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Historia de amor de un rojo y una facha

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El otro día sonó el despertador en media España. Nos dieron un empujón y nos echaron del letargo ideológico en el que duerme el país desde hace cierto tiempo. Un rojo con rastas de Podemos dedicaba unas tiernas palabras a un facha del PP en el hemiciclo y la bestia de Twitter pareció bajar las armas por un momento y exclamar: “¡Ahí va! ¡Pero si son humanos!”

El protagonista de la hazaña fue Alberto Rodríguez, diputado canario de Podemos, que se despidió del diputado popular Alfonso Candón (ha sido elegido representante en el Parlamento andaluz) en el pleno del Congreso de los Diputados con las siguientes palabras: “Es usted buena persona y le pone calidad humana a este sitio”.

Cuando se envainan las navajas de la política, la humanidad aflora. Es una reflexión que me venía acompañando días antes de que tuviera lugar este episodio histórico en el Congreso. Las ideologías han infectado de tal manera la mentalidad de la sociedad, que parece imposible separar la política de la persona.

Este virus conduce a la estereotipación de la gente, y por ende a la banalización de la vida. Ahora, el votante de VOX es lo más cercano a un orco de Mordor, un ser carente de toda humanidad que vaga por la piel del toro rezumando el hedor del facherío y con el alma negra, color que por supuesto detesta. Parece que se ha olvidado que una persona no son sus ideas, que las personas son, más que nada, sus actos.

Un adalid del feminismo puede ser de lo más machista, incluso si ha incorporado a su habla el lenguaje inclusivo e inclusiva. De la misma forma, un votante de VOX puede ser una buenísima persona. De hecho, para gran parte de la sociedad la ideología no forma parte ni siquiera de una elección, sino más bien de una herencia, como el equipo de fútbol o el gusto por la literatura.

Recientemente se ha celebrado el 40 aniversario de la Constitución, un momento fundamental de nuestra historia, pues fue de los pocos en que España enterró su cainismo, en que los políticos dejaron a un lado sus diferencias y cedieron posiciones ante un bien mayor: la paz y la estabilidad de los españoles. No hubo más remedio, los comunistas, fascistas, centristas y nacionalistas tuvieron que sentarse en una mesa, dialogar y encontrar puntos comunes.

Hoy en día parece imposible encontrar actitudes semejantes entre la clase política. El marketing político le ha comido el terreno al sentido común, y lo peor de todo es que esto ha traspasado la arena política para instalarse en los barrios, en las calles, en las escuelas y en los trabajos.

Gregorio Marañón decía que la esencia del liberalismo es discutir con alguien de la ideología contraria y reconocer que podía tener razón y que tú puedes estar equivocado. Esta idea debería trascender el liberalismo y definir el humanismo. No somos fachas, rojos, comunistas o votantes de VOX, somos Juan, Fernando, Clara o Elisa, con nuestras historias, nuestras idas y venidas, amores y desamores.

El carné de partido de una persona no vale nada. Un beso, de los de verdad, puede hacer olvidar cualquier consigna política

Otro liberal ejemplar, Chaves Nogales, es hoy en día muy citado por el excelente prólogo de A sangre y Fuego, su libro de relatos sobre la Guerra Civil basados en hechos reales, pero yo quiero sacar a colación uno de ellos, una historia de amor entre un rojo y una facha. Él es un aviador inglés que acude a España para apoyar a la causa republicana y ella una fascista infiltrada en un grupo de anarquistas.

El inglés se enamora locamente de ella y cree que está por la causa republicana. Conocen a un grupo de exconvictos anarquistas y se unen a ellos. Llegan a un pueblo dominado por milicias y los anarquistas se empeñan en fusilar a los fachas que hay presos en la cárcel. El inglés no entiende el porqué de tanta crueldad. Finalmente, el grupo de anarquistas prosigue su camino y el inglés, abochornado por lo sucedido le pide a ella dejar a esa banda de tarados. Que lo acompañe, que marchasen juntos. Pero ella le revela que es una fascista infiltrada.

Esta historia pudo ser ficticia o no, pero refleja muy bien una realidad incuestionable que a veces se olvida: el carné de partido de una persona no vale nada. Un beso, de los de verdad, puede hacer olvidar cualquier consigna política.

Foto: Diario Público

Escribo sobre empresas y política en Redacción Médica. También escribo columnas y artículos sobre cine y literatura en A la Contra y Democresía. Anteriormente pasé por el diario El Mundo, Radio Internacional, la agencia de comunicación 121PR y el consulado de España en Nueva York. Aprendiz de Humphrey Bogart y Han Solo y padre de dos hijos: 'Cresta, cazadora de cuero y la ausencia de ti' y 'El cine que cambió mi suerte'.

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