, se muestran imágenes de cientos de morsas que yacen sin vida en la base de un acantilado, y otras tantas que desde lo alto y por la presunta culpa del impacto humano en el medio natural y el cambio climático…¿se suicidan?

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La paradoja del ecologismo

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Es un hecho que el entorno de nuestras vidas, el medioambiente, lo que de una manera simplificada podemos llamar naturaleza no humana se percibe hoy en día en su plena objetividad. Cada vez estamos más concienciados con el medioambiente, con las amenazas que se ciernen sobre él: calentamiento global, deforestación y desertización, contaminación de las ciudades y los océanos, etcétera. La naturaleza, en este sentido no humano, externo, medioambiental, existe como una realidad innegable, como un límite ecológico que, sin embargo, transgredimos a diario, desde el gesto cotidiano de tirar toallitas húmedas por el retrete o seguir utilizando bolsas de plástico en nuestras compras hasta las grandes expoliaciones de la fauna y la flora realizadas según la lógica neoliberal de un capitalismo salvaje.

Se aboga en el presente por una “conciencia verde, por prácticas de reciclaje, por una “economía circular“, por el activismo de todos y cada uno de nosotros en el cuidado del planeta, sea una niña preocupada ejemplar y mediáticamente por el negro futuro que les aguarda a las nuevas generaciones si no cambiamos nuestro contaminante estilo de vida o esos grupos de voluntarios que se forman esporádicamente para limpiar de desechos una playa o retirar la basura acumulada en un bosque o un monte.

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Narciso, el «postureo» y la fotografía

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«Ninguna obra de arte se contempla en nuestro tiempo con tanta atención como los retratos de uno mismo, de los parientes próximos y amigos, y de la amada». Piensa cuándo fue la última vez que contemplaste una obra de arte con cierta intimidad, detenimiento, atención. Y durante cuánto tiempo. Piensa ahora en la última vez que viste una fotografía tuya o de alguien conocido, quizá en el móvil, quizá en alguna red social. Y si la miraste con mayor intimidad, detenimiento, atención o silencio que aquella obra de arte. La frase citada arriba es del historiador de Arte Alfred Lichtwark. La escribió en 1907.

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‘Capitalismo Nice’, ¿dicta Instagram en qué nos gastamos el dinero?

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Tiene mejor trabajo que tú, mejor gusto que tú, mejor cuerpo que  tú, más seguidores, ropa más cara, una vida social más amplia, una relación menos tóxica, una cara más linda, una elección sexual más ambigua, combina mejor los colores, es más culto, come más sano, disfruta más. Estoy hablando del usuario de Instagram que empieza por “@” y sigue con el nombre que tú prefieras. ¿Crees que tiene una vida mejor que la tuya? No lo sé, pero es una vida tan irreal, tan irresistible, que te mueres por conseguirla a cualquier precio.

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Que Twitter no te engañe: no eres tan importante

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Un filósofo de cuyo nombre no quiero acordarme, profetizó siglos atrás el desastre humano de Twitter. Lo aplicaba en realidad a los medios de comunicación en general  y decía que al amplificar la voz estos medios creaban una tremenda ilusión: la ilusión de creer que uno era tan grande como su voz amplificada. Se figuraba que al ampliarse infinitamente su potencial auditorio, aquello que tenía que decir era ipso facto algo importante. Y por otro lado, el gran Narcisista (o sea, usted) ya no hablaba a un ser humano –su vecino, el portero de su casa, la señora que pasea a su perro todas las mañanas, etc. –sino a la Humanidad, a la Generación, a la Historia, al Porvenir. ¡Qué jugosa posibilidad!, ¡qué encumbrado se siente de repente uno! Como para quedarse callado. Sigue leyendo

Me desconecto, luego existo

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“Represéntate hombres en una morada subterránea en forma de caverna, que tiene la entrada abierta, en toda su extensión, a la luz. En ella están desde niños con las piernas y el cuello encadenados, de modo que deben permanecer allí y mirar sólo delante de ellos, porque las cadenas les impiden girar en derredor la cabeza”.

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Me desnudo por tu corazón. Desmontando Instagram (I)

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No, no se trata de una novela erótica dando vueltas en un carrusel de gasolinera. Tampoco es una canción – o eso creo- de Álex Ubago o Pablo Alborán.  Es, simplemente, la mecánica con la que influencers, actrices, modelos y los/las populares de clase celebran haber sobrepasado sus metas de seguidores en Instagram.

Ya sean 1.000, 10.000, 100.000 o el dorado del facing: 1.000.000 de avatares con apéndice en la vida real. Si se alcanza el objetivo, la ropa va fuera.

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Esta tendencia arrancó de la mano del famoseo de turno y poco a poco fue permeando en los distintos estratos del smartphone. Aquí vendría la lista de celebridades que recoge a Demi Rose, la Pedroche, Edurne, Paco León u Octavi Pujades. Las/los que ya se desnudaban por dinero o salían en el papel couché portando aquel sobretodo, aquel tanga que justificaba al menos tres apariciones en prime time o un bikini de pasarela que jamás ha catado la arena y colillas de Benidorm, empezaron a hacerlo, con cierta apariencia de gratuidad, en su perfil social.  Las marcas se frotaron las manos cuando Instagram se ubicó entre las redes sociales más utilizadas por lo usuarios. Acababan de descubrir una forma de diseminar y posicionar su producto de forma más o menos encubierta en miles de perfiles de toda índole; ya fuera la última nominada al Óscar o el exuberante tiarrón de Carabanchel. La entrada en vigor de la Ley de Servicios de la Sociedad de la Información y del Comercio Electrónico (LSSI), que fuerza a los influencers a informar a sus seguidores cuando se trata de una imagen patrocinada, fue un terrible varapalo para aquellos que habían encontrado en su carcasa muscular una forma de llenar el buche y recorrer el mundo por la patilla a través de los filtros de su pantalla.  

Sin embargo, las trabas del estado opresor del libre mercado, no les amedrentaron para perseverar en su camino hacia “la cifra”.

Preparando el asalto “a la cifra”. Primero, la imagen

¿Cómo lo podremos conseguir? ¿cómo haremos para aumentar nuestro caché y empezar a decir a todo el mundo que tal marca se ha fijado en nosotros para portar sus vainas? ¿cuándo podré confirmar que soy un chico/chica valla? 

Cuando un instagramer -sin importar lo colgante del género- está rondando las inmediaciones de “la cifra”, es probable que empiece a generar, con más o menos tino, una campaña de expectativa -lo que los publicistas llaman “teaser”- para dar a entender lo que ocurrirá cuando,”juntos” (siempre el plural mayestático para los que enarbolan y viven de la individualidad absoluta), lleguemos a la cima del postureo.

El momento tan esperado, la redondez de las vanidades, se prepara de muy distinta forma. Si ya se lleva un recorrido en esto del ser visto y juzgado, tu agencia te pondrá un fotógrafo profesional delante, alquilará un pequeño estudio, te acostará entre algodones con un ventilador salvaje que cabalgue tu indómita cabellera y jugará con distintas ópticas y distintas capas de ropa para pegarle un buen subidón a tu cuenta de followers.

✨✨ 1 MILLION ✨✨ ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀ #LoveYouAll #HappyHappy

Una publicación compartida de Edurne (@edurnity) el

Si por el contrario todavía no se ha conseguido la mercantilización total de tu cuerpo, tocará, poco a poco, posado a posado, ir acercándose al objetivo deseado. Entonces, al no disponer de los fondos para una sesión más cuidada, se apostará por expandir la amortización de las vacaciones familiares y en cualquier poto, macetón de Aloe Vera o palmera indiana, tus nalgas romperán la barrera de seguidores. 

Verano del amor

Una publicación compartida de María Araújo (@marriet92) el

¡Ojo! No desmerezcamos este cambio de atrezzo y localización. Supone un salto cualitativo (y estético) importante. Salir a buscar localizaciones con las que alcanzar “la cifra” es salir de los cuartos desordenados, de los espejos del baño del hotel o de las propuestas igual de exóticas como estúpidas de enseñar las mamas antes de una “presumible” comilona.   

Después, el texto y el manejo de “seguidos”

Sin embargo, no todo va a ser la imagen. Queda un veinte por ciento que cubrir para conseguir romper “la cifra”. Esto significa llenar ese aburrido pero indispensable hueco que pone “texto”.

Aquí tenemos multitud de posibilidades. Están los que prefieren los emojis para acompañar sus contorsiones, los parcos en frases completas, los poetas de saldo, los que roban citas literarias, los/las que sacan frases de su propia cosecha. A mi modo de ver, son los más valientes pues se exponen con sus anacolutos a que haya algún académico ocioso dispuesto a tirarle de las orejas. También están los instagramers que tiran de retahíla cabalística de hashtags para disparar a todo bicho viviente que more por la red social en ese momento. Si eres de estos, saca tus genitales a la palestra. Nada pone más a tono tu cuenta que tener imágenes “censuradas” con dos cáctus dónde debería haber dos pezones. Eso y el mantra #freethenipple seguro que te proporcionan un buen puñado de followers sedientos de travesuras.

Resueltas las primeras imágenes del feed, toca manejar adecuadamente la bolsa de seguidos. Los gestores de comunidad te dirán que al principio conviene usar una estrategia balanceada entre los que te siguen y sigues pero si por algún casual das un pelotazo y sales en una foto, aunque sea de refilón, con alguien de la vanité, deberías despedir a tus amigos del colegio y la universidad y quedarte con aquellos que te puedan aupar a “la cifra”. Para ello, hay que establecer la máxima del “sígueme” sin reprocidad. Hay que ponerse un objetivo de corazones a la semana y hay que ajustar adecuadamente la política de privacidad para ver quién se puede asomar a las distintas parcelas de tu personalidad.  Cuantos más sean los desconocidos que se arrimen a tus bronceados insuperables, más posibilidades tendrás de ir abriéndote hueco hacia tu objetivo. 

Sigue estos pasos y tu dicha, al fin, será completa durante unos segundos. Hasta que aparezca el nuevo reto, “la nueva cifra”, a la que hincarle el diente. Entonces, límpiate el champán que quede en la comisura de los labios y lánzate a buscar una nueva perspectiva de tu vientre plano.

Las consecuencias de los narcisos y narcisas

Este exabrupto no solo ha querido reflejar lo que ocurre cuando dejamos nuestro cuerpo a la intemperie. También existe una vulnerabilidad, no tan manifiesta pero sí palpable a medio plazo, cuando se deja en cueros nuestros ámbitos de relación y los lugares que han tenido una significación en nuestra vida. Nadie en Instagram plasma por voluntad propia sus malos momentos. Siempre está el colorín y la purpurina en un recuerdo edulcorado de lo que alguna vez fue una experiencia. Lo que antes quedaba para el archivo de la memoria o en una fotografía enigmática que explicaba su significado a un grupo reducido de personas y era, por decirlo de alguna manera, el tótem de un momento, es ahora una ventana abierta para que cualquiera pueda verlo y manosearlo. La intimidad, el secreto, han quedado postrados ante lo noticiable. El “yo he sido allí” ha quedado bajo el “yo he estado allí”.

Esa calita secreta en la Costa del Sol, aquella gruta donde ocurrió la primera sensación de éxtasis, los boquerones más sabrosos que te habían sido confiados por dos generaciones de familiares que deseaban que ese chiringuito no saliese en ningún lado para que no estuviera saturado en verano.

Ahora todo está escrito y fotografiado. Y si no, es que no has tenido verano. Lo que es, en nuestros tiempos raros, como no tener una vida “realmente plena”. O sea, estar fuera de juego. O sea, no existir. 

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Inteligencia Artificial (IA): es para hoy

En Distopía por

“Si una civilización superior alienígena nos mandara un mensaje diciendo, “Vamos a llegar en unas décadas”, ¿sólo contestaríamos “Vale, llamadnos cuando estéis aquí- os dejaremos las luces encendidas”? Seguramente no – pero eso es lo que está sucediendo más o menos con la inteligencia artificial. “(1)

Esas palabras no son las de un lunático sino las de Stephen Hawking firmando conjuntamente con otros científicos una columna en The Independent en 2014. La inteligencia artificial (IA) es, en la mente de muchos, un tema de ciencia ficción o en el mejor de los casos una etapa de un futuro muy lejano. A pesar de ello, las grandes empresas de Silicon Valley están ya invirtiendo millones de dólares en investigación sobre IA. Hace unos meses, Facebook ha abierto su centro internacional de investigación sobre inteligencia artificial en París y Google participa también en numerosos proyectos, hasta tal punto que financia su propia universidad denominada la Singularity University.

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