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Crónicas de un mundo tierno (I): el placer de linchar a Harvey Weinstein

En Asuntos sociales/Mujer y género por
Tiempo de lectura: 4 minutos

Me he empachado de tanta delicada ternura, de tanta alma bella que exhibe su pureza en Twitter, de tanta patraña dulce y buenista, que he decidido hacerle la guerra a este mundo de arcoíris y vegetales. No sé qué fue lo que colmó el vaso. No sé si fue la absurda y lacrimógena conversación (de la que fui testigo) sobre la muerte de un perrito, no sé si fue un cartel donde aparecía un personaje de la Matanza de Texas con una cabeza sangrienta de vaca y una metralla de frases: “¡Eres cómplice! De la tortura, secuestro y maltrato sádico de seres vivos. Liberación animal YA! Acción Vegana”. O acaso ver a tanta gente dispuesta a rasgarse las vestiduras todos los días de su vida, e imaginarme al señor Amancio Ortega frotándose enérgicamente las manos mientras despacha camiones a reemplazar tejidos rotos. La cuestión es que aquí estoy, en bata sudada, escribiendo la primera de una serie de nauseabundas crónicas sobre este mundo light y bondadoso, que debe cerrar los párpados cada vez que algo desagradable –como mi cuerpo grasiento –se presenta a su vista. Ahí va.

El tema que elegí para esta primera crónica es el combo Weinstein-Spacey-Hoffman. Hay que aclarar que las denuncias que se ha hecho a cada uno de estos príncipes de Bel-Air son distintas en grado de delito, algo evidente. No quiero hablar de los casos –y no pongo en duda que, ante cualquier prueba de delito, derechitos a la jaula. Más bien quisiera hablar del sentimiento de la acicalada audiencia palomitera, sí, voy a hablar de dos sentimientos que usted, su tía y yo, compartimos. Dos sentimientos que estos tres casos han despertado y que se podrían resumir en estos titulares: 1. Verte caer me regocija. 2. ¡No cosifiques sexualmente a otro SIN su consentimiento!

El primero de estos titulares es una ley antropológica; habla simplemente de uno de los mayores placeres que los mortales podemos experimentar. Me refiero a la sensación puritana de “Tu mierda tapa la mía”. El placer de linchar, apedrear, señalar, lanzarle tomates a William Wallace cuando se dirige a los brazos de su verdugo. Se me hace la boca agua. En el movimiento de mi brazo lanzando tomate consigo que la mirada de los demás se desplace de mi cuerpo cochino hacia el blanco de mi proyectil, y de esa manera puedo yo descansar por un momento de la asesina mirada de mis hermanos.

Ese momento en que la tribu caníbal zombie deja de posar sus ansiosos ojos en mí es de una gran liberación. Uno puede dejar de fingir una pureza que no tiene, relajar la tensión que nos genera esa culpa escondida: un hijo al que desconozco, una esposa engañada, un baúl de pornografía, un bullying del pasado, un deseo secreto e inconfesable, una disfunción sexual, un tercer pezón, etc. etc. El dispositivo del chivo expiatorio, tan bien explicado –nunca se lo perdonaremos –por René Girard. Claro que nunca reconoceremos esto, nunca nos confesaremos ese placer de hablar mal del amigo que hoy no vino a la fiesta, o de insultar catárticamente a Harvey Weinstein en Twitter. Como aquellos rituales de viejas religiones, donde se coronaba temporalmente a un pobre desgraciado, y después de colmarlo de mimos y regalos (a veces durante meses), se lo despedazaba y devoraba con toda la inocencia del mundo. La caída de los ídolos es un plato más sazonado, quien puede negarlo.

En el marco del sexo-intercambio, donde sexo es un objeto de deseo que se da y se obtiene, la única relación posible es de dominación y manipulación, de posesión y disfrute

Vamos por el segundo titular. Éste está al mismo nivel de hipocresía que el primero. La hipocresía radica en la sorpresa de la humanidad ante las acciones de Weinstein (y luego Spacey, y luego Hoffman….). Y no me refiero a la falsa sorpresa del mundo de Hollywood “esto todo el mundo lo sabía y nadie hizo nada”, sino a la falsa sorpresa de los mil millones de usuarios que han alimentado su cirrosis con estas noticias durante las últimas semanas. ¿Es una sorpresa que en un mundo donde el acto sexual ha devenido en intercambio comercial alguien pueda malinterpretar las condiciones del contrato? Si comercializamos sexo –con divisas, puestos de trabajo o simplemente grados de placer o ego aumentado – ¿de qué nos sorprendemos? “¡Pero mengano estaba en una posición de poder!” Vamos a ver: en el marco del sexo-intercambio, donde sexo es un objeto de deseo que se da y se obtiene, la única relación posible es de dominación y manipulación de dicho objeto, de posesión y disfrute (hay hasta una escala definida y estudiada en las revistas del corazón, toda esa parafernalia del punto G, estiramiento del placer o hacer el amor con calcetines), de sometimiento, en definitiva, de poder.

El acto sexual cosificante y cosificador que tanto nos enorgullece, sólo puede jugar según una dialéctica de poder y sometimiento del otro: una lucha a ver quién gana en la negociación, quien obtiene lo que quiere (sin preocuparme qué obtiene el otro, ese es su problema). El grave problema del Orgasmo de las Naciones, es que si jugamos su juego aceptamos que el cuerpo no tiene valor: más bien lo que tiene es un precio. Es decir, se puede comprar y vender.

Si esto fuera así, Weinstein habría simplemente errado en la transacción: equivocó en muchísimos casos –#Metoo– la divisa adecuada para obtener el producto, nada más. Yo, que ya me conocéis como un reaccionario sin remedio, no acepto la premisa mayor, “yo hago con mi cuerpo lo que quiero” y por ello para mí Weinstein no debe ser juzgado por el Código Civil, porque él no atentó contra la propiedad privada de ninguna señorita. Creo que la lucidez sobre nuestro propio cuerpo –quiero decir, sobre uno mismo- si alguien la tuvo, fueron las víctimas. Aquellas mujeres que ante una mirada, palabra, proposición o roce tuvieron acaso la lucidez de pensar por un momento “no soy cosa”…

Ojalá que esa lucidez, esa santidad de la persona manifestada en el intento de profanación de un “otro”, se proyecte a la totalidad de nuestras relaciones, de modo que veamos que toda cosificación, también la “consentida”, es profanación. Y que no nos pase como a aquél chiquillo desprevenido que declarando risueño que no respetaba a su novia, se enfrentó a la furia de Marco Antonio Aguirre, sabio de España:

“¿Y lo dices riéndote?”

 

Nací en una cloaca de convento del Siglo XVI. Así como el nauseabundo pescado despertó un olfato hiper-sensibilizado en Jean-Baptiste Grenouille, la relajación en la vivencia de la Regla de aquellos monjes despertó en mí una brutal intolerancia por las variadas formas del alma moderna. Reaccionario implacable, soy seguidor del cardenal Cayetano y Donoso Cortés. Me enloquecen las salchipapas, símbolo del imperio Español, y me pierde mi devoción por Mourinho.

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