Revista de actualidad, cultura y pensamiento

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¿Por qué lo llaman liberalismo?

En Cultura política por

Una de las características de los tiempos políticos actuales es la reformulación, al menos nominal, de los partidos. Las entidades que en su momento se hacían llamar “conservadoras” o “democristianas” llevan años oscilando entre la etiqueta “centro” o “centro derecha”, según el periodista con el que hable uno de sus representantes, o según la coyuntura que marquen las encuestas. En no pocas ocasiones, optan por asumir el letrero de “liberal”, a pesar de que se trate del mismo término que usan quienes aseguran ser el verdadero “centro”. En el caso de España, este idéntico traje es el que quieren lucir Partido Popular y Ciudadanos. E incluso varias corrientes dentro de Vox se asignan el derecho a emplear esta denominación de origen. De manera que, ¿cuál de los dos partidos, o cuál de los tres es el liberal? ¿O es que hay varias clases de liberales?

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Liberalismo postmoderno

En Pensamiento por

A propósito de algunos liberales, que están de enhorabuena.

Muchos insinúan que esto de vivir en tiempos de posmodernismo puede llegar a ser insoportable, ya que, como la realidad se constituye por el sujeto individual y es este el que crea y recrea lo existente a su arbitrio, no hay capacidad de acuerdo o entendimiento alguno, y todo es conflictivo.

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¿Dónde están los cristianos? Estar en el mundo sin ser del mundo

En Asuntos sociales/Religión por

Durante los últimos meses se ha iniciado un interesante diálogo en medios de comunicación acerca de la presencia cristiana en la sociedad. ¿Dónde están los cristianos?, se preguntaba Diego S. Garrocho en el diario El Mundo. El artículo recibió numerosas réplicas, entre ellas las del filósofo Miguel Ángel Quintana en El Subjetivo, José María Torralba en El Español, Miguel Brugarolas en El Independiente y otras muchas publicaciones. La llamada de atención de Garrocho ponía de relieve la aparente incomparecencia de actores específicamente cristianos en la llamada «batalla cultural». Aquellos que, se supone, representan la fe sobre la que se construyeron Europa y la civilización occidental, ¿qué tienen que decir hoy? ¿Dónde están escondidos? Es más: ¿por qué están escondidos?

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La perspectiva religiosa frente a la perspectiva ideológica: una reflexión en torno a Fratelli tutti.

En Pensamiento/Religión por

La última encíclica del papa Francisco, Fratelli tutti, ha generado reacciones de todo tipo. En la línea de lo que viene siendo habitual en el mundo político desde los inicios de su pontificado, entre posiciones de izquierdas se le ha dado la bienvenida, mientras que el liberalismo de derechas –no así el conservadurismo u otras tendencias de esta familia– se ha apresurado a condenarla. Tanto unos como otros han puesto el centro de atención en la crítica que el Sumo Pontífice ha vertido sobre el llamado “neoliberalismo” y la globalización económica, coincidiendo en la afirmación de que Francisco es un papa alineado con el populismo o, al menos, el socialismo. Pero una lectura detallada de la Encíclica indica que esta interpretación es equivocada. En este artículo no ofreceré ningún análisis de la misma, porque considero que siempre que deseamos saciarnos de conocimiento lo mejor es acudir a las fuentes, y el Papa expresa mucho mejor que yo lo que quiere decirnos. Solamente reflexionaré sobre una cuestión que explica los equívocos que ha generado: la perspectiva desde la que debe ser analizada, que es religiosa y no ideológica.

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La filosofía de Byung-Chul Han, una aproximación

En Antropología filosófica/Pensamiento por
filosofía de byung-chul han

La filosofía quizá no está de moda, pero el filósofo surcoreano Byung-Chul Han sí. Y es que existen pocos pensadores vivos tan mediáticos, como este coreano educado y afincado en Alemania. Su éxito radica en que ha sido capaz de explicar, con una claridad que se agradece, la situación existencial del hombre del siglo XXI. Byung-Chul Han es ante todo un radiólogo de las sociedades occidentales, un pensador atípico, un romántico con alma oriental. Sus ensayos breves, con un tono divulgativo que huye del academicismo, así como su lenguaje claro y repetitivo, le convierten en un autor accesible y popular. 

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Algunas pinceladas sobre Carl Schmitt y El concepto de lo político

En Cultura política/Pensamiento por

Carl Schmitt (Plettenberg, Alemania, 1888-1985) es conocido fundamentalmente por dos rasgos que contribuyen a agigantar su caricatura: primero, el hecho de que su obra principal (El concepto de lo político, 1927) propusiera que no había nada más político que distinguir a los hombres entre amigos y enemigos; segundo, la circunstancia de que fue uno de los grandes apoyos intelectuales del Tercer Reich (por lo menos en un inicio). Juntos, estos dos datos parecen proyectar la silueta de un pensador sanguinario, capaz de colaborar sin despeinarse con crímenes tan grandes como las que se cometieron en la Alemania de los años 30 y 40.

No obstante, para cualquiera que conozca algo acerca de él más allá de estas dos sentencias, Carl Schmitt es uno de los filósofos políticos más originales y audaces de los últimos siglos. Para discutir con él no basta con una reductio ad hitlerum que, aunque pudiera resultar sencilla, dejaría intactos buena parte de sus argumentos que siguen vivos en nuestra reflexión política. Por eso, sin intención de justificar los rasgos de su biografía que resulten injustificables, lo traemos aquí como una figura tremendamente influyente en el pensamiento político contemporáneo: así lo reconocieron desde Walter Benjamin o Laclau, muy populares en la izquierda marxista, hasta Leo Strauss, a quien los exaltados acusan de ser el padre del neoconservadurismo. A partir de Schmitt, casi todos los grandes pensadores políticos han tenido que contar con él, bien sea como interlocutor a batir o como cooperador necesario.

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¿Qué está pasando en EE.UU?

En Mundo por

Desde hace dos semanas, Estados Unidos está viviendo las mayores movilizaciones contra el racismo que han existido en las últimas décadas. No únicamente entre la población afroamericana, sino también entre los blancos, y más allá de las fronteras norteamericanas, incluso en otros países se han escuchado ecos del grito contra la injusticia. Pero al mismo tiempo, una gran oleada de violencia ha recorrido el país, sumergiendo en las llamas a las ciudades más importantes de la nación. Aunque por suerte esta faceta es hoy más débil de lo que parecía al principio, sigue estando presente. Por eso conviene reconocer que, si la muerte de George Floyd a manos de un policía ha hecho prender el enfado en muchos norteamericanos, también ha motivado la explosión del odio en una gran cantidad de ellos.

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El ser humano y su condición indigente: una interpretación de la Pandemia

En Distopía/Pensamiento por

Todas las crisis de la Historia –ya sean políticas, económicas, sociales o ecológicas– han tenido repercusiones inesperadas, tan difíciles de prever y lidiar como sus propios orígenes. Sin embargo, podemos decir con Ortega y Gasset que siempre han tenido algo en común: el pertenecer a uno de dos tipos. O bien han sido crisis “vespertinas”, es decir, momentos oscuros que han sido el preludio de noches todavía más largas; o por el contrario, crisis “matutinas”, que como la muerte de Jesucristo –esta comparación es mía, no del agnóstico filósofo – han permitido el desarrollo de oportunidades más fecundas para la humanidad. La crisis generada por el Covid-19 no será diferente: también sus efectos serán imprevistos, y podrán ser totalmente nocivos o generar una nueva esperanza.

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Amar la patria

En España por

Hace unos días leí un artículo en el que el brillantísimo filósofo conservador Gregorio Luri enumeraba una serie de motivos por los que uno, cualquiera, debe amar su patria aunque ésta sea imperfecta. Lo cierto es que me quedó un regusto agridulce. Estaba de acuerdo con la tesis defendida en él, sí, pero más accidentalmente que sustancialmente. Coincido, por supuesto, en que el amor a la patria cohesiona las sociedades, en que la vida común se vertebra en torno a él, en que es condición necesaria para alcanzar objetivos compartidos y en que contribuye a mitigar tanto el individualismo como el adanismo generacional que la modernidad ha alentado.

Sin embargo, por más que releo el artículo, no me termina de agradar su espíritu. Estoy convencido de que hay buenas razones prácticas para amar la propia patria, pero no estoy convencido de que esas buenas razones se deban enumerar. Seguro que hay excelentes motivos para que ame a mi madre aun siendo ella imperfecta, como también los habrá para que quiera a mi perro, que está tullido. Pero enumerar motivos que justifiquen el amor a una madre imperfecta o el afecto a una mascota tullida no deja de ser un signo de frivolidad. Así, me indignaría muchísimo que alguien me dijese que ama a su madre porque eso contribuye a su estabilidad emocional o que cuida de su perro porque ha leído varios estudios en los que se demuestra que infinidad de tribus antiguas muy admirables se desvelaban por los animales. ¿Por qué reaccionar de modo distinto, pues, cuando alguien me dice que amar el país en el que he nacido es bueno para alcanzar no sé qué difusos objetivos?

Chesterton, a quien no me canso de citar porque es una fuente inagotable de sabiduría, dedicó buena parte de su ingenio a escribir sobre esta cuestión. No concebía que alguien enumerase razones para amar su nación como se enumeran los productos que adquirir en el supermercado. Le incomodaban sobremanera esos patriotas ingleses que justificaban su patriotismo apelando a las grandes virtudes de Inglaterra, a su vasto imperio colonial o a su prosperidad económica. De ahí aquella máxima suya que debería estar grabada en el corazón de todo hombre: “Los romanos no amaban Roma porque fuera grande; era grande porque la habían amado”. Un español puede admirar la historia de Italia o reverenciar la potencia militar de China; pero España – que le ha dado un idioma con el que cantar el esplendor de un atardecer, un Dios ante el que arrodillarse y un modo concreto de estar en el mundo – le exige algo más, un compromiso que no puede surgir de la simple fascinación.

Un único motivo

He abusado demasiado de la paciencia del lector, que estará ya removiéndose en su sillón y planteándose tirar la toalla con este confuso artículo: “Si no debo amar España ni por su grandeza histórica ni por los efectos que ese amor produce, ¿por qué debo amarla entonces?” Temo que la simpleza de mi respuesta le decepcione; pero, igual que en el caso de una madre o de una mascota tullida, sólo se me ocurre un motivo legítimo por el que alguien debe amar su nación: que es la suya. No hay razón más noble y verdadera, no hay otra cosa que la haga digna de amor.

A mi modo de ver, cuando uno condiciona su amor a una realidad cualquiera, termina por amar menos la realidad que sus condiciones. Quien ama España porque es democrática no ama tanto España como la democracia. Quien ama España porque fue imperial no ama tanto España como la grandeza de los imperios. Quien ama España porque hacerlo contribuye a mitigar el individualismo rampante no ama tanto España como odia el individualismo. Quien ama España porque ahora, casi circunstancialmente, es liberal no ama tanto España como el liberalismo. No pretendo siquiera insinuar que amar la democracia, el liberalismo o los imperios sea inadmisible; pretendo, más bien, mostrar que quien ama su nación porque es imperial, democrática y liberal no la ama realmente o que, al menos, la dejará de amar cuando no reúna todas esas exigentes condiciones.

He asegurado ya que uno debe amar su patria porque es suya, y también que ese motivo es el más noble y verdadero. Añadiré, por tranquilizar a ese lector pragmático al que no le gusta perder el tiempo, que también es útil hacerlo. Pero es útil a condición de que no se piense en su utilidad. En nuestra relación con la patria ocurre algo similar a lo que ocurre en la relación con nuestros amigos: sólo dará fruto abundante cuando no busquemos enfermizamente que dé fruto abundante. Si amamos nuestra patria pensando que así la convertiremos en un lugar próspero en el que vivir, probablemente terminemos emigrando a un paraíso fiscal. Si, en cambio, la amamos incondicionalmente, desearemos ardientemente su bien y trabajaremos para procurárselo aun en las circunstancias más adversas. Resuena en nuestra cabeza la sentencia chestertoniana. “Los romanos no amaban Roma porque fuera grande; era grande porque la habían amado”.

Así pues, puede establecerse una relación proporcional entre la grandeza de una patria y la intensidad del amor que le profesan quienes han nacido en su seno, pero lo cierto es que no conviene pensar demasiado en ella. Debemos amar nuestra nación como amamos nuestro hogar, a nuestros padres, a nuestros hermanos, a nuestros hijos, a nuestros amigos: incondicionalmente, con sencillez de espíritu y sin proyectos demasiado ambiciosos en la cabeza. Si la amamos de ese modo, toda esa grandeza que deseamos para ella le sobrevendrá como por añadidura. 

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El resbaladizo lenguaje de la guerra en tiempos de pandemia

En Mundo por

Al parecer, ni los gobiernos ni la opinión pública poseen otra analogía mejor para referirse a una situación de extrema gravedad o de emergencia que no sea la guerra. Lo que demuestra por un lado que la guerra –es decir, el conflicto a vida o muerte entre dos o más grupos organizados de personas- es el estado de excepción por excelencia, aquel en el que las sociedades se juegan su supervivencia.

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Qué es la ideología de género: Cinco postulados fundamentales de la teoría queer

En Antropología filosófica/Mujer y género por
ideología de género

En los últimos tiempos ha ido cogiendo fuerza la idea de que existe un fenómeno llamado “ideología de género” que estaría haciéndose con el dominio cultural, mediático y, cada vez más, político de nuestra sociedad. Con ello se correría el riesgo de que dicha ideología se convierta en el pensamiento oficial del Estado, inaugurando una nueva era de totalitarismo.

Quienes ven esta amenaza a menudo parecen convencidos de que se trata de una nueva arma del marxismo cultural que vuelve para tratar de abolir el régimen de libertades en que se basan las democracias liberales. Sin embargo, esta visión prácticamente no nos dice nada acerca de dicha ideología y cuál es la cosmovisión en la que se asienta. Conocer estos rasgos es fundamental para analizar su proyecto político y su visión acerca del hombre. También es requisito para discutirlas, dado que no es posible refutar lo que no se alcanza a comprender.

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Sobre el poder en la modernidad y la posmodernidad

En Cultura política/Pensamiento por

La variedad es la vida; la uniformidad la muerte.

Benjamin Constant

Buenas nuevas: Homo Legens acaba de reeditar la obra Sobre el poder en la modernidad y la posmodernidad, de Javier Barraycoa. Se trata de un brillante trabajo de síntesis, donde su autor recorre la mayoría de las referencias notables y determinantes en la materia; logra trazar el recorrido del concepto de poder desde la modernidad y su necesario e inevitable desarrollo hasta nuestros días, poniendo siempre el punto sobre las íes. El valor de este ensayo reside, precisamente, en lograr describir trayectorias, movimientos, que nos han llevado a un panorama político y social tremendamente erosionado.

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Narcisismo y autosexualidad: el disparate que nos consume

En Amor y sexualidad por

Hace un tiempo, en un importante diario nacional, apareció un artículo sobre los llamados “autosexuales”. El titular es el siguiente: “Ni hetero ni homosexual: soy autosexual y estoy enamorada de mí misma.” Define la autosexualidad como una orientación sexual más que implica “la capacidad de tener una relación romántica y sexual con nuestra persona. Puede que hasta en exclusiva.” Quise saber lo que pensaba la gente de todo esto, y leyendo los comentarios a la noticia pude (afortunadamente) recuperar algo de fe en la humanidad.

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España ante el diván

En España por

En estos momentos es necesario en España un partido, o un movimiento, o que los partidos se centren en la cuestión social y en la cuestión medioambiental, así como en el avance del municipalismo (sin abandonar la conciencia de que el mundo se ha globalizado). Esto es poner a la persona en el centro, y no al dinero, a las leyes, a los valores.

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MELOPEA con Borja Sémper: “Se avecina una nueva crisis territorial. El nacionalismo vasco necesita gasolina”

En Entrevistas por

Borja Sémper es un político inusual, que casi malacostumbra a la sociedad para con el grado de interacción que ofrece la gran mayoría de sus compañeros de profesión. Hablar con Sémper es hablar con claridad. Hace un esfuerzo por morderse la lengua, escapa de convencionalismos y se explica con la efusividad del que siente que en sus argumentos hace coincidir razón, emoción y experiencia. Quizá por todo esto sea uno de los rostros del ‘PP de extramuros’ más mediático y conocido. Quizá por eso fue el protagonista de la IX Melopea Democresiana, y por eso el coloquio se convirtió en un auténtica mesa redonda.

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Vox, un partido inevitable

En España por
VOX Abascal Ortega Smith

De VOX, el nuevo partido de la derecha española, se puede decir que es inevitable. Poco más.

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La paradoja del ecologismo

En Distopía por

Es un hecho que el entorno de nuestras vidas, el medioambiente, lo que de una manera simplificada podemos llamar naturaleza no humana se percibe hoy en día en su plena objetividad. Cada vez estamos más concienciados con el medioambiente, con las amenazas que se ciernen sobre él: calentamiento global, deforestación y desertización, contaminación de las ciudades y los océanos, etcétera. La naturaleza, en este sentido no humano, externo, medioambiental, existe como una realidad innegable, como un límite ecológico que, sin embargo, transgredimos a diario, desde el gesto cotidiano de tirar toallitas húmedas por el retrete o seguir utilizando bolsas de plástico en nuestras compras hasta las grandes expoliaciones de la fauna y la flora realizadas según la lógica neoliberal de un capitalismo salvaje.

Se aboga en el presente por una “conciencia verde, por prácticas de reciclaje, por una “economía circular“, por el activismo de todos y cada uno de nosotros en el cuidado del planeta, sea una niña preocupada ejemplar y mediáticamente por el negro futuro que les aguarda a las nuevas generaciones si no cambiamos nuestro contaminante estilo de vida o esos grupos de voluntarios que se forman esporádicamente para limpiar de desechos una playa o retirar la basura acumulada en un bosque o un monte.

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Ortodoxia chestertoniana para un mundo descreído

En Pensamiento por

Chesterton combate posturas como el materialismo radical de su época, que buscaba proclamar un verdadero pensamiento libre sin dogmas. Pero el precio de “destruir los muros que la religión protege contra el abismo” fue lanzar a un vacío escéptico que no libera, sino que deshumaniza. Este efecto paradójico se origina en el “diminuto círculo de racionalidad” en el que pretende situarnos tal doctrina, que acaba desembocando en una locura que suprime la capacidad intrínsecamente humana de soñar.

De esta forma, el misterio acaba situándose como el principio necesario para un verdadero pensamiento libre. Chesterton, como declarado racionalista, pero consciente de que esta es “una cuestión de fe en sí misma” en los grandes interrogantes, defiende una prudencia epistémica donde hay que aceptar convivir con los límites de la razón, independientemente de si los entendemos, en un saludable sentido común.

La pérdida del asombro

Sin perder su pragmatismo anglosajón, reivindica una actitud vital agradecida por gozar de la aventura del mundo real. Para ello necesita una ingenuidad infantil acompañada de humildad, constituyendo la capacidad del asombro. Esta tiene su referente en los cuentos de hadas, que son escritos por lo extraordinario y no al revés.

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Los ruidos externos e internos provocados por la sobreestimulación y los reduccionismos a los que nos vemos continuamente sometidos, en esta sociedad líquida donde no paramos, parecen amenazar esta capacidad. La categoría del misterio que se va perdiendo hace que ya no nos parezca extraordinario algo como el amor que profesamos a nuestros seres queridos o el mundo que hay en cada persona, reducido por algunos a reacciones químicas y a etiquetas, respectivamente. Quizá no solo deberíamos poner de moda técnicas como el mindfulness sino también reflexiones semanales como el Sabat.

La cura de Chesterton para reeducar la mirada y poder disfrutar de la sorpresa, “el placer principal”, sería una “humildad que no duda de la verdad”. Porque los anhelos más profundos de nuestro ser, sin respuesta a las preguntas más radicales de la existencia, son susceptibles a la belleza y, por consecuencia, a aquella verdad.

“La filosofía moderna que cambia continuamente el ideal”, no puede encajar con la belleza con la que Chesterton interpreta la vida como una novela. Una novela que tiene un argumento basado en la esperanza de reformar el mundo mirado al Reino de Cristo, pese a poder desembocar en cualquier final debido al libre albedrío.

La pérdida de los ideales

Contra lo que le dijeron que ocurriría en su vida adulta, lo único que Chesterton dice que mantuvo de su juventud fueron sus ideales frente a la fe en la política práctica. Por eso dice que ya no cree en los liberales que al “rebelarse contra todo han perdido el derecho de rebelarse contra la nada”, en un libertinaje donde solo queda un pragmatismo. Así, el autor logra predecir el futuro vaciamiento filosófico de un neoliberalismo del que solo quedará un programa económico; del concepto de comunidad a un terreno del desempeño de la voluntad con la menor injerencia posible, que ya no dará ciudadanos, sino clientes “hechos a sí mismos”.

Si Chesterton estuviera hoy con nosotros, no sé si tendría simpatías con un polémico Daniel Bernabé, dentro de la crítica a la radicalización del individualismo que acabó resquebrajando elementos de unidad del demos como la clase trabajadora o la religión. Pero sí estoy seguro de que, contra una interpretación libertaria para eludir el pago de impuestos de “El buen samaritano” como la de Jan Narveson, Chesterton respondería con “El hijo pródigo”, defendiendo un compromiso no optativo de cara a quienes hay que proteger en la sociedad. Y aunque fueran responsables de su situación necesitada, abogaría por una institucionalización del perdón.

Chesterton aporta un gran revitalizante espiritual a través de su optimismo irracional en el que todos podemos ser el héroe de nuestra historia

Dentro de su particular definición de la democracia, la que incluye “escuchar las voces de los muertos”, el autor nos instaría a tener una mirada crítica respecto al pasado donde tuviéramos el coraje de asumirnos herederos de una tradición de la que podemos desechar ciertas actitudes, como la que se tiene en su época sobre la emancipación de la mujer, y nutrirnos de ciertos valores universalizables.

La bondad de este mundo, el ideal que defiende Chesterton desde su evolución espiritual, debería ser “sagradamente salvada como los objetos de la isla del tesoro”, ya que “nuestra excéntrica existencia debe una lealtad a este mundo sorprendente antes de preguntarnos si quiera si nos gusta”. Es precisamente en los momentos más deprimentes cuando no hay que abandonarlo. Y contra los “cultos al Dios interior”, ausentes de impulsos para la acción moral, a lo que están llamados todos los cristianos es a reconciliarse con el mundo, cambiándolo “poniendo más en las obras que en las palabras”, como diría San Ignacio.

Contra la idea del progreso inevitable, Chesterton defiende una “doctrina de la caída” que muestra, como “único dogma demostrable”, la imperfecta naturaleza humana. Aquí la Iglesia sería la verdadera maestra de la sospecha, sin estar exenta de esta condición. Como es consciente de lo rápido que puede corromperse el hombre, siempre estará atenta ante cualquier propuesta de mejora de forma revolucionaria, entendida como restauración del bien.

El autor deja al desnudo las incoherencias paradójicas del cristianismo, que requiere como condición para amar al prójimo estar separado para hacerlo libremente, situándonos en una cosmovisión donde lo natural es no encajar en un mundo que no se autoexplica, dejando espacio para amarlo y odiarlo con toda su potencia.

Sin caer en el discurso protagonizado por el Mr. Wonderful de turno, Chesterton aporta un gran revitalizante espiritual a través de su optimismo irracional en el que todos podemos ser el héroe de nuestra historia. Una gran historia como la de aquel Sam Sagaz que lucha por el bien de este mundo. Una historia donde se tiene esperanzas en causas comunes a todo ser humano, en un frágil equilibrio donde “necesitamos ser felices en esta tierra de maravillas sin encontrarnos simplemente cómodos siquiera una sola vez”.

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2019: el reto de la antidemocracia

En Mundo por

En el año que entra vamos a conmemorar el 30 aniversario de la caída del Muro de Berlín, momento celebrado por algunos como el fin de la historia. Hace 30 años no nos parecía un disparate pensar que la caída del comunismo en los países del Este supusiera la victoria definitiva de la democracia y de la libertad en el mundo. Teníamos una visión mucho más eurocéntrica. Y la democracia nos parecía una conquista definitiva, incuestionable.

Mientras celebremos la reunificación de Europa bajo el signo de la democracia, la generación nacida hace 30 años y las precedentes asistirán y serán los responsables de una crisis democrática sin precedentes en el Viejo Continente. La resolución de la crisis del Brexit es quizás uno de los ejemplos más paradójicos de un conflicto antidemocrático creado por unas sociedades que consideraron a la democracia parte de su paisaje. David Cameron metió al Reino Unido en un laberinto al tomar la poco democrática decisión de delegar en la democracia directa una permanencia en la Unión que tenía que haber tomado él porque democráticamente había sido designado para ello. En 2019 el Parlamento y el Gobierno británico podrán evitar el desastre recurriendo de nuevo a la antidemocrática democracia directa (nuevo referéndum) para abolir la precedente decisión de la democracia directa.

Semanas después, en las elecciones al Parlamento Europeo, es más que previsible que un alto porcentaje de votantes opte por fórmulas antieuropeas, de democracia “iliberal” o de populismo deconstructivo. Serán unos comicios asediados por las noticias falsas y la voluntad de desestabilizar de una Rusia que ha convertido a cualquier democracia occidental en su enemigo. No serán pocos los que consideren oportuno apoyar al enemigo externo. Todo esto en un contexto de guerra comercial y de desprestigio de todos los organismos internacionales incapaces de asegurar que los valores democráticos consigan abrirse camino.

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La historia, lejos de acabarse, está muy viva. Es evidente que la antropología y la cultura que sustentaban la democracia tal y como la entendimos tras la postguerra, se ha disuelto. Hay varios síntomas que dan fe de ello. La democracia requiere de una conciencia del nosotros, de un bien común para aquellos que pertenecen a una comunidad siempre superior a los intereses de los grupos particulares y a sus diferencias. Es lo que ha desaparecido. Mark Lilla en su libro “El regreso liberal” atribuye esta disolución del nosotros a las políticas progresistas estadounidenses de las últimas décadas. El progresismo norteamericano, queriendo mejorar la situación de los negros, de las mujeres y de otras minorías habría acabado perdido en “la maleza de las políticas de identidad” y habría sido el responsable de la “retórica de la diferencia resentida y disgregadora”. El liberalismo, el progresismo de la identidad, acaba absolutizando el yo, lo particular que no se abre ni a lo universal ni a lo racional, se queda encerrado en la emotividad. Las redes sociales y la digitalización vienen a acrecentar esta reafirmación del sentido de grupo que no necesita, no quiere, una conversación con aquellos que son diferentes. El diagnóstico sirve del mismo modo para la izquierda que para la antiizquierda. Probablemente el análisis de Lilla atribuye más peso a lo que él denomina política progresista de lo que realmente tiene, pero su descripción de la situación es precisa.

Como también la que hacía hace unos días Joseba Arregi en un artículo en El Mundo titulado precisamente “Nosotros y el bien común”. Arregi subrayaba algo semejante a lo que indicaba Illa: las “dificultades para acordar el bien común por multiplicación de sujetos colectivos” a lo que “se le añade la permanente destrucción de todo referente de identificación emocional”. Todo esto, indicaba Arregi, se produce en un contexto de “confusión de la tolerancia con indiferencia” y de una “negación de valores universales” o de una afirmación “de una generalidad y abstracción que los esterilizan”. La antidemocracia avanza porque hoy ya no es evidente ni un bien común a todos, ni unos valores universales que se han convertido en algo tan abstracto como la comunidad superior al grupo. El resultado es que muchos sienten “desamparo”, “sensación de perder suelo bajo los pies, perder realidad, ser dejados atrás, hallarse sin norte, desorientados, abandonados sin brújula en un mundo complicado y problemático, sin referentes, sin nada seguro a lo que aferrarse”. No podemos escandalizarnos del avance de la antidemocracia sin hacer las cuentas con esta situación descrita con lucidez por el pensador vasco.

Lilla propone, como solución, recuperar el sentido de la ciudadanía. Pero el sentido de ciudadanía no puede reconquistarse sin una experiencia de la pertenencia común, sin una experiencia en la que lo universal sea concreto. Los cimientos de la vida democrática se reconstruyen solo si existen experiencias sociales donde se experimente de forma práctica el valor de la dependencia recíproca en una comunidad de diferentes. La ciudadanía es mucho más que un catálogo de derechos subjetivos o que la suma de identidades segmentadas. Es un protagonismo en el ámbito público que se expresa como construcción responsable ante las nuevas y viejas necesidades, como capacidad de deliberar con otros, de narrarse y de compararse con el que es diferente.

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Este artículo fue publicado en primer lugar en Páginas Digital y es reproducido aquí con su autorización.

Historia de amor de un rojo y una facha

En Asuntos sociales por

El otro día sonó el despertador en media España. Nos dieron un empujón y nos echaron del letargo ideológico en el que duerme el país desde hace cierto tiempo. Un rojo con rastas de Podemos dedicaba unas tiernas palabras a un facha del PP en el hemiciclo y la bestia de Twitter pareció bajar las armas por un momento y exclamar: “¡Ahí va! ¡Pero si son humanos!”

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Marty McFly, el primer neoliberal de la pantalla grande

En Cine por

El cine de Hollywood ha tenido más o menos dos etapas a lo largo del siglo XX, si se entiende este tipo de cine como una especie de diario íntimo del capitalismo contemporáneo. Durante la primera mitad del siglo XX, uno de los géneros predilectos de Hollywood era el Western. Gran parte de nuestros padres o abuelos tienen como referente a Clint Eastwood o la idea del llanero solitario, aquel personaje que intenta conquistar y hacer justicia en un territorio aún salvaje. Es el objetivo central del capitalismo de esa época, es decir, insertar el espacio planetario a las lógicas de la economía mundial (colonialismo).

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