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El escándalo Facebook: ¿democracia directa o democracia dirigida?

En Asuntos sociales/Cultura política por
Tiempo de lectura: 3 minutos

Aunque en estos días el caso Cambridge Analytica haya hecho mucho ruido, en realidad el uso de nuestros datos para “personalizar” la información que llega a nuestros dispositivos es una praxis normal y corriente.

Amazon basa parte de su enorme éxito justamente en la capacidad de conocer a sus clientes y sus gustos, acercándose cada vez más al sueño de cada vendedor: poder predecir nuestras próximas compras.

Mucha de la política del siglo XXI apunta a lo mismo: adaptar el programa a las tendencias de los votantes. Por tendencias hay que entender tanto los gustos como –más preocupante– las dificultades o hasta las predisposiciones psicológicas.

Al buzón del profesor universitario, moderado y algo conservador, llegan panfletos publicitarios con disquisiciones muy sesudas y citas rebuscadas de una extensión no inferior a las 10 páginas. Al muchacho musculoso con camisetas apretadas y tatuajes bien a la vista, el mismo partido político le enviará un folleto con pocas frases tamaño XXL, bien coloreadas, que invitan al cambio radical e inmediato. Algo bastante parecido a la publicidad de Telepizza.

Cuando Aleksander Kogan pidió a Facebook los perfiles de decenas de millones de usuarios “para investigaciones científicas” no hizo nada ilegal. De hecho, fuimos nosotros quienes, en uno de los muchos cambios en la política de privacidad de Facebook, dimos nuestro consentimiento para que se pudieran utilizar nuestros selfies, likes e incluso nuestros mensajes privados para “fines de investigación”.

¿Has jugado alguna vez a Farmville? Para hacerlo le diste al botón “Play game” –que antes era “Allow”– y empezaste a construir tu pequeña granja virtual mientras Farmville construía su ciclópea base de datos con la información que acababas de cederle.

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Aunque pueda no gustarnos, hasta aquí no hay nada ilegal. No estamos en el mismo caso cuando Mr. Kogan transfería toda la información recopilada a la empresa Cambridge Analytica, cuya misión es la elaboración de datos para campañas políticas. Entre sus clientes tenía a Donald Trump y a los representantes de la Leave Campaign que llevó al Brexit. Aunque la ilegalidad de este hecho está aun por demostrar (las leyes de EEUU sobre la protección de datos son mucho más laxas que las europeas) todos –o casi– nos hemos levantado estos días un poco más conscientes de nuestra vulnerabilidad. Las páginas web que explican cómo eliminar definitivamente una cuenta de Facebook han tenido un boom de visitas y el hashtag #DeleteFacebook ha escalado posiciones en el ranking de los Tranding Topics.

Asuntos legales aparte, cabe preguntarse si el modelo de democracia que se está implantando gracias al uso de las redes sociales fortalece o, por el contrario, inhibe el protagonismo ciudadano en la vida política.

El mito de la “democracia directa”, de la eliminación de la jerarquía y de la neutralidad de las redes sociales, de la posibilidad de decidir sobre cualquier asunto a golpe de ratón, en una palabra, la idea de que internet puede realmente entregar el poder al pueblo, empieza a mostrar su lado oscuro. Los que consideran la democracia representativa un vestigio de épocas pre-telemáticas, los que quisieran jubilar los cuerpos intermedios entre el ciudadano y el Estado porque –dicen– la democracia está en la red y al alcance de un click, tendrían que darse cuenta de que detrás de la aparente horizontalidad e inocuidad de las redes sociales se esconden intereses muy verticales y muy jerárquicos.

El vocerío de las redes no es la expresión de una mayor libertad del ciudadano, sino el caos del tot capita tot sententiae que, como nos enseña la historia, es la otra cara del divide et impera.

Cambridge Analytica ha puesto de manifiesto, una vez más, que la libertad absoluta de la red tiene como prenda la libertad de poderes anónimos e indirectos que viven a nuestra costa y se ceban de nuestros gustos y nuestras debilidades que con demasiada nonchalanche comunicamos diariamente urbi et orbi en nuestras redes sociales.

Aunque el deseo de ser protagonistas de la vida social y política de nuestras ciudades es un signo positivo de salud democrática hay que tener mucho cuidado en no confundir la democracia directa con la democracia (tele)dirigida por representantes que no hemos elegido y no sabemos quiénes son, llámense Facebook, Twitter o Cambridge Analytica.

Este artículo fue publicado primero en Trazos UFV y es reproducido aquí con permiso de su autor.

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