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Correr en pelotas por la piscina y vivir para contarlo

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Me disponía a comerme un grasiento bocata de lomo y huevo frito, mientras soñaba con un nuevo capítulo de la Casa de la pradera, cuando sin quererlo ni buscarlo, mi trasero gordo presionó el control remoto de la televisión, oculto entre las rendijas del sofá –macabra suerte la mía – y en vez de encontrarme con mi amor platónico Laura Ingalls, me veo sumergido en la vorágine de un plató de informativos de Telemadrid, y una secuencia de entrevistas rápidas a transeúntes, capaces de borrar la sonrisa del mismísimo Gilbert K. Chesterton. El tema: día sin bañador en las piscinas públicas de Madrid.

–Joven transgresor: a mí me parece bien, es lo más natural.

–Señora sesentona, cabello rizado teñido de rojo: yo creo que está bien, hay que modernizarse.

–Viejo verde, sonrisa campante: llevo haciéndolo 20 años. ¿Niños? No pasa nada, mientras más pronto lo vean, más pronto verán que es algo natural.

–Chica segura de sí misma: que vaya el que quiera y el que no quiera que no vaya. Cada uno es libre de hacer lo que quiera.

Los argumentos más repetidos para favorecer la visión apocalíptica de pelos púbicos, excesos no armónicos de masa, pechos estirados y recubrimientos grasientos, tiene que ver con: naturalidad, libertad y ese slogan de auto-ayuda mil veces repetido: acéptate y quiérete como eres.

Vamos a empuñar la pluma con la esperanza de que mis palabras lleguen a Carmena y la querida abuela de Madrid suspenda la moción, de tal modo que mis vecinos queden protegidos del exceso de luz que arroja mi cuerpo desnudo.

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Es lo más natural

Primera idea desquiciada, hija de Rousseau: lo natural, lo no domesticado, lo sin-historia, lo salvaje es preferible a lo civilizado, a los usos, a lo conquistado a través del tiempo. La sociedad corrompe, contamina, envilece. Puede. Pero también puede (y de hecho es lo que hace), darle a usted una lengua, una educación, un historia e incluso darle a usted la posibilidad de llegar a ideas peregrinas como aquella de que lo natural es andar en cueros.

 

Hay que modernizarse

El mito del progreso, bastante superado después de las catástrofes del siglo XX. Lea usted un diálogo de Platón y piense si la humanidad ha avanzado tanto como cree en cuestión de cultura y sapientia vitae.

 

Una educación sin prejuicios

Profunda ignorancia sobre el sexo (algo que ya escribí alguna vez por aquí), el cuerpo como objeto y propiedad de cada uno, como si nos pudiésemos desdoblar y desde la atalaya del espíritu decir: esto que es mío lo uso “como me venga en gana”. Falaz.

 

Acéptate y quiérete

¿Y qué tiene que ver eso con pasearse uno en pelotas? Mi crítica se aplica al vecino de la espalda peluda y la guapa del culito respingón.

 

Somos libres: que cada uno haga lo que quiera

Esta es tal vez la reductio a la estupidez más peligrosa que ha llevado a cabo nuestra época. La libertad es hacer lo que uno quiera. Votar. Opinar. Hacer… eh, no sé, lo que sea. Al final, no es otra cosa que libertad de manipulación, de dominio, de imposición.

Un sabio profesor nos ponía el ejemplo del piano: ¿Quién es más libre: el que puede hacer con el piano lo que quiera (aporrear las teclas, moverlo de un lado a otro, convertirlo en leña, lanzárselo del quinto piso a esa ricachona tía que no acaba de morirse y heredarnos) o aquél que se somete a la partitura, que pasa horas no “haciendo lo que quiera” sino siguiendo a raja tabla aquello que le marca el genio de Chopin?

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Esta libertad, libertad creativa, muy superior a la otra libertad, se caracteriza por someterme a la realidad para crear con ella algo nuevo, maravilloso, grande y hermoso. Claro que si deseo conseguir esto no puedo imponer a esa realidad mis caprichos, someterla a MI voluntad. Todo lo contrario, se trata de respetarla, de colaborar con ella, de ponerme a su servicio. Peligroso hincharse la boca de la palabra “libertad” sin distinguir estos dos planos. Para la libertad creativa, la libertad que nos hace grandes, NO todo está permitido.

A partir de esta premisa, haríamos bien en tener cuidado de “usar” el cuerpo, desvestirlo o mostrarlo de cualquier modo. Somos mucho más dignos que eso y estamos llamados a cosas más grandes, siempre que aprendamos a acercarnos a la realidad con la reverencia que ella reclama por derecho propio, con todas sus infinitas posibilidades creativas a nuestro alcance. En vez de empezar gritando y agitando nuestros derechos, preguntémosle a ella, dejemos espacio para que se muestre y nos de la oportunidad de colaborar, de crear con ella.

Seguro que hay razones más profundas para mantener levantado un velo entre nosotros. Si mis razones no le convencen, tal vez una pizca de buen humor lo haga. Así que, póngase en pie conmigo y recite este maravilloso Credo del incrédulo, de mi primo L. Castellani, al que seguro más de un entrevistado de Telemadrid hubiese adscrito sin chistar:

CREO en la Nada Todoproductora d’onde salió el Cielo y la Tierra.

Y en el Homo Sápiens su único Hijo Rey y Señor,

Que fue concebido por Evolución de la Mónera y el Mono.

Nació de Santa Materia

Bregó bajo el negror de la Edad Media.

Fue inquisionado, muerto achicharrado

Cayó en la Miseria,

Inventó la Ciencia

Ha llegado a la era de la Democracia y la Inteligencia.

Y desde allí va a instalar en el mundo el Paraíso Terrestre.

Creo en el libre pensante

La Civilización de la Máquina

La Confraternidad Humana

La Inexistencia del pecado,

El Progreso inevitable

La Rehabilitación de la Carne

Y la Vida Confortable. Amén”.

 

Nací en una cloaca de convento del Siglo XVI. Así como el nauseabundo pescado despertó un olfato hiper-sensibilizado en Jean-Baptiste Grenouille, la relajación en la vivencia de la Regla de aquellos monjes despertó en mí una brutal intolerancia por las variadas formas del alma moderna. Reaccionario implacable, soy seguidor del cardenal Cayetano y Donoso Cortés. Me enloquecen las salchipapas, símbolo del imperio Español, y me pierde mi devoción por Mourinho.

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