Revista de actualidad, cultura y pensamiento

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Daenerys, Tyrion, Ratzinger y el High Sparrow se toman un café

En Series por
Tiempo de lectura: 6 minutos

Es peligroso, en estos días, pasearse por las calles de King’s Landing. Miles de fans se han echado al monte, cual Sparrows en armas, pidiendo en una bandeja de plata la cabeza de los grandes septons David Benioff y D.B. Weiss. O por lo menos, una procesión pública (Shame! Shame!) pidiendo perdón por sus infamias, en un acto penitencial que les librará de ser inmolados en una pira (justa y necesaria reparación al Señor-de-los-finales-comme-il-faut). Si todo sale bien y la plebe no se entusiasma en su venganza, se les permitirá huir hacia el Muro, “take the black” y pasar el resto de sus días congelándose en el Norte, acompañados, eso sí, por su mascota favorita.

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Iglesia y política en la era Francisco [Parte I]: la ruptura entre discurso y praxis

En Religión por
Papa Francisco I
Tiempo de lectura: 7 minutos

A pesar de que -como señalara acertadamente Hannah Arendt– desde su misma aparición el Cristianismo supusiera un desafío al poder constituido, se erigiera en una identidad disruptiva de la esfera pública en general y de la política en particular, la Iglesia siempre hizo, hace y hará política. Política interna y externa.

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Vox, un partido inevitable

En España por
VOX Abascal Ortega Smith
Tiempo de lectura: 6 minutos

De VOX, el nuevo partido de la derecha española, se puede decir que es inevitable. Poco más.

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Carmina burana: una advertencia

En Música por
Tiempo de lectura: 3 minutos

No fueron las Lamentaciones del profeta Jeremías en la versión de Palestrina o de Lasso que, aunque son propias de la Semana Santa, parecen ajustarse más que otras obras a un repertorio cuaresmal. No la Krönungsmesse de Mozart, ni la Missa somenis de Beethoven, ni una obra del repertorio sacro de Bruckner o de Messiaen. En realidad no fue una obra sacra de ningún tipo, sino Carmina burana, de Carl Orff la que estuvo presentando hace algunos días el Pontificio Instituto de Música Sacra de Roma. El título completo de la obra es: Carmina burana: cantiones profanae cantoribus et choris cantandae comitantibus instrumentis atque imaginibus magicis. Sí, el principal bastión de la música sacra católica a nivel mundial presenta, durante la Cuaresma, cantiones profanae… imaginibus magicis. ¿Por qué?

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Ortodoxia chestertoniana para un mundo descreído

En Pensamiento por
Tiempo de lectura: 4 minutos

Chesterton combate posturas como el materialismo radical de su época, que buscaba proclamar un verdadero pensamiento libre sin dogmas. Pero el precio de “destruir los muros que la religión protege contra el abismo” fue lanzar a un vacío escéptico que no libera, sino que deshumaniza. Este efecto paradójico se origina en el “diminuto círculo de racionalidad” en el que pretende situarnos tal doctrina, que acaba desembocando en una locura que suprime la capacidad intrínsecamente humana de soñar.

De esta forma, el misterio acaba situándose como el principio necesario para un verdadero pensamiento libre. Chesterton, como declarado racionalista, pero consciente de que esta es “una cuestión de fe en sí misma” en los grandes interrogantes, defiende una prudencia epistémica donde hay que aceptar convivir con los límites de la razón, independientemente de si los entendemos, en un saludable sentido común.

La pérdida del asombro

Sin perder su pragmatismo anglosajón, reivindica una actitud vital agradecida por gozar de la aventura del mundo real. Para ello necesita una ingenuidad infantil acompañada de humildad, constituyendo la capacidad del asombro. Esta tiene su referente en los cuentos de hadas, que son escritos por lo extraordinario y no al revés.

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Los ruidos externos e internos provocados por la sobreestimulación y los reduccionismos a los que nos vemos continuamente sometidos, en esta sociedad líquida donde no paramos, parecen amenazar esta capacidad. La categoría del misterio que se va perdiendo hace que ya no nos parezca extraordinario algo como el amor que profesamos a nuestros seres queridos o el mundo que hay en cada persona, reducido por algunos a reacciones químicas y a etiquetas, respectivamente. Quizá no solo deberíamos poner de moda técnicas como el mindfulness sino también reflexiones semanales como el Sabat.

La cura de Chesterton para reeducar la mirada y poder disfrutar de la sorpresa, “el placer principal”, sería una “humildad que no duda de la verdad”. Porque los anhelos más profundos de nuestro ser, sin respuesta a las preguntas más radicales de la existencia, son susceptibles a la belleza y, por consecuencia, a aquella verdad.

“La filosofía moderna que cambia continuamente el ideal”, no puede encajar con la belleza con la que Chesterton interpreta la vida como una novela. Una novela que tiene un argumento basado en la esperanza de reformar el mundo mirado al Reino de Cristo, pese a poder desembocar en cualquier final debido al libre albedrío.

La pérdida de los ideales

Contra lo que le dijeron que ocurriría en su vida adulta, lo único que Chesterton dice que mantuvo de su juventud fueron sus ideales frente a la fe en la política práctica. Por eso dice que ya no cree en los liberales que al “rebelarse contra todo han perdido el derecho de rebelarse contra la nada”, en un libertinaje donde solo queda un pragmatismo. Así, el autor logra predecir el futuro vaciamiento filosófico de un neoliberalismo del que solo quedará un programa económico; del concepto de comunidad a un terreno del desempeño de la voluntad con la menor injerencia posible, que ya no dará ciudadanos, sino clientes “hechos a sí mismos”.

Si Chesterton estuviera hoy con nosotros, no sé si tendría simpatías con un polémico Daniel Bernabé, dentro de la crítica a la radicalización del individualismo que acabó resquebrajando elementos de unidad del demos como la clase trabajadora o la religión. Pero sí estoy seguro de que, contra una interpretación libertaria para eludir el pago de impuestos de “El buen samaritano” como la de Jan Narveson, Chesterton respondería con “El hijo pródigo”, defendiendo un compromiso no optativo de cara a quienes hay que proteger en la sociedad. Y aunque fueran responsables de su situación necesitada, abogaría por una institucionalización del perdón.

Chesterton aporta un gran revitalizante espiritual a través de su optimismo irracional en el que todos podemos ser el héroe de nuestra historia

Dentro de su particular definición de la democracia, la que incluye “escuchar las voces de los muertos”, el autor nos instaría a tener una mirada crítica respecto al pasado donde tuviéramos el coraje de asumirnos herederos de una tradición de la que podemos desechar ciertas actitudes, como la que se tiene en su época sobre la emancipación de la mujer, y nutrirnos de ciertos valores universalizables.

La bondad de este mundo, el ideal que defiende Chesterton desde su evolución espiritual, debería ser “sagradamente salvada como los objetos de la isla del tesoro”, ya que “nuestra excéntrica existencia debe una lealtad a este mundo sorprendente antes de preguntarnos si quiera si nos gusta”. Es precisamente en los momentos más deprimentes cuando no hay que abandonarlo. Y contra los “cultos al Dios interior”, ausentes de impulsos para la acción moral, a lo que están llamados todos los cristianos es a reconciliarse con el mundo, cambiándolo “poniendo más en las obras que en las palabras”, como diría San Ignacio.

Contra la idea del progreso inevitable, Chesterton defiende una “doctrina de la caída” que muestra, como “único dogma demostrable”, la imperfecta naturaleza humana. Aquí la Iglesia sería la verdadera maestra de la sospecha, sin estar exenta de esta condición. Como es consciente de lo rápido que puede corromperse el hombre, siempre estará atenta ante cualquier propuesta de mejora de forma revolucionaria, entendida como restauración del bien.

El autor deja al desnudo las incoherencias paradójicas del cristianismo, que requiere como condición para amar al prójimo estar separado para hacerlo libremente, situándonos en una cosmovisión donde lo natural es no encajar en un mundo que no se autoexplica, dejando espacio para amarlo y odiarlo con toda su potencia.

Sin caer en el discurso protagonizado por el Mr. Wonderful de turno, Chesterton aporta un gran revitalizante espiritual a través de su optimismo irracional en el que todos podemos ser el héroe de nuestra historia. Una gran historia como la de aquel Sam Sagaz que lucha por el bien de este mundo. Una historia donde se tiene esperanzas en causas comunes a todo ser humano, en un frágil equilibrio donde “necesitamos ser felices en esta tierra de maravillas sin encontrarnos simplemente cómodos siquiera una sola vez”.

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El lobo es un lobo para el lobo: problemática del derecho animal

En Asuntos sociales por

Tiempo de lectura: 6 minutos

 “Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.” 

 Génesis 1:28

Hay en el pensamiento judeocristiano una visión del ser humano como el último horizonte de la Creación. A lo largo del Génesis la naturaleza es introducida primero como un derecho y después, tras el pecado original, como una obligación que preservar ejemplificada en el relato del Arca y el Diluvio. Dios hace responsable a Noé, por su condición racional -divina- de resguardar a la naturaleza bajo su constructo. Subyace la idea de que la razón hace al hombre el centro del orden natural, y por ello responsable de cobijarla dentro del arca de la razón. Sigue leyendo

La Navidad, algo para cada uno

En Religión por

Tiempo de lectura: 3 minutosMi padre detesta los regalos de Navidad. Le parece una costumbre insípida y puramente comercial. Está convencido de que siempre se acaba por entregar objetos innecesarios, pero, por no faltar al detalle, cada diciembre me pregunta si me gustaría recibir algo en concreto y me recuerda tajantemente que él no. Sigue leyendo

Los hijos rebeldes del paraíso perdido

En Filosofía/Religión por
Tiempo de lectura: 5 minutos

A menudo, pensamos que el paradigma en base al cual el europeo medio interpreta la realidad es el materialismo. Es decir, el credo, más o menos explícito, de que sólo existe la materia y la Ciencia es su profeta que lo explica todo (y lo que no explique hoy, lo explicará mañana). Eso es sólo una media verdad, porque movimientos tan poderosos como el marxismo, feminismo, ecologismo y otros semejantes no son explicables solo desde esa óptica. Sigue leyendo

ESPECIAL: El aburguesamiento de la familia cristiana

por


Una llamada a integrar en el amor lo público y lo privado

Por Javier Rubio y Ricardo Morales. 15 de noviembre de 2018. Tiempo de lectura: 12 minutos

El 12 de mayo de 2013, sólo dos meses después de ser elegido pastor de la Iglesia católica, el papa Francisco se dirigió al mundo entero en su primera ceremonia de canonizaciones con un mensaje de extraordinaria contundencia.

“¡Cuanto daño hace la vida cómoda!, ¡cuanto daño hace el bienestar! El aburguesamiento del corazón nos paraliza".

El 22  de octubre de 2018, en el contexto de los premios Alter Christus, el profesor de la Universidad Lateranense de Roma y experto en pastoral familiar, Juan José Pérez-Soba, volvió a incidir en este mismo mensaje; agudizado por el avance y vertebración del individualismo en nuestros esquemas sociales y la desvirtuación, desplazamiento y desintegración que la agenda internacional de género propone para el modelo de familia convencional dentro de la sociedad. 

Poniendo en valor las exhortaciones apostólicas publicadas durante estos últimos cinco años por el Papa Francisco, vemos que dicho mensaje -el del aburguesamiento que paraliza el corazón- no solo viene a recoger el eco de la tradición social de la Iglesia, presente en términos similares desde la encíclica Rerum Novarum de León XIII a finales del XIX, sino que además interpela a los católicos y muy en particular a las familias cristianas a vivir de forma coherente la verdad del Evangelio. Esto es: atreverse a responsabilizarse de los dones recibidos,  salir del enclaustramiento individualista que disgrega la unidad familiar y transformar en fuerza creativa el amor que surge en la intimidad del núcleo matrimonial para salir al encuentro del otro.


Si la familia es, según Juan Pablo II, "la esperanza de la iglesia y la esperanza de la sociedad", parece más que pertinente abordar los problemas y soluciones identificados por el actual magisterio de la Iglesia para responder, desde el Vaticano hasta en el corazón de las sacristías, a uno de los grandes anhelos del hombre: vivir en libertad, desde la familia, en donación permanente al otro como cauce para lograr su propia felicidad. 

"El individualismo como principio siempre es infértil, el desarrollo genuino se genera en el encuentro y la apertura hacia el otro".

El individualismo: una herencia lacerante

En el octavo vídeo con las intenciones del Pontífice publicado por la Santa Sede, el papa Francisco pide oraciones “para que las grandes opciones económicas y políticas protejan a la familia como el tesoro de la humanidad”. De hecho, una de las notas características del magisterio del papa Francisco sobre el desarrollo de los pueblos se refiere a la fertilidad de la familia. En este sentido el Sumo Pontífice reafirma la visión de la familia como núcleo del desarrollo de los pueblos y como lugar privilegiado de aprendizaje del bien común que sostenía su predecesor, Benedicto XVI (cf. Caritas in Veritate, n.44). El Papa alemán, a su vez, es heredero de la intuición de Pablo VI y de Juan Pablo II según la cual la “economía” tiene como analogado principal la vida familiar, hasta el punto de que parece imposible entender un proyecto de economía global justo sin considerar antes el conjunto de los pueblos como una “gran familia” (cf. Caritas in Veritate, nn. 7,8 y 50).

El Papa argentino recupera este tema y lo introduce como argumento pivotal, especialmente ante el gran peligro del individualismo o del “aburguesamiento” acomodaticio que promueve la cultura del bienestar en Occidente. El silogismo con que se explica parece claro. 

En primer lugar, que el individualismo como principio siempre es infértil, el desarrollo genuino se genera en el encuentro y la apertura hacia el otro. En segundo lugar, la cultura de la dictadura del bienestar encierra a las familias y a los conjuntos sociales en su propio interés, sumergiéndolos en el individualismo. Esto nos lleva a que la cultura de la dictadura del bienestar impide la fertilidad, el desarrollo que se genera en la cultura del encuentro y de la apertura hacia el otro.

Por supuesto, en este contexto es necesario entender el “desarrollo” no solo en clave económica en sentido estricto, sino en su sentido más amplio. Para ello acaso sea necesario redescubrir el pensamiento de los Santos Padres sobre la “oikonomía” (literalmente, la “ley del hogar”). Igualmente, al hablar de “familia” necesariamente debemos distinguir entre la familia más concreta: la conformada por los padres, los hijos y acaso los abuelos, primos y amigos (Cf. Amoris Laetitia, nn. 194-198); y la que surge de una mirada cristiana sobre el conjunto de pueblos de la Tierra.

Así planteados los presupuestos, el magisterio del papa Francisco ha acentuado la importancia que tiene el desarrollo de la familia y su apertura “al otro” en la doctrina social de la Iglesia.

De forma especial esta enseñanza se ha articulado en tres grandes documentos:

"La familia es el órgano fundamental y primario que impulsa el desarrollo, siempre y cuando descubra su identidad y su misión en el conjunto social más amplio".

1. La Carta Encíclica “Laudato si'”


En esta encíclica del año 2015 el papa Francisco aborda de lleno los principales retos de la Iglesia Católica frente a los principales problemas de las sociedades en la segunda década del siglo XXI. En clara continuidad con el pensamiento de su predecesor, se actualiza el argumentario y se vuelve a enfocar para ajustar la doctrina a los problemas de hoy. En ese documento, el sumo pontífice insiste en presentar el mundo como un hogar y el conjunto de los pueblos como una familia (Cf. Laudato si', n.13). Solo esta mirada familiar sobre el mundo parece poder justificar el reclamo a la equidad de los pueblos (n.52), a la visión de una comunión universal con el mundo (n.89) y la justicia entre generaciones (n.162).


Además la familia es el órgano fundamental y primario que impulsa el desarrollo, siempre y cuando descubra su identidad y su misión en el conjunto social más amplio. En este sentido, la familia es el grupo social primario que debe protagonizar el impulso ecológico ambiental, económico y social (n.142); debe ser la célula básica de todo esfuerzo por alcanzar un bien común integrador, fundamento de toda paz social (n.157); y debe, en fin, ser la escuela principal donde se enseñe y se comprenda la alianza entre los pueblos y entre la humanidad y el ambiente (n.213).


Con este breve repaso parece más que mostrada la importancia de la familia como eje de desarrollo social y económico, según lo explicado en las premisas. Cualquier enfermedad que atente contra la dinámica fértil y creativa de la familia será, por tanto, un cáncer también para el resto de la sociedad.

"El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas".

2. La Exhortación Apostólica “Evangelii gaudium”


Este documento, cuyo tema es el anuncio del Evangelio en el mundo actual, ofrece varios fragmentos muy interesantes de cara al diagnóstico de la enfermedad de la familia actual, especialmente en Occidente. En el capítulo segundo de la exhortación el papa Francisco lleva a cabo una radiografía de la crisis del compromiso comunitario y descubre en la cultura una tendencia alarmante al individualismo y a la protección reductiva del propio interés.


En el número 66 el Papa afirma “En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve especialmente grave porque se trata de la célula básica de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros, y donde los padres transmiten la fe a sus hijos”. Esta “fragilidad de los vínculos” se relaciona directamente con la enfermedad del individualismo: “El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y que desnaturaliza los vínculos familiares” (n.67). El cristianismo es familiar en la medida en que rechaza este individualismo y reafirma su propuesta fundamental de “reconocer al otro, de sanar las heridas, de construir puentes, de estrechar lazos y de ayudarnos «mutuamente a llevar las cargas» (Ga 6,2)” (n.67).


Esta apertura al otro en el ámbito familiar y social brilla con especial luz en el esfuerzo por la consecución del bien común y denota una apertura a la trascendencia: “a partir de una apertura a la trascendencia podría formarse una nueva mentalidad política y económica que ayudaría a superar la dicotomía absoluta entre la economía y el bien común social” (n.205).

“Se teme la soledad, se desea un espacio de protección y de fidelidad, pero al mismo tiempo crece el temor a ser atrapado por una relación que pueda postergar el logro de las aspiraciones personales”.

3. En la Exhortación Apostólica “Amoris laetitia”

Especial relevancia debe tener la exhortación apostólica de 2016, en la que el Papa trata el amor en la familia. El análisis de este documento resulta pertinente especialmente en dos sentidos:


a) En la diagnosis de los problemas que aquejan a la familia en la actualidad, expuestos en clave explicativa y canalizados como “retos”.


El problema fundamental, de nuevo, es el individualismo que impide generar en el núcleo familiar los vínculos necesarios como para que se dé un verdadero desarrollo integral (educativo, espiritual, cultural, ecológico, económico, social, etc.). A la par de este individualismo el Papa detecta una depauperación del matrimonio y una disolución del significado de libertad personal (nn.33 y 34). Esta tensión entre deseo de comunidad familiar y de desarrollo personal adquiere un tinte dialéctico: “Se teme la soledad, se desea un espacio de protección y de fidelidad, pero al mismo tiempo crece el temor a ser atrapado por una relación que pueda postergar el logro de las aspiraciones personales” (n.34).


Otro gran problema, cuya culpa recae en una mala pedagogía cristiana, consiste en la idealización del matrimonio y de la familia a un estado casi inalcanzable de vida. La falta de encuentro con la realidad experiencial de las personas, sus problemas reales -personales y sociales- ha podido generar un estigma de imposibilidad moral sobre la propuesta de familia cristiana (n.36). Otras consecuencias de esta mala pedagogía es la incapacidad para mostrar el matrimonio “más como un camino dinámico de desarrollo y realización que como un peso a soportar toda la vida” (n.37). Se provoca con todo ello la sustitución de toda creatividad interior para afrontar y superar los problemas que atraviesa toda familia por una conciencia doctrinaria que impide -por cuanto pueda tener de imposición- el desarrollo de la familia en la sociedad.


El tercer gran problema analizado es el efecto de la “cultura de lo provisorio” en la familia, con su proceso característico de usar y tirar, consumir y agotar, gastar y romper. Se trata de una enfermedad que, generándose en la familia, corrompe todo el modus vivendi occidental: en las relaciones sociales, en las relaciones económicas y contractuales, en la relación con el medio ambiente. El Santo Padre advierte en esta enfermedad una clara relación con el individualismo: “quien utiliza a los demás tarde o temprano termina siendo utilizado, manipulado y abandonado con la misma lógica. Llama la atención que las rupturas se dan muchas veces en adultos mayores que buscan una especie de «autonomía», y rechazan el ideal de envejecer juntos cuidándose y sosteniéndose” (n.39).


Junto a esta falta de sostén y de sostenibilidad se encuentra la falta de provisionalidad que impide a la generación joven contar con las suficientes seguridades como para comenzar un proyecto familiar. Cuando incluso no se llega a incentivar lo contrario. Esto denota en la sociedad una ceguera que imposibilita descubrir el tesoro que supone la “familia tradicional” (n.40). Esta promoción de formas de vida contrarias a la familia -centradas en propuestas ideológicas o en el encumbramiento de la “autonomía”-, unida a políticas de control de la natalidad o de salud reproductiva, “no sólo determina una situación en la que el sucederse de las generaciones ya no está asegurado, sino que se corre el riesgo de que con el tiempo lleve a un empobrecimiento económico y a una pérdida de esperanza en el futuro” (n.42).


Ante estos problemas el Santo Padre evidencia una alevosa falta de atención por parte de las instituciones sociales y políticas: “Con frecuencia, las familias se sienten abandonadas por el desinterés y la poca atención de las instituciones. Las consecuencias negativas desde el punto de vista de la organización social son evidentes: de la crisis demográfica a las dificultades educativas, de la fatiga a la hora de acoger la vida naciente a sentir la presencia de los ancianos como un peso, hasta el difundirse de un malestar afectivo que a veces llega a la violencia” (n.43).


Otros grandes problemas de esta concepción individualista y consumista -protector ante todo del propio interés- que afecta a la sociedad occidental y a tantas familias cristianas, son: la falta de una vivienda digna (n.44), el desarraigo de miles de niños (cuando no la decisión del aborto o problemas como el abuso sexual) (n.45), las migraciones y la precariedad de sus condiciones de vida (n.46), la precaria situación de la atención a personas con discapacidad (n.47), el abandono a los ancianos y la eutanasia (n.48), y la miseria y exclusión social (n.49).


b) En las pautas que ofrece para transformar a la familia en el centro del desarrollo y de la promoción social.


Para superar estos retos, el Papa Francisco propone en primer lugar la transformación de la familia en una genuina “iglesia doméstica” (cf. Lumen Gentium, n.11), que descubra en el amor trinitario un modelo de amor que no se agota en sí mismo sino que tiende a irradiarse: a crear, a redimir y a santificar. En la familia “se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de la propia vida” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1657)»” (n.86). La alianza establecida en el sacramento del matrimonio -frente a los testigos, que simbolizan la presencia de la comunidad cristiana- garantiza que la familia sea siempre un bien para la Iglesia (gran familia de familias) y, a su vez, que la Iglesia sea siempre un bien para la familia (n.87).


Es precisamente en la familia donde nace el amor matrimonial que nutre a la Iglesia y que sirve de principio cristiano para dar sentido a la procreación y educación de los hijos y, consiguientemente, al desarrollo y la promoción de la sociedad. “La belleza del don recíproco y gratuito, la alegría por la vida que nace y el cuidado amoroso de todos sus miembros, desde los pequeños a los ancianos, son sólo algunos de los frutos que hacen única e insustituible la respuesta a la vocación de la familia, tanto para la Iglesia como para la sociedad entera” (n.88).


En segundo lugar, la familia es germen de fecundidad ampliada: “Conviene también recordar que la procreación o la adopción no son las únicas maneras de vivir la fecundidad del amor. Aun la familia con muchos hijos está llamada a dejar su huella en la sociedad donde está inserta, para desarrollar otras formas de fecundidad que son como la prolongación del amor que la sustenta” (n.181). Así la familia descubre su vocación en el amor no solo de puertas para adentro, sino también hacia afuera, hacia la sociedad: “La familia no se debe pensar a sí misma como un recinto llamado a protegerse de la sociedad. No se queda a la espera, sino que sale de sí en la búsqueda solidaria. Así se convierte en un nexo de integración de la persona con la sociedad y en un punto de unión entre lo público y lo privado. Los matrimonios necesitan adquirir una clara y convencida conciencia sobre sus deberes sociales” (n.181).


Una condición para que se dé esta “fecundidad familiar ampliada” consiste en la cercanía y sencillez, evitando destacar sobre el resto de la sociedad como una familia rara (n.182); y consiste también en responder el llamado a “sanar las heridas de los abandonados, a instaurar la cultura del encuentro, a luchar por la justicia” (n.183).


Este llamado se concreta en una reconstrucción doméstica del mundo, de forma que promueva la apertura y la solidaridad familiar, especialmente con los más desafortunados de la sociedad. Esta apertura no solo consiste en la donación de bienes o en la limosna, sino sobre todo en la aceptación del otro como hermano tejiendo una amistad real con quien lo está pasando peor (n.183).

"La familia no se debe pensar a sí misma como un recinto llamado a protegerse de la sociedad. No se queda a la espera, sino que sale de sí en la búsqueda solidaria".

4. Conclusión

Concluimos esta reflexión con una bella cita de esta exhortación apostólica que responde al problema de la infertilidad de la cultura individualismo en las familias y en la sociedad:

“Con el testimonio, y también con la palabra, las familias hablan de Jesús a los demás, transmiten la fe, despiertan el deseo de Dios, y muestran la belleza del Evangelio y del estilo de vida que nos propone. Así, los matrimonios cristianos pintan el gris del espacio público llenándolo del color de la fraternidad, de la sensibilidad social, de la defensa de los frágiles, de la fe luminosa, de la esperanza activa. Su fecundidad se amplía y se traduce en miles de maneras de hacer presente el amor de Dios en la sociedad” (Exhortación Apostólica “Amoris laetitia” - n.184).

Este artículo, al igual que los contenidos audiovisuales que figuran en el especial, pertenece a Democresía y sus autores. Cualquier reproducción, total o parcial, deberá ir adecuadamente referenciada y tendrá que ser notificada al medio con la debida antelación a la espera de su total consentimiento.

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No hay que olvidar que Péguy deseaba publicar otros diálogos sobre la ciudad armoniosa, de los que nunca llegó a escribir más que el título y la portada. Había un Dialogue de l’individu, un Dialogue de la cité, un Dialogue de la cité juste, un Dialogue de la cité charitable y, por fin, un Deuxième dialogue de la cité harmonieuse. La mera enumeración de estos proyectos ilumina muy bien las preocupaciones del poeta y del pensador, preocupaciones que van a acompañarle toda la vida. Sigue leyendo

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