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Reflexiones de un eremita confinado en familia

En Cuarentena/Pensamiento por

He hallado en mi indolencia de hombre confinado la fórmula magistral de la pedagogía doméstica, aquella urbanidad dulce y relajada de un esmerado paterfamilias. ¿A qué me dedico durante las horas centrales del día y el resto? ¿Qué pensamientos me ocupan? Bueno, este es uno de esos asuntos que solo se pueden afrontar con la bata manchada de tinta. Los lamparones de mi batín, como la barba que me he dejado crecer y que me llega casi hasta la cintura, al igual que la deslucida melena que me cuelga de los hombros y que mi mujer persigue ciega de amor para cortármela mientras duermo, hablan de una existencia lánguida y quimérica. Ya solo leo en posición horizontal y mi olfato divaga sobre qué habrá hoy para comer como principal tribulación de la jornada. La cocina y el dormitorio han sido ocupados física y moralmente por mi espíritu desde que la lentitud de la existencia me ha descubierto pliegues olvidados del alma.

Descanso y leo, como y me acuesto, despierto y me duermo. La vida es sueño y transcurre soñolienta y apaciguada por las infinitas regiones del hogar. Cuánto me pasó inadvertido de la casa en que vivo cuando me dedicaba a ir al trabajo por la mañana y volver por la noche. Entonces el hogar hacía las veces de parada y fonda en el tedioso y mezquino viaje del hombre moderno a sus diarias obligaciones. Ahora estas han sido sustituidas por la más placentera disipación, me empleo a fondo en esta tesitura de disfrazar las horas de logros y hechos que no pasan de ser conjeturas y entelequias de una mente abrumada por el sopor y la felicidad. En torno a ella, doy vueltas y más vueltas como un ratoncillo despreocupado de felinos malignos. Sentirse prisionero en los muros del hogar constituye una experiencia única que nos resarce de virus y enfermedades.

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O la familia o un máster para aprender a mascar chicle

En Asuntos sociales por

Es curioso cómo puede ser tan mal utilizado un producto tan cotidiano y común. En el autobús, en la oficina, en la biblioteca, en la consulta del médico… Su pequeño tamaño y facilidad de transporte, la sencillez de su mecanismo de acción, la posibilidad de poder usarlo y seguir teniendo las manos libres para realizar cualquier otra actividad o su efecto refrescante cuando se ha olvidado el cepillo de dientes, son algunas de las características que vuelven tan popular al chicle.

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ESPECIAL: El aburguesamiento de la familia cristiana

por


Una llamada a integrar en el amor lo público y lo privado

Por Javier Rubio y Ricardo Morales. 15 de noviembre de 2018. Tiempo de lectura: 12 minutos

El 12 de mayo de 2013, sólo dos meses después de ser elegido pastor de la Iglesia católica, el papa Francisco se dirigió al mundo entero en su primera ceremonia de canonizaciones con un mensaje de extraordinaria contundencia.

“¡Cuanto daño hace la vida cómoda!, ¡cuanto daño hace el bienestar! El aburguesamiento del corazón nos paraliza".

El 22  de octubre de 2018, en el contexto de los premios Alter Christus, el profesor de la Universidad Lateranense de Roma y experto en pastoral familiar, Juan José Pérez-Soba, volvió a incidir en este mismo mensaje; agudizado por el avance y vertebración del individualismo en nuestros esquemas sociales y la desvirtuación, desplazamiento y desintegración que la agenda internacional de género propone para el modelo de familia convencional dentro de la sociedad. 

Poniendo en valor las exhortaciones apostólicas publicadas durante estos últimos cinco años por el Papa Francisco, vemos que dicho mensaje -el del aburguesamiento que paraliza el corazón- no solo viene a recoger el eco de la tradición social de la Iglesia, presente en términos similares desde la encíclica Rerum Novarum de León XIII a finales del XIX, sino que además interpela a los católicos y muy en particular a las familias cristianas a vivir de forma coherente la verdad del Evangelio. Esto es: atreverse a responsabilizarse de los dones recibidos,  salir del enclaustramiento individualista que disgrega la unidad familiar y transformar en fuerza creativa el amor que surge en la intimidad del núcleo matrimonial para salir al encuentro del otro.


Si la familia es, según Juan Pablo II, "la esperanza de la iglesia y la esperanza de la sociedad", parece más que pertinente abordar los problemas y soluciones identificados por el actual magisterio de la Iglesia para responder, desde el Vaticano hasta en el corazón de las sacristías, a uno de los grandes anhelos del hombre: vivir en libertad, desde la familia, en donación permanente al otro como cauce para lograr su propia felicidad. 

"El individualismo como principio siempre es infértil, el desarrollo genuino se genera en el encuentro y la apertura hacia el otro".

El individualismo: una herencia lacerante

En el octavo vídeo con las intenciones del Pontífice publicado por la Santa Sede, el papa Francisco pide oraciones “para que las grandes opciones económicas y políticas protejan a la familia como el tesoro de la humanidad”. De hecho, una de las notas características del magisterio del papa Francisco sobre el desarrollo de los pueblos se refiere a la fertilidad de la familia. En este sentido el Sumo Pontífice reafirma la visión de la familia como núcleo del desarrollo de los pueblos y como lugar privilegiado de aprendizaje del bien común que sostenía su predecesor, Benedicto XVI (cf. Caritas in Veritate, n.44). El Papa alemán, a su vez, es heredero de la intuición de Pablo VI y de Juan Pablo II según la cual la “economía” tiene como analogado principal la vida familiar, hasta el punto de que parece imposible entender un proyecto de economía global justo sin considerar antes el conjunto de los pueblos como una “gran familia” (cf. Caritas in Veritate, nn. 7,8 y 50).

El Papa argentino recupera este tema y lo introduce como argumento pivotal, especialmente ante el gran peligro del individualismo o del “aburguesamiento” acomodaticio que promueve la cultura del bienestar en Occidente. El silogismo con que se explica parece claro. 

En primer lugar, que el individualismo como principio siempre es infértil, el desarrollo genuino se genera en el encuentro y la apertura hacia el otro. En segundo lugar, la cultura de la dictadura del bienestar encierra a las familias y a los conjuntos sociales en su propio interés, sumergiéndolos en el individualismo. Esto nos lleva a que la cultura de la dictadura del bienestar impide la fertilidad, el desarrollo que se genera en la cultura del encuentro y de la apertura hacia el otro.

Por supuesto, en este contexto es necesario entender el “desarrollo” no solo en clave económica en sentido estricto, sino en su sentido más amplio. Para ello acaso sea necesario redescubrir el pensamiento de los Santos Padres sobre la “oikonomía” (literalmente, la “ley del hogar”). Igualmente, al hablar de “familia” necesariamente debemos distinguir entre la familia más concreta: la conformada por los padres, los hijos y acaso los abuelos, primos y amigos (Cf. Amoris Laetitia, nn. 194-198); y la que surge de una mirada cristiana sobre el conjunto de pueblos de la Tierra.

Así planteados los presupuestos, el magisterio del papa Francisco ha acentuado la importancia que tiene el desarrollo de la familia y su apertura “al otro” en la doctrina social de la Iglesia.

De forma especial esta enseñanza se ha articulado en tres grandes documentos:

"La familia es el órgano fundamental y primario que impulsa el desarrollo, siempre y cuando descubra su identidad y su misión en el conjunto social más amplio".

1. La Carta Encíclica “Laudato si'”


En esta encíclica del año 2015 el papa Francisco aborda de lleno los principales retos de la Iglesia Católica frente a los principales problemas de las sociedades en la segunda década del siglo XXI. En clara continuidad con el pensamiento de su predecesor, se actualiza el argumentario y se vuelve a enfocar para ajustar la doctrina a los problemas de hoy. En ese documento, el sumo pontífice insiste en presentar el mundo como un hogar y el conjunto de los pueblos como una familia (Cf. Laudato si', n.13). Solo esta mirada familiar sobre el mundo parece poder justificar el reclamo a la equidad de los pueblos (n.52), a la visión de una comunión universal con el mundo (n.89) y la justicia entre generaciones (n.162).


Además la familia es el órgano fundamental y primario que impulsa el desarrollo, siempre y cuando descubra su identidad y su misión en el conjunto social más amplio. En este sentido, la familia es el grupo social primario que debe protagonizar el impulso ecológico ambiental, económico y social (n.142); debe ser la célula básica de todo esfuerzo por alcanzar un bien común integrador, fundamento de toda paz social (n.157); y debe, en fin, ser la escuela principal donde se enseñe y se comprenda la alianza entre los pueblos y entre la humanidad y el ambiente (n.213).


Con este breve repaso parece más que mostrada la importancia de la familia como eje de desarrollo social y económico, según lo explicado en las premisas. Cualquier enfermedad que atente contra la dinámica fértil y creativa de la familia será, por tanto, un cáncer también para el resto de la sociedad.

"El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas".

2. La Exhortación Apostólica “Evangelii gaudium”


Este documento, cuyo tema es el anuncio del Evangelio en el mundo actual, ofrece varios fragmentos muy interesantes de cara al diagnóstico de la enfermedad de la familia actual, especialmente en Occidente. En el capítulo segundo de la exhortación el papa Francisco lleva a cabo una radiografía de la crisis del compromiso comunitario y descubre en la cultura una tendencia alarmante al individualismo y a la protección reductiva del propio interés.


En el número 66 el Papa afirma “En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve especialmente grave porque se trata de la célula básica de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros, y donde los padres transmiten la fe a sus hijos”. Esta “fragilidad de los vínculos” se relaciona directamente con la enfermedad del individualismo: “El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y que desnaturaliza los vínculos familiares” (n.67). El cristianismo es familiar en la medida en que rechaza este individualismo y reafirma su propuesta fundamental de “reconocer al otro, de sanar las heridas, de construir puentes, de estrechar lazos y de ayudarnos «mutuamente a llevar las cargas» (Ga 6,2)” (n.67).


Esta apertura al otro en el ámbito familiar y social brilla con especial luz en el esfuerzo por la consecución del bien común y denota una apertura a la trascendencia: “a partir de una apertura a la trascendencia podría formarse una nueva mentalidad política y económica que ayudaría a superar la dicotomía absoluta entre la economía y el bien común social” (n.205).

“Se teme la soledad, se desea un espacio de protección y de fidelidad, pero al mismo tiempo crece el temor a ser atrapado por una relación que pueda postergar el logro de las aspiraciones personales”.

3. En la Exhortación Apostólica “Amoris laetitia”

Especial relevancia debe tener la exhortación apostólica de 2016, en la que el Papa trata el amor en la familia. El análisis de este documento resulta pertinente especialmente en dos sentidos:


a) En la diagnosis de los problemas que aquejan a la familia en la actualidad, expuestos en clave explicativa y canalizados como “retos”.


El problema fundamental, de nuevo, es el individualismo que impide generar en el núcleo familiar los vínculos necesarios como para que se dé un verdadero desarrollo integral (educativo, espiritual, cultural, ecológico, económico, social, etc.). A la par de este individualismo el Papa detecta una depauperación del matrimonio y una disolución del significado de libertad personal (nn.33 y 34). Esta tensión entre deseo de comunidad familiar y de desarrollo personal adquiere un tinte dialéctico: “Se teme la soledad, se desea un espacio de protección y de fidelidad, pero al mismo tiempo crece el temor a ser atrapado por una relación que pueda postergar el logro de las aspiraciones personales” (n.34).


Otro gran problema, cuya culpa recae en una mala pedagogía cristiana, consiste en la idealización del matrimonio y de la familia a un estado casi inalcanzable de vida. La falta de encuentro con la realidad experiencial de las personas, sus problemas reales -personales y sociales- ha podido generar un estigma de imposibilidad moral sobre la propuesta de familia cristiana (n.36). Otras consecuencias de esta mala pedagogía es la incapacidad para mostrar el matrimonio “más como un camino dinámico de desarrollo y realización que como un peso a soportar toda la vida” (n.37). Se provoca con todo ello la sustitución de toda creatividad interior para afrontar y superar los problemas que atraviesa toda familia por una conciencia doctrinaria que impide -por cuanto pueda tener de imposición- el desarrollo de la familia en la sociedad.


El tercer gran problema analizado es el efecto de la “cultura de lo provisorio” en la familia, con su proceso característico de usar y tirar, consumir y agotar, gastar y romper. Se trata de una enfermedad que, generándose en la familia, corrompe todo el modus vivendi occidental: en las relaciones sociales, en las relaciones económicas y contractuales, en la relación con el medio ambiente. El Santo Padre advierte en esta enfermedad una clara relación con el individualismo: “quien utiliza a los demás tarde o temprano termina siendo utilizado, manipulado y abandonado con la misma lógica. Llama la atención que las rupturas se dan muchas veces en adultos mayores que buscan una especie de «autonomía», y rechazan el ideal de envejecer juntos cuidándose y sosteniéndose” (n.39).


Junto a esta falta de sostén y de sostenibilidad se encuentra la falta de provisionalidad que impide a la generación joven contar con las suficientes seguridades como para comenzar un proyecto familiar. Cuando incluso no se llega a incentivar lo contrario. Esto denota en la sociedad una ceguera que imposibilita descubrir el tesoro que supone la “familia tradicional” (n.40). Esta promoción de formas de vida contrarias a la familia -centradas en propuestas ideológicas o en el encumbramiento de la “autonomía”-, unida a políticas de control de la natalidad o de salud reproductiva, “no sólo determina una situación en la que el sucederse de las generaciones ya no está asegurado, sino que se corre el riesgo de que con el tiempo lleve a un empobrecimiento económico y a una pérdida de esperanza en el futuro” (n.42).


Ante estos problemas el Santo Padre evidencia una alevosa falta de atención por parte de las instituciones sociales y políticas: “Con frecuencia, las familias se sienten abandonadas por el desinterés y la poca atención de las instituciones. Las consecuencias negativas desde el punto de vista de la organización social son evidentes: de la crisis demográfica a las dificultades educativas, de la fatiga a la hora de acoger la vida naciente a sentir la presencia de los ancianos como un peso, hasta el difundirse de un malestar afectivo que a veces llega a la violencia” (n.43).


Otros grandes problemas de esta concepción individualista y consumista -protector ante todo del propio interés- que afecta a la sociedad occidental y a tantas familias cristianas, son: la falta de una vivienda digna (n.44), el desarraigo de miles de niños (cuando no la decisión del aborto o problemas como el abuso sexual) (n.45), las migraciones y la precariedad de sus condiciones de vida (n.46), la precaria situación de la atención a personas con discapacidad (n.47), el abandono a los ancianos y la eutanasia (n.48), y la miseria y exclusión social (n.49).


b) En las pautas que ofrece para transformar a la familia en el centro del desarrollo y de la promoción social.


Para superar estos retos, el Papa Francisco propone en primer lugar la transformación de la familia en una genuina “iglesia doméstica” (cf. Lumen Gentium, n.11), que descubra en el amor trinitario un modelo de amor que no se agota en sí mismo sino que tiende a irradiarse: a crear, a redimir y a santificar. En la familia “se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de la propia vida” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1657)»” (n.86). La alianza establecida en el sacramento del matrimonio -frente a los testigos, que simbolizan la presencia de la comunidad cristiana- garantiza que la familia sea siempre un bien para la Iglesia (gran familia de familias) y, a su vez, que la Iglesia sea siempre un bien para la familia (n.87).


Es precisamente en la familia donde nace el amor matrimonial que nutre a la Iglesia y que sirve de principio cristiano para dar sentido a la procreación y educación de los hijos y, consiguientemente, al desarrollo y la promoción de la sociedad. “La belleza del don recíproco y gratuito, la alegría por la vida que nace y el cuidado amoroso de todos sus miembros, desde los pequeños a los ancianos, son sólo algunos de los frutos que hacen única e insustituible la respuesta a la vocación de la familia, tanto para la Iglesia como para la sociedad entera” (n.88).


En segundo lugar, la familia es germen de fecundidad ampliada: “Conviene también recordar que la procreación o la adopción no son las únicas maneras de vivir la fecundidad del amor. Aun la familia con muchos hijos está llamada a dejar su huella en la sociedad donde está inserta, para desarrollar otras formas de fecundidad que son como la prolongación del amor que la sustenta” (n.181). Así la familia descubre su vocación en el amor no solo de puertas para adentro, sino también hacia afuera, hacia la sociedad: “La familia no se debe pensar a sí misma como un recinto llamado a protegerse de la sociedad. No se queda a la espera, sino que sale de sí en la búsqueda solidaria. Así se convierte en un nexo de integración de la persona con la sociedad y en un punto de unión entre lo público y lo privado. Los matrimonios necesitan adquirir una clara y convencida conciencia sobre sus deberes sociales” (n.181).


Una condición para que se dé esta “fecundidad familiar ampliada” consiste en la cercanía y sencillez, evitando destacar sobre el resto de la sociedad como una familia rara (n.182); y consiste también en responder el llamado a “sanar las heridas de los abandonados, a instaurar la cultura del encuentro, a luchar por la justicia” (n.183).


Este llamado se concreta en una reconstrucción doméstica del mundo, de forma que promueva la apertura y la solidaridad familiar, especialmente con los más desafortunados de la sociedad. Esta apertura no solo consiste en la donación de bienes o en la limosna, sino sobre todo en la aceptación del otro como hermano tejiendo una amistad real con quien lo está pasando peor (n.183).

"La familia no se debe pensar a sí misma como un recinto llamado a protegerse de la sociedad. No se queda a la espera, sino que sale de sí en la búsqueda solidaria".

4. Conclusión

Concluimos esta reflexión con una bella cita de esta exhortación apostólica que responde al problema de la infertilidad de la cultura individualismo en las familias y en la sociedad:

“Con el testimonio, y también con la palabra, las familias hablan de Jesús a los demás, transmiten la fe, despiertan el deseo de Dios, y muestran la belleza del Evangelio y del estilo de vida que nos propone. Así, los matrimonios cristianos pintan el gris del espacio público llenándolo del color de la fraternidad, de la sensibilidad social, de la defensa de los frágiles, de la fe luminosa, de la esperanza activa. Su fecundidad se amplía y se traduce en miles de maneras de hacer presente el amor de Dios en la sociedad” (Exhortación Apostólica “Amoris laetitia” - n.184).

Este artículo, al igual que los contenidos audiovisuales que figuran en el especial, pertenece a Democresía y sus autores. Cualquier reproducción, total o parcial, deberá ir adecuadamente referenciada y tendrá que ser notificada al medio con la debida antelación a la espera de su total consentimiento.

Un lugar llamado familia (antropología demográfica)

En Asuntos sociales por

“El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina ni un comercio ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia”. Gilbert Keith Chesterton

Regiones donde mueren más personas de las que nacen, donde miles de pueblos pequeños desaparecen o están en riesgo, donde las personas mayores son el rostro mayoritario de parques y jardines; podría ser el escenario tras una guerra, tras una catástrofe natural. Sociedades donde la palabra hermano es cada vez menos conocida y usada, donde ser padre o madre se excluye crecientemente del itinerario vital, y donde ser abuelo es, estadísticamente, una posibilidad cada vez más remota; podría ser el escenario de una novela distópica, de una película de ciencia ficción. Lugares donde la mutación antropológica de la demografía contemporánea tiene lugar, como realidad, positiva o negativa según su valoración ideológica, de numerosos países de Occidente u occidentalizados.

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La familia de Odiseo

En Literatura por

Cuando nos sumergimos en la lectura de los clásicos, especialmente los grecolatinos, nos encontramos ante una bifurcación difícil. En un póster motivacional leí alguna vez que la diferencia entre lo ordinario y lo extraordinario está en ese “extra”. Yo creo que algo parecido ocurre en esta bifurcación: las obras se pueden leer sin más, o -con ese pequeño “extra”- pueden ser el núcleo de una rica reflexión. Tomemos la segunda vía y empecemos el viaje. Sigue leyendo

Chesterton: vivir en familia supone «entrar en un cuento de hadas»

En Amor y sexualidad/Asuntos sociales/Dialogical Creativity por

«La defensa más común de la familia es que, en medio de las tensiones y cambios de la vida, resulta un sitio pacífico, cómodo y unido. Pero es posible otra defensa de la familia, y a mí me parece evidente; consiste en decir que la familia no es ni pacífica, ni cómoda ni unida. […] La razón es obvia. En una comunidad grande podemos elegir a nuestros compañeros. En una comunidad pequeña nuestros compañeros nos vienen dados». Así comienza G.K. Chesterton La familia como institución en el mundo moderno, uno de sus muchos artículos en defensa de la familia.  Sigue leyendo

What Remains of Edith Finch: la familia a través del videojuego

En Videojuegos por

Edith camina despacio por un sendero encharcado, el cielo gris apaga el bosque tranquilo. No se escucha nada salvo sus pausadas pisadas. Una melancólica brisa acaricia su frío rostro como indicando que levante su mirada del camino. A lo lejos, entre las copas de los arboles, puede distinguir la inigualable silueta de lo que antaño fue su hogar. Un remanso de paz y de amor que no conoció limites y donde ahora, absorbido por el libre sonido del bosque le espera en silencio su llegada. Siete años han pasado desde que Edith abandonara su hogar repentinamente. En el testamento, su madre le dejó una única llave pero  no le dijo para que servía. Sigue leyendo

Chesterton: vivir en familia supone «entrar en un cuento de hadas»

En Dialogical Creativity por

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La familia de Piotrek

En #RumboJMJ16/Asuntos sociales por

Wroclaw

Martes 26. 1:17 de la mañana. En el pasillo de una casa de Carmelitas. En mitad de alguno de los muchos bosques que rodean Cracovia.

Me encuentro en chanclas, con un pijama de pelotillas de un morado insoportable (gracias abuela por el regalo), con una camiseta del siempre aséptico Primark y una sudadera de capucha marrón que me da un toque, o a mi yo de madrugada se lo parece, al Zuckerberg en su época de pringado total en Harvard.

Un sacerdote ronca de tal manera que parece que está catalizando las confesiones de la jornada. Eso o alguien le ha clavado una lanza en el costado y no nos ha querido decir nada. Sigue leyendo

La familia y uno menos

En Amor y sexualidad/Asuntos sociales/España por

Hace algo más de medio siglo, en nuestra memoria audiovisual blanquinegra, España buscaba a Chencho, unida en torno a La gran familia, la saga familiar del aparejador Carlos Alonso (inolvidable Alberto Closas), su esposa, el abuelo Pepe Isbert y los dieciséis hijos que llenaban de vida el pequeño apartamento y la gran pantalla. La familia se fue encogiendo y estirando con el siglo XX hasta transitar por La familia y uno más o La familia, bien, gracias y La gran familia … 30 años después, cuando solo los problemas crecían y la familia menguaba.

Hoy nuestro espejo sentimental se parece más a aquella otra Familia a la carta de Fernando León de Aranoa, la cinta de 1996, en la que ya se apuntaba hacia esa familia caleidoscópica (¿familias?), familias de ficción y fragilidad que incluyen como condición de felicidad tener perro y, al menos hasta que las posibilidades económicas lo permitan, pasan palabra cuando les preguntan por los hijos. Sigue leyendo

En defensa del Parlamentarismo: de los espacios de copertenencia a la representación indirecta

En Cultura política por
Parlamentarismo Cortes de Cádiz Salvador Viniegra

Desde hace algunos años se recurre mucho a la comparación de los acontecimientos de nuestro siglo con los del periodo de Entreguerras del anterior. En términos generales, el populismo de derechas se ha identificado con el fascismo y el de izquierdas con el comunismo, y dentro de nuestras fronteras, se buscan parecidos de políticos conservadores con Franco, se analiza la “podemización” del PSOE a la luz de la “bolchevización” de este partido en los años treinta, o se rastrea la conexión entre Puigdemont y Torra con Macià y Companys. Todo ello en función de la ideología del analista, a veces con acierto y otras con propaganda, y no solamente en la política: gran parte del mundo ha redescubierto la mal llamada “Gripe Española” de 1917 a raíz del Coronavirus, y algunas marcas han resucitado en sus anuncios comerciales el espíritu de los Felices Años Veinte para transmitir optimismo en la venta de sus productos.

Estos análisis son muchas veces derivación del anacronismo, una tentación que siempre acecha al observador del mundo. Pero como escribía Jacques Maritain, “todo error encierra una verdad”. Es decir, todo lo malo o equivocado suele tener un atisbo de bien, indicándonos una tendencia del ser humano que, por la razón que fuere, no se ha desarrollado correctamente. En el caso del pensar anacrónico, nos anuncia que la persona es un animal histórico, y detectarlo a tiempo nos invita a buscar similitudes con el pretérito que hagan de la historia Magistra vitae en lugar de arma política. Con esta intención me gustaría reflexionar sobre un aspecto que me parece de los más característicos de la política actual, y que se presenta al comenzar los años veinte del siglo XXI con unas notas similares –aunque por supuesto, para nada idénticas– a las que eran evidentes en los del XX: la crisis del parlamentarismo. Y lo haré esencialmente de la mano de alguien que lo analizó por aquel entonces, y cuyas reflexiones siempre intento traer a colación por lo perspicaces que fueron: José Ortega y Gasset.

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Ignatius Reilly Jr.: “La guerra cultural se acabará cuando se extingan los progres”

En Asuntos sociales por
carrito perro

Nota del editor: Reaparecen en estas líneas dos viejos conocidos democresianos en un diálogo que acaso nunca haya tenido lugar pero que, por su interés, nos dignamos a reproducir. Se trata de una entrevista que el abominable Gregorio Samsa, responsable de algunas polémicas, como la que encendió al mismísimo Jorge Bustos, mantiene con otro personaje despreciable que figura entre nuestros colaboradores: don Ignatius Reilly Jr. Tras algún tiempo sin dejarse ver por estas páginas, nos afligen con una intervención conjunta que ofrecemos al lector para que haga con ella lo que juzgue conveniente.

***

Ignatius, hace ya algún tiempo abandonaste la primera línea de fuego en esta batalla cultural, y somos muchos los que nos preguntamos: ¿por qué lo dejaste? 

Hice números.

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Habitar la propia vida: el espacio, las personas, el presente

En Antropología filosófica/Pensamiento por
habitar la propia vida

El ser humano es por naturaleza un ser que habita, un ser que transforma la realidad no solo con el fin de obtener cosas útiles, sino con el afán de dejar su huella en el mundo, de dejar algo de sí mismo en la realidad. Vosotros mismos cuando habéis llegado a vuestro cuarto, aquí en el Colegio Mayor lo habéis habitado, lo habéis llenado de fotos de vuestros seres queridos y de objetos que siendo poco útiles os son muy preciados pues forman parte de vosotros, dicen algo de vosotros, de quiénes sois y de qué es lo que os importa en este mundo; desde la bufanda del Real Madrid que cuelga del corcho de la pared, hasta la claqueta que adorna el escritorio recordando las noches de Butaca C. Allá donde moramos dejamos huella, imprimimos algo de quiénes somos en la realidad, la hacemos nuestra, nos pertenece a la par que le pertenecemos a ella.

[Este texto procede de la lectio inaugural del curso 2020-2021 del Colegio Mayor UFV, que ha sido editada para su publicación aquí]

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Resistir la civilización

En Asuntos sociales/Religión por
civilización

Los hombres no tan valiosos habrán experimentado alguna vez este estrangulamiento mío, este estrechamiento íntimo, tan distinto al de quien apenas ha olido aún las delicias de la perfección humana, pero sí se ha convencido de la podredumbre que lo rodea.

Somos unos románticos, enajenados en visiones futuribles de una comunidad dichosa, caminante hacia la belleza que puede salvarla, e integradora en su seno maternal de los débiles y los fuertes.

Somos unos idealistas que esperamos lo que creemos que no ha de llegar, y ese deseo de álgidas bondades es el que nos constriñe una y otra vez a la umbría realidad, cuando nos enfrentamos contra el imponente Saturno que nos resiste, para después, vencidos en la noche de la ciudad posmoderna, devorar nuestra entraña.

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La perspectiva religiosa frente a la perspectiva ideológica: una reflexión en torno a Fratelli tutti.

En Pensamiento/Religión por

La última encíclica del papa Francisco, Fratelli tutti, ha generado reacciones de todo tipo. En la línea de lo que viene siendo habitual en el mundo político desde los inicios de su pontificado, entre posiciones de izquierdas se le ha dado la bienvenida, mientras que el liberalismo de derechas –no así el conservadurismo u otras tendencias de esta familia– se ha apresurado a condenarla. Tanto unos como otros han puesto el centro de atención en la crítica que el Sumo Pontífice ha vertido sobre el llamado “neoliberalismo” y la globalización económica, coincidiendo en la afirmación de que Francisco es un papa alineado con el populismo o, al menos, el socialismo. Pero una lectura detallada de la Encíclica indica que esta interpretación es equivocada. En este artículo no ofreceré ningún análisis de la misma, porque considero que siempre que deseamos saciarnos de conocimiento lo mejor es acudir a las fuentes, y el Papa expresa mucho mejor que yo lo que quiere decirnos. Solamente reflexionaré sobre una cuestión que explica los equívocos que ha generado: la perspectiva desde la que debe ser analizada, que es religiosa y no ideológica.

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La filosofía de Byung-Chul Han, una aproximación

En Antropología filosófica/Pensamiento por
filosofía de byung-chul han

La filosofía quizá no está de moda, pero el filósofo surcoreano Byung-Chul Han sí. Y es que existen pocos pensadores vivos tan mediáticos, como este coreano educado y afincado en Alemania. Su éxito radica en que ha sido capaz de explicar, con una claridad que se agradece, la situación existencial del hombre del siglo XXI. Byung-Chul Han es ante todo un radiólogo de las sociedades occidentales, un pensador atípico, un romántico con alma oriental. Sus ensayos breves, con un tono divulgativo que huye del academicismo, así como su lenguaje claro y repetitivo, le convierten en un autor accesible y popular. 

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El estudiante al que Franco le impidió ser Notario

En España por

Desayuné no hace mucho con un amigo mío en un hotel de Nueva York. El Covid aún no era ni la sombra de una idea. Quizá fuese insustancial especificar la ubicación, pero en este mundo de redes sociales y ¨postureo¨, creía fundamental agasajar al lector con un escenario pequeñoburgués para mi primera colaboración.

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El ocaso de los ídolos

En Pensamiento por

En la adaptación cinematográfica de Luciano Visconti de Muerte en Venecia (novela homónima de Thomas Mann), podemos ver cómo el eje de la cinta gira en torno al proceso de destrucción espiritual del protagonista, Aschenbach, por su enamoramiento de un joven polaco durante su estancia en Venecia. Durante los compases finales de la película vemos cómo Aschenbach, quien para la belleza era fruto de la mesura y el equilibrio moral, queda derrotado por Tadzio que, como Dionisos, representa el éxtasis y el desorden moral. La muerte del compositor representa simbólicamente la muerte de la Europa que había reinado hegemónicamente, cultural e intelectualmente, hasta el siglo XX.

Fiedrich Nietzche, quien oponía el concepto de cultura al de civilización, nos alerta en su obra El ocaso de los ídolos o cómo se filosofa a martillazos (1887), que la cultura occidental está viciada desde su origen, porque tiende hacia la racionalidad y el dogmatismo, donde el ser no puede expresar su voluntad artística de manera plena, revelada en el terreno de lo irracional. La civilización moderna solo había traído, para el filósofo alemán, un mundo estéril donde el ser humano queda constreñido a un Estado que corrompe su alma. Precisamente el mensaje final de Zaratustra apunta hacia el mismo camino: naturalizar al hombre y liberar su cuerpo.

El triunfo de Tadzio sobre Aschenbach es el triunfo de lo dionisiaco sobre lo apolíneo, que, para Nietzsche, significa la muerte de Dios y el reconocimiento de que el cuerpo es lo único real (relacionado con el concepto de “superhombre”). De esta manera, Nietzsche funde la “filosofía de la vida” como afirmó Max Scheler y Heidegger; un proyecto de cariz vitalista.

En un texto publicado póstumamente, La voluntad de poder, Nietzsche predice lo que sucederá en la sociedad moderna en unos siglos: el advenimiento del nihilismo. Ello traerá la muerte de Dios y la destrucción de los grandes metarrelatos que habían sostenido los pilares de la civilización europea desde Kant, confiando en la ciencia como único medio para alcanzar el progreso. De esta forma, el hombre requiere de nuevos valores, y, por consiguiente, debe experimentar el nihilismo de la pérdida de los viejos. Esto provoca la búsqueda de un nuevo propósito, algo imposible de discernir en el mundo posmoderno, en permanente estado de inestabilidad, donde el ser humano queda arrinconado por una era tecnológica que avanza a mayor velocidad que su voluntad.

Como luego apuntaría Camus, Nietzsche señaló que la energía destructiva no era suficiente: era necesario un eros creativo guiado por un proyecto vital sólido. Un proyecto que implicara una libertad absoluta alejada de la tiranía social que, en muchos casos, puede derivar hacia populismos estériles y destructores si esa tiranía es alentada por los poderes fácticos del Estado y la mass media del país para sacar rédito del sujeto; esa “tiranía de los hombres malos” que Quentin Tarantino señalaría en la cinta Pulp Fiction y pondría en boca de Jules Winnfield, interpretado de manera magistral por Samuel L. Jackson.

El sistema actual, los medios de comunicación y las redes sociales alientan esa tiranía social que puede llevar a destruir nuestro pasado y nuestro contexto, que, al fin y al cabo, es lo que constituye nuestro ser, como afirmara Ortega y Gasset siguiendo la estala dibujada por Nietzsche. Ese nihilismo destructor, y no creador, es el que vemos desde hace unos años en la civilización moderna. Primero, desde la interpretación extremista y violenta que se hace del Corán por parte del yihadismo, que ha traído consigo la destrucción de todo el territorio islámico, desde un punto de vista moral, espiritual y artístico. Segundo, desde diferentes grupos del establishment nacionalista, destruyendo cualquier huella cultural que no favoreciera la construcción de un relato propio, imprescindible para satisfacer sus aspiraciones por alcanzar el poder político, económico y cultural. Y tercero, de manera más reciente, retirando las estatuas que representan las figuras más relevantes de la historia moderna y que nos recuerdan quiénes somos.

Ahora toca en Estados Unidos, donde se retirará, a petición de los demócratas de California, una estatua de mármol que muestra a Cristóbal Colón pidiendo financiación a la reina Isabel la Católica para su viaje a América. Con la muerte George Floyd, Estados Unidos, ese país en el que, como diría el propio Lorca cuando viajó por primera vez a Nueva York, todo resulta demasiado confuso, se embarca en un nuevo crepúsculo. Como reclamó recientemente el hermano de George Floyd, “cesen su empeño en crear una guerra valiéndose de la sangre de mi hermano”. Sin embargo, desde el otro lado del Atlántico presenciamos atónitos cómo, al igual que Herbert en La caída de los dioses (1969) de Visconti, el ocaso de los ídolos simboliza la destrucción del ser-en-el-tiempo, de la misma manera que el protagonista de la cinta veía como su familia era destruida por el nazismo. Tal y como señaló recientemente el escritor francés Michel Houellebecq, el fin del confinamiento puede sumergirnos en un nuevo mundo, un mundo algo peor, como la civilización europea de los años 30 tras el Crack del 29. El resto, como siempre, es historia. Y desventurado aquel que viaje hacia lo dionisiaco sin conocer su legado porque jamás alcanzará Ítaca.

Utopismo y anacronismo

En Cultura política por

Una consecuencia colateral de las protestas raciales –o más bien revisionistas– en Estados Unidos está siendo la destrucción y el derribo de estatuas. Las efigies de héroes confederados son bajadas de sus pedestales al mismo tiempo que corren esta misma suerte descubridores como Cristóbal Colón o, lo que evidencia con más fuerza la ignorancia de los nuevos talibanes, un gran defensor de los indios como fue San Junípero Serra. Además, este aquelarre iconoclasta no se limita a Estados Unidos. También en la Mallorca natal del ilustre fraile se ha vandalizado su imagen, y en Barcelona algunos proponen derribar la efigie del que fuera almirante de la Mar Océana. Esto último me ha llamado particularmente la atención, porque refleja que el sectarismo ideológico no solamente desprecia el pasado, sino también la identidad de las poblaciones. El Colón que guarda el puerto de Barcelona desde 1888 es un símbolo de la ciudad, casi tanto como la Estatua de la Libertad lo es de Nueva York, o por lo menos así lo han visto siempre quienes han llegado por mar a la Ciudad Condal. Cuando era pequeño mi familia menorquina me contaba que el “¡tierra a la vista!” que gritaban con entusiasmo cuando navegaban desde Mahón era “¡Ja veuen a Colon!”, y yo mismo pude disfrutar esa sensación la única que vez que he tenido la posibilidad de seguir esta ruta.

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La caída de Skywalker: errores y aciertos de una franquicia cinematográfica

En Cine por

Hace medio año se estrenó El Ascenso de Skywalker, la última entrega de la saga de La Guerra de las Galaxias, una serie de películas tan popular que no es necesario presentarla. Con ella son ya nueve las cintas que integran la colección, amén de numerosas series, novelas y videojuegos que expanden su universo. Sin embargo, lo más interesante de esta última película no ha sido el cúlmen de una historia que se ha alargado por décadas, sino el haber constatado la desafección que gran parte de la comunidad de fans siente hacia lo que una vez fue el objeto de su admiración. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

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China global: comunismo, capitalismo y nacionalismo

En Economía/Mundo por

Estudia el pasado si quieres pronosticar el futuro

Kung Fu Tzu (Confucio)

Globalización china

Fueron los primeros en padecerla y los primeros en controlarla. En China nació la pandemia del Coronavirus, que superó rápida y eficazmente con supuestamente pocas victimas (en comparación con otros grandes países) y con secretos oficiales que supuestamente nunca existieron; e incluso se daban el lujo de enviar ayuda sanitaria a naciones necesitadas, a ganar dinero con las mascarillas y respiradores tan deseados, y reírse públicamente de los afectados y divididos EEUU de Donald Trump.

La República popular de China quería, y quiere, ser la primera potencia global y esta pandemia global era otra oportunidad. Porque durante el siglo XXI ha lanzado un gran proyecto económico, político, tecnológico y propagandístico para conseguirlo. El tercer país más grande del mundo por territorio, y el segundo por población, quiere sustituir a los EEUU como líder internacional, demostrando que una nación aún definida como comunista puede ser fortaleza capitalista (desde su peculiar versión) y referente nacionalista a nivel geopolítico (frente al hegemónico eje euroatlántico y sus miembros liberal-progresistas)

La Globalización parece que le ha venido como anillo al dedo. Al contrario de sus “hermanos soviéticos”, la China comunista sobrevivió a la caída del Muro del Berlín (como su vecina Vietnam), pero no como país colectivista subdesarrollado (de Cuba a Corea del Norte) sino como peculiar artefacto comunista-capitalista-nacionalista, capaz de adaptarse a un entorno aparentemente hostil no solo para subsistir, sino para vencer, e incluso convencer, ante la simple necesidad de usar y tirar (de bienes a relaciones, de valores a lealtades) en la que parece haberse convertido el mundo globalizado.

Existen tres claves interrelacionadas que harían obsoletos los manuales clásicos de ciencia política: comunismo, capitalismo y nacionalismo. Pero, ¿puede ser un Estado que apela al socialismo de partido único tener un sistema productivo más o menos capitalista?, ¿pueden capitalismo y comunismo encontrar puntos de encuentro sin desafiar a la lógica?, ¿y un régimen de supuesta naturaleza proletaria e internacionalista puede ser orgullosamente nacionalista o realmente no es ni verdadero comunismo ni auténtico capitalismo, sino solo un nacionalismo autoritario de élite restringida que se aprovecha del pasado y del presente para mantenerse?.

Posiblemente la respuesta a estas preguntas sea que no interesa una respuesta: pese a las diferencias ideológicas o a los distintos derechos humanos defendidos, da igual lo que sea o pueda ser quién nos fabrica nuestros artilugios, quién nos vende nuestras necesidades o quien nos enriquece con sus costos. Ahora y casi siempre.

Comunismo

“La vía china al socialismo”. Este es el lema de un régimen doctrinal, simbólica e institucionalmente comunista desde su fundación, que en el art. 1 de la Constitución se autodefinía, ni más ni menos con los ojos de hoy, de la siguiente manera: “la  República Popular China (RPCh) es un Estado socialista bajo la dictadura democrática popular, dirigido por la clase obrera y basado en la alianza obrero-campesina”.

El 1 de octubre de 1949, el líder comunista Mao Zedong proclamó el nacimiento de la RPCh. Tras la mítica “Larga Marcha” y la victoria de su Ejercito popular de Salvación en la Guerra civil china (1927-1949) frente al Kuomintang (o Partido Nacionalista Chino), se implantó una variante del comunismo estalinista en boga en las tierras del legendario Imperio (Zhōnghuá dìguó).

Hasta 1976 el país estuvo bajo el férreo control del “fundador” Mao y sus sueños de una total, revolucionaria y utópica transformación colectivista de la China rural, tradicional y atrasada. Llamado como el “gran timonel”, Mao aplicó una ingeniería político-social sin ningún tipo de escrúpulo moral, entre la colectivización a gran escala y la depuración sistemática de todo real o posible disidente, como se demostró en sus grandes campañas represivas: la primera estrategia “para suprimir contrarrevolucionarios”, el posterior programa “Tres Anti y Cinco Anti”, el sistemático “Movimiento antiderechista”, el tremendo “Gran Salto Adelante”, y la final y dramática “Revolución Cultural”.

Ante las evidentes dificultades económicas del sistema y la represión masiva insostenible, su sucesor Deng Xiaoping (1978-1989) encabezó un gobierno limitadamente aperturista (especialmente en lo económico, como veremos) que mostró sus contradicciones tras la persecución de las revueltas estudiantiles de Tiananmen. Por ello Jiang Zemin (1989-2002), Hu Jintao (2002-2012) y Xi Jinping (desde 2012) buscaron mantener la supervivencia del sistema acrecentando el contenido capitalista (bajo especial control del Estado) y nacionalista (sobre la mayoritaria etnia Han) del mismo. Desde el crecimiento económico como legitimación popular, la propaganda pública masiva como adoctrinamiento, la cooptación de elites empresariales en el seno del PCCh, la influencia geopolítica en el pretendido mundo multipolar, y una represión más selectiva apoyada en los comités vecinales y la censura oficial (especialmente desde 1996 con el llamado “Gran cortafuegos” de internet).

Capitalismo

La gran fábrica del mundo. Bajos salarios, escasas condiciones laborales, pocos controles medioambientales, disciplina productiva férrea, imitación a gran escala o uso intensivo de recursos naturales; condiciones que hacían de China el productor bueno, bonito y barato que inundaba de productos nuestras estanterías.

Todo comenzó en 1979, con un programa radical de reformas económicas ante la crisis casi terminal a la que abocó el sueño de Mao. Programa inscrito dentro del plan del periodo llamado como “Boluan Fanzheng” (o “eliminar el caos y volver a la normalidad”), impulsado por la facción reformista del PCCh, con el objetivo de superar los errores brutales de la “revolución cultural” de Mao y dar bienestar a la ciudadanía empobrecida a cambio de renovada lealtad. De la mano de Deng Xiaoping se aprobó el nuevo programa definido bajo el ideal de “socialismo con características chinas”, buscando transitar progresivamente de la estricta planificación colectivista (que hundía todos los indicadores) a una peculiar economía socialista de mercado (que garantizase primero el suministro básico, y después cierta expansión). Las hambrunas masivas y los problemas de financiación de esa época permitieron a esta nueva generación impulsar la inevitable aunque restringida transformación: inicialmente mediante la descolectivización urgente de la agricultura, la búsqueda de inversores extranjeros y el primer permiso para abrir pequeñas empresas privadas; y años más tarde con la privatización un notable porcentaje de la industria estatal, la eliminación del control de precios, y la exigida apertura de las políticas proteccionistas. Un proceso siempre dirigido por el PCCh que, entre avances y retrocesos (como tras la represión de Tiananmen, o bajo la etapa más estatista de la administración “Hu-Wen” de Jintao y Jiabao), entre 1978 y 2010 llevó a un crecimiento histórico de la economía china con una media del 9,5% anual, y al país desde 2014 al primer puesto como potencia industrial y exportadora y al segundo puesto de la lista mundial de PIB nominal. Un proverbio chino podría ser claro al respecto: “cuando el dinero habla, la verdad calla”.

Pero ésta fábrica comenzó a tener tiendas. Ya no solo fabricaban para las empresas occidentales a bajo costo, sino que sus negocios eran parte de nuestra vida, desde el ya muy habitual restaurante chino de menú económico y estándar, al bazar chino de horarios imposibles y amplísima oferta o al polígono de almacenes chinos donde se puede comprar de casi todo; e incluso sus marcas empezaban a ser referentes de nuestra elección por sus precios supuestamente baratos: móviles de Xioami o Huawei, electrónica de Lenovo o Anker, electrodomésticos de Haier o Hisense, videojuegos de Cheetah o Elex, y comercio en las aplicaciones de AliBaba. Y fábrica que se usaba también, al estar bajo supervisión o bajo capital estatal, como herramienta de influencia geopolítica mundial, especialmente bajo la presidencia de Xi Jinping; a ello respondían las impresionantes inversiones en África en búsqueda de recursos naturales (como las “tierras raras”), o el sueño de la “Nueva ruta de la Seda” para interconectar, más económica y rápidamente, Europa y Asía.

Nacionalismo

Comunismo y capitalismo necesitan de una Nación a la que dominar y representar, y a la que poner a trabajar y a consumir. Una Nación que debía ser la continuación de una civilización milenaria, que tenía que ser uniforme internamente (en su lengua y sus símbolos), que debía ser diferenciada de vecinos y adversarios, y que tenía que proteger su “espacio vital”.

En primer lugar mediante una identidad uniforme, construida y difundida a través de la lengua común y oficial, como el “mandarín” (frente al chino yue o cantonés, y a dialectos variados y minoritarios), y con una etnia mayoritaria, como los “han” (con la que “repoblar” tierras uigures o tibetanas, y asimilar a los manchúes, miao o zhuang). Y en segundo lugar, dominando el llamado “espacio vital chino”, que comprendía la integridad territorial de un vasto país y sus zonas tradicionales de influencia. Controlando por ello, y directamente, las lejanas y diferenciadas regiones, como la montañosa zona del Tibet o Xīzàng (de originaria etnia budista) y la fronteriza provincia del Turquestán o Xīnjiāng (de originaria población uigur y musulmana); regiones sin autonomía propia y sometidas a un profundo proceso de aculturación (demográfica, lingüística y religiosa). Integrando paulatinamente a las supercapitalistas ciudades-estado de Macao y Hong-Kong, antiguas colonias europeas recuperadas como “regiones administrativas especiales” (bajo el lema “un país, dos sistemas”); tomando el control del llamado Mar de China meridional, creando islas artificiales para ampliar y delimitar su zona de control (pese a las quejas de Brunei, Filipinas, Malasia, Singapur o Vietnam); e intentando aislar a la independiente República china de Taiwán (isla de Formosa) de reconocimiento internacional al reclamar que de iure es parte integral de la China continental (separada, de facto, tras el triunfo de la revolución comunista y el exilio a la isla del gobierno nacionalista en 1949).

China sabe vender y sabe venderse. Nacionalismo difundido dentro y fuera de sus fronteras como no expansivo y muy equilibrado entre la tradición y la modernidad, en un ejercicio que puede parecer imposible, o cuando menos curioso, para la mentalidad liberal-progresista occidental. Una fusión sin paragón, y con interpretaciones diversas, que aspira a conectar la herencia territorial imperial con la dominación actual comunista, cierta espiritualidad milenaria con la pretendida ética socialista patria, los valores familiares de siempre con un capitalismo superproductivo e hiperconsumista, la soberanía de las naciones con la represión de las autonomías internas, los derechos de propiedad individual con la tutela pública final (como recoge el primer Código civil unificado de 2020).

Y en esta venta son unos maestros: un país friendly en tiempos de conflicto, que no molesta y que no quiere molestar. Para que no le molesten; no participa en guerras externas (por ahora) y no quiere cambiar los valores morales ni las realidades culturales de sus clientes (por ahora), es un socio económico confiable (sin muchas preguntas) y un proveedor masivo (con menos preguntas), y defiende su modelo político-social (lógicamente) sin cuestionar el de otros (como es lógico). Su propaganda crea, así, esa imagen necesaria con la que legitimarse internamente y justificarse externamente. Y para ello despliega ,medios y recursos propagandísticos que se han convertido, por tanto, en instrumento esencial de la política del régimen (como la de cualquiera, pero en registros evidentemente diferentes) y que debían estar a la altura de la empresa de la “Gran China”. Los Juegos Olímpicos de Pekín de 2008 fueron ese escenario mundial adecuado para enseñar a propios y extraños esa imagen actual: el poder y la modernidad de la nueva China. Una inversión faraónica, una puesta en escena brillante, y una victoria final y necesaria en el medallero deportivo (por primera vez en la Historia), para la que se fabricaron campeones con ingentes horas y gastos. Y propaganda oficial y masiva que, entre ayuda a países africanos y obras majestuosas (como la increíble presa de las Tres Gargantas del rio Yangtse, el larguísimo Gran Puente de Danyang-Kunshan, la nueva y casi fantasma ciudad de Kangbashi en la lejana Mongolia interior, o el impresionante Aeropuerto Internacional Beijing Daxing), culminó con la publicidad de su éxito frente a la misma crisis del Coronavirus.

Como enseñó el sabio chino Kung Fu Tzu (Confucio), “por tres métodos podemos adquirir la sabiduría: primero por la reflexión, la más noble; segundo, por la imaginación, la más sencilla; y tercero por la experiencia, la más amarga”.

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