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‘Cero en historia’: brillante máquina de manipulación

En Asuntos sociales/Periodismo por

Aviso para navegantes. El estilo mental de este artículo ha salido un poco decimonónico. Quería titularlo “Análisis fenomenológico y hermenéutica de Cero en historia”. Acto seguido me di cuenta de que ese es el título que debía poner a un texto que, por algún motivo, quisiera que fuera público y que, a la vez, no leyera nadie.

La primera temporada de Cero en historia, programa de #0, ha terminado hace unos meses con gran éxito. El espacio, presentado por el cómico Joaquín Reyes, se estructura en diversas secciones en las que sus colaboradores, J.J. Vaquero, Silvia Abril, Sara Escudero y Raúl Cimas, tendrán que superar una serie de pruebas. Cada semana les visita un invitado que hace las veces de jurado. Desgranemos el formato y la ejecución del programa para descubrir por qué Cero en historia es una brillante máquina de manipulación.

El género

El género de Cero en historia es difícil de precisar por su carácter mestizo. El contenido del programa es histórico: se tratan hechos pasados relevantes (o no), es habitual el uso de pinturas que retratan acontecimientos de otras épocas y se habla bastante de los protagonistas de momentos históricos señalados.

Además, su estructura es la de un concurso: verdad o mentira, encuentra las cinco diferencias (mejor dicho, encuentra las modificaciones en una imagen), adivina qué es esto, etcétera.

Joaquín Reyes durante el programa.

Y, en tercer lugar, está planteado como un programa de humor intenso: los nombres de las secciones son de coña, como, por ejemplo, Trampantojo mierder; el contenido de las pruebas busca la risa a través de los insólito, lo inaudito, lo escatológico o lo libidinoso; el presentador y los colaboradores son cómicos muy conocidos; no pasan treinta segundos sin que alguien haga un chiste, a veces mejor, a veces peor.

Aunque estos tres elementos -historia, concurso y humor- han sido relacionados logrando singular unidad, hay uno de ellos que predomina sobre los demás y sin el cual no habría programa: el humor. La temática podría ser Ciencias Naturales, Deportes o Arqueología Paleocristiana y seguiría funcionando. La estructura podría ser la de un informativo o la de un late night y seguiría funcionando. Ahora bien, si de ese programa desaparecen los cómicos, en especial Reyes y Cimas (coautores del estilo de humor que impregna Cero en historia) y el tono humorístico, duraría menos que Soni Corleone en un peaje.

La indagación en el género del programa revela su ambigüedad e indefinición. Si hubiera que formular la premisa del espacio, ¿cuál sería, realmente?: ¿”La Historia puede ser divertida y entretenida” o “El devenir histórico es un cachondeo merced de la arbitrariedad de los poderosos”? A cualquiera al que se le preguntase de qué va el programa, diría que es un espacio sobre Historia, pero muy divertido porque están los de Muchachada y otros humoristas. Sin embargo, faltaría nombrar una parte fundamental para entenderlo: el concurso, el juez correspondiente y las normas de cada juez.

Querido lector, estoy a punto de descubrirte lo que realmente esconde Cero en historia, un programa que, aparentemente, no es más que un mero entretenimiento. Mira:

La dimensión “histórica” del programa

“Sucesos que se suceden sucesivamente”, esta podría ser una de las ideas implícitas sobre la Historia en Cero en historia. Así ocurre cuando hablamos de épocas pasadas más como un cúmulo de anécdotas curiosas que como una red de acontecimientos que han sido motivados por unas causas y que tienen unas consecuencias (relacional). De esta manera, se transmite una noción de la historia “poco seria”.

La mirada relajada sobre el pasado se complementa con la burla hacia los protagonistas de la historia, desde artistas y científicos hasta gobernantes. Una cosa es la mirada desengañada y condescendiente hacia nuestros antepasados y otra bien distinta es la falta de respeto que supone la mofa.

En Cero en historia lo hacen divertido, pero es tremendamente injusto, irrespetuoso y soberbio. Los posmodernos tendemos a mirar el pasado desde nuestra perspectiva y la juzgamos así, incapaces de entrar en el universo mental de sus protagonistas. Todos nos creemos mejores que el bellaco de Fernando VII, pero tendríamos que haber estado en su pellejo. Puede que hubiésemos sido mucho peores.

Por otro lado, está la cuestión de la mirada de género sobre quienes no han contemplado esa categoría jamás y, por lo tanto, dicha “noción” no ha sido significativa para ellos. El caso del programa en el que se habló de Hedy Lamarr es paradigmático. Por lo general, el único guión preparado para el programa es el de Reyes, que suele sazonar con intervenciones espontáneas no escritas, aunque contempladas. Los colaboradores, posiblemente reciban alguna indicación antes del programa, pero da la sensación de que sus intervenciones, por lo general, no están preparadas. Esta rutina hizo que cantase La traviata el día que se salieron de lo normal y les indicaron a los colaboradores lo que tenían que decir.

En la sección Veraz o falaz Vaquero, Abril, Escudero y Cimas tenían que indicar si Heidi Lamark, presentada como actriz e ingeniera, había diseñado las bases tecnológicas de lo que hoy conocemos como Wifi o no y si una tal Madeleine, presentada como esposa de un panadero parisino, había inventado el secador de pelo o no. Una de estas afirmaciones en veras y la otra es falaz.

Fíjense en el tipo de dialéctica en la que se plantea esta deliberación: dos mujeres, una puede haber inventado el Wifi y la otra el secador de pelo. Podría decirse que es como una oposición entre un mundo “tradicional” en el que las mujeres sólo están interesadas en cuestiones estéticas que contribuyan a afianzar su imagen de buena ama de casa y otro mundo en el que la mujer, a pesar de su aspecto rabiosamente femenino, interviene en la historia como auténtico motor de cambio. Una disyuntiva, por cierto, falsa como un duro de madera.

Los tres primeros indicaron que no, aduciendo como pruebas su belleza, sus uñas y su carrera como actriz: “Esta chica lo que ha estudiado es un buen rímel para estirar sus pestañas” (Silvia Abril); “La verdad es que, qué mirada, ¿verdad? Es guapísima” (Joaquín Reyes) “Esta señora, con hacer películas y cuidarse la cara, pues tenía todo el tiempo cubierto” (Sara Escudero).

Cimas, sólo por llevar la contraria, dijo otra cosa. Miren:

— Cimas: Lo voy a decir al revés que mis compañeros, pero no se me ocurre ninguna razón, es sólo por llevarles la contra.

— Reyes: Raúl, así has montado tu vida (pausa para risas) y no te ha ido mal: llevando la contraria. Sin razón ninguna.

Y acertó. He aquí las palabras de Reyes al desvelar la respuesta: “Y tuvo que esperar a su vejez para recibir el reconocimiento, porque, por lo visto, estar buena en esa época y ser inteligente no casaba, no es como ahora”.

La moraleja del asunto es que una mujer, no por ser un símbolo de la belleza, deja de tener un cerebro bien preparado para cambiar el mundo. La resolución de la prueba fue como una especie de purificación de una presunta mirada tradicional (que, de suyo, es equivocada; ya saben ustedes que la moda hoy es decir indirectamente que la tradición y la herencia de Occidente son caca de la vaca) que en ese momento representaban los tres primeros en mención. Mientras que Cimas, también se llevó lo suyo, pues sólo acertó por el mero hecho de llevar la contraria.

En palabras de la juez de ese programa, la pintiparada Elvira Lindo: “Al menos Raúl pensó que una mujer guapísima podía ser inteligente, AUNQUE ha sido de casualidad y por llevarle la contraria a tus tres compañeros. En realidad, pensabas lo mismo que ellos”.

El concurso y el juez: metáfora de la arbitrariedad

La dimensión concursil de Cero en historia no hace más que ahondar en esa lectura de la historia como algo tendente al absurdo. Ya hemos hablado de los nombres y tipos de pruebas. Su contenido no se queda atrás. La historia es una excusa para cotillear en la intimidad de personas más o menos importantes y disfrutar con sus desventuras o sus convicciones.

Pero, quizá, uno de los elementos que más contribuyen a que Cero en historia se conforme como máquina adoctrinadora sobre la arbitrariedad de aquellos que decidieron el rumbo de la historia, sea el juez. En cada programa hay un juez distinto, que es el invitado del día. Los jueces (por lo general, personas vinculadas con mayor o menor publicidad a determinadas ideologías), cada uno con sus normas, algunas muy disparatadas, son imagen de los que han juzgado a los pueblos en todo tiempo. Los colaboradores (“la gente”) son siempre los mismos, pero el juez (“los poderosos”) es el que va cambiando las normas, no siempre conocidas, y juzgando cada situación a conveniencia. Los colaboradores (la gente) pasan de programa en programa lidiando con esta situación como mejor pueden: con humor, quitan hierro al asunto y viviendo su vida. La metáfora está servida.

La gran perjudicada de todo esto es la verdad. Pretendiéndolo o no, el programa promueve el relativismo histórico y el escepticismo hacia la tradición a partes iguales.

Javier Cansado, probablemente, ha sido el juez de criterio más incierto en toda la temporada. Puede verse en este programa completo:

Nuestro pasado es una broma y nosotros somos cojonudos

El humor, como hemos señalado, es el cemento, la electricidad, el agua corriente, el gas natural y la tele de pago en esta casa que es Cero en historia. Sin él, el programa no pasa de favela televisiva.

Gracias al humor, las nociones ideológicas del espacio (pretendidas o no) son elevadas a las categorías de amables y asumibles por los espectadores. Puede que no exista mejor manera de convencer a alguien de algo que haciéndole pasar un buen rato, pues es el momento de la risa es cuando nuestras defensas están de permiso y cualquiera puede colarse y poner una pica en nuestro ser más íntimo.

Un pequeño detalle aislado no es más que eso, pero muchos pequeños detalles engarzados contribuyen a generar un estado de cosas. En el caso del humor, existen muchos pequeños motivos que se repiten recurrentemente y que contribuyen de forma decisiva a dibujar esta imagen deforme de la historia. En el caso de Cero en historia, las tonterías no son tonterías.

Uno de estos detalles lo aporta periódicamente Raúl Cimas. El ingrediente estrella que aporta el albaceteño es el retazo biográfico inventado. De vez en cuando, Cimas inventa historias sobre cosas que nunca le han sucedido. Lo hace por el mero deseo de causar carcajadas. Que la invención esté conectada con lo que se habla en ese momento poco importa. He aquí una pequeña piedra de esta gran muralla: historias inventadas en un programa de historia que no necesariamente tienen una conexión con su contexto. Otra metáfora, esta vez servida en planto hondo. Es como uno de esos salmorejos de boda que parecen poca cosa pero que resultan más contundentes que la carne del tercer planto.

Otro pequeño detalle es el estilo vestimentil de Joaquín Reyes, caracterizado por un uso paródico de prendas “formales”, como la pajarita, la corbata, o la chaqueta de vestir. El hombre, objetivamente, viste bien. Sin embargo, los estampados y colores de su atuendo, parece una relectura cómica de esta forma de vestir. Pareciera que el presentador se haya disfrazado de sí mismo con objeto de perpetrar una broma. La sensación que ofrece es la de un profesor universitario americano de historia medieval extraído de una ficción de los ochenta. El programa, en el fondo, es como Reyes: se reviste de la tradición, pero de manera hilarante. Estos y otros detalles confeccionan calladamente el mensaje subyacente en Cero en historia.

Me permito una nota final en relación a Silvia Abril y Sara Escudero. Es indudable que estas mujeres tienen talento para la comedia. También es acertada la elección de incluirlas en el programa, no por un tema de paridad (pocas cosas tan injustas y tan memas como la paridad) sino porque es imprescindible la perspectiva que aporta la mirada femenina, sobre todo en cuestiones de humor. Y he aquí donde nuestras humoristas, a mi parecer, están fuera de lugar. Han sido rodeadas por los de Muchachada y Vaquero y realmente les cuesta encontrar su lugar como engranajes del chiste que es Cero en historia.

Lo que más lamento de ello, es que en ocasiones pretenden hacer su versión de humor de los de Albacete (especialmente Escudero), pero eso no funciona. Todavía no han encontrado su voz propia en el programa. El genio humorístico femenino está mucho más relacionado con lo inteligente, lo sereno y lo retorcido que con el tipo de humor masculino de estos tres señores, más propio de un cavernícola sin compromiso.

“Brilla”, “máquina” y “manipulación”

Creo en historia es brillante porque brilla: su presentador, sus cabeceras de secciones, su realización, la música, etc. La unión de estos elementos llama nuestra atención como una luz parpadeante en plena oscuridad. Es una máquina porque todo en el programa funciona como una relación coherente de cachivaches que contribuyen a generar un efecto. Y manipula, no por las necesarias limitaciones historiográficas y formativas de un espacio como éste, sino porque el objetivo no es enseñar historia entreteniendo, sino entretener con la excusa de la Historia.

No podemos más que reconocer el gran trabajo del equipo que produce el programa, pues está repleto de virtudes. A la vez, no obstante, debemos lamentar que esa cantidad de talento esté al servicio de un plan mundialista destinado a minar nuestra memoria y nuestro amor por aquellos que han condicionado en gran medida lo que somos hoy.

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