Revista de actualidad, cultura y pensamiento

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Unidas Podemos y la altura de miras

En España por

La principal lógica de un sistema electoral con segunda vuelta es evitar una repetición de elecciones. O mejor dicho, evitar perder el tiempo de los políticos, de hacerselo perder a los ciudadanos evidenciando la bajeza de miras de los representantes públicos, y de reducir los costes de reorganizar toda la infrastructura electoral desde cero.

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Manifiesto de París: Una Europa en la que podemos creer

En Cultura política/Mundo por

Publicamos a continuación el texto en español del Manifiesto de París redactado por una docena de intelectuales europeos de primera línea, entre los que destacan nombres como Robert Spaemann o Rémi Brague. Se trata de un análisis profundo y exhaustivo sobre la idea de Europa y las amenazas actuales para la identidad y la civilización europea, tanto desde el punto de vista de las ideologías como de los modos de gobierno, la deriva de la economía, la organización social, la inmigración y la educación.

La lista completa de autores, así como los intelectuales españoles que se han sumado al manifiesto, pueden consultarse al final de esta página. El documento original, en este enlace. Sigue leyendo

¿Qué es ‘la trama’ de la que habla ahora Podemos?

En España por

En el último mes y, de forma más evidente, en los últimos días, se habrán dado ustedes cuenta de que Podemos ha estrenado –como si se tratase del Dr. Ford en Westworld— una nueva narrativa política en torno a un vocablo que en los próximos meses cobrará mayor y mayor relevancia en la comunicación del partido: ‘la trama‘.

El pistoletazo de salida del nuevo discurso del partido ha tenido lugar este lunes, cuando Iglesias ha presentado –por aquello de perpetuar la campaña de Hazte Oír, incomprensiblemente– un nuevo autobús: el #TramaBUS. Sigue leyendo

Podemos y el culto a la fealdad

En Elecciones 26J/España por

Entre los múltiples motivos para no votar a la formación de Pablo Iglesias hay uno que, sorprendentemente, nunca se esgrime. Se habla del posible desastre económico, del caos social y de otros males propios del populismo. Pero Podemos también rinde un culto activo a la fealdad.

A primera vista, el criterio estético aplicado a la política podría parecer frívolo, cuando no irrelevante o reduccionista. Esto sería cierto si se tratara de un mal gusto espontáneo, pero ojo: estamos ante una práctica ensayada y perfeccionada de la fealdad. Sigue leyendo

Podemos: entre el fracaso y la consolidación

En Elecciones 20D/España por

La consultoría electoral persigue desesperadamente alcanzar el momento indicado en el que la opinión pública y el contexto responden positivamente a las acciones que los partidos y candidatos llevan a cabo. La demoscopia permite identificar aquellos temas que en la agenda pública y posibilita la realización de actividades alineadas con los intereses con mayor potencial electoral.

Hace no más de un año, tras el excelente inicio en una candidatura europea, las puertas de la Moncloa parecían abiertas al profesor y tertuliano devenido en político, Pablo Iglesias. La crisis y el desencanto de los españoles promovió el crecimiento exponencial de Podemos otorgándole 5 eurodiputados a tan sólo pocos meses de la creación del partido.

Durante toda la segunda mitad del año 2014 y la primera mitad de 2015, Podemos llegó a posicionarse como el segundo partido político en preferencia nacional (llegando incluso a convertirse en primera fuerza en las estimaciones durante los dos primeros meses de 2015). Hoy el panorama se ve diferente, siendo desplazado por el PSOE y por Ciudadanos en su carrera por convertirse en cabeza de la oposición y alternativa a un nuevo gobierno del Partido Popular. Sigue leyendo

Utopismo y anacronismo

En Cultura política por

Una consecuencia colateral de las protestas raciales –o más bien revisionistas– en Estados Unidos está siendo la destrucción y el derribo de estatuas. Las efigies de héroes confederados son bajadas de sus pedestales al mismo tiempo que corren esta misma suerte descubridores como Cristóbal Colón o, lo que evidencia con más fuerza la ignorancia de los nuevos talibanes, un gran defensor de los indios como fue San Junípero Serra. Además, este aquelarre iconoclasta no se limita a Estados Unidos. También en la Mallorca natal del ilustre fraile se ha vandalizado su imagen, y en Barcelona algunos proponen derribar la efigie del que fuera almirante de la Mar Océana. Esto último me ha llamado particularmente la atención, porque refleja que el sectarismo ideológico no solamente desprecia el pasado, sino también la identidad de las poblaciones. El Colón que guarda el puerto de Barcelona desde 1888 es un símbolo de la ciudad, casi tanto como la Estatua de la Libertad lo es de Nueva York, o por lo menos así lo han visto siempre quienes han llegado por mar a la Ciudad Condal. Cuando era pequeño mi familia menorquina me contaba que el “¡tierra a la vista!” que gritaban con entusiasmo cuando navegaban desde Mahón era “¡Ja veuen a Colon!”, y yo mismo pude disfrutar esa sensación la única que vez que he tenido la posibilidad de seguir esta ruta.

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Agresividad y nueva política: navajeo dialéctico en tiempos de la COVID-19

En Cuarentena/España por

“Pues tú más”. Así podrían resumirse, en un ejercicio de síntesis radical, bastantes de las sesiones parlamentarias de estos días. Tanto del Congreso de los Diputados como de los parlamentos autonómicos, quienes no han dudado en aprovechar la situación para decir “esta boca es mía” y aparecer como los verdaderos y únicos gestores eficaces de la crisis.

Lo que observa el español que asiste a estas sesiones es un continuo navajeo dialéctico, discursos repletos de palabras hirientes, monólogos incendiarios donde abunda la propaganda y la voluntad de concordia brilla por su ausencia. Palabras hirientes, por cierto, que rebasan las fronteras de la incriminación entre los propios diputados y que se dirigen desde el púlpito a grupos enteros de ciudadanos: políticos que levantan la espada ya no hacia otros políticos, sino por ejemplo contra el conjunto de votantes de otro partido. Y al ciudadano que ha perdido el empleo, que no sabe si va a poder abrir su negocio de nuevo, que ha perdido a alguien… En definitiva, al ciudadano que está pasando un trance doloroso, que el político de turno le insulte o le ridiculice, le inflama.

Tenemos la sensación de que no hay diálogo, como dijo el propio Sánchez: que el Congreso ha dejado de ser la casa de la palabra para convertirse en un burdo ring de boxeo. Y el poco diálogo que hay es torticero, se realiza a escondidas, como si se tratara de una relación de niños pequeños, en la que uno se enfada cuando su amiguito juega con otros niños en el patio. Ministros que no conocen decretos que se emiten, compañeros de coalición que se enteran por la prensa de cómo su querido le ha puesto los cuernos, partidos que en todo este circo ibérico aprovechan para barrer para casa. Niños defendiendo su castillo. El problema es que “su castillo” resulta ser el conjunto del Estado. Y de eso se están dando más cuenta los ciudadanos que los políticos.

Pero la degeneración del lenguaje político –de nuestro tiempo– hay que buscarla tiempo atrás. Recuerdo el nacimiento del movimiento 15M, hace ya once años. Ese movimiento transversal surgió a raíz del enfado que la ciudadanía tenía con el gobierno y políticos de turno, así como con la forma de hacer política. El 15M vino a cambiarlo todo y las calles parecían ser un escenario mucho más efectivo que las urnas. Pero el vástago político del movimiento 15M, Podemos, trajo también un lenguaje distinto a la política: era un lenguaje agresivo, de combate, que canalizaba unos sentimientos concretos de animadversión hacia “la casta” y que defendía que la brecha entre políticos y “pueblo” era insalvable. Se dieron cita sentimientos como el miedo, la indignación o la rabia y el discurso social mutó. Considero que todavía no se ha hecho un estudio lo suficientemente preciso de cómo este nuevo lenguaje –por otro lado, más viejo que el sol, ya que es un lenguaje que sí se veía, por ejemplo, en la política del primer tercio del siglo pasado– ha afectado a la convivencia democrática. Lo que es seguro es que desde el epicentro de ese movimiento emergió un lenguaje que no le era propio a nuestro sistema político actual, era un lenguaje “contra-político”.

Hoy aquella brecha entre casta y pueblo probablemente sea la misma. Pero lo que vino para quedarse es ese lenguaje combativo, que ha penetrado mucho más y que el resto de viejos y nuevos partidos hacen también suyo. Hemos venido señalando al enemigo como práctica casi deportiva: al que es casta, al fascista, al “progre”, al sindicalista, al que lleva la bandera tal, al que habla en el idioma que sea… Los políticos han perdido las formas y el respeto por los ciudadanos a los que sirven, probablemente porque las formas se han perdido, en general, en los distintos ámbitos de nuestra vida diaria. Es más, muchos de estos nuevos políticos han denunciado esas formas, como algo elitista o carnavalesco, algo ajeno al “pueblo”, y por eso su desaparición está siendo un paso esperado. El problema es que las formas, también en el Congreso, son el depósito de un saber hacer basado en el bien de todos, y canalizan el respeto que hay entre personas a pesar de sus diferencias. Si volamos el puente, volamos la posibilidad de encontrarnos.

El Gobierno tiene la responsabilidad de cuidar de su ciudadanía, de toda. Pero este gobierno, que en su día denunció la brecha entre élites y “pueblo” ha decidido ridiculizar a parte de ese “pueblo”. Observo con pasmo cómo algunos de los miembros más autorizados de los partidos políticos ridiculizan las caceroladas de reciente creación; cayetanos, pijos… No nos tenemos que quedar en la anécdota: humillar es de las actitudes más peligrosas que existen. Sólo inflama más. El Dr. Alfred Fernández, quien dedicó la mayor parte de su vida a los Derechos Humanos en las Naciones Unidas de Ginebra, solía repetir una frase: “la humillación está en la raíz de muchas guerras”. Porque en la humillación subyace una voluntad peligrosa: apartar de la discusión, sin razonamiento suficiente, a cualquier adversario. El que ridiculiza está diciendo “tu voz es la de un idiota, no merece ser escuchada”, mientras se le quita nuestra dignidad de seres racionales y políticos. En esta situación, la pretensión de quien humilla es rebajar el estatuto del ciudadano humillado al de un mero necio. Quiere tener ciudadanos “de segunda”, con voces apagadas, algo inconciliable con la idea de una democracia real. Así que en menos de una semana tenemos caceroladas por todo el país. ¿Sorpresa? Ninguna: a nadie le gusta ser insultado, menos aún si el insulto viene de aquel que tiene la misión de servirle (sí, el Estado).

La reconstrucción será larga, pero la sociedad civil es fuerte y tejerá de nuevo con todo su vigor el entramado social y económico que se ha hecho trizas en tan poco tiempo. No obstante, para ello parece necesario que los que van a tomar el mando recuerden de dónde les viene la legitimidad, y que están ahí para ser los primeros en servir. Y, por descontado, será necesaria una madurez política que nos recuerde que vale la pena mantener las formas, aunque sea solo para poder dejar el puente en su sitio y poder visitar las antípodas ideológicas de vez en cuando. Eso nunca viene mal.

China global: comunismo, capitalismo y nacionalismo

En Economía/Mundo por

Estudia el pasado si quieres pronosticar el futuro

Kung Fu Tzu (Confucio)

Globalización china

Fueron los primeros en padecerla y los primeros en controlarla. En China nació la pandemia del Coronavirus, que superó rápida y eficazmente con supuestamente pocas victimas (en comparación con otros grandes países) y con secretos oficiales que supuestamente nunca existieron; e incluso se daban el lujo de enviar ayuda sanitaria a naciones necesitadas, a ganar dinero con las mascarillas y respiradores tan deseados, y reírse públicamente de los afectados y divididos EEUU de Donald Trump.

La República popular de China quería, y quiere, ser la primera potencia global y esta pandemia global era otra oportunidad. Porque durante el siglo XXI ha lanzado un gran proyecto económico, político, tecnológico y propagandístico para conseguirlo. El tercer país más grande del mundo por territorio, y el segundo por población, quiere sustituir a los EEUU como líder internacional, demostrando que una nación aún definida como comunista puede ser fortaleza capitalista (desde su peculiar versión) y referente nacionalista a nivel geopolítico (frente al hegemónico eje euroatlántico y sus miembros liberal-progresistas)

La Globalización parece que le ha venido como anillo al dedo. Al contrario de sus “hermanos soviéticos”, la China comunista sobrevivió a la caída del Muro del Berlín (como su vecina Vietnam), pero no como país colectivista subdesarrollado (de Cuba a Corea del Norte) sino como peculiar artefacto comunista-capitalista-nacionalista, capaz de adaptarse a un entorno aparentemente hostil no solo para subsistir, sino para vencer, e incluso convencer, ante la simple necesidad de usar y tirar (de bienes a relaciones, de valores a lealtades) en la que parece haberse convertido el mundo globalizado.

Existen tres claves interrelacionadas que harían obsoletos los manuales clásicos de ciencia política: comunismo, capitalismo y nacionalismo. Pero, ¿puede ser un Estado que apela al socialismo de partido único tener un sistema productivo más o menos capitalista?, ¿pueden capitalismo y comunismo encontrar puntos de encuentro sin desafiar a la lógica?, ¿y un régimen de supuesta naturaleza proletaria e internacionalista puede ser orgullosamente nacionalista o realmente no es ni verdadero comunismo ni auténtico capitalismo, sino solo un nacionalismo autoritario de élite restringida que se aprovecha del pasado y del presente para mantenerse?.

Posiblemente la respuesta a estas preguntas sea que no interesa una respuesta: pese a las diferencias ideológicas o a los distintos derechos humanos defendidos, da igual lo que sea o pueda ser quién nos fabrica nuestros artilugios, quién nos vende nuestras necesidades o quien nos enriquece con sus costos. Ahora y casi siempre.

Comunismo

“La vía china al socialismo”. Este es el lema de un régimen doctrinal, simbólica e institucionalmente comunista desde su fundación, que en el art. 1 de la Constitución se autodefinía, ni más ni menos con los ojos de hoy, de la siguiente manera: “la  República Popular China (RPCh) es un Estado socialista bajo la dictadura democrática popular, dirigido por la clase obrera y basado en la alianza obrero-campesina”.

El 1 de octubre de 1949, el líder comunista Mao Zedong proclamó el nacimiento de la RPCh. Tras la mítica “Larga Marcha” y la victoria de su Ejercito popular de Salvación en la Guerra civil china (1927-1949) frente al Kuomintang (o Partido Nacionalista Chino), se implantó una variante del comunismo estalinista en boga en las tierras del legendario Imperio (Zhōnghuá dìguó).

Hasta 1976 el país estuvo bajo el férreo control del “fundador” Mao y sus sueños de una total, revolucionaria y utópica transformación colectivista de la China rural, tradicional y atrasada. Llamado como el “gran timonel”, Mao aplicó una ingeniería político-social sin ningún tipo de escrúpulo moral, entre la colectivización a gran escala y la depuración sistemática de todo real o posible disidente, como se demostró en sus grandes campañas represivas: la primera estrategia “para suprimir contrarrevolucionarios”, el posterior programa “Tres Anti y Cinco Anti”, el sistemático “Movimiento antiderechista”, el tremendo “Gran Salto Adelante”, y la final y dramática “Revolución Cultural”.

Ante las evidentes dificultades económicas del sistema y la represión masiva insostenible, su sucesor Deng Xiaoping (1978-1989) encabezó un gobierno limitadamente aperturista (especialmente en lo económico, como veremos) que mostró sus contradicciones tras la persecución de las revueltas estudiantiles de Tiananmen. Por ello Jiang Zemin (1989-2002), Hu Jintao (2002-2012) y Xi Jinping (desde 2012) buscaron mantener la supervivencia del sistema acrecentando el contenido capitalista (bajo especial control del Estado) y nacionalista (sobre la mayoritaria etnia Han) del mismo. Desde el crecimiento económico como legitimación popular, la propaganda pública masiva como adoctrinamiento, la cooptación de elites empresariales en el seno del PCCh, la influencia geopolítica en el pretendido mundo multipolar, y una represión más selectiva apoyada en los comités vecinales y la censura oficial (especialmente desde 1996 con el llamado “Gran cortafuegos” de internet).

Capitalismo

La gran fábrica del mundo. Bajos salarios, escasas condiciones laborales, pocos controles medioambientales, disciplina productiva férrea, imitación a gran escala o uso intensivo de recursos naturales; condiciones que hacían de China el productor bueno, bonito y barato que inundaba de productos nuestras estanterías.

Todo comenzó en 1979, con un programa radical de reformas económicas ante la crisis casi terminal a la que abocó el sueño de Mao. Programa inscrito dentro del plan del periodo llamado como “Boluan Fanzheng” (o “eliminar el caos y volver a la normalidad”), impulsado por la facción reformista del PCCh, con el objetivo de superar los errores brutales de la “revolución cultural” de Mao y dar bienestar a la ciudadanía empobrecida a cambio de renovada lealtad. De la mano de Deng Xiaoping se aprobó el nuevo programa definido bajo el ideal de “socialismo con características chinas”, buscando transitar progresivamente de la estricta planificación colectivista (que hundía todos los indicadores) a una peculiar economía socialista de mercado (que garantizase primero el suministro básico, y después cierta expansión). Las hambrunas masivas y los problemas de financiación de esa época permitieron a esta nueva generación impulsar la inevitable aunque restringida transformación: inicialmente mediante la descolectivización urgente de la agricultura, la búsqueda de inversores extranjeros y el primer permiso para abrir pequeñas empresas privadas; y años más tarde con la privatización un notable porcentaje de la industria estatal, la eliminación del control de precios, y la exigida apertura de las políticas proteccionistas. Un proceso siempre dirigido por el PCCh que, entre avances y retrocesos (como tras la represión de Tiananmen, o bajo la etapa más estatista de la administración “Hu-Wen” de Jintao y Jiabao), entre 1978 y 2010 llevó a un crecimiento histórico de la economía china con una media del 9,5% anual, y al país desde 2014 al primer puesto como potencia industrial y exportadora y al segundo puesto de la lista mundial de PIB nominal. Un proverbio chino podría ser claro al respecto: “cuando el dinero habla, la verdad calla”.

Pero ésta fábrica comenzó a tener tiendas. Ya no solo fabricaban para las empresas occidentales a bajo costo, sino que sus negocios eran parte de nuestra vida, desde el ya muy habitual restaurante chino de menú económico y estándar, al bazar chino de horarios imposibles y amplísima oferta o al polígono de almacenes chinos donde se puede comprar de casi todo; e incluso sus marcas empezaban a ser referentes de nuestra elección por sus precios supuestamente baratos: móviles de Xioami o Huawei, electrónica de Lenovo o Anker, electrodomésticos de Haier o Hisense, videojuegos de Cheetah o Elex, y comercio en las aplicaciones de AliBaba. Y fábrica que se usaba también, al estar bajo supervisión o bajo capital estatal, como herramienta de influencia geopolítica mundial, especialmente bajo la presidencia de Xi Jinping; a ello respondían las impresionantes inversiones en África en búsqueda de recursos naturales (como las “tierras raras”), o el sueño de la “Nueva ruta de la Seda” para interconectar, más económica y rápidamente, Europa y Asía.

Nacionalismo

Comunismo y capitalismo necesitan de una Nación a la que dominar y representar, y a la que poner a trabajar y a consumir. Una Nación que debía ser la continuación de una civilización milenaria, que tenía que ser uniforme internamente (en su lengua y sus símbolos), que debía ser diferenciada de vecinos y adversarios, y que tenía que proteger su “espacio vital”.

En primer lugar mediante una identidad uniforme, construida y difundida a través de la lengua común y oficial, como el “mandarín” (frente al chino yue o cantonés, y a dialectos variados y minoritarios), y con una etnia mayoritaria, como los “han” (con la que “repoblar” tierras uigures o tibetanas, y asimilar a los manchúes, miao o zhuang). Y en segundo lugar, dominando el llamado “espacio vital chino”, que comprendía la integridad territorial de un vasto país y sus zonas tradicionales de influencia. Controlando por ello, y directamente, las lejanas y diferenciadas regiones, como la montañosa zona del Tibet o Xīzàng (de originaria etnia budista) y la fronteriza provincia del Turquestán o Xīnjiāng (de originaria población uigur y musulmana); regiones sin autonomía propia y sometidas a un profundo proceso de aculturación (demográfica, lingüística y religiosa). Integrando paulatinamente a las supercapitalistas ciudades-estado de Macao y Hong-Kong, antiguas colonias europeas recuperadas como “regiones administrativas especiales” (bajo el lema “un país, dos sistemas”); tomando el control del llamado Mar de China meridional, creando islas artificiales para ampliar y delimitar su zona de control (pese a las quejas de Brunei, Filipinas, Malasia, Singapur o Vietnam); e intentando aislar a la independiente República china de Taiwán (isla de Formosa) de reconocimiento internacional al reclamar que de iure es parte integral de la China continental (separada, de facto, tras el triunfo de la revolución comunista y el exilio a la isla del gobierno nacionalista en 1949).

China sabe vender y sabe venderse. Nacionalismo difundido dentro y fuera de sus fronteras como no expansivo y muy equilibrado entre la tradición y la modernidad, en un ejercicio que puede parecer imposible, o cuando menos curioso, para la mentalidad liberal-progresista occidental. Una fusión sin paragón, y con interpretaciones diversas, que aspira a conectar la herencia territorial imperial con la dominación actual comunista, cierta espiritualidad milenaria con la pretendida ética socialista patria, los valores familiares de siempre con un capitalismo superproductivo e hiperconsumista, la soberanía de las naciones con la represión de las autonomías internas, los derechos de propiedad individual con la tutela pública final (como recoge el primer Código civil unificado de 2020).

Y en esta venta son unos maestros: un país friendly en tiempos de conflicto, que no molesta y que no quiere molestar. Para que no le molesten; no participa en guerras externas (por ahora) y no quiere cambiar los valores morales ni las realidades culturales de sus clientes (por ahora), es un socio económico confiable (sin muchas preguntas) y un proveedor masivo (con menos preguntas), y defiende su modelo político-social (lógicamente) sin cuestionar el de otros (como es lógico). Su propaganda crea, así, esa imagen necesaria con la que legitimarse internamente y justificarse externamente. Y para ello despliega ,medios y recursos propagandísticos que se han convertido, por tanto, en instrumento esencial de la política del régimen (como la de cualquiera, pero en registros evidentemente diferentes) y que debían estar a la altura de la empresa de la “Gran China”. Los Juegos Olímpicos de Pekín de 2008 fueron ese escenario mundial adecuado para enseñar a propios y extraños esa imagen actual: el poder y la modernidad de la nueva China. Una inversión faraónica, una puesta en escena brillante, y una victoria final y necesaria en el medallero deportivo (por primera vez en la Historia), para la que se fabricaron campeones con ingentes horas y gastos. Y propaganda oficial y masiva que, entre ayuda a países africanos y obras majestuosas (como la increíble presa de las Tres Gargantas del rio Yangtse, el larguísimo Gran Puente de Danyang-Kunshan, la nueva y casi fantasma ciudad de Kangbashi en la lejana Mongolia interior, o el impresionante Aeropuerto Internacional Beijing Daxing), culminó con la publicidad de su éxito frente a la misma crisis del Coronavirus.

Como enseñó el sabio chino Kung Fu Tzu (Confucio), “por tres métodos podemos adquirir la sabiduría: primero por la reflexión, la más noble; segundo, por la imaginación, la más sencilla; y tercero por la experiencia, la más amarga”.

Nuestra virtualidad latina

En Distopía por

Súbitamente, lo que era ocasional se volvió habitual. Lo que antes servía para hablarse y verse con relaciones distantes -familiares, amicales o profesionales- pasó a ser el vehículo imprescindible de comunicación con los más cercanos. A partir del distanciamiento social obligado por la pandemia, el espacio cotidiano se hizo grueso, aumentó su espesor hasta hacerse difícil de atravesar.

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El ser humano y su condición indigente: una interpretación de la Pandemia

En Distopía/Pensamiento por

Todas las crisis de la Historia –ya sean políticas, económicas, sociales o ecológicas– han tenido repercusiones inesperadas, tan difíciles de prever y lidiar como sus propios orígenes. Sin embargo, podemos decir con Ortega y Gasset que siempre han tenido algo en común: el pertenecer a uno de dos tipos. O bien han sido crisis “vespertinas”, es decir, momentos oscuros que han sido el preludio de noches todavía más largas; o por el contrario, crisis “matutinas”, que como la muerte de Jesucristo –esta comparación es mía, no del agnóstico filósofo – han permitido el desarrollo de oportunidades más fecundas para la humanidad. La crisis generada por el Covid-19 no será diferente: también sus efectos serán imprevistos, y podrán ser totalmente nocivos o generar una nueva esperanza.

Esto es así porque la Historia no está escrita, sino que la protagonizamos las personas. Por ello, para saber cómo se andará el camino futuro, si nuestra sociedad escogerá el de la luz o el de la oscuridad, lo fundamental ahora es conocer el punto de partida. Es decir, comprender cómo esos seres humanos estamos pensando y viviendo la situación. Al hacerlo, constatamos que la primera característica es que casi todas las lecturas que se difunden son políticas. Y la segunda, que son totalmente contradictorias y, lo que es más significativo, radicalmente excluyentes entre sí: unos ven en la epidemia la demostración de que no existen las fronteras, otros por el contrario que éstas son más importantes que nunca. Para un sector evidencia que el Estado debe ser más centralizado, y en el que se le opone, que los entes subestatales habrían de tener más autonomía. Existen grupos que ven claro que “lo público” debe fortalecerse más, mientras que otros consideran que la iniciativa privada nos ha salvado. Los ecologistas radicales aplauden a Pachamama defendiéndose de los “virus humanos”, y sus contrarios dicen que si la naturaleza es una madre, es tan cruel como Saturno devorando a sus hijos. En general, se valora la importancia de la familia como primera sociedad, pero no ha faltado quien señalara que es el momento de destruirla por incapaz. Finalmente, algunos vemos con admiración y esperanza la labor de la Iglesia, en tanto que una escritora la tachó de “invisible” y un cómico de inútil.

El hecho de que la mayoría de estas perspectivas sean políticas implica que sean insuficientes para analizar una circunstancia en la que, sin pedirlo, hemos sido colocados. Así es porque antes de la estructura política existe otro fundamento que la sustenta, y no es el económico. Por ello, las también abundantes reflexiones en torno al “fin del neoliberalismo” son una muestra de milenarismo político; el mismo que lleva por lo menos desde la crisis de 1873 –y por supuesto tras la de 2008– hablando de superar el capitalismo porque no aguanta más. El verdadero fundamento prepolítico es el ser humano, o por decirlo más concretamente con autores como Steven Pinker o Thomas Sowell, la concepción que las distintas ideologías y propuestas tienen de la persona. Por ello, esta crisis puede ser matutina si, con independencia de las lecturas políticas que se hagan, se reflexiona antes sobre una pregunta muy básica que los profesores no suelen hacer a sus alumnos: ¿qué es el hombre? En mi opinión, y por decirlo en una sola frase, esta epidemia demuestra algo básico que también dijo Ortega y Gasset: que el ser humano es un “ser indigente”.

No somos entes “suficientes”, dice el filósofo, sino seres escindidos entre dos cosas que no elegimos: la circunstancia y la vocación. Una realidad, la primera, que nos es impuesta; y otra, la segunda, que nos es propuesta. Y esta falta de libertad es algo fundamental en lo que hay que insistir hoy en día, en un contexto socio-cultural en el que la destrucción de los límites no ya morales, sino también biológicos, se ha convertido en aspiración última del ser humano. En este sentido, algo importante que recuerda Julián Marías cuando comenta la idea de circunstancia, es que no se refiere únicamente a los acontecimientos sociales, políticos y económicos, sino antes que nada, a nuestra realidad psicofísica y vital. Esto significa, en el caso que nos ocupa, que la circunstancia es el Coronavirus como fenómeno no buscado; pero que también lo es la propia condición humana en tanto que realidad radical. A este aspecto hay que mirar para comprobar la condición indigente del ser humano. Y para ello, algo importante es refutar otro mantra que se repite cada día: el de que la presente crisis es una catástrofe histórica sin apenas precedentes, y que los jóvenes somos unos desgraciados porque estamos siendo expulsados de una vida de bienestar a la que tenemos derecho.

Esta perspectiva es errónea:  el hecho de que los seres humanos en Occidente hayamos vivido durante las últimas décadas alejados de tres de los cuatro jinetes del Apocalipsis (de la muerte biológica no podemos escapar, aunque Yuval Noah Harari insistía hace poco en que es un “problema técnico” que tal vez podremos resolver) es una anormalidad histórica. Desde el principio de los tiempos, el hambre, la enfermedad y la guerra han sido cotidianos; y todavía lo son en muchos lugares del mundo. Según nos recuerdan libros y artículos de personas como Steven Pinker, Jordan Peterson, o Johan Norberg, todo el desarrollo científico y tecnológico que poco a poco ha logrado aplazar la muerte es una novedad en la historia de la humanidad. Por eso, la pandemia forma parte de la lógica de la realidad humana, y lo que hemos de preguntarnos no es por qué ocurre, sino dos cosas más precisas: por qué hemos vivido tanto tiempo sin que aconteciera algo parecido, y por qué ha sido posible olvidar la condición indigente de la persona. La respuesta a la primera pregunta está en el progreso, y la segunda, en el ocultamiento de la muerte.

Sobre el progreso se escribió mucho después de la II Guerra Mundial, pues esta desgracia refutó el fideísmo que autores como Comte o Marx le profesaban. Sin embargo, la que me parece, por su sencillez, la mejor definición del mismo, es la que había hecho Manuel García Morente en 1931. Según este filósofo, corremos el riesgo continuo de confundir “progreso” y “proceso”. El segundo es automático, propio de la naturaleza; mientras que el primero es fruto de la aplicación libre de la razón humana, reducido a la historia. Así, el progreso que ha vivido la humanidad –en el pensamiento desde Grecia, en la relación con Dios gracias el cristianismo, y en el bienestar material a partir de la Revolución industrial– es obra del compromiso en el mundo, y no un regalo del destino. Creer que nuestra vida moderna, en apariencia perfecta, es un dato más de la realidad humana, implica caer en la “psicología del señorito satisfecho”. Así definía Ortega a una de las modalidades del hombre-masa.

El “señorito satisfecho”, por otro lado, al estar nadando en la abundancia desde que nace, se aleja del sufrimiento. Y con ello se deshumaniza, porque el primer dato de la experiencia humana es que la vida es un Valle de Lágrimas. Por eso escribía con acierto Baltasar Gracián que, en lo que parece un reconocimiento de lo que le espera, lo primero que hace el niño al nacer es saludar a su madre con el llanto. Hoy en día las lágrimas se reservan para el emotivismo, a la vez que se esconde el sufrimiento de todas partes. De ahí que una de las características más importantes de nuestro tiempo sea lo que Philippe Ariès llamó la cultura del “ocultamiento de la muerte”.  Un Zeitgeist que está detrás de un hecho que en estos días indigna a muchas personas: la ausencia de muestras de luto, y el bombardeo de imágenes con arcoíris y aplausos que esconden el padecimiento y la muerte de miles y miles de personas.

Frente a ello, esta crisis debería ayudarnos a recordar qué nos define a los seres humanos, y cómo se ha desarrollado la Historia de la que somos protagonistas. Puede ser una crisis matutina si nos lleva a valorar todo lo que tenemos, después de reconocer lo que somos. Y más que matutina, puede ser una crisis pascual si también nos conduce a ver la esperanza que nos trae la Resurrección. Un “hecho extraordinario” –por utilizar otra expresión de García Morente– que da sentido a las tres formas que la muerte tiene hoy en día en Occidente: la muerte aplazada –de las enfermedades–, la muerte oculta –del cuerpo biológico–, y la no menos importante muerte negada –la existencial, del sufrimiento cotidiano, que también se blanquea. Los seres humanos somos indigentes y es hora de recordarlo, y los cristianos podemos hacerlo a la luz pascual de Jesucristo.

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Para cuando tiemble el podium

En Distopía por

La libertad, como la vida, sólo la merece

quién sabe conquistarla todos los dias.

(Goethe)

Que me perdonen los académicos de la RAE por la siguiente afirmación pero aún hoy, a pesar de sus continuas -y cuestionables- revisiones léxicas, existen conceptos imposibles de categorizar y definir, palabras que esconden tantas identidades como personas que las pronuncian y que ni miles de años han convertido en cognoscibles u objetivables. Ni la filosofía ni la lingüística han alcanzado a materializar nociones que ya pasada o no la edad contemporánea se nos siguen resbalando entre acepciones y significantes. Así, términos como Dios o Alma persisten como conceptos indómitos para la verdad -y posverdad-.

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Contra la indignidad de los cristianos (Nikolái Berdiáiev)

En Religión por
nikolái berdáiev retrato

Mi fe ha pasado por el crisol de la duda (…)” “Los cristianos no pueden formar parte de los que violentan el espíritu”. Estas frases pertenecen al escritor ruso Nikolái Berdiáiev (1874-1948) un paladín de la libertad religiosa y de la conciencia. Enemigo del zarismo, militó de joven en el socialismo, aunque acabó perseguido y denunciado por el gobierno bolchevique que lo empujó al exilio francés. Enemigo de reaccionarios y materialistas, se convirtió en 1905 al cristianismo ortodoxo. Sus escritos han llegado hasta nosotros como una antorcha que ilumina la historia del pensamiento europeo contemporáneo. Defensor de una urgente reconciliación entre fe y razón, desechó con inquebrantable repugnancia cualquier fórmula política y religiosa de carácter autoritario, así como la unión de la Iglesia y del Estado.

¿Pero y cómo se veía a sí mismo Nikolái Berdiáiev? Sí, dejemos que hable el pensador ruso… “Me considero librepensador y creyente”. “Yo soy hijo de Dostoyevski”. En mi opinión, es un privilegio poder leer a este hijo de Rusia, ese cosmos lejano y oriental de la civilización europea. Contra la indignidad de los cristianos. Por un cristianismo de creación y libertad” es el título de una breve recopilación de cinco ensayos, traducidos recientemente al castellano y publicados por la editorial Sígueme.

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El resbaladizo lenguaje de la guerra en tiempos de pandemia

En Mundo por

Al parecer, ni los gobiernos ni la opinión pública poseen otra analogía mejor para referirse a una situación de extrema gravedad o de emergencia que no sea la guerra. Lo que demuestra por un lado que la guerra –es decir, el conflicto a vida o muerte entre dos o más grupos organizados de personas- es el estado de excepción por excelencia, aquel en el que las sociedades se juegan su supervivencia.

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Sanchismo kitsch: breve historia de la cursilería política

En España por

Resulta conocido por todos que los cursis han formado parte del imaginario colectivo de los españoles desde hace generaciones. Algunos estudiosos del tema como Noël Valis, profesora de literatura española en Yale, en su libro La cultura de la cursilería, mal gusto, clase y kitsch en la España moderna define el surgimiento del “señorito” español de mediados del S. XIX como el momento fundacional de la cursilería en nuestro país.

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Días de monástica y escolástica reclusión

En Cuarentena/Distopía por

De entre las historias monacales, siempre inspiradoras de una espiritualidad singular, que uno recuerda hay una que parece especialmente adecuada para la ocasión. Es la de un novicio que, recién ingresado en un monasterio situado en las montañas, decía llevar una vida extremadamente feliz, debido sobre todo a los diarios y largos paseos montaraces que disfrutaba con inocencia y gratitud. Hasta que de pronto, un día, su director espiritual le dijo que renunciara a dichos paseos. Detrás de esa renuncia, que llevó con resignación y solo con el tiempo acabó comprendiendo, había tanto un espíritu de genuina obediencia como una sabia enseñanza sobre el papel de lo mundano en el orden del ser. Puede que la situación de reclusión que muchos vivimos actualmente, siendo tan diferente a la experiencia del monje, tenga sin embargo un poco de ambas cosas.

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La némesis médica: “los hombres gimen con dolores de parto”

En Asuntos sociales/Bioética/Distopía/Religión por

Mateo, 24 «Oiréis también hablar de guerras y rumores de guerras. ¡Cuidado, no os alarméis! Porque eso es necesario que suceda, pero no es todavía el fin. […]; 17. el que esté en el terrado, no baje a recoger las cosas de su casa; 18. y el que esté en el campo, no regrese en busca de su manto […]. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 36.Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, […]. 38.Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, 39.y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre. 40.Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado; 41.dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada. 42.«Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor».

Este pasaje del evangelio no trata de ser agorero, ni fundamentalista, describe una situación. El evangelista no habla de castigo divino, está narrando una predicción científica. Hoy sabemos que nuestro sol estallará en pedazos, que las estrellas están en movimiento con todo el universo hacia la entropía. Hemos conocido catástrofes guerreras, naturales, biológicas, o tecnológicas… pero todas pasan al olvido… y los humanos seguimos jugando a creernos dioses al instante siguiente de la devastación.

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[ENCUENTROS]: Hubo una vez que pasé un rato con David Gistau

En Entrevistas/Periodismo por

Había quedado con él cerca del mediodía. A la salida de la cadena COPE. Es una zona de Madrid que me encanta. Mi madre tenía su despacho allí y de pequeño solía acompañar a mi padre a recogerla. La esperábamos en un bar que se situaba en la acera izquierda, justo antes de llegar a la calle Alcalá. Mi madre y sus compañeras de trabajo lo habían bautizado como los Monster, por la evidente apariencia estrafalaria de los camareros.

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Suenan tambores de guerra: a propósito de Azaña y el frentismo español actual

En España por
manuel azaña cataluña

Se nos ha hecho extrañamente familiar abrir (la ventana de) un periódico y encontrar análisis de la situación política nacional en clave guerracivilista. Como en el famoso epigrama de Ángel González, parece ya una perogrullada decir que la historia, como la morcilla, se hace con sangre y se repite. Ya saben, España es una herida sin cicatrizar y todo eso.

Queramos o no, basta dar una opinión sobre cualquier tema nimio para vernos emplazados en uno de los frentes de un gran conflicto que, al parecer, hará añicos el país. Los políticos, versados en las creencias del pueblo al que gobiernan, con una mano hacen desaparecer problemas acuciantes de nuestra realidad material y con la otra sacan conejos simbólicos que nos dividen en los hunos y los hotros. Al invocar la historia y hacerla pasar por el embudo de su discurso, creen, y con ellos nosotros, que la domeñan, ignorando que nuestra historia la escribirán los que nos sucedan.

Si bien la dialéctica guerracivilista se remonta, por lo menos, a los debates suscitados por la Ley de Memoria Histórica, la confrontación frentista sí que parece una novedad de esta legislatura. Paradójicamente, las dos citas de Manuel Azaña, que Pedro Sánchez mencionó en tono conciliador durante el debate de investidura, tienen más bien un tono funesto para el que conoce su contexto. La primera cita proviene del famoso discurso Paz, piedad y Perdón, pronunciado el 18 de julio de 1938 en el Ayuntamiento de Barcelona, en la antesala de la Batalla del Ebro:

“Se comprobará una vez más lo que nunca debió ser desconocido por los que lo desconocieron: Que todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo río“.

La segunda procede de una sesión de las Cortes, el 27 de mayo de 1932, que se centró en el proyecto de Estatuto de autonomía de Cataluña:

Nadie tiene el derecho de monopolizar el patriotismo“.

Entre las dos citas median, por cierto, tres golpes de estado contra la joven República, entendida, como la entendía Azaña, como una democracia liberal: La Sanjurjada en 1932, la Revolución de 1934 y el último y definitivo comandado por Francisco Franco en 1936.

La maldición que nos determina a tropezar dos veces con la misma piedra puede ser exorcizada, según creemos, si conocemos los entresijos de la historia. No parece conveniente, por ejemplo, extraer citas ad hoc que contradigan el sentido general del párrafo o del texto. La cita de Sánchez sobre el patriotismo obvia, por ejemplo, que en el mismo párrafo Azaña advierte que las soluciones políticas, además de patrióticas, han de ser acertadas, y que dos soluciones patrióticas enfrentadas pueden ser igualmente erróneas. Sin embargo, eso no lo más importante si queremos conocer los hechos pasados tal como sucedieron y no como un refrito ideológico presentista. Lo fundamental, y más difícil, es que atribuir a los actores históricos, en sus textos y acciones dentro de sus circunstancias, el conocimiento de los acontecimientos posteriores, o los valores con los que hoy juzgamos el mundo, nos conducen a conclusiones históricas poco fiables, cuando no engañosas o directamente erróneas. Nadie sabe, tampoco Sánchez, cuando citó solemnemente a “don Manuel Azaña, presidente de la República”, ni los que lo censuraron, en qué frente se situaría Azaña en la paradójica “monarquía republicana” actual, tal como la describe Javier Cercas.

En la historicidad en la que están embebidos, ambos discursos son, indudablemente, ejemplos de la gran oratoria azañista, cuya hondura intelectual sería impensable en nuestro contexto de política de memes y pokemons identitarios. También son ejemplos de la desacertada visión política de su autor, pues ni en 1932 fue capaz de predecir la deriva nacionalista catalana en los siguientes años, ni en 1938 supo calibrar el grado de recrudecimiento de ambos bandos. No obstante, es en estos desaciertos, por los que la República se le fue a Azaña de las manos, en los que se vislumbran destellos de un patriotismo optimista y bienintencionado que nos invita a reflexionar y a aprender sobre los errores anteriores.

Como muestra, extraigo dos fragmentos de los discursos, sobre los que no me voy a detener para que cada lector extraiga sus propias conclusiones. En el discurso de 1932, cuando el autonomismo es una empresa nueva y, por lo tanto, no exenta de riesgos e incertidumbre, Azaña confía en que, del proceso de descentralización del poder, España saldrá fortalecida:

“[…] no se puede entender la autonomía, no se juzgarán jamás con acierto los problemas orgánicos de la autonomía, si no nos libramos de una preocupación: que las regiones autónomas –no digo Cataluña-, las regiones, después que tengan autonomía, no son el extranjero; son España, tan España como lo son hoy; quizá más, porque estarán más contentas”. Más adelante dirá que la forma más inteligente de entender la política es como “una tradición corregida por la razón”.

En el discurso de 1938, resulta asombroso, en el contexto fratricida en el que, recordemos, Azaña confiaba en la victoria militar, su tono conciliador, que no sólo no le quita carta de españolidad a los sublevados, sino que los retrata como las víctimas, junto a sus demás compatriotas, de un proceso colectivo ciego de odio y de destrucción:

“[…] la guerra actual no es una guerra contra el Gobierno, ni una guerra contra los gobiernos republicanos, ni siquiera una guerra contra un sistema político: es una guerra contra la nación española entera, incluso contra los propios fascistas, en cuanto españoles, porque será la nación entera, y ya está siendo, quien la sufra en su cuerpo y en su alma”.

En el conocido final del discurso, Azaña hablaría de la guerra como la oportunidad de dejar a un lado los ideales grandiosos y fundar un nuevo contrato social entre hombres libres de rencor.

Hasta aquí, tal vez he podido dar la idea de que le atribuyo a la historia un poder, al menos en potencia, salvífico. Nada más lejos de mi intención. Esto, no nos engañemos, no va de historia, sino de batalla de discursos, de ideología. Como Azaña en 1932 o 1938, nada sabemos del futuro que nos aguarda. Y lo que podamos adivinar, ayudados por el conocimiento del pasado, se revelará, previsiblemente, como un falso indicio de una forma u otra. Bastante ardua parece ya la tarea de sacar algo en claro del guirigay presente, como para hacer previsiones fiables sobre el futuro.

Una de las pocas certezas que tengo de este presente es, sin embargo, la necesidad de entender que, bajo la hojarasca de las políticas populistas y las dualidades míticas de izquierda y derecha, se esconde la grieta, verbalizada de manera explícita en el artículo 2 de la Constitución, entre dos concepciones diferentes del estado y de la nación, es decir, de la ciudadanía. Los pactos y alianzas del gobierno actual parecen apuntar a una nueva dinámica de frentes sobre cuyos resultados sólo podemos conjeturar, sobre todo porque ambos frentes, bajo su apariencia homogénea, esconden, a su vez, elementos disgregadores.

Por un lado, el frente de izquierdas, impulsado por una acción centrífuga, se orienta al desarrollo de una confederación asimétrica que se estructuraría en identidades regionalistas. Dicho proyecto promete el encaje de los separatistas en el estado mediante privilegios. El de derechas, por su parte, concentra sus fuerzas en el mantenimiento de la nación política española, fuertemente unida al sistema monárquico-parlamentario actual. En el primero, el estado es un administrador de las regiones, que en mayor o menor medida tienen voluntad nacionalista. En el segundo, el estado emana de la soberanía nacional, quedando las autonomías como instituciones regionales administradoras, sin menoscabo de sus identidades culturales (en este grupo las propuestas territoriales varían, desde el centralismo de Vox al autonomismo fuerte del PP gallego, por ejemplo).

Sin quererlo, volvemos a encontrarnos de bruces con un destino que ya estaba escrito desde el principio. Tal vez los padres de la Constitución, en su patriotismo optimista y bienintencionado, minusvaloraron que “el enemigo de un español es siempre otro español”. Eso también lo dijo Azaña.

El Séptimo Sello: el silencio de Dios y la existencia en Ingmar Bergman

En Cine/Democultura/Religión por

A poca distancia de Estocolmo, en la misma región de Uppland, se encuentra una pequeña iglesia perteneciente a la comuna de Täby, edificada alrededor de mediados del siglo XIII. Esta iglesia es célebre porque en el techo se hallan las pinturas de Albertus Pictor (también conocido como Albert Målare o Albrekt Pärlstickare), realizadas durante la década de 1480, y entre las cuales se encuentra una muy particular, que muestra una partida de ajedrez entre un hombre y la muerte. Se dice que esta pintura, tan cargada de simbolismo, fue la inspiración de Ingmar Bergman para una de las cintas cinematográficas clave del siglo XX: El Séptimo Sello. Sigue leyendo

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