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Chesterton, Belloc y la revolución conservadora

En Economía por

Mucho (en realidad muy poco, pero más de lo habitual) se lee últimamente, en la blogosfera e incluso en la prensa escrita, sobre el pensamiento social de Chesterton y Belloc y su propuesta económica denominada comúnmente “distributismo”. Al amparo de este nombre, que ni a sus propios autores gustaba, se despachan comentarios e ideas que no siempre se corresponden con el pensamiento original de los mismos. Trataremos a continuación de esclarecer modestamente algunas cuestiones, intentado sobre todo animar a una discusión crítica de la que el amable lector, en uso de su criterio sin duda superior, será protagonista.

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Ortodoxia chestertoniana para un mundo descreído

En Pensamiento por

Chesterton combate posturas como el materialismo radical de su época, que buscaba proclamar un verdadero pensamiento libre sin dogmas. Pero el precio de “destruir los muros que la religión protege contra el abismo” fue lanzar a un vacío escéptico que no libera, sino que deshumaniza. Este efecto paradójico se origina en el “diminuto círculo de racionalidad” en el que pretende situarnos tal doctrina, que acaba desembocando en una locura que suprime la capacidad intrínsecamente humana de soñar.

De esta forma, el misterio acaba situándose como el principio necesario para un verdadero pensamiento libre. Chesterton, como declarado racionalista, pero consciente de que esta es “una cuestión de fe en sí misma” en los grandes interrogantes, defiende una prudencia epistémica donde hay que aceptar convivir con los límites de la razón, independientemente de si los entendemos, en un saludable sentido común.

La pérdida del asombro

Sin perder su pragmatismo anglosajón, reivindica una actitud vital agradecida por gozar de la aventura del mundo real. Para ello necesita una ingenuidad infantil acompañada de humildad, constituyendo la capacidad del asombro. Esta tiene su referente en los cuentos de hadas, que son escritos por lo extraordinario y no al revés.

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Los ruidos externos e internos provocados por la sobreestimulación y los reduccionismos a los que nos vemos continuamente sometidos, en esta sociedad líquida donde no paramos, parecen amenazar esta capacidad. La categoría del misterio que se va perdiendo hace que ya no nos parezca extraordinario algo como el amor que profesamos a nuestros seres queridos o el mundo que hay en cada persona, reducido por algunos a reacciones químicas y a etiquetas, respectivamente. Quizá no solo deberíamos poner de moda técnicas como el mindfulness sino también reflexiones semanales como el Sabat.

La cura de Chesterton para reeducar la mirada y poder disfrutar de la sorpresa, “el placer principal”, sería una “humildad que no duda de la verdad”. Porque los anhelos más profundos de nuestro ser, sin respuesta a las preguntas más radicales de la existencia, son susceptibles a la belleza y, por consecuencia, a aquella verdad.

“La filosofía moderna que cambia continuamente el ideal”, no puede encajar con la belleza con la que Chesterton interpreta la vida como una novela. Una novela que tiene un argumento basado en la esperanza de reformar el mundo mirado al Reino de Cristo, pese a poder desembocar en cualquier final debido al libre albedrío.

La pérdida de los ideales

Contra lo que le dijeron que ocurriría en su vida adulta, lo único que Chesterton dice que mantuvo de su juventud fueron sus ideales frente a la fe en la política práctica. Por eso dice que ya no cree en los liberales que al “rebelarse contra todo han perdido el derecho de rebelarse contra la nada”, en un libertinaje donde solo queda un pragmatismo. Así, el autor logra predecir el futuro vaciamiento filosófico de un neoliberalismo del que solo quedará un programa económico; del concepto de comunidad a un terreno del desempeño de la voluntad con la menor injerencia posible, que ya no dará ciudadanos, sino clientes “hechos a sí mismos”.

Si Chesterton estuviera hoy con nosotros, no sé si tendría simpatías con un polémico Daniel Bernabé, dentro de la crítica a la radicalización del individualismo que acabó resquebrajando elementos de unidad del demos como la clase trabajadora o la religión. Pero sí estoy seguro de que, contra una interpretación libertaria para eludir el pago de impuestos de “El buen samaritano” como la de Jan Narveson, Chesterton respondería con “El hijo pródigo”, defendiendo un compromiso no optativo de cara a quienes hay que proteger en la sociedad. Y aunque fueran responsables de su situación necesitada, abogaría por una institucionalización del perdón.

Chesterton aporta un gran revitalizante espiritual a través de su optimismo irracional en el que todos podemos ser el héroe de nuestra historia

Dentro de su particular definición de la democracia, la que incluye “escuchar las voces de los muertos”, el autor nos instaría a tener una mirada crítica respecto al pasado donde tuviéramos el coraje de asumirnos herederos de una tradición de la que podemos desechar ciertas actitudes, como la que se tiene en su época sobre la emancipación de la mujer, y nutrirnos de ciertos valores universalizables.

La bondad de este mundo, el ideal que defiende Chesterton desde su evolución espiritual, debería ser “sagradamente salvada como los objetos de la isla del tesoro”, ya que “nuestra excéntrica existencia debe una lealtad a este mundo sorprendente antes de preguntarnos si quiera si nos gusta”. Es precisamente en los momentos más deprimentes cuando no hay que abandonarlo. Y contra los “cultos al Dios interior”, ausentes de impulsos para la acción moral, a lo que están llamados todos los cristianos es a reconciliarse con el mundo, cambiándolo “poniendo más en las obras que en las palabras”, como diría San Ignacio.

Contra la idea del progreso inevitable, Chesterton defiende una “doctrina de la caída” que muestra, como “único dogma demostrable”, la imperfecta naturaleza humana. Aquí la Iglesia sería la verdadera maestra de la sospecha, sin estar exenta de esta condición. Como es consciente de lo rápido que puede corromperse el hombre, siempre estará atenta ante cualquier propuesta de mejora de forma revolucionaria, entendida como restauración del bien.

El autor deja al desnudo las incoherencias paradójicas del cristianismo, que requiere como condición para amar al prójimo estar separado para hacerlo libremente, situándonos en una cosmovisión donde lo natural es no encajar en un mundo que no se autoexplica, dejando espacio para amarlo y odiarlo con toda su potencia.

Sin caer en el discurso protagonizado por el Mr. Wonderful de turno, Chesterton aporta un gran revitalizante espiritual a través de su optimismo irracional en el que todos podemos ser el héroe de nuestra historia. Una gran historia como la de aquel Sam Sagaz que lucha por el bien de este mundo. Una historia donde se tiene esperanzas en causas comunes a todo ser humano, en un frágil equilibrio donde “necesitamos ser felices en esta tierra de maravillas sin encontrarnos simplemente cómodos siquiera una sola vez”.

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Chesterton: vivir en familia supone «entrar en un cuento de hadas»

En Amor y sexualidad/Asuntos sociales/Dialogical Creativity por

«La defensa más común de la familia es que, en medio de las tensiones y cambios de la vida, resulta un sitio pacífico, cómodo y unido. Pero es posible otra defensa de la familia, y a mí me parece evidente; consiste en decir que la familia no es ni pacífica, ni cómoda ni unida. […] La razón es obvia. En una comunidad grande podemos elegir a nuestros compañeros. En una comunidad pequeña nuestros compañeros nos vienen dados». Así comienza G.K. Chesterton La familia como institución en el mundo moderno, uno de sus muchos artículos en defensa de la familia.  Sigue leyendo

Chesterton, el periodista de lo evidente

En Periodismo por

En el funeral de G.K. Chesterton, Ronald Knox, amigo personal del autor, dijo estas palabras:

“Fue uno de los grandes hombres de su tiempo; su mejor cualidad era el don de iluminar lo ordinario y de descubrir en todo lo trivial una cierta eternidad. Fue como un hombre que había dado la vuelta al mundo para ver con ojos nuevos su propia casa…”. Sigue leyendo

Chesterton, el último caballero andante

En Democultura por

 “Gilbert Chesterton no ha dejado quien pueda ocupar su lugar. Único en su estilo y sus paradojas, no fundó escuela. Los imitadores que tan a menudo recuecen los restos de un banquete literario, esta vez no han surgido. Queda como un solitario caballero andante que, en su viaje a través de Fleet Street, fue huésped de todas las tabernas de hospitalario ingenio y alegre camaradería”.

Con estas palabras Ada Jones Chesterton definió la vida de su cuñado, Gilbert Keith. Acaso una de las mentes más privilegiadas de los últimos tiempos y, sin lugar a dudas, una de las personalidades más fantásticas de la historia de la humanidad. Y su rareza es el motivo de su falta de escuela. No hay imitadores ni hay continuadores. Hay discípulos y amigos. Personas que se han encontrado con sus escritos y sus escritos les han conducido del misterio al Misterio. Sigue leyendo

Chesterton: vivir en familia supone «entrar en un cuento de hadas»

En Dialogical Creativity por

«La defensa más común de la familia es que, en medio de las tensiones y cambios de la vida, resulta un sitio pacífico, cómodo y unido. Pero es posible otra defensa de la familia, y a mí me parece evidente; consiste en decir que la familia no es ni pacífica, ni cómoda ni unida. […] La razón es obvia. En una comunidad grande podemos elegir a nuestros compañeros. En una comunidad pequeña nuestros compañeros nos vienen dados». Así comienza G.K. Chesterton La familia como institución en el mundo moderno, uno de sus muchos artículos en defensa de la familia.
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Las gracias de Chesterton

En Democultura por

A veces pasa que uno lee un libro y le gusta tanto que le parece que empieza a conocer al autor personalmente. Es más, incluso le coge cariño y comienza una especie de relación misteriosa con un desconocido, aún estando ya muerto. Esto suele pasar cuando lo que ese autor escribe, permítanme la cursilada, está escrito también en el corazón del que lo lee. Sucede que, cuando estos dos se encuentran, surge una especie de agradecimiento curioso por haberse encontrado con alguien que pone en palabras una serie de intuiciones que uno tenía por ahí escondidas. Sigue leyendo

El Father Brown de Chesterton y el Father Brown de la BBC

En Democultura/Literatura/Series por

¿De dónde salió el bueno del Father Brown?

Distingamos: el Father Brown de la vida real, el de la inspiración narrativa y el de la misma historia.

Como inspiración, Father Brown está inspirado en un gran amigo sacerdote de G. K. Chesterton, el P. John O’Connor. El P. O’Connor fue muy importante para la conversión del mismo autor. Cuando se conocieron era el párroco en la Iglesia de Santa Ana, en Keighley. La amistad que los unió ha perdurado en las 51 aventuras del famoso detective. Sigue leyendo

Chesterton en Madrid

En Democultura por

No todos los días se ve por Madrid a un enorme sacerdote canadiense vestido con americana negra y clergyman, acompañado por un alegre profesor irlandés de traje y corbata. Les acompaña Gloria, traductora imprescindible y organizadora del grupo.

No se trata de un grupo extraño de turistas unidos por la casualidad, aunque experimenten la decepción de todo turista al encontrase cerradas las puertas del Museo del Prado por ser lunes. Son los embajadores de la Chesterton Review a España. Y el pasado lunes, 10 de octubre, la Universidad San Pablo CEU les abrió sus puertas para reunir a los chestertonianos que residimos en la capital. Sigue leyendo

Un monje de Leyre se libera: digresiones chestertonianas

En Asuntos sociales/Religión por

Pocos espectáculos llenan el alma de gozo como la estampa que ofrece el monasterio de Leyre, que se alza victorioso sobre el embalse de Yesa, en Navarra, enclavado en la sierra de Errando, y custodiando a los peregrinos del camino de Santiago aragonés. En esa mágica balconada los monjes benedictinos elevaron un monasterio y una iglesia que es, hoy en día, una de las joyas del románico más auténtico y mejor conservado de la península ibérica. Sigue leyendo

Amar la patria

En España por

Hace unos días leí un artículo en el que el brillantísimo filósofo conservador Gregorio Luri enumeraba una serie de motivos por los que uno, cualquiera, debe amar su patria aunque ésta sea imperfecta. Lo cierto es que me quedó un regusto agridulce. Estaba de acuerdo con la tesis defendida en él, sí, pero más accidentalmente que sustancialmente. Coincido, por supuesto, en que el amor a la patria cohesiona las sociedades, en que la vida común se vertebra en torno a él, en que es condición necesaria para alcanzar objetivos compartidos y en que contribuye a mitigar tanto el individualismo como el adanismo generacional que la modernidad ha alentado.

Sin embargo, por más que releo el artículo, no me termina de agradar su espíritu. Estoy convencido de que hay buenas razones prácticas para amar la propia patria, pero no estoy convencido de que esas buenas razones se deban enumerar. Seguro que hay excelentes motivos para que ame a mi madre aun siendo ella imperfecta, como también los habrá para que quiera a mi perro, que está tullido. Pero enumerar motivos que justifiquen el amor a una madre imperfecta o el afecto a una mascota tullida no deja de ser un signo de frivolidad. Así, me indignaría muchísimo que alguien me dijese que ama a su madre porque eso contribuye a su estabilidad emocional o que cuida de su perro porque ha leído varios estudios en los que se demuestra que infinidad de tribus antiguas muy admirables se desvelaban por los animales. ¿Por qué reaccionar de modo distinto, pues, cuando alguien me dice que amar el país en el que he nacido es bueno para alcanzar no sé qué difusos objetivos?

Chesterton, a quien no me canso de citar porque es una fuente inagotable de sabiduría, dedicó buena parte de su ingenio a escribir sobre esta cuestión. No concebía que alguien enumerase razones para amar su nación como se enumeran los productos que adquirir en el supermercado. Le incomodaban sobremanera esos patriotas ingleses que justificaban su patriotismo apelando a las grandes virtudes de Inglaterra, a su vasto imperio colonial o a su prosperidad económica. De ahí aquella máxima suya que debería estar grabada en el corazón de todo hombre: “Los romanos no amaban Roma porque fuera grande; era grande porque la habían amado”. Un español puede admirar la historia de Italia o reverenciar la potencia militar de China; pero España – que le ha dado un idioma con el que cantar el esplendor de un atardecer, un Dios ante el que arrodillarse y un modo concreto de estar en el mundo – le exige algo más, un compromiso que no puede surgir de la simple fascinación.

Un único motivo

He abusado demasiado de la paciencia del lector, que estará ya removiéndose en su sillón y planteándose tirar la toalla con este confuso artículo: “Si no debo amar España ni por su grandeza histórica ni por los efectos que ese amor produce, ¿por qué debo amarla entonces?” Temo que la simpleza de mi respuesta le decepcione; pero, igual que en el caso de una madre o de una mascota tullida, sólo se me ocurre un motivo legítimo por el que alguien debe amar su nación: que es la suya. No hay razón más noble y verdadera, no hay otra cosa que la haga digna de amor.

A mi modo de ver, cuando uno condiciona su amor a una realidad cualquiera, termina por amar menos la realidad que sus condiciones. Quien ama España porque es democrática no ama tanto España como la democracia. Quien ama España porque fue imperial no ama tanto España como la grandeza de los imperios. Quien ama España porque hacerlo contribuye a mitigar el individualismo rampante no ama tanto España como odia el individualismo. Quien ama España porque ahora, casi circunstancialmente, es liberal no ama tanto España como el liberalismo. No pretendo siquiera insinuar que amar la democracia, el liberalismo o los imperios sea inadmisible; pretendo, más bien, mostrar que quien ama su nación porque es imperial, democrática y liberal no la ama realmente o que, al menos, la dejará de amar cuando no reúna todas esas exigentes condiciones.

He asegurado ya que uno debe amar su patria porque es suya, y también que ese motivo es el más noble y verdadero. Añadiré, por tranquilizar a ese lector pragmático al que no le gusta perder el tiempo, que también es útil hacerlo. Pero es útil a condición de que no se piense en su utilidad. En nuestra relación con la patria ocurre algo similar a lo que ocurre en la relación con nuestros amigos: sólo dará fruto abundante cuando no busquemos enfermizamente que dé fruto abundante. Si amamos nuestra patria pensando que así la convertiremos en un lugar próspero en el que vivir, probablemente terminemos emigrando a un paraíso fiscal. Si, en cambio, la amamos incondicionalmente, desearemos ardientemente su bien y trabajaremos para procurárselo aun en las circunstancias más adversas. Resuena en nuestra cabeza la sentencia chestertoniana. “Los romanos no amaban Roma porque fuera grande; era grande porque la habían amado”.

Así pues, puede establecerse una relación proporcional entre la grandeza de una patria y la intensidad del amor que le profesan quienes han nacido en su seno, pero lo cierto es que no conviene pensar demasiado en ella. Debemos amar nuestra nación como amamos nuestro hogar, a nuestros padres, a nuestros hermanos, a nuestros hijos, a nuestros amigos: incondicionalmente, con sencillez de espíritu y sin proyectos demasiado ambiciosos en la cabeza. Si la amamos de ese modo, toda esa grandeza que deseamos para ella le sobrevendrá como por añadidura. 

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(Anti)terapia de confinamiento: educa tu mirada

En Cuarentena por

He de confesar que en las últimas horas, días, semanas he buscado con disciplinada pertinacia una forma original de abordar la cuestión del coronavirus.

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Días de monástica y escolástica reclusión

En Cuarentena/Distopía por

De entre las historias monacales, siempre inspiradoras de una espiritualidad singular, que uno recuerda hay una que parece especialmente adecuada para la ocasión. Es la de un novicio que, recién ingresado en un monasterio situado en las montañas, decía llevar una vida extremadamente feliz, debido sobre todo a los diarios y largos paseos montaraces que disfrutaba con inocencia y gratitud. Hasta que de pronto, un día, su director espiritual le dijo que renunciara a dichos paseos. Detrás de esa renuncia, que llevó con resignación y solo con el tiempo acabó comprendiendo, había tanto un espíritu de genuina obediencia como una sabia enseñanza sobre el papel de lo mundano en el orden del ser. Puede que la situación de reclusión que muchos vivimos actualmente, siendo tan diferente a la experiencia del monje, tenga sin embargo un poco de ambas cosas.

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Héroes just for one day

En Amor y sexualidad/Música/Religión por

Creo que si Dios pudiera gozar de una genitalidad definida, tuvo que venirse arriba cuando David Bowie pergeñó “Heroes”.

Himno del Berlín occidental y el de la resistencia oriental años antes de la caída del Muro, es la historia, tal y como la cuenta David Granda en Vanity Fair, de dos alcohólicos amantes, artista él y artista ella, cuyo amor, visto desde una ventana por el propio Bowie, era una oda al eterno y divino momento del ahora.  

Creo que si estamos en disposición de aceptar la posibilidad de un orden creador, por no hablar de apellidos con credos y suras, es relativamente fácil concluir que la vida está hilvanada de momentos y circunstancias hechas para que alguien se maraville con el crecimiento de la hierba, el cantar de los gorriones comunes en el alfeizar de una venta de Carabanchel o el rumor de un vespino que te lleva al callejón donde ocurrió tu primer beso de verano.

Imágenes extraídas de Pixabay. Dona al autor aquí

La vida se desenvuelve sin permiso. Quizá nosotros tengamos que aplicar algo de esa canallesca para sacarle hasta la última gota; a navajazos si es preciso con tal de que salga el arrabal que llevamos dentro.

Seguro que la pillería terminará por merecer la pena cuando la muerte, ya sea de cáncer, en un choque estúpido con el coche o sentado en el único trono que conoce todas nuestras miserias, nos de el jaque mate.

En fin. Salgan del coche y miren al cielo. Ya que no las pueden ver, imagínense los alfilerazos blancos que permiten que transpiremos en un infinito sin demostrar. Tal vez así merezca la pena decir con un suspiro de alivio, mientras suena un riff en el aire tras un punteo invisible, “que podríamos ser héroes sólo por un día”.

Eso estaría bien.