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5 verdades sobre emprendedores e influencers

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Tiempo de lectura: 4 minutos

Empecemos sin más:

1 – Son jóvenes

Algunos sí son jóvenes, pero otros rondan los cuarenta palos. Esos últimos no son jóvenes y afirmarlo con rotundidad no es ofensivo para nadie. No hace mucho tiempo, serían contados entre los ancianos de sus comunidades. Son adultos en toda regla, personas que perfectamente podrían tener un buen puñado de hijos adolescentes, haber enterrado a sus padres y contar con cerca de dos décadas de experiencia laboral a sus espaldas.

Se conservan bellos y sanos gracias a las maravillas de la ciencia positiva, pero no son jóvenes. Si renuncias a todo proyecto personal (el más importante de todos: la familia) por montar con éxito una startup de esas que te compra una empresa que está a punto a cotizar, no ya en bolsa, sino en el Mercado Alternativo Bursátil… bueno, en fin… tú verás grandullón. Sólo te digo que hay que amar siendo joven y hay que comprometerse joven. Tu gran proyecto es tu propia vida, no una cojo-empresa. ¿Qué vas a entregar a tus seres queridos? ¿Tu vejez?

2 – Triunfaron de casualidad, sólo querían divertirse

Esto es muy habitual en el caso de los youtubers, y a veces es cierto, pero sólo a veces. La historia del youtuber con -un poco o muchísimo- éxito la sabemos antes de que nos la cuenten: “Empecé subiendo vídeos por diversión, porque me gustaba; a la gente también le gustaba lo que a mí me divertía. Y, así, poco a poco, he llegado aquí, haciendo lo que me gusta y sin que nadie me censure y pasándomelo bien, tío”. En otras palabras: en el mundo YouTube, decir que, por cuestiones económicas de lo más legítimas, haces vídeos artificial, planificada y cuidadosamente improvisados y relajados, ¡está mal visto! ¡Es la tiranía de la espontaneidad!

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Así, no son pocos los que comienzan subiendo vídeos buscando la fama de quienes les precedieron en el camino de la gloria mientras que, paralelamente, van construyendo este discurso de la falsedad, tanto para sí como para los demás. En un momento determinado descubren que esto de que les paguen por hacer lo que les da la gana no es tan sencillo. Entonces se frustran y comienzan un camino tenebroso por los pantanos más fétidos de las redes sociales y de la mendicidad mediática. Los más espabilados reaccionan a tiempo y abandonan esta senda. Otros no despiertan hasta pasado un tiempo y, hasta entonces, son víctimas de suertes diversas.

3 – “Persigue tus sueños”

Por el mero hecho de tener sueños (a saber si son tuyos o te los han inoculado) no mereces cumplirlos, no lo olvides. Hay sueños que ojalá no se cumplan, porque todos tenemos sueños, todos. Piensa un poco y verás que todos no merecemos cumplir nuestros sueños, porque los deseos de algunos, por ser intrínsecamente perversos, conllevan la perdición de otras personas (o, incluso, la del soñador mismo).

El mantra persecutorio de sueños, siendo rigurosos, ni siquiera suena bien. Debiéramos desconfiar automáticamente de aquellos que proclaman la consecución de las manifestaciones nocturnas del subconsciente. ¿Qué tipo de malandrín recomienda vete-tú-a-saber-a-quién que lleve a la realidad sus sueños? Sin duda alguna se trata de la recomendación de alguien al que importas tan poco como para que te de consejitos tan íntimos sin conocerte lo más mínimo.

Estoy de acuerdo con eslóganes más genéricos, como “Busca la verdad”, “Conócete a ti mismo”, “Honra a tu padre y a tu madre”. Pero eso de “Cumple tus sueños”, no sé, pareciera que el proclamador de tal consigna o no tiene ni la menor idea del alcance de sus palabras o busca generar una situación inimaginable de inestabilidad social. Dicho de otra forma: o es un necio o es un malvado. Pasa de él.

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4 – “Sé tú mismo”

En realidad, cuando decimos esto, pensamos en John Ford tratando como a escoria a sus productores, a Steve Jobs sentado en el suelo de su desértica casa tras una larga jornada azotando con un látigo de fuego a pobres diablos o a Mark Zuckerberg caminando descalzo por su oficina. Eso no es ser uno mismo, eso es ser un cabrón redomado (Ford), un tirano ególatra (Jobs) o un guarro irrespetuoso (Zuckerberg). Si actúas de esta manera no estás siendo tú mismo, estás siendo una versión bastante repulsiva de ellos o, en el mejor de los casos, estás siendo lo que la corriente emprendedora-innovadora te recomienda ser. Poner paredes de colores y un futbolín en la oficina no te hace menos cretino.

No alcanzarás tu verdadero yo haciendo cosas que te hagan sentir cómodo contigo mismo al margen del decoro, el pudor o las normas más elementales de convivencia. Te realizarás personalmente persiguiendo la verdad del bien y abrazando vitalmente dicha verdad, pero ello no pasa necesariamente por convertirte en un personaje de ti mismo.

Quiérete, anda.

5 – Lo que realmente sacrificaron para estar donde están

No fue un trabajo más o menos respetable lo que el emprendedor arquetípico rechazó. Tampoco huyó simplemente del “calor de la nómina” (concepto de autor cuyo nombre desconozco; si eres tú su “creador”, atribúyetela con total tranquilidad). En muchos casos, esa idea original, ese proyecto que va a cambiar el mundo, resulta que convierte a las personas en un fabuloso artículo para revistas de emprendedores, charlas TED y cosas por el estilo, pero nada más. Lo que abandonó el emprendedor, el perseguidor de su propio sueño, el inventor del mañana, fue a sí mismo. Y quizá lo hizo porque construyó su relato personal como alguien que triunfaba en la empresa, pero sin opciones a cantar “así, nena, tendré suerte de llegarte a conocer” (Loquillo).

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El sujeto emotivo en busca de no se sabe qué

La cuestión debatida no es el emprendimiento en sí o el camino del líder de opinión. Lo que se cuestiona es el relato elaborado en torno a esta realidad laboral que compromete aspectos fundamentales de la vida. Una parte significativa del discurso habitual es mentirosa (no sé en qué grado de conciencia) y vende sentimientos -más que ideas- a una masa de jóvenes desprovistos de los rudimentos existenciales más valiosos, aquellos  que, antaño, proporcionaban unas instituciones que se han hundido bajo los pies de las nuevas generaciones durante sus infancia y mocedad, no dejando otra cosa más que vacío; me refiero a la familia (herida de muerte gracias, por un lado, a la poca preparación de los esposos para la vida conyugal y, por otro, a la pasmosa facilidad con la que puede desmantelarse una familia actualmente), la escuela (el juicio de la Historia será proverbial en este aspecto) y las instituciones gubernamentales (tan faltas de identidad como tendentes al exterminio de todo vestigio genuino de occidentalidad).

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