Revista de actualidad, cultura y pensamiento

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hannah arendt

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Hannah frente al homo faber

En Dialogical Creativity/Literatura/Pensamiento por

Walter Faber era un ingeniero, un técnico de la Unesco, que un día empezó a darse cuenta de que su vida, sencillamente, funcionaba. Al principio no era consciente de lo que le pasaba. Hubiera sido incapaz de formularlo así, pero, sin duda, algo iba mal, y lo que le ocurrió en el aeropuerto encerraba una metáfora perfecta de su situación. Sigue leyendo

Sobre el poder en la modernidad y la posmodernidad

En Cultura política/Pensamiento por

La variedad es la vida; la uniformidad la muerte.

Benjamin Constant

Buenas nuevas: Homo Legens acaba de reeditar la obra Sobre el poder en la modernidad y la posmodernidad, de Javier Barraycoa. Se trata de un brillante trabajo de síntesis, donde su autor recorre la mayoría de las referencias notables y determinantes en la materia; logra trazar el recorrido del concepto de poder desde la modernidad y su necesario e inevitable desarrollo hasta nuestros días, poniendo siempre el punto sobre las íes. El valor de este ensayo reside, precisamente, en lograr describir trayectorias, movimientos, que nos han llevado a un panorama político y social tremendamente erosionado.

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‘The Virtues’, perdónales porque no saben lo que hacen

En Democultura por

A todos nos persiguen los fantasmas. Y no me refiero a los de sábana blanca, sino a esas personas que dejaron una huella imborrable… para mal. Quién no ha sufrido nunca el rechazo, la humillación, la violencia o la exclusión. La infancia no es siempre como ‘El camino’ de Miguel Delibes, a veces se parece a la excursión de Dante y de la adolescencia mejor ni hablemos.

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Iglesia y política en la era Francisco [Parte I]: la ruptura entre discurso y praxis

En Religión por
Papa Francisco I

A pesar de que -como señalara acertadamente Hannah Arendt– desde su misma aparición el Cristianismo supusiera un desafío al poder constituido, se erigiera en una identidad disruptiva de la esfera pública en general y de la política en particular, la Iglesia siempre hizo, hace y hará política. Política interna y externa.

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La verdad en movimiento: frente a la banalidad del mal

En Filosofía/Pensamiento por

Kaltenbrunner le dijo: «¿Por qué no entras en las SS?», y él respondió: «Sí, ¿por qué no?». Así anduvieron las cosas.

El mal cotidiano del que quisiéramos liberarnos tiene esta forma banal, ridícula, incluso cómica aún cuando horrible. Eichmann no era un sádico, no era un malvado sanguinario, sino un hombre absolutamente normal, uno como tantos, el hombre típico, el hombre medio o el hombre masa. De hecho, Eichmann podría ser yo.

Creer estar exento de los abismos del crimen, incluso los más despiadados, quiere decir no haber comprendido el significado efectivo del mal ni la identidad de aquellos que -entonces, como hoy y siempre- se han dejado seducir por él: ni ellos son personas distintas de mí ni aquel cejará de tentarme.

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Los artículos más leídos en 2017

En Asuntos sociales por

Este ha sido el año en que Democresía se ha subido a la cresta de la ola. Nos han dado uno de los más prestigiosos premios de la blogosfera en español, el Premio 20 Blogs de Actualidad, se han sumado al equipo decenas de amigos de varios países y hemos publicado más de 340 artículos sobre filosofía, política, cine, literatura y una multitud de temas que pretenden arrojar un poco de luz y comprensión sobre el mundo en que nos ha tocado vivir. Sigue leyendo

BLACK MIRROR: ‘El momento Waldo’ o la democracia de pulgar en una época iracunda

por

Black Mirror: El momento Waldo o la democracia de pulgar en una época iracunda



Por Juan Pablo Serra. Tiempo estimado de lectura: 12 minutos

The Waldo moment (El momento Waldo) fue uno de los capítulos de Black Mirror que menos impresión causaron cuando la segunda temporada de la serie vio la luz en 2013. Sin embargo, los años y los acontecimientos de entonces a esta parte (la sustitución de la verdad por el tweet, la llegada de los populismos, la retórica que llevó a la victoria a Donald Trump...) acabaron por convertirlo en una referencia más que recurrente para interpretar el presente. Nuestro colaborador Juan Pablo Serra analiza el episodio en un capítulo del libro 'Black Mirror Porvenir y Tecnología' que Ediciones UOC nos cede amablemente para los lectores de Democresía. Puedes ver un fragmento del libro en PDF aquí (Más detalles al final de esta página).

Prácticamente desde su estreno, Black Mirror se convirtió en un producto de referencia para suscitar la conversación inteligente, la discusión académica y la reflexión sociológico-filosófica sobre algunos de los problemas que rodean a la irrupción de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Las razones para ello son muy variadas, y van desde el modo de difusión reticular y la distribución asíncrona propias de la serialidad televisiva contemporánea —un modelo que García Martínez (2014) resume como uno de televisión sin televisión— hasta su condición de ficción autoconsciente, en este caso, de los imaginarios asociados a las pantallas que el público tiende a asimilar acríticamente (Cigüela Sola; Martínez-Lucena, 2014, pág. 85) y que, en su perfil más elemental, coinciden con el discurso de los pensadores y expertos tecnólogos más optimistas.

En cualquier caso, no deja de ser insólito que una antología con tan pocos episodios (en las dos primeras temporadas) genere tal cantidad de elogios, meditaciones, réplicas y debates. Más aún cuando su estatuto highbrow o de quality TV no es, a día de hoy, comúnmente aceptado ni conscientemente asumido o buscado por su creador.

Parece claro que la «muerte de los expertos» de la que se lamenta Tom Nichols en una obra reciente (2017) alimenta la necesidad de la gente corriente de participar en la conversación pública sobre la actualidad y la cultura en un ciclo interminable en tanto no hay autoridad legitimada que pueda detenerlo merced a un conocimiento cualificado. Frente al arte de la conversación como ejercicio destinado a continuar la conversación de la humanidad —diría Michael Oakeshott— o a buscar lo universal y permanente —diría John H. Newman—, hoy se impone un estilo (neo)romántico e hipertrofiado de conversación dirigido a la redescripción o edificación constante de uno mismo y de los demás —diría Richard Rorty. Si a esto añadimos, en el terreno de la creación artística, la «muerte del autor» decretada por Roland Barthes en 1968, tendremos un cuadro más preciso de las coordenadas en las que el sujeto actual se ve instado a buscar los significados de un modo libre y a ir conformando un canon interpretativo mediante un proceso descentralizado de inteligencia colectiva que, hoy, incluye a la comunidad global de intérpretes y comentaristas.

La figura de Charlie Brooker encaja bien en este panorama de demanda de food for thought como un azuzador de conciencias y un encendedor de charlas propias de una organización social horizontal. Sin embargo, no es esta la razón por la que a espectadores y periodistas les fascina la aportación de Brooker al acervo colectivo, sino por otra más elemental. Y es que, entre las alabanzas que la serie recibe, la más habitual es aquella que ve en sus capítulos una suerte de profecías seculares.

En lo que sigue, explicaré por qué tiene sentido atribuir valor a Black Mirror en función de su predictibilidad tecnológica y esbozaré las dos observaciones fundamentales sobre la escena política contemporánea que Brooker sugiere a partir del mundo posible de «The Waldo Moment» (2x03). Por último, subrayaré el elemento psicológico y emocional del actual sujeto transparente que detona la acción del capítulo y que, dada su presencia en otros episodios de la serie, bien puede contemplarse como fundamento de una de las lecturas epocales que Brooker propone a la gran diversidad de seguidores del programa.

"Prácticamente desde su comienzo, Black Mirror se convirtió en una referencia a la hora de suscitar la conversación filosófico-sociológica sobre las consecuencias de la tecnología."

Oso blanco, Black Mirror
White Bear (T2E2, 2013) Owen Harris

1. Black Mirror y la imaginación de lo posible

Empresas que imitan el lenguaje y la personalidad de los seres queridos para que se pueda chatear con ellos post mortem. Investigadores de Harvard trabajando en la fabricación de abejas electrónicas. Sistemas de domótica cada vez más sofisticados. Dispositivos de realidad virtual que disocian de la realidad y desencadenan stress. Una herramienta como el Sesame Credit que gamifica la obtención de crédito social a instancias del gobierno chino. Cámaras portátiles que registran fragmentos de tu vida y los ordenan en forma de relato. O hackers que acceden a nuestros móviles y portátiles para grabar nuestra intimidad y tener material con que extorsionar. Son todas noticias sobre hechos reales que, periódicamente, redirigen la atención pública hacia los capítulos de Black Mirror que los anticiparon. La capacidad de predicción es, como decíamos, un argumento epidérmico para apreciar la calidad de la serie pero, a cambio, certifica otra cosa, que es la adscripción genérica de Black Mirror a la ciencia ficción.

Visto desde cierto ángulo, lo que Brooker lleva a cabo en la serie parece no distar del tipo de programas y anuncios que se hacían en los años cincuenta y sesenta del siglo XX para anticipar cómo sería la vida en 2000. Ahora bien, a diferencia de aquellos productos entre lo informativo y lo promocional, lo que distingue a Brooker no es su mayor o menor agudeza futurista cuanto, más bien, el tono existencial y moral de sus historias, que refleja el giro en la ciencia ficción que se dio después de su edad de plata durante los primeros años sesenta.

Siguiendo las clasificaciones que recoge Castro Vilalta (2008) en su magnífica síntesis del género, podemos decir que la obra de Brooker es paradigmática de un tipo de ciencia ficción prospectivista y soft, esto es, centrada en los personajes y las consecuencias antropológicas y sociológicas de la tecnología más que en el asombro ante escenarios, artefactos y teorías descritos con precisión. Philip K. Dick dijo una vez que la fantasía trata de aquello que la opinión general considera imposible mientras que la ciencia ficción trata de aquello que la opinión general considera posible bajo determinadas circunstancias. Ahora bien, en el caso de Black Mirror, las condiciones de posibilidad que hacen creíble su universo ficcional no se ciñen tanto a lo factible de los dispositivos tecnológicos de cada capítulo cuanto, más bien, a lo verosímil de las actitudes humanas que la serie intuye que advendrán con el uso generalizado de ciertos aparatos y formas de comunicación.

Narrativamente, por tanto, Black Mirror tiene su encaje en la historia de la ciencia ficción y, aunque hoy estamos acostumbrados a las distopías, lo cierto es que la visión tecnonegativista de la serie no es, ni mucho menos, esencial al género. De hecho, hasta bien entrado el siglo XX, los relatos de ciencia ficción presentaban una perspectiva más utópica, donde la tecnología iba a solucionarnos todos los problemas. Durante la década de los sesenta, empero, se dio un giro significativo en la ciencia ficción, simbolizado en los relatos que publicó la revista británica New Worlds bajo la dirección de Michael Moorcock. En ellos, la tecnología se relaciona con temas sociales, el tono de las historias tiende a ser más introspectivo y se traslucen los miedos populares del momento, como el nuclear.

Brooker, nacido en 1971, es deudor de este giro y su influencia en el género, que durante las dos décadas siguientes estaría marcado por el pesimismo existencial y la actitud ambivalente hacia la tecnología, definitivamente desligada de optimismos ingenuos.

Sin embargo, a quien más debe Brooker no es a la literatura, sino a la televisión. Convencido de que los problemas más comunes de nuestra época requieren un abordaje indirecto, en más de una ocasión Brooker ha explicado que su principal fuente de inspiración fue The Twilight Zone (1959-1964), la serie de Rod Serling que abordaba los temas comprometidos del momento —el racismo, la carrera armamentística, el macartismo, los derechos civiles— de un modo metafórico, empleando elementos típicos del fantástico y la ciencia ficción (Brooker, 2011).

De esta manera, cabe encuadrar la personalidad autoral del showrunner Charlie Brooker dentro de las coordenadas que miden la mejor ciencia ficción en general, y que son la capacidad predictiva y la reflexión existencial. Con el paso de los años, hemos podido ver cómo varias de las tramas de la serie se «adelantan» a los acontecimientos y el efecto revalorizador que ello tiene en algunos episodios relegados, como es The Waldo Moment», ahora señalado como vaticinio del ascenso de Donald Trump y, más generalmente, de la ola populista que recorre Occidente.

Ciertamente, la valoración negativa del capítulo por parte de los críticos estaba fundamentada. Tanto la definición del personaje principal —un comediante con problemas de autoestima— como su relación con la candidata laborista adolecen de una justificación mejor trabajada. Además, y al margen de sus aciertos predictivos, el capítulo carece del punch de otros, un defecto que parece querer compensar demasiado tarde, durante los títulos de crédito, mediante un final tan lúgubre como sugerente. Pero aunque Waldo no se cuente entre lo mejor de la serie en términos de guión y personajes, su capacidad de reenvío a los problemas del presente sí es pertinente. Y coherente, pues el capítulo desarrolla la transformación de la política en espectáculo y la invasión de la antipolítica populista en consonancia con el resto de la serie, tanto en lo que se refiere a la mediación tecnológica —el manipulador remoto que sirve para traducir los gestos y voz del comediante en forma de cartoon— como en lo que tiene que ver con el tipo humano que está detrás de estas transformaciones sociales.

La serie reproduce dos de las señas de identidad de la ciencia-ficción contemporánea: su acento sobre la reflexión existencial y su capacidad predictiva.

2. Democracia de pulgar, espectáculo y antipolítica

Jamie Salter pone voz y movimiento a Waldo, un oso azul animado que entrevista a celebridades para un late night satírico. Ante la popularidad del personaje, la cadena encarga un piloto protagonizado por el oso y, en una sesión de trabajo, a uno de los productores se le ocurre presentar a Waldo a unas elecciones locales. El plan inicial es seguir mofándose de Liam Monroe, candidato del Partido Conservador abochornado con anterioridad por el oso azul. Pero un desengaño amoroso y el contraataque de Monroe en directo —cuando revela que detrás del dibujo animado no hay sino un cómico fracasado— disparará la ira de Jamie/Waldo, que acusará a aquel de ser «una vieja actitud con un nuevo peinado» y al resto de los candidatos de ser igual de farsantes.

Waldo no es real, no tiene programa ni propuestas, pero «es más auténtico que todos los demás» candidatos y eso causa furor entre el público porque es «sincero» y «no finge representar nada», lo que le convierte en la «mascota oficial para los votantes descontentos». Al final, queda segundo en las elecciones, pero ya sin Jamie, automarginado de la campaña por diferencias con la pretensión del productor de convertir a Waldo en una figura internacional. Intercalado entre los créditos finales, vemos a Jamie durmiendo en la calle mientras en cada pantalla disponible se proyecta la imagen del oso azul unido a eslóganes multilingües de «esperanza» y «cambio». El excómico lanza una botella a una de las pantallas y es apaleado por la policía.

Gracias a este final futurista, el encaje del capítulo en la ciencia ficción es menos negociable pero, en todo caso, conviene distinguir en la trama qué es y qué no es una metáfora sobre nuestro mundo.

Aunque parezca increíble para el neófito, no lo es que un extraño se presente a unas elecciones, tal como lo prueban los candidatos disfrazados de personajes de ficción o superhéroes y los candidatos animales que han logrado postularse en procesos electorales (Rodríguez Andrés, 2016, págs. 84-85). En cambio, el ascenso de Waldo hasta convertirse en símbolo de un proyecto de dominación mundial no resulta creíble porque haya habido casos parecidos, sino porque se inserta en un proceso de hibridación político-mediático y en un sistema abierto como la democracia que sí hacen posible ese resultado.

La espectacularización de la política no es un fenómeno nuevo. Al menos desde la contienda electoral de John F. Kennedy a principios de los sesenta, en la arena política se da por hecho que la visibilidad del candidato lo es todo. Hoy en día se recurre a la construcción de relatos personales y la difusión de vídeos y fotomontajes en redes sociales y YouTube pero la lógica de fondo permanece intacta: lo que no se ve, no es. A priori, esto no tiene por qué ser problemático pues —aunque la política real no puede eliminar lo arcano, como diría Carl Schmitt— la política ordinaria tiene mucho de teatral y representado. El problema, más bien, se da cuando la política adopta las formas del mensaje televisivo que, más tarde o temprano —por la propia exigencia del medio—, deviene en espectáculo y trivialización.

Pocas imágenes han explicado con mayor perspicacia este proceso que aquellas de Network (1976), la película de Sidney Lumet que comienza con un periodista anunciando su suicidio en antena harto de la banalidad de la vida, y termina con su propio telediario convertido en un programa de variedades donde el editorial enfurecido convive con segmentos de astrología, prensa amarilla, lanzamiento de cuchillos a vedettes y encuestas de opinión varias.

Esta deriva no es inocua. A mediados de los ochenta, Neil Postman señaló con presciencia las consecuencias del infotainment, la primera de las cuales es, justamente, que cuando los informativos se conciben como entretenimiento se difumina la noción de lo que significa estar informado de algo, pues una información solo remite a otra información, pero no necesariamente a una explicación de su sentido (2001, pág. 110). El descrédito actual de la política no procede, ciertamente, de haber entrado a este juego pero sí refleja que:

«[...] en la tensión entre lo político y lo mediático no es fácil decir de lado de quién está la democracia: por un lado, el representante político se arroga el favor de lo democrático en tanto ha sido elegido en las urnas; del mismo modo que lo hace Twitter o la televisión, en tanto su contenido lo decide la propia audiencia, mediante sus likes o su participación online» (Cigüela Sola; Martínez-Lucena, 2014, pág. 97).

Esta tensión late en todo el capítulo, pero aparece con especial claridad en dos momentos. El primero cuando, instado por los viandantes, Monroe se apresta a hablar con Waldo en plena calle ante un grupo de personas que atienden más a los chistes vulgares que a las promesas de reducción de tasas. El segundo cuando Jack Napier, productor del programa, intenta convencer a Jamie para que Waldo sea entrevistado por un especialista en política. «¿Por qué querría hacerlo?», dirá el cómico, al fin y al cabo el oso no defiende ninguna causa.

--Napier: No necesitamos políticos. Todos tenemos iPhones y ordenadores, ¿no? Así que cualquier decisión política que deba tomarse la subimos a la red, que la gente vote a favor o que la gente vote en contra. La mayoría gana. Eso es una democracia, es una democracia auténtica.

--Jamie: También lo es YouTube y no sé si lo habrá visto, pero el video más popular es el de un perro tirándose pedos para hacer la melodía de Happy Days.

El riesgo de delegar toda decisión en la mayoría es una de las aristas del descrédito histórico hacia la democracia que recorre el pensamiento occidental desde Platón hasta Tocqueville y que, hoy, reaparece bajo la amenaza de la complacencia a la que tiende la vida en los sistemas democráticos. No es internet, por tanto, lo que degrada la democracia —pues esta es de por sí un régimen de resultados inciertos— cuanto, más bien, ciertas estrategias para captar audiencias/votos que pueden tener réditos inmediatos, pero no necesariamente consecuencias útiles para la vida política de un país.

Hannah Arendt o Jürgen Habermas, entre otros, recalcaron la diferencia entre las esferas privada y pública para notar que el mundo vital de la primera no tiene por qué transponerse automáticamente a la segunda, lugar de la racionalidad y el debate argumentado. La confusión entre esferas puede tener consecuencias saludables para la vida pública, entre las cuales sin duda está el abrir espacio para tipos de argumentación más intuitivos e informales. Sin embargo, el medio digital, cuya temporalidad hace posible una comunicación inmediata del afecto sin reservas ni distancias, es ambivalente a este respecto. Puede ser un buen dinamizador de la participación política pero, como ha insistido Sunstein, también puede reforzar los grupos de opinión homogénea y las echo chambers.

Es en estas coordenadas de análisis de lo sentimental en la política donde The Waldo Moment resulta más penetrante. No se dice por qué Jamie/Waldo elige a Monroe, un político de toda la vida, como dardo de sus ataques pero sí sabemos que Jamie es un tipo frustrado por la falta de éxito profesional (siempre hace el mismo personaje, sus jefes apenas recuerdan su nombre) y el desengaño amoroso. Su reticencia a que la campaña de Waldo escale a niveles mayores proviene de que, en el fondo, no le interesa la política pero, en cambio, sí está dispuesto a airear sus quejas contra los candidatos que mantienen todo igual o que instrumentalizan la política para sus propios fines, así como contra los periodistas que tratan a la gente de ignorantes.

En este sentido, que Jamie/Waldo parezca abogar por una especie de democracia directa revelaría no sólo un ciudadano pasivo y reacio a las modulaciones deliberativas sino, sobre todo, una mentalidad antipolítica, en la medida que reivindica una política sin representación ni mediación institucional que, en nuestro tiempo, suele leerse como populista.

No es este el lugar para analizar el fenómeno, que se viene estudiando desde hace años en Latinoamérica (E. Laclau, F. Freidenberg, F. Panizza, G. Aboy Carlés) y cuyo interés se ha reavivado tras los acontecimientos políticos del último año. Un examen del populismo al que, con todo, merece atender es el de Chantal Delsol cuando, más que un fenómeno antidemocrático, divisa en el populismo un síntoma del desprestigio democrático. Lo que todos los populismos comparten es la división entre élite y pueblo que, según Delsol, hoy comparecería como fractura entre una élite globalista y desarraigada y un pueblo aún vinculado a un espacio particular y a formas de vida comunitarias (familia, empresa, convivencia cívica).

Esta crítica conecta con el diagnóstico que, poco antes de fallecer, realizó Christopher Lasch al advertir de la rebelión de unas élites desligadas de todo valor civilizatorio (sentido de la responsabilidad y del límite, defensa de lo propio) y distanciadas de la multitud. Lo verdaderamente antipolítico no estaría del lado del pueblo sino de la élite y habría, en la lectura de Delsol, un populismo auténtico cuando el pueblo busca la política y reconoce la necesidad de representación. Y es que, si por algo se caracteriza el engaño populista, es por pensar que la mediación no es necesaria, que el pueblo es autosuficiente. No obstante, la política sí es necesaria y es responsabilidad suya filtrar y ordenar las demandas populares para que se pueda traducir en algún tipo de acción coherente.

La democracia sin política entroniza al ciudadano como evaluador independiente pero, por más antipático que resulte el recordatorio, «no hay otro sistema que la democracia indirecta y representativa a la hora de proteger a la democracia frente a la ciudadanía, contra su inmadurez, incertidumbre e impaciencia» (Innerarity).

El medio digital hace posible una comunicación directa y sin reservas, lo que puede ayudar a la participación política pero también reforzar los grupos homogéneos de opinión."

3. Una conclusión inquietante

Brooker escribió The Waldo Moment pensando en el estrafalario Boris Johnson, en aquel entonces alcalde de Londres y uno de los principales promotores del Brexit. Si, de paso, predijo la victoria de Donald Trump, ello se debe a que los elementos populistas de la política estadounidense —la invectiva contra la élite financiera y gubernamental, el temor al desempleo por la inmigración— no han cesado de aparecer a lo largo de la historia. Y, aunque el final del episodio sugiera la idea de un poder escondido que seduce con su positividad, el conjunto de la trama admite una lectura de la máxima actualidad: una política al margen del pueblo —centrada en la autopromoción y ascenso dentro de un partido, en el cuidado de la propia imagen o en tapar los escándalos ajenos— tarde o temprano suscita reacciones de ira e indignación cuyos resultados pueden ser imprevisibles.

¿Está en condiciones de evitarlo el sujeto despersonalizado y desmemoriado de nuestros días?

Black Mirror: porvenir y tecnología. Precio: 28 euros. 272 páginas.
Autores: Jorge Martínez-Lucena, Javier Barraycoa et alii

Black Mirror es una distopía televisiva que pone al espectador contra las cuerdas, lo destrona de su confortable sillón y le obliga a tomar conciencia del asfixiante futuro digital que le espera; y siempre con la angustia latente de que pueda acontecer algo inesperado ante el porvenir. Episodio tras episodio, este retablo narrativo se convierte en «el Libro de Job» del homo tecnologicus, solo que en este caso Dios no parece responder. En estas páginas, académicos de distintas disciplinas se confabulan para re-visitar la teleserie y darnos pistas que nos permitan ahondar un poco más en nuestro mundo, tanto el presente como el que está por venir.

Ver en la editorial

Jorge Bustos: “Lo que está haciendo Puigdemont es una españolada”

En Entrevistas/Periodismo por

Llevo un par de días enfangándome de artículos, recortes y exabruptos varios en Twitter; donde mi próximo entrevistado se desfoga mejor al estilo clásico, con los 140 caracteres que le dieron hechuras de polemista relamido de pluma ligera.

Me he masticado su última publicación, “Crónicas biliares”. Una suerte de apéndice literario de la RAE impregnado de excreciones de vesícula. Un placer de lectura para los que tienen cuatrocientas cosas por delante que leer. Sigue leyendo

Contra el movimiento de los astros

En Cataluña/Cultura política/España por

Fue Hannah Arendt quien señaló el origen del término revolución. Contra lo que pudiera parecer, la adopción de la palabra revolución no venía a significar un movimiento de ruptura, una sacudida violenta e imprevista impulsada por un puñado de voluntades encendidas, sino, precisamente, un devenir de fuerzas que escapan a todo control del ser humano, irresistible, como el movimiento de las estrellas en el cielo nocturno.

Arendt utilizaba esta imagen para explicar la experiencia de la Revolución Francesa y el descubrimiento de sus impulsores y protagonistas de haber desatado unas fuerzas de la historia del todo desconocidas hasta entonces. Tanto escapaba el fenómeno de la revolución a una mera relación de causa y efecto que los mismos que la habían puesto en marcha acabaron siendo devorados por ella, para ser sucedidos por nuevos líderes que al poco terminarían también pasando por el cadalso.

Los acontecimientos de los últimos días en Cataluña y las reacciones que uno, como espectador, alcanza a observar y meditar, dan cuenta de que el famoso procés catalán va adquiriendo el tono y las dimensiones de un movimiento revolucionario. Por todas partes veo amigos y personas que en una situación cualquiera hubieran permanecido al margen de cualquier problema político, y que, poco a poco, van siendo arrastrados por el movimiento inefable de unos astros que –como una mueca de la historia– en Barcelona se han hecho omnipresentes. Sigue leyendo

El dilema de Ned Stark: Game of Thrones y la moral

En Democultura/Pensamiento/Series por

Robert, I beg of you,” Ned pleaded, “hear what you are saying. You are talking of murdering a child.”

El rey, Robert Baratheon, está reunido con su consejo. Les ha llegado noticia de que Daenerys, la última superviviente de la destronada y exiliada dinastía de los Targaryens, se ha casado y está esperando un niño. Sigue leyendo

La Ley al margen de la ley: la insumisión en España

En Cultura política/España por

En 1960, uno de los juristas y filósofos políticos del nazismo, Carl Schmitt, salió en defensa de la democracia ante lo que interpretó como un regreso a las actitudes que permitieron a Hitler cometer las mayores atrocidades en defensa del “más alto valor”, la raza alemana. Lo hizo en una conferencia titulada La tiranía de los valores, en la que advertía de la tremenda imprudencia en que algunos juristas alemanes venían incurriendo durante las últimas décadas al introducir los “valores” descubiertos por la filosofía no solo en las leyes sino incluso en sus decisiones jurídicas, allí donde la ley establecida no alcanzaba a permitir una decisión judicial.

Según Schmitt, el peligro consistía en que “el impulso hacia la validez del valor es irresistible y la contienda de quienes valoran, inevitable“. Un sistema judicial y una política que fundamentase su acción en la lógica del valor, en lugar de en la ley positiva (la aprobada por el poder legislativo) caería en el razonamiento según el cual “el precio más elevado nunca puede ser muy alto para el valor más elevado y tiene que ser pagado”. Sigue leyendo

Sobre la violencia

En Cultura política/Pensamiento por

Acercarse a la obra de Hannah Arendt (1906-1975) suele ser una experiencia tan desafiante como refrescante. Y adulta, cabría añadir. Nunca he tenido la oportunidad de trabajarla “monográficamente” en clase, pero llevo ya dos años animando a su lectura en posgrado. Creo no exagerar cuando digo que la respuesta del alumnado es abrumadoramente positiva: explicar sus ideas, conocer su vida, seguir sus indicaciones y realizar ejercicios de comprensión te lanza de lleno a practicar la filosofía en el siglo XXI superando las estrechas barreras de la especialización y la erudición. Sigue leyendo

La banalidad de nuestro mal (I): Comercio Justo

En Economía/Pensamiento por

Jerusalén, Israel, 1961

Cuando Hannah Arendt fue enviada a cubrir para el New York Times el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, lo único que no descubrió en el líder nazi fue un despiadado asesino, un enfermo mental o un sádico, pese a haber sido uno de los responsables directos de los campos de concentración en los que fueron quemados, fusilados o forzados a trabajar hasta la extenuación millones de hombres, mujeres y niños.

Adolf Eichmann

“Ninguna relación tuve con la matanza de judíos. Jamás di muerte a un judío, ni a persona alguna, judía o no. Jamás he matado a un ser humano. Jamás di órdenes de matar a un judío o a una persona no judía. Lo niego rotundamente –defendió el acusado durante el interrogatorio– Sencillamente, no tuve que hacerlo.” (‘Eichmann en Jerusalén‘, 1961. Hannah Arendt)

La descripción que la filósofa judía hizo de la personalidad de aquel hombre, y que le valió los ataques de quienes la acusaron de tratar de exculparle, fue, a falta de una imagen mejor, la de alguien incapaz de hablar sus propias palabras (“llegaba a constituir un caso moderado de afasia“) que solventaba su problema adoptando las expresiones y esquemas mentales propios del sistema en el que trataba de progresar, la Alemania nazi. Sigue leyendo

Sobre Democresía

por

Democresía nace de una inquietud y una experiencia.

La inquietud, por el ruido constante y la tormenta de datos, acusaciones y efectos especiales que inundan el mundo (político, social, cultural) en que vivimos, haciendo verdaderamente difícil hallar un discurso razonable acerca de lo que ocurre y hacia dónde vamos.

La experiencia, la de una autenticidad vivida en otros ámbitos (la relación con un profesor, las conversaciones preocupadas y sinceras con un amigo, la lectura de un gran libro o la experiencia estética de una película) que puede y debe llegar a permear la crítica periodística y el debate político, a menudo tan atascados en el calculismo que no llegan, por no saber o no querer, a tomar en serio las propuestas políticas y culturales que se les presentan.

En una sociedad que destaca por la sobreabundancia de información, de datos, de sucesos, de manifestaciones y fenómenos muy diversos, nuestra misión es contribuir desde el fondo de armario intelectual y filosófico a dar forma y poner en orden la actualidad a través del análisis, la reflexión y la opinión para facilitar su comprensión. Para ello, tomamos la forma de un blog colaborativo apoyado sobre una comunidad de personas de muy distintos ámbitos profesionales y académicos, a las que unen la misma inquietud y la misma experiencia.

Todo el que escribe en estas páginas lo hace de forma voluntaria, sin más compromiso que el de seriedad, rigor y respeto y sin más intención que aportar unas ideas sobre lo que ocurre que pueden y deben ser pensadas, tanto si son acertadas como si no.

¡Gracias por leernos!

Ignacio Pou

(@IgnacioPou)
Fundador y codirector. Soy un catalán felizmente afincado en Madrid. Agnóstico futbolístico (para mi tranquilidad) pero católico. Periodista en retirada para dedicarse al estudio (y volver a la carga). Amante de la filosofía, la antropología y la política, todo ello enmarcado en una vocación por comprender y comunicar más y mejor.

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Ricardo Morales

(@RMoralesJimenez)
Codirector de Democresía. Emprendedor empedernido, narrador omnisciente de novelas negras, aventurero en chanclas… Periodista. Felizmente padre del demogorgon. A veces soy Espinosa Martínez y suelo pasármelo bien.

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Paula Martínez del Mazo

(@paulamartinezdm)

Periodista y editora de Democresía. Actualmente trabaja en Instituto JHN.

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(@MarcosNogales)
Periodista en paro. Estoy aprendiendo siempre. Me apasionan la política, las causas sociales y la literatura. Soy un poco laísta cuando puedo y acentúo los ‘sólo’ cuando significa solamente. Formo parte del equipo de comunicación de la ONG Proem-Aid y del equipo de edición de Democresía.
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Chema Medina

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Grados en Filosofía y en Derecho; a un año de acabar el grado en Teología. Muy aficionado a la buena literatura (esa que se escribe con mayúscula). Mi abuela dice que escribo muy bien. Me cubro cuando llueve porque si no me mojo, y siempre pienso sentado. Hace años compré esta cartera sin monedero y me asombra que aún lo lamento. Hoy visto un jersey oscuro cuyo color no importa (es siempre la misma historia).

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Javier Rubio

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Licenciado en filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma y doctorando de la misma ciencia en el mismo instituto. Me considero, ante todo, un gran lector. Inclinado por naturaleza hacia las humanidades clásicas y la literatura inglesa, y por vocación a la metafísica y a la lógica. Católico tras las huellas de Newman, Chesterton y Benedicto XVI. Filósofo tras las huellas de Santo Tomás de Aquino y de Aristóteles. Y gran aficionado al mundo de Tolkien.

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Licenciado en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, donde actualmente cursa el programa de doctorado con una tesis sobre el filósofo S. A. Kierkegaard. Desarrollaba su labor investigadora en el (Instituto John Henry Newman) hasta que mudó a Buenos Aires.

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Álvaro Abellán

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Filósofo de la Comunicación, Dr. en Humanidades. Profesor en la UFV. Plumilla, fotero y coach.

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Juan Pablo Serra

Buenos Aires, 1979. Soy “profesor de Filosofía” (los demás juzgarán si soy “filósofo”) en la Universidad Francisco de Vitoria, y trágica e inevitablemente atraído por el pensamiento político, la ficción audiovisual y literaria y, como aficionado, por la música rock. Inspirado por Hannah Arendt, lo que más me interesa es comprender. Lo que más detesto, la palabrería y los tópicos.

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Luis Gonzalo Díez

Profesor y ensayista. Imparte clases en la Universidad Francisco de Vitoria desde el año 2000. Está especializado en la historia de las ideas políticas contemporáneas, campo al que pertenecen sus libros “Anatomía del intelectual reaccionario” (2007) y “La barbarie de la virtud” (2014).

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Valentín Carrera

(@carreravalentin)
Profesor en Next International Business School. Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense, en Ciencias Políticas por la UNED, Master en Community Manager y Social Media por la Universidad de Barcelona y Doctorando por la Complutense. Durante mi carrera profesional he desempeñado el cargo de Subdirector de Informativos de Telemadrid. En la actualidad soy miembro de la Asociación Latinoamericana de Investigadores en Campañas Electorales, ponente en Congresos Internacionales de Comunicación Política y coautor de varios libros
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Sergio Fernández-Riquelme

(@profserferi)
Profesor de la Universidad de Murcia, es historiador, doctor en política social e investigador acreditado en análisis historiográfico y social a nivel nacional e internacional.
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Juan Rubio

(@j_rubiol)
Licenciado en Com. Audiovisual por la UFV, máster en guión y profesor en la UNAV. Actualmente compagina su carrera de guionista con el mundo académico.
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Arturo Encinas

(@ArturoEncinas)
Responsable del Área Audiovisual y ejecutivo de cuentas en Apóstrofe Comunicación desde 2011. Profesor en los grados de Comunicación Audiovisual y Creación y Narración de videojuegos. Cursó estudios de Humanidades, Comunicación, Cine y Matrimonio y Familia. Coautor de “El antifaz transparente. Antropología en el cine de superhéroes” (Ediciones Encuentro, 2016).
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Alfonso Díaz

Licenciado en CC. Económicas por la Universidad de Alicante y estudiante del Máster en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria. Trabaja como economista en la Administración Pública..

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Juan Serrano

(@pakotiya)
Doctor en Humanidades. Profesor en la UFV.
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Borja Negrete

(@Borjanegrete)
Actualmente escribo para el diario El Mundo sobre temas de cine y sociedad. Soy ejecutivo junior en una agencia de comunicación y también colaboro en Radio Internacional. Lector empedernido y lleno de inquietudes. Aprendiz de Humphrey Bogart y de Han Solo. Graduado en Relaciones Internacionales y máster en Comercio Internacional y en Periodismo. He vivido en Nueva York, donde trabajé en el Consulado de España. Mi pasión por las palabras y la escritura tuvo como resultado la publicación de mi primera novela a los 22 años.
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Ana Llabrés

(@Anallab16)
Jurista con espíritu de Mafalda. Apasionada de la literatura y del cine. Siempre dispuesta a salir al encuentro.
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Manuel García-Castellón Álvarez

Nací en Valladolid pero pronto vine a Madrid. Estudié en el Liceo Europeo y en la Universidad Pontificia de Comillas me hice abogado. Por lo tanto, entre los principios de la Institución Libre de Enseñanza y los Jesuitas ha transcurrido mi formación. Lector. Liberal. Orgulloso de poder formar parte de este proyecto.

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Manuel González López

Periodista, politólogo y aventurero a tiempo completo. Afincado en Boadilla del Monte. Amante de la literatura y del cine de verano.

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Íñigo Urquía

(@Inigourquia)
Mientras algunos buscan "El Dorado" de la objetividad en los medios de comunicación, juguemos a analizar qué horizontes de sentido nos presentan sus titulares y mensajes.

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Aarón Cadarso

(@AaronKadars)
 Licenciado en Comunicación Audiovisual con Máster en Cinematografía es un hombre tritema desde que empezó a ir al cine, jugar a la Super Nintendo y chutar violentamente una pelota contra una ventana. Cree que toda película/videojuego/gol debe aspirar a un anhelo trascendente. Se esfuerza cada día en ser el pensador que no piensa en nada. Actualmente oposita para metaforista. En otra vida fue un koala.
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Stefano Cazzanelli

(@Cazza_ste)
Profesor de Filosofía en la Universidad Francisco de Vitoria. Padre, marido y ávido lector. Escribo ocasionalmente en Margini.org.
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Ignacio Medina

Estudiante profesional de Ingeniería de Telecomunicaciones en la Universidad Politécnica de Madrid y profundo admirador de la literatura, aunque ella no me admire a mí. Los que son mis amigos y han sobrevivido para contarlo saben que poseo un gusto alarmante por el cine y todos los beneficios que conlleva.

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Rafael Pou LC

Felizmente consagrado a Dios como religioso legionario de Cristo. INFJ, Libra, 0 negativo; 2% práctico. Entre mis aficiones: amar a Dios, servir a los hombres, conquistar el mundo para Cristo.
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Francisco Delgado-Iribarren

(@FcoDelgadoIrib)
Licenciado en Derecho porque sí y Máster en Periodismo porque me apasiona desde poco después de tener uso de razón. Con vocación de periodista-escritor, he publicado libros de poesía satírica, de poesía lírica, de humor, de viajes y de columnas de opinión. Me interesa mucho la política y casi nada de lo humano me es ajeno.
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Sophie Grimaldi

(@_sophiegrimaldi)

Investigadora y Periodista. Tech & Filosofía. Mis artículos aquí

Diego Martínez Gómez

(@diegomrtg )
Estudio Derecho y Periodismo. Interesado en geopolítica, arte y cultura. Emprendiendo mi viaje a Ítaca.

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David Ortega

(@DavidKatabatik )

Licenciado y Máster en Filosofía. Aventurero nato y amante de los clásicos. Ideológicamente neutro. Mis artículos, aquí aquí

Camilo Porta

Graduado en Derecho y Periodismo. Amante indómito. La literatura, la escritura, el cine y la música guían mis pasos. Colaboro en Radio Internacional y también he publicado una novela titulada Tormenta de verano. Actualmente busco la gran belleza en el fondo de los vasos y ceniceros. Mis artículos, aquí aquí

Irene Solís

(@IreneSolisCobo )
Humanista y Gestora Cultural por la Universidad Carlos III de Madrid. En la actualidad aprendiendo a gestionar el arte en el museo Thyssen de Madrid.
Apasionada por el Patrimonio Cultural que cuenta la historia de cada lugar. Como Harry Potter, soy 'buscadora de la snich dorada', de la bondad del hombre en las humanidades..

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Rocío Linares

(@RLinaresR )

Licencia en periodismo. Entusiasta por naturaleza. Siempre en búsqueda. Mis artículos aquí

Bárbara Barón

(@Barbara_Baron)
Periodista y licenciada en Derecho. Madrileña. Lectora y viajera incansable, aprendiz perenne y discutidora apasionada.
Corresponsal en España de L'Observateur du Maroc y de Pouvoirs d'Afrique y redactora de La Información.

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Jesús Roque Orellana

(@licorellana )
Orgulloso nativo de la Ciudad de México. Abogado de profesión, burócrata por ocupación, luterano, estudioso de la Filosofía, la Teología y la Psicología. Apasionado de las letras, la narrativa histórica, el terror y el horror cósmico, lector asiduo de Nietzsche, Kafka y Lovecraft. Combino la docencia universitaria con la política, atento a Octavio Paz, guardando distancia con el príncipe. Seguidor de Schopenhauer, pero creyente en Facundo Cabral.

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Luis María Ferrández

(@LuisMFerrandez )

Luis María Ferrández, (Madrid, 1977), es Doctor en Ciencias de la información por la Universidad Complutense de Madrid. Compagina su carrera docente con la profesional como guionista y realizador. Es profesor en la universidad Francisco de Vitoria donde imparte varias asignaturas relacionadas con la cinematografía y la narrativa audiovisual. A su vez, es profesor de cine en la escuela de arte TAI. Como guionista, productor y director ha hecho dos películas: “249, la noche en que una becaria encontró a Emiliano Revilla” y “La pantalla herida” y varios cortometrajes de ficción. Ha trabajado en los equipos de dirección de varias películas además de desarrollar proyecto de cine y TV en varias productoras. Es analista de guiones con más de 50 producciones asesoradas en los últimos años. Mis artículos aquí

María Hernández

(@HerMarGat )
El tiempo que empleo en el Periodismo y las Relaciones Internacionales esconde inquietud, un deseo de búsqueda, profundidad y encuentro. Soy algo intensa. Me apasiona conversar, contar historias, abrazar lo ordinario y querer lo extraordinario. Persigo los detalles y la poesía.

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Miguel García Barea

(@miguelGbarea )
Periodista e Historiador formado en la Universidad de Navarra y en la Universidad de Granada. Apasionado de la literatura de no ficción y de las lenguas extranjeras. Puedes leerme en distintos medios digitales o en mi blog: www.miguelgbarea.com

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Pablo Velasco

(@pavelaquin )

Soy editor (¡uhmmm!) de una editorial académica (¡buuuaah!). Acabo de defender una tesis sobre patrimonio cultural inmaterial (lo que hace dudar de la existencia de la misma). Fundador del Tea Party Dylaniano. Aporreo cualquier cosa con cuerdas con mis compinches en The Free Folking. Junto con mi Tercio español persigo ese minuto donde lo Eterno viva, y a veces lo cuento a cuatro manos en Raíz y Copa. Mis artículos aquí

Ricardo Ruiz de la Serna

(@RRdelaSerna )
Profesor en la Universidad CEU San Pablo e investigador asociado del Instituto CEU de Estudios Históricos.

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Augusto Manzanal

Licenciado en ciencia política y de la administración, nací en Buenos Aires y tengo ciudadanía italiana pero mi vida la he hecho en Barcelona donde estudié. Ahora vivo temporalmente en Santo Domingo ya que trabajo en su Ministerio de educación.

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J. Lemon

Arquitecto de la Politécnica de Madrid. He tenido la suerte de trabajar en distintos proyectos en EE.UU. y Alemania. Fotógrafo a medio tiempo y dibujante nocturno.
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Esta revista es editada en Las Rozas, Madrid, por Ricardo Morales  e Ignacio Pou bajo el nombre comercial de La Pipa de Chesterton (NIF:53668025D). ISSN 2605-3810

¿Se puede eludir a la religión?

En Religión por

Con suma agudeza, Borges advertía que “nombrar es olvidar diferencias” y bien sabemos que sobre este axioma se construyen cada uno de los lenguajes. Por ende, el lenguaje es una ficción que estructura la realidad para más tarde percibirla y pensarla. Análogamente, podemos decir que la religión estructura nuestra realidad social para luego construir nuestra propia sensibilidad.

Entonces, si queremos saber porqué nos desagradan determinados sucesos y nos agradan otros, debemos analizar primeramente nuestra fe; fe en tanto apuesta moral, porque aunque la fe dirige su mirada hacia lo celestial, ella misma no constituye ningún misterio sobrenatural. En otras palabras, tenemos fe en una determinada religión de la misma manera que tenemos fe en la lengua española. Pese al “olvido de diferencias” que nos obliga a practicar un idioma, no por ello lo abandonamos; por el contrario, reforzamos la apuesta. En este sentido, veremos que la religión es un hecho tan ineludible como el resto de los lenguajes. Sigue leyendo

Los patrimonios perdidos de la Historia

En Historia por

¿Se pueden crear recuerdos de los hechos pasados para aquellos que no los vivieron? Indudablemente, sí. Mediante la politización de la memoria histórica, la cultura, la educación y los medios de comunicación. Orwell hizo una disección de los totalitarismos en su estancia en España, y es en este país en el que el Ministerio de la verdad está actualmente causando estragos. El presente artículo pretende acercar una reflexión sobre nuevos conceptos en materia de Filosofía de la Historia y la Memoria histórica.

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La metamorfosis del terror: del jacobinismo al yihadismo

En Pensamiento por

El atentado yihadista de Cataluña volvió a poner sobre la mesa la cuestión de la naturaleza de este tipo de terrorismo. Un pensador como Edmund Burke quizá pueda ayudarnos a dirimir esa cuestión en la medida en que su reacción contra la Revolución francesa despliega una serie de visiones y argumentos no desdeñables a la hora de profundizar en la esencia del terrorismo islámico.

Evidentemente, no pretendo decir que, en Burke, se halle la solución del enigma, sino que, en nuestra historia intelectual, disponemos de marcos conceptuales adecuados para dotar de complejidad y hondura a nuestros análisis del presente. Desde la perspectiva del pensador irlandés, cabe descubrir una afinidad entre el jacobinismo y el yihadismo que, con todas las cautelas y matices, dadas las inmensas diferencias entre uno y otro; permite poner el énfasis en la ideología como clave interpretativa fundamental. Sigue leyendo

Se acabó la Transición

En España por

Es verdaderamente difícil poner nombre a las etapas, a las fases por las que pasa una sociedad. Hay algo de etéreo y quizá de falso en pretender caracterizar un momento en la historia de una comunidad por una experiencia concreta que quizás no represente más que a una porción de ella, acaso la de quienes representan el liderazgo y el poder.

Hasta hace no mucho, la historia de los países, de las naciones, la de las iglesias y de los distintos colectivos rara vez era algo más que el relato de las hazañas de sus prohombres, dando pábulo así a la sospecha de que la historia no es en realidad memoria sino cobertura mitológica, justificación y glorificación del poder establecido. Sigue leyendo

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